Martes, 30 de marzo de 2010
   Iñaki quiere escribir la historia de amor más hermosa jamás contada. Me envía los borradores y anotaciones de sus cuentos donde se cruzan mujeres de pelo liso, lentillas y pecho pequeño con lectores de Bukowski que parecen observar el mundo a través de una cámara de cine. Iñaki, como los buenos escritores, tiene un mundo cerrado y reconocible donde todo es posible. Y en esa posibilidad infinita, el amor siempre es huidizo. Siempre.

   La historia de amor más hermosa jamás contada de Iñaki debería empezar por el final. Un libro entreabierto de Bukowski en la mesilla de una habitación de hotel que amanece y un hombre que, con una toalla blanca, seca la espalda de una mujer desnuda en gestos sutiles y abarcadores. Ella aparta su pelo mojado y él, con un cigarrillo indolente en la boca, observa su nuca mientras atrapa cada gota de agua que resbala y serpentea por su piel.

   Iñaki y yo profundizamos en nuestra percepción del amor dentro de nuestro intercambio de cuentos y bosquejos. Me reconozco en su amor huidizo, en cómo se escurre aún antes de ser corpóreo, una sombra difusa y fantasmal que nunca se materializa en una misma dimensión. El amor es pura magia, dos desconocidos que se cruzan, que conectan, que se habitan a una velocidad cambiante e indómita.

   A veces le hablo de mis amores posibles, los que terminaron en fracaso y pérdida, los que me conformaron y me hicieron escribir sobre mujeres que lloraron en mi hombro en mitad de noviembre o  me pidieron que cerrase los ojos antes de besarme. En ocasiones me gustaría hablarle de los amores imposibles, los que nunca sucedieron o son pura abstracción. Porque nuestra biografía no sólo se forma con todo aquello que hicimos, también con lo que no nos atrevimos a emprender.

   Recuerdo un frase de una pequeña y olvidada película, Golden Gate, una historia de amor y redención con algún momento hermoso. La frase decía, ¿Sabes?, hay amores imposibles, pero también son amores. No sé, la frase me dejó mudo. Que un amor no sea correspondido o que sea imposible o complicado o puro humo no significa que no sea amor. Es un amor en una dirección, inútil y doloroso, y muere por inanición. Pero durante una pequeña eternidad también fue amor.

   Mi historia de amor más hermosa jamás contada empezaría con dos amantes mirándose de frente. Y en ese cruce de miradas...







We don't have to talk
We don't even have to touch
I can feel your prescence
In the silence that we share


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Lunes, 29 de marzo de 2010
Quiero estar en tu sueño. Ser tu sueño.  
Penetrar más allá de lo que advierte  
la mirada sutil. Como beleño  
recorrer, galopar tu sangre inerte.  

Quiero quebrar con definido empeño  
toda defensa en ti: muralla, fuerte:  
y adentrarme, crisálida de ensueño  
más allá de tu vida y de tu muerte.  

Más allá de tu piel, y más adentro
de toda sombra, y más allá del centro
desconocido, virgen, tembloroso...

Y estar dentro de ti -seguro puerto-
como un paradojal milagro cierto,
presentido a la vez que pavoroso.
Julia Prilutzky
Quiero estar en tu sueño. Ser tu sueño...


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Domingo, 28 de marzo de 2010
Doris Lessing habla del olvido actual de Patrick Hamilton, al que considera uno de los mejores novelistas ingleses de los años treinta. Al avanzar por su prólogo descubro que Hamilton fue el autor de La soga, la obra teatral que Hitchcock llevaría al cine en su famosa película filmada en un único plano secuencia (plano secuencia con truco). Hay escritores que aparecen y desaparecen del panorama literario, que tan pronto están en primer plano como caen en un silencio extraño. Porque, al terminar Los esclavos de la soledad con un nudo en el estómago, pensé en lo extraño que es el olvido de alguien con la calidad de Hamilton, un escritor cercano, doloroso, observador y realista.

Los esclavos de la soledad se sitúa en la Inglaterra de la segunda guerra mundial pero no habla de combates o muerte o resistencia en un alegato antibelicista sobre la locura y sinrazón de la guerra, sino sobre el oscurecimiento de las poblaciones inglesas al llegar la noche (para evitar los bombardeos), sobre mujeres solitarias que pasean con pequeñas linternas en su regreso a su modesta habitación, sobre un microcosmos al que la guerra le queda lejos, muy lejos, y sólo la sienten por el racionamiento, la escasez de alimentos y ropa o los uniformes militares en las calles.

La señorita Roach trabaja en una editorial londinense. Cada atardecer regresa a la pensión de un pequeño poblado a 40 kilómetros de la capital. Con su linterna mal ilumina el camino de vuelta a su habitación. Ya el inicio de la novela, que describe uno de esos regresos a casa, da el tono de la historia. Una tristeza sobrevuela la oscuridad, la soledad, la lúgubre pensión y sus mesas separadas del salón comedor...

Hay cierto aliento dickensiano en la los habitantes de la pensión donde transcurre la mayor parte de la novela. La señorita Roach, una mujer de 39 años, solitaria y sencilla, que encuentra un inesperado amor en Pike, un oficial americano, un amor extraño, dubitativo y doloroso. El irritante señor Thwaites, pura apariencia y que disfruta atacando y dañando a los demás. El huidizo señor Prest, un actor retirado y buen observador de lo que ocurre entre las cuatro paredes del salón. Las señoras Barrat y Steele, ajenas al nuevo mundo en el que viven (aquella frase de Peckinpah, los tiempos han cambiado, las define de forma adecuada). El teniente Pike, un americano que sólo busca amores huidizos, alcohol y diversión ante la guerra en la que debe participar. La alemana Viki, con innumerables caras... En la pensión y en uno de los pubs del pueblo se desarrolla esta historia de amores frustrados y soledad, donde la señorita Roach libra su guerra personal en mitad de una guerra mundial.

Los esclavos de la soledad es un gran libro, te atrapa desde el primer momento con la descripción de las penurias que soporta la población civil en mitad de una guerra, con uno de los personajes femeninos más interesantes que he leído en los últimos tiempos, tan bien trazado, tan cercano, que sufres por cada golpe que recibe. Historia de supervivientes, Patrick Hamilton escribió un hermoso y triste libro.



Casi todos los que vivían en las pensiones de Thames Lockdon estaban convencidos de que habían perdido el lugar que les correspondía en el mundo, de que habían ido a parar allí por una mera anomalía del destino, y de que no les quedaba más remedio que interpretar un papel, con cortesía pero con condescendencia, antes sus compañeros de pensión.
Patrick Hamilton
Los esclavos de la soledad (traducción de Vicente Campos. Galaxia Gutenberg)

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Viernes, 26 de marzo de 2010
Hay ocasiones donde terminas un libro y te sientes noqueado y necesitas salir a la calle y asumir que has leído algo diferente, cercano a ti. Siete cuentos imposibles se ha convertido en una de las mayores sorpresas de los últimos años. Su lectura me dejó enmudecido como años atrás lo hicieron Roberto Bolaño, Herman Hesse o Richard Ford. Hay tanta belleza y enigma en sus páginas que estremece.

¿Cómo describir un libro donde los límites se trastocan a cada página, donde cada cuento es como acercarse a un mundo imposible y en permanente cambio? Siete cuentos imposibles es un juego de espejos y laberintos, escritores que acaban siendo personajes inventados, historias como cajas chinas que se dan la vuelta en los últimos párrafos, amores febriles, mundos donde el cielo es el suelo y no existe gravedad o donde los escritores viajan al futuro para saber si entraron en la historia de la literatura. No hay una frontera definida en estos siete cuentos y la irrealidad, la inesperada irrealidad, arremete en los personajes para hacerles asumir una nueva mirada. Hay un momento donde esa irrealidad es de tal cercanía que te dejas llevar por ella y sientes que el mundo no es como lo vemos, sino como lo soñamos.

Qué hermoso es el encuentro con un libro que te deja sin respiración, cuando te adentras en cada página sabiendo que encontrarás la sorpresa y la magia de lo inesperado, de los mundos del revés, de los espejos que no se sabe si son reflejo o realidad.

Imagina un hombre que se cree creador de un mundo literario sin saber que es un personaje de otro creador.

Imagina un mundo que pierde la gravedad, un hombre que construye una casa bajo la tierra y que, atado a una cuerda, da pequeños paseos en un mundo donde el cielo es el suelo.

Imagina un hombre que se pierde entre las ondas que nos rodean, que se adentra en esa “nieve” que ejecuta extrañas formas y sinfonías en un monitor.

Imagina un modesto y apático profesor de literatura que se inventa a un extraño y desconocido autor del siglo XIX del que hace una tesis y al que acaba convirtiendo en un autor de culto, un profesor capaz de crear hasta el último paso de una sombra fugaz (mientras leía el cuento pensé en el misterioso B. Traven).

Imagina un cuento que te habla del control político sobre la población a través de una manifestación de estudiantes y la prohibición de toser en clase.

Imagina un hombre que en mitad de un viaje por Europa recuerda aquel cuento del escritor que viajaba en el tiempo y cómo, sin buscarlo, el tiempo se pliega sobre sí y el narrador se convierte en testigo y protagonista de ese viaje.

Imagina una carta que puede que sea un sueño.

No soy capaz de trasmitir la belleza de este libro de Javier Argüello, sólo alcanzo a describir la superficie de sus mundos, su ausencia de fronteras entre realidad, sueño, creación e invención. Si Kapuscinski hablaba de cruzar la frontera, Argüello va un paso más allá y borra toda señal de límite. Cada página, un mundo imposible, y en cada mundo, amores y tiempos y sombras que se cruzan.

Siete cuentos imposibles es, por ahora, mi libro de este 2010. Y una prueba más de cómo la literatura se acerca a la infinitud y siempre, siempre, te depara libros (hermosos cantos a la magia e invención) que renuevan la atracción por ellos. Y como si anticipase el contenido, este libro (como objeto) tiene una hermosa historia detrás. Mari Carmen de mis entretelas, gracias por elegirme como cuidador de este libro huérfano.



Y entonces tuve la sensación de que el mundo entero era un invento. El mundo como unidad, como ente unificado que avanza de pronto como la más ingenua de las fantasías, únicamente imaginable como el producto de esa torpe necesidad de los hombres de poner las cosas en términos comprensibles. ¿Qué podían sabes esas llanuras acerca de los especialistas internacionales que en los canales de noticias intentaban explicar lo que nadie podía entender? Esa variedad inmensa de mundos que habitan en el mundo, ignorantes los unos de los otros, de sus esperanzas y de sus temores, y de sus ideas acerca de lo que el mundo era. Fue claro en ese momento aquello que tantas veces había escuchado pero que sólo entonces supe que jamás había comprendido realmente: el mundo no era de una manera, sino que poseía el tamaño y la forma de la imaginación de quien se sentara a pensarlo. Y en esa noche difusa, que comenzaba a descubrirse como el capricho de algún demonio, tuve la indecible sensación de hallarme en el punto exacto en el que confluían todas las líneas que conforman el universo. 

( … )

Te encantaría la librería en la que trabajo. Es pequeña y de madera y está repleta de libros que impregnan el aire con su olor a papel húmedo y añejo. Me gusta estar entre ellos, Anastasia. Me gusta tocarlos y revisar sus páginas. Me gusta el olor que dejan en mis dedos. A veces pienso que sólo escribo para que algún día mis libros se pierdan en los estantes de una librería como ésta. Siento que los libros conversan entre ellos, que se van contando sus historias. ¡Cuántas historias que guarda este sitio, Anastasia! De todas las épocas, en todos los idiomas. Imagino a cada uno de los hombres que las crearon, en cada uno de sus cuartos, trabajando en soledad. Y acá están encuadernadas todas sus noches en vela, todas las ideas que habitaban en sus cabezas, reposando en silencio, envejeciendo todas juntas. A veces pienso que sólo escribo para no dejar que mis historias envejezcan solas, pero hay historias cuyos finales son parte del principio, y que no pueden terminarse y encuadernarse junto a las otras, Anastasia, como la nuestra.

( … )

Me gusta estar entre estos libros, Anastasia. Me paso los días tan callado como ellos, y como si fuera un libro más, se van acostumbrando a mi presencia. Empiezan a dejar que los conozca y empiezan a conocerme. Nadie entiende mejor que ellos lo que pasó con nosotros, porque de a poco han ido descubriendo que yo soy el escritor de las historias imposibles. Siempre ha sido así. Quizá podría haber dicho que ya no te amaba, que el tiempo se había llevado todo, pero ambos sabemos que para nosotros no fue tan simple. Amé profundamente tus ojos de libro viejo, tu cuerpo hecho de arena, tu peligrosa manera de amar. Amaste profundamente mi forma de ir por la vida, mi estirpe de vagabundo, y por eso tuve que irme. No haberlo hecho habría sido traicionarte. Los dos habríamos jugado a que todavía nos teníamos, pero ya no hubiéramos sido nosotros.
Javier Argüello
Siete cuentos imposibles (Lumen)

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Martes, 23 de marzo de 2010
   No fui un alumno destacado o brillante. Ya entonces, en plena adolescencia, me quedaba en un segundo plano y en pocas ocasiones daba un paso adelante. Agazapado, podía observar a mis profesores y compañeros, ser testigo de cientos de conversaciones y gestos cazados al azar. Captaba imágenes y palabras, como años después (en mi otra vida) lo hice con mi cámara.

   El instituto fue una época marcada por los continuos cambios, tanto físicos como emocionales, por la asunción de la palabra futuro, por descubrir que, cada ser de este mundo, por ínfimo que sea, está conectado con los demás y una pequeña diferencia en uno de ellos podría influir en mi vida, como cada gesto mío, sin preverlo, podía originar una inesperada revolución al otro lado del horizonte. Somos como gotas de un mismo océano, como olas que, una y otra vez, sacuden la arena de una playa infinita. 

   En una de las clases de filosofía descubrí el concepto de eterno retorno de lo idéntico. Lo confieso, salvo aquel paseo peripatético en el patio del instituto, apenas presté atención a las clases de filosofía. Algo de Platón, una pizca de Aristóteles, poco más. Hasta que Nietzsche me habló del eterno retorno de lo idéntico (porque los escritores nos hablan en un diálogo continuo, nunca monólogo). Me gustó la poesía que entrañaba ese mundo ideal del retorno. No lo tomé como una repetición constante de los mismos gestos sino que, como las olas, la vida (individual, colectiva) pasa por etapas parecidas, como esos guiones circulares donde los personajes, en cierta forma, regresan al inicio (¿estoy pensando en Grupo salvaje?). Tal vez sea eso, tal vez la vida sea una ola que se repliega en sí una y otra vez. Pero sólo tal vez...

   Y en ese replegarse en sí, vuelvo a encontrarme delante del instituto de Gallarta 17 años después de terminar las clases. Casi media vida... Intento pensar cómo fui con 18 años y sólo puedo atisbar a un adolescente tímido, lector, algo raro, con unas gafas enormes y camisetas negras de Van Halen y que empezaba a descubrir la belleza y el misterio del cine. Sé que para completar el puzzle de mi pasado necesitaría de todos aquellos que estuvieron en él Y aún así, la percepción quedaría incompleta. Porque los recuerdos, la memoria, son reales, sí, pero no exactos. El tiempo difumina y cambio nuestro pasado. Y está bien.

   A veces podemos echar un vistazo a ese pasado y hacemos un ejercicio de memoria. Desde que me reencontré con Arantza siempre hemos tenido un hueco a la nostalgia. Hablamos de tal o cual compañero, de aquel profesor que hacía gestos extraños, de los exámenes y la famosa crisis de la patata. Hace un par de días nuestro antiguo profesor de historia nos acompañó en este ejercicio nostálgico. Fue un encuentro entre dos tiempos, como si se difuminara la barrera temporal y estuviésemos suspendidos sobre nuestra vida entera. Fue extraño. Fue emotivo. Y divertido.

   Por primera vez me sentí a la par que mi profesor, un igual, no un alumno parapetado tras un pupitre. Durante una tarde se mezclaron los recuerdos de quienes fuimos con lo que somos ahora. En estos 17 años he vivido fracasos y pérdidas, viajes impensados, nuevos inicios, un puñado de trabajos diferentes, encuentros y decepciones. Aunque... aunque aún hay una parte de quienes fuimos dentro de nosotros. Arantza es esa mujer habladora, cercana y ocurrente del instituto, Javi ( “magister” ) apuntaba la conversación con notas inteligentes y humorísticas y yo, no sé, yo sigo siendo lector y, según dicen, algo raro. La esencia de quien fuimos permanece en nosotros. 

   En una de las desvariadas conversaciones que tuvimos, Arantza se sacó de su chistera mágica (¿filológica?) la expresión “ser económico con la verdad”. Aunque hablábamos de eso tan complejo como son las relaciones de amor y amistad, pensé en aquella máxima que John Ford exponía en El hombre que mató a Liberty Valance: Si la leyenda supera a la realidad, publica la leyenda. Sé que este desvarío sólo ha rozado la superficie del encuentro entre (ex-)alumnos y (ex-)maestro, pero tal vez, sólo tal vez, esa tarde nos pertenezca únicamente a nosotros y haya que dejar pasar el tiempo para escribir sobre ella. Con la distancia temporal necesaria las palabras y los gestos mudarán en leyenda.


http://cougallarta82.blogspot.com/

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Si Kapuscinski llevó consigo la Historia de Heródoto en sus viajes, yo hice lo propio con su Viajes con Heródoto. Recuerdo mirar a través de la ventanilla del tren después de leer algún fragmento sobre cruzar la frontera o la importancia de la lengua. Observaba el horizonte cambiante y la sombra del tren sobre la tierra amarillenta mientras me dejaba llevar por las preguntas que se hacía Kapuscinski acerca de Heródoto y su forma de viajar y recopilar la información de las diferentes tribus, imperios y guerras antiguas. Todo libro es un viaje hacia mundos (im)posibles pero este Viajes con Heródoto parece guardar un viaje dentro de otro, como un juego de cajas chinas. La sensación que transmite es de inquietud y curiosidad constantes.

En el inicio de Viajes con Heródoto, Kapuscinski nos habla de cruzar la frontera, esa línea imaginaria que separa culturas y vidas, lo conocido de lo ignoto y remoto. Cruzar la frontera física y temporal para dar un paso fuera de los límites conocidos y acercarnos al otro, a los diferentes mundos que hay más allá de nuestra mirada e intentar descubrir la pisadas anteriores a las nuestras. Entonces, la frontera no es más que uno mismo, y con cada paso actuamos como testigos del mundo que nos rodea y del pasado que nos define e influye.

Uno de los principales atractivos de Viajes con Heródoto es su mezcla de géneros. Libro de memorias y viajes, crónica periodística, ensayo, libro de historia, Kapuscinski consigue trasmitirnos un halo de aventura y misterio, de inquietud ante lo desconocido y curiosidad por el pasado. También, que Heródoto y su Historia sean dos personajes vivos que nos asombran por su concepción del mundo, por las ansias de conocer y entender esto tan complejo que es el ser humano, por ser un hombre vanguardista que buscó en el camino un viaje hacia el pasado y la comprensión. 

Allá por la década de los 50, en pleno auge comunista, Kapuscinski es un periodista que recoge modestas noticias en los límites de Polonia. Esa cercanía con la frontera le hará preguntarse qué se esconde tras le horizonte y si el cruzar la frontera producirá grandes cambios en la mirada y percepción del mundo. La ruta me llevaba, a veces, a aldeas cercanas a alguna frontera. Pero no muy a menudo, pues a medida que uno se aproximaba a la frontera, la tierra se volvía cada vez más desierta y menguaban las posibilidades de toparse con personas. Aquel vacío acentuaba el misterio de aquellos lugares. También me llamó la atención el silencio que reinaba en las zonas fronterizas. Aquel misterio unido al silencio me atraía y me intrigaba. Me sentía tentado a asomarme al otro lado, a ver qué había allí. Me preguntaba qué sensación se experimentaba al cruzar la frontera. ¿Qué sentía uno? ¿En qué pensaba? Debía de tratarse de un momento de gran emoción, de turbación, de tensión. ¿Cómo era ese otro lado? Seguro que diferente. Pero, ¿qué significaba “diferente”? ¿Qué aspecto tenía? ¿A qué se parecía? ¿Y si no se parecía a nada de lo que yo conocía y, por lo tanto, era algo incomprensible e inimaginable? Pero en el fondo, mi más ardiente deseo, mi anhelo tentador y torturador que no me dejaba tranquilo, era de lo más modesto, pues lo único que me intrigaba era ese instante concreto, ese paso, ese acto básico que encierra la expresión de cruzar la frontera. Cruzarla y volver enseguida, con eso –pensaba– me bastaría, saciaría esa inexplicable y, sin embargo, cuán acuciante sed psicológica.

Pero Kapuscinski no se limitará a dar un par de pasos fuera de su país, sino que iniciará un largo viaje que se iniciará en la India y que no tendrá un final claro. De la mano de Heródoto, Kapuscinski no sólo emprenderá un viaje físico y terrenal, también un viaje al pasado, a la historia que nos conforma, que llevamos dentro aún sin ser conscientes de ello. Es hermoso ver cómo el novato viajero descubre los pequeños mundos dentro de este mundo, la otredad, el ser y sentirse extranjero, la curiosidad por descubrir las capas que existen bajo el presente... En Viajes con Heródoto se cruzan la China de Mao con las Termópilas, los aviones con los antiguos barcos y carros, los conciertos de Louis Arsmtrong con Jerjes, Ciro o Creso. Y, siempre, la constante lucha entre Oriente y Occidente.

Todo Viajes con Heródoto es un hermoso canto hacia la comprensión y la aventura de viajar y saber, de adentrarse no sólo en un paisaje sino también en la historia que guarda ese paisaje, en desempolvar un libro para que nos haga de guía y nos ayude a ubicarnos. La Historia siempre ha sido un viaje apasionante y Kapuscinski sabe transmitir esa pasión. 



Fui penetrando en la India no a través de imágenes, sonidos y olores, sino a través de la lengua, que, además, ni siquiera era el vernáculo hindi, sino una lengua extranjera, impuesta, pero que, aun así, estaba tan arraigada en el suelo indio que se identificaba con el país y, para mí, se había convertido en una clave imprescindible. Mi lucha por la India fue, en su primer asalto, una batalla con la lengua. Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo sólo lo podía facilitar una lengua. Sin conocerla, ese mundo permanecería para nosotros insondable e incomprensible, por más años que pasásemos en su interior. Más aún: descubrí una relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan sólo lo que sabía nombrar; por ejemplo, recordaba una acacia pero no el árbol que crecía junto a ella, porque desconocía su nombre. En una palabra, descubrí que cuanto más vocabulario atesorase, más pronto -y más rico en su inabarcable diversidad- se abriría ante mí el mundo.

( … )

Pues la Gran Muralla -y es una muralla-gigante, una muralla-fortaleza que se alarga miles de kilómetros a través de cordilleras vacías y deshabitadas, una muralla-objeto de orgullo y, como he mencionado, una de las maravillas del mundo- al mismo tiempo es la prueba de la debilidad y aberración humanas, de un enorme error cometido por la historia, que condenó a la gente de esta parte del planeta a la incapacidad para entenderse, para convocar una reunión en torno a la mesa donde, todos juntos, se plantearan cómo emplear con provecho el ingenio y las energías acumuladas de las personas.
Tal cosa resultaba una quimera, pues la primera reacción ante cualquier amago de problema era otra bien distinta: levantar una muralla. Encerrarse, separarse. Pues todo lo que llegaba del exterior, desde allí, no podía ser otra cosa que un peligro, el anuncio de una desgracia, un augurio del mal, vaya, la mismísima encarnación del mal.
Pero la muralla no sirve sólo para defenderse. Al tiempo que protege la amenaza que acecha desde el exterior permite controlar lo que sucede en el interior. Al fin y al cabo, en una muralla hay aberturas, puertas y verjas. O sea,, al vigilar estos lugares controlamos quién entra y quién sale, hacemos preguntas, comprobamos la validez de los salvoconductos, apuntamos nombres y apellidos, escrutamos los rostros, observamos, lo grabamos todo en la memoria. Así que la muralla es a la vez escudo y trampa, mampara y jaula.
Su peor característica es que engendra en mucha gente la actitud de defensor de la muralla, crea una manera de pensar en la que todo está atravesado por la muralla que divide el mundo en malo e inferior: el de fuera, y bueno y superior: el de dentro. Por añadidura ni siquiera hace falta que ese defensor esté físicamente presente junto a la muralla, puede permanecer bien lejos de ella, pero basta que lleve dentro su imagen y obedezca las reglas que su lógica impone.

( … )

Al fin y al cabo, el viaje no empieza cuando nos ponemos en ruta, ni acaba cuando alcanzamos el destino. En realidad empieza mucho antes y prácticamente no se acaba nunca porque la cinta de la memoria no deja de girar en nuestro interior por más tiempo que lleve nuestro cuerpo sin moverse de sitio. A fin de cuentas, lo que podríamos llamar contagio de viaje existe, y es, en el fondo, una enfermedad incurable.
Ryszard Kapuscinski
Viajes con Heródoto (traducción de Agata Orzeszek. Anagrama)

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S?bado, 20 de marzo de 2010
Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,
por los pasillos lentos y el examen,
a través de los libros, de las tardes de fútbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
más allá del muchacho obligado a la luna,
por debajo de todo lo que amé,
yo te estaba esperando.
Yo te estoy esperando.
Por detrás de las noches y las calles,
de las hojas pisadas
y de las obras públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,
yo te estoy esperando.
Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan mas serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira,
yo seguiré esperando.
Luis García Montero
Confesiones

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    La mujer leía en una esquina de la cafetería del aeropuerto. Agarraba la taza de café a la altura de su pecho en un gesto extraño y enérgico, como si quisiera asirse a un pedazo de realidad. A veces miraba fuera de las hojas, observaba alguno de los aviones que despegaba, tomaba un sorbo de su café y volvía a La elegancia del erizo. Por un instante pensé que podría ser el inicio de un cuento. Una mujer de pelo corto y mirada inquieta que leía en un aeropuerto mientras esperaba a embarcar hacia otra frontera. Y con cada página leída se desvanecía una pequeña parte de su cuerpo.
    Me gusta volar. La sensación de libertad que te otorga, la distancia con mi vida, conmigo mismo. Entre dos cielos todo parece posible, un instante suspendido donde no llega la rutina que dejamos atrás ni las preocupaciones ni emociones que nos definen día a día, un instante donde aún no hemos llegado al destino, donde no sabemos qué nos espera, donde todo es posible. Estar suspendido en el espacio y en el tiempo. Desconectado. 
    En “Viajes con Heródoto” Kapuściński hablaba de cruzar la frontera. Y a tres mil metros de altura, donde las únicas líneas visibles son las cumbres nevadas de los montes y los diferentes colores de los campos, sentí que no había más frontera que uno mismo. Nuestro cuerpo como único límite, como una frontera siempre en movimiento.
    Hace tiempo que mis viajes son a personas, no a ciudades. Entonces, llevo años sin ser un turista que intenta ver el mayor número de monumentos y restos del pasado y lugares pintorescos en el menor tiempo posible. Me dejo llevar por la persona que me espera al otro lado del cristal del aeropuerto. Ese es mi destino. La persona que (me) espera tras el cristal. Este viaje, por tanto, era a Sonia.
    La bolsa roja se resbalaba por mi hombro. Los pasajeros nos cruzábamos en nuestro camino por los pasillos del aeropuerto. Al fondo, la salida y un puñado de personas expectantes. Empezaron a brillar pequeños relámpagos azules. Y entre esos brillos, Sonia. Sonreí. Fue un reencuentro rápido y caótico, rodeados de otros reencuentros y abrazos. Allí estaban Sonia y nuestra amiga Yolanda. Y tardé en ver a Julio y su niño, un chaval parlanchín con unos ojos inmensos. Las primeras fotos, en la puerta del aeropuerto. 
    Desde el primer instante todo fue cercano y cálido. La primera noche se pasó en un restaurante turco y una charla continua en los bares de Elche (omito el completo y experto sobeteo que Julio tuvo a bien regalarme). Como me dijo Sonia, tengo la sensación de que estos encuentros son más continuos y numerosos de lo que realmente son, como si nos viésemos cada poco tiempo. Aunque sea extraño, Internet sirve para curiosos cruces de caminos y en esos cruces conocer a nuevos amigos que ya forman parte de mí.
    Uno de los momentos álgidos fue el viaje a Alicante. Durante media hora nos perdimos por los pasillos de la fnac. Yolanda tenía cierto miedo a que nos quedásemos varados horas y horas delante de los libros, pero fue una visita rápida, tranquila e indolora. En cada visita a una librería descubro algún libro que me emociona encontrar. En este caso, los relatos de Nathaniel Hawthorne, un libro pequeño, casi imperceptible entre los demás. Hawthorne me deslumbró hace más de diez años con La letra escarlata, con su influencia en otros escritores como Melville. Poco a poco me he ido haciendo con sus libros. Cada libro es una incógnita, cruzar una frontera invisible e inesperada, adentrarse en cientos de mundos (im)posibles. 
    Hay una imagen que no olvidaré de este viaje: Sonia con Diego. Le esperamos a la salida del colegio. El bullicio, los gritos, los carritos de niños, las madres con la merienda en bolsas de plástico. Y Sonia que aparece con su mocetón de tres años, tímido pero cariñoso. Andaban de la mano y cada pocos pasos Diego le daba un beso. También decía en voz alta las letras y los números de las tiendas, algo que me recordó a mis paseos con mi sobrino. Me emociona ver a mis amigas con sus niños. A Diego le gusta Bob Esponja y los coches, contar los números en una pantalla de televisión y saludar a sus amigos, hablar con las palomas y besar a su mamá. Es un niño precioso.
    Odio las despedidas. Intento que sean rápidas, que no sean más que una despedida temporal, como si fuera a ver a la otra persona al día siguiente. Luego, cuando cuando me doy la vuelta y camino por una calle de Elche al lado de Yolanda (emocionante), pienso en Sonia y Diego. Y cuando me pierdo por un pasillo aséptico del aeropuerto recuerdo el encuentro con Yolanda, el brillo en la mirada de Sonia al hablar y estar con Diego, las bromas de Julio y nuestra conversación sobre Nick Hornby. En cada paso se mezclan imágenes y emociones que me nutren.

    Al final, no hay más frontera que uno mismo...


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Viernes, 19 de marzo de 2010
Tu cuerpo puede
llenar mi vida,
como puede tu risa
volar el muro opaco de la tristeza.

Una sola palabra tuya quiebra
la ciega soledad en mil pedazos.

Si tu acercas tu boca inagotable
hasta la mía, bebo
sin cesar la raíz de mi propia existencia.

Pero tú ignoras cuánto
la cercanía de tu cuerpo
me hace vivir o cuánto
su distancia me aleja de mí mismo
me reduce a la sombra.

Tú estás, ligera y encendida,
como una antorcha ardiente
en la mitad del mundo.

No te alejes jamás:
Los hondos movimientos
de tu naturaleza son
mi sola ley.
Retenme.
Sé tú mi límite.
Y yo la imagen
de mí feliz, que tú me has dado.
José Ángel Valente
Sé tú mi límite

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Jueves, 18 de marzo de 2010
Cada persona nueva, cada cruce de caminos influye y sacude mi vida. Un amigo, un amor, un simple conocido que permanece junto a mí durante una pequeña eternidad crea unas tímidas ondas que me alcanzan y mueven mi interior. En todo encuentro con el otro he descubierto (me he nutrido con) canciones y libros y miradas y paisajes que ahora están dentro de mí. Entonces, sin buscarlo, hay cientos de canciones y libros que son recuerdos de personas especiales para mí. Me siento habitado...

Wait, de Alexi Murdoch es una de las canciones más hermosas y entrañables que me han descubierto. La guitarra y la voz queda de Murdoch, la letra tan acogedora, el final que estremece... Wait se ha convertido en mi banda sonora de hoy, de los próximos días, el recuerdo de  un cruce de caminos .

Información:
http://www.aleximurdoch.com/
http://es.wikipedia.org/wiki/Alexi_Murdoch


Wait (Alexi Murdoch)



Feel I'm on the verge of some great truth
Where I'm finally in my place
But I'm fumbling still for proof
And it's cluttering my space

Casting shadows on my face

I know I have a strength to move a hill
I can hardly leave my room
So I'll sit perfecty still

And I'll listen for a tune

While my mind is on the moon


And if I stumble
And if I stall
And if I slip now
And if I should fall
And if I cant be all that I could be
Will you, will you wait for me

Cause everywhere I seem to be
I am only passing through
I dream these days about the sea
I always wake up feeling blue

Wishing I could dream of you


So if I stumble
And if I fall
And if I slip now
And lose it all
And if I can't be all that I could be
Will you, will you wait for me

And wait for me
Won't you wait for me
And wait for me

Please wait for me

Won't you wait for me





Tags: Wait, Alexi Murdoch, Time Without Consequence

Publicado por elchicoanalogo @ 21:13  | Canciones
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Martes, 16 de marzo de 2010
Leer El túnel de Sábato es como acercarse a un acantilado que te atrae y te engulle entre sus rocas salientes y afiladas. El monólogo de Juan Pablo Castel es así, afilado, cortante, abisal, una especie de umbral hacia la desesperanza, la tristeza, la soledad, el amor delirante y la locura.

Castel se queda prendado de la única persona que descubre la realidad escondida en uno de sus cuadros. Mientras críticos y espectadores se quedan con lo pintado en primer plano, una desconocida parece desaparecer, emocionada, en una esquina del cuadro, una ventana abierta que muestra una mujer solitaria frente al mar. Ese encuentro casual, no sólo físico, también emocional, obligará a Castel a iniciar una búsqueda por Buenos Aires en un intento por repetir ese encuentro. Castel siente, por primera vez, que hay otra persona que lo entiende, que sabe leer su alma, sus pinturas, su pensamiento.

El inicio de El túnel te deja boquiabierto, ya no se puede despegar la mirada de sus páginas. Como si se tratara de un relato detectivesco, Castel se presenta como el asesino de María Iribarne. Desde esa primera confesión asistimos a un intenso monólogo con continuas digresiones y reflexiones de Castel, unas digresiones de tono sombrío, gélido y solitario, El túnel desmenuza una pasión febril, alocada, desquiciada. Castel no sabe amar ni acercarse al otro, no es capaz de mantener el equilibro y el amor por María deambulará en continuos vaivenes, como una montaña rusa de emociones. Amor que se transforma en odio en el momento más insospechado para resurgir en forma de perdón y vergüenza.

A veces se hace dura la lectura de este amor loco, de esta pasión llena de emociones extremas. Castel parece querer vivir en un hueco, en un túnel soterrado y cuando sale a la superficie es incapaz de mantener la cordura, el equilibrio. Cada gesto, cada palabra debe tener su lógica, un razonamiento con un final cerrado, la certeza última. Pero eso es como querer lo inalcanzable, lo extremo, el abismo.

El túnel es una novela compleja, demoledora, desesperanzada. Una lectura que atrapa y hiere.



La hora del encuentro había llegado! pero ¿realmente los pasadizos se habían unido y nuestras almas se habían comunicado? !Que estúpida ilusión mías había sido todo esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el muro que los separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla a María como una figura silenciosa e intocable… No, ni siquiera ese muro era siempre así: a veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado.
Ernesto Sábato
El Túnel (Cátedra)

Tags: El túnel, Ernesto Sábato, Cátedra

Publicado por elchicoanalogo @ 16:41  | Libros...
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Jueves, 11 de marzo de 2010
1
John Lennon está sentado en la arena. Las piernas largas, el pantalón de hilo graciosamente enrollado bajo la rodilla, la mirada en el mar inmóvil. Lennon piensa en Liverpool, en ese otro paisaje frío y oscuro. Destemplado. Esa era la palabra que buscaba Lennon. Juega con un caracolito mientras fulmina con los últimos pitidos su cigarrillo. Y piensa en su hijo, en Nueva York. Tan chiquito. Y en ese otro hijo; tan lejano. El codo izquierdo recostado -más bien enterrado- en millones de granos blancos y finos. La arena de Jamaica es una caricia para el cuerpo y Lennon la disfruta. El sol baña su cuerpo blanquísimo y Lennon sabe que pronto será un camarón. No le importa, porque se siente más libre que nunca.
Lennon ha reunido su banda. "Mi banda", subraya mentalmente. Allí, en Jamaica, en esa playa de la que -acaba de decidirlo- nunca quiere marcharse. Porque por un instante, fugaz y profundo, Lennon es feliz.
Neil Aspinall apenas le roza el hombro. Está descalzo y Lennon, sumergido en ese ramalazo eufórico, no lo escuchó acercándose. - ¿Todo bien?
Lennon levanta la cabeza y le dedica a Neill una sonrisa genuina. Neill no veía sonreir a Lennon de esa manera desde... Una eternidad. Una vida. O varias vidas.
- Todo bien.
- Traje una biografía de Brian. ¿Te interesa?
- ¿Ya la leíste?
- Si.
- ¿Y qué puede decir de Brian que yo no sepa?
Neill se encoge de hombros y camina lentamente hasta la orilla. Lennon ha pensado mucho en Brian durante los últimos días. En aquella semana en España. En las escenas que montaba Brian cuando Lennon, borracho perdido, jugaba con él hasta humillarlo. En el día de su muerte; en el instante en el que -simplemente- le dijeron "Brian está muerto".
Lennon se deja acariciar por la brisa y cierra los ojos. Se ha cortado el pelo. La muerte. Lennon piensa en su madre. Y en Mal Evans. Lennon sabe que morirá joven, pronto, tal vez allí mismo, y tiene mucho miedo. Nunca lo dirá. O sólo a Yoko. No se le ocurra que un loco pueda ser capaz de balearlo en la puerta de su casa. Allá, en el Dakota. Pero una extrañísima sensación lo tortura y por eso ha reunido su banda en Jamaica para grabar el último disco de los Beatles. En secreto, por supuesto. Es 1978.

2
Ringo Starr no ha probado alcohol en las últimas 48 horas. La cabeza le da vueltas. Tiene la boca seca y temblores bien repartidos por las piernas y los brazos. Está fusilado en el silloncito del estudio, restregándose los ojos con furia. No quiere que le hablen de la playa. Ringo ha perdido el buen humor, y esa es toda una noticia.
Alan Parsons simula una minuciosa inspección de una de las consolas, pero en verdad tiene a Ringo en la mira. Su misión en Jamaica va más allá de la de un ingeniero de sonido común y silvestre (aunque sea tan poco común como Alan Parsons). Alan está allí para cuidar a Ringo, porque Ringo es frágil, un pequeño travieso que lleva años suelto en el jardín de los excesos.
- Ni una gota -, dice Ringo.
Alan asiente, pero está alerta.

3
"Maldita la hora", dice el caballero longilíneo, elegante con su pantalón crema, la camisa fina y el cómico sombrerito blanco. "Maldita la hora", se repite, atrapado en esa tienda en el infierno del mediodía de Kingston. "Maldita la hora", reitera, hundiéndose los anteojos negros en la nariz. Porque allí, en ese confín del Caribe, un hombre empezó a molestarlo.
- Ey, George Martin... George Martin, ¿no es usted George Martin?
Sólo quiere pagar la cuenta, subirse al coche y esfumarse. Pero está atorado cerca de la caja y el hombrecito, cargoso, insiste.
- No me diga que no es George Martin... Los Beatles... Ey, ¿qué le pasa? Le estoy hablando.
"Maldita la hora", se dice George Martin después de dejar las bolsas repletas de comida y de salir huyendo de ahí.

4
Olivia era una obsesión, los ojos más profundos y dulces que había visto. Olivia era la vida misma. George Harrison no pensaba que el amor podía arrollarlo con tanta brutalidad. No después de Patty. Y ahí estaba, un beatle dado vuelta por la sonrisa más genuina y gigantesca que le habían contagiado desde... Patty. Desde los buenos tiempos de Patty, se corrigió. George había intentado convencerse desde hacía demasiado tiempo que no extrañaba a Patty. Y ahora, finalmente, había cambiado la añoranza por Patty por otra añoranza. ¿Y si Olivia desaparecía?, se flageló. ¿Y si se iba? ¿Si renunciaba?
George acarició con infinita ternura el puente de su guitarra y le brotó una melodía. Muy triste, muy simple. Tocó esas notas, las dio vuelta, volvió a la idea original, tomó aire y se puso a silbar.

5
Paul McCartney fumaba un porro descomunal con la vista clavada en el ventilador de techo. Se lo pasó a John, que se lo pasó a George, que se lo pasó a Ringo, que se lo pasó a Alan, que se lo pasó a Neill, que se lo pasó a Paul. Y así estuvieron hasta las tres de la mañana, cuando Paul se acomodó frente al pianito y simplemente dijo...
- ¿Cómo era eso que estabas cantando esta tarde?
Lennon improvisó algo sobre una chica, y un jardín, y olas de colores, y caracolitos, y una arena tan fina que parece invisible en la palma de la mano. Paul acomodó velozmente los versos y a John le salió un puente, con esa guitarra toda desafinada que tocaba Alan Parsons, y de pronto el milagro se produjo. Como en Liverpool, como en Hamburgo, como en ese Londres por descubrir, Paul y John estaban componiendo juntos. Después de mucho tiempo. George y Ringo no quisieron abrir la boca, invadidos por el pánico de que la magia se esfumara, y Alan deseó con toda la fuerza del mundo tener una grabadora, y correr a levantar a George Martin de la cama. Neill simplemente sonreía. Tenía pendiente una llamada con Derek Taylor.

6
El encuentro se había cristalizado por casualidad. En uno de esos... "¿y qué te parece si...?" con los que John y Paul se divertían en el Dakota mientras miraban la tele, devoraban porros y gozaban con los dardos que se lanzaban Yoko y Linda. Una vez estuvieron a punto de ir al "Saturday Night Live", así, de improviso, pero no consiguieron un taxi. Mientras el mundo conjeturaba sobre el odio entre John y Paul, ellos se reían y engordaban en un living de Nueva York.
Pero había un límite que no habían cruzado hasta ese momento. No hacían música juntos. Podía ser peligroso. Pudrirse todo o...
John, que estaba fuera del circuito desde el nacimiento de Sean, le daba vueltas al asunto y se lo propuso como al pasar. Porque se sentía vacío, muy inquieto, con ese miedo arraigado en alguna parte; necesitado de probar muchas cosas.
- Algunas vez deberíamos grabar otro disco, ¿no?
Le dijo John. Y Paul:
- ¿Hablás en serio?
- Si.
- ¿Con la banda?
- Si.
- Sería un quilombo.
- Insoportable, ¿no?
- ¿Te imaginás?
Y se hizo un silencio muy largo. Yoko y Linda habían escuchado y estaban paralizadas. Yoko intentó acercarse al sillón y Linda, por primera vez, por primera y sorprendente vez, le agarró un brazo con fuerza.
- No -, fue lo único que pudo decir, pero la fulminaba con los ojos y Yoko, por primera y sorprendente vez, quedó petrificada.
- ¿Y si nos escondemos?
- ¿Cómo que nos escondemos?
- Armamos un estudio en algún lugar, lejos. Lejos de acá, de Inglaterra.
- Sin publicidad.
- Que nadie se entere.
- George Martin.
- Y Neill.
- ¿Me escuchaste? George Martin.
- Ya sé. Phil Spector está rayado. George Martin.
- Y Alan Parsons.
- Y nadie más.
- Ayer hablé con Ringo, sería cuestión de decirle dónde y cuándo.
- Si.
- Y a George tenemos que agarrarlo entre los dos.
- Y compramos acciones en Harrisongs.
- Y le financiamos una película.
- Y le regalamos un coche.
- Yo lo llamo a Neill. Que arme todo.
- ¿Así nomás?
- Así nomás.
- Y ya sé en dónde.
- ...
- En Jamaica.
- Jamaica.
- Y en poquitas semanas.
- ¿Esto es en serio, no?
- Si.
- George Martin.
- En Jamaica.
- Solos.
- Solos.
- Sin familias.
- Sin esposas.
Linda atenazaba el antebrazo de Yoko. Y Yoko miraba a John desde la puerta del living y se daba cuenta de que estaba derrotada antes de iniciar cualquier batalla.

7
Los Beatles compusieron y grabaron 37 canciones. No las cantaban; las vomitaban. Era como el álbum blanco, pero distinto, heterogéneo, anárquico... y perfecto. Terminaban un tema y empezaban otro. George se sentía como en aquellas semanas en las que se obró el milagro de "All things must pass" y le salió una docena de creaciones. Algunas simplemente sublimes, tanto que John y Paul, en sus recreos, las escuchaban pasmados. Y Ringo aportó tres canciones bellísimas, un poco tristes, porque detrás de la coraza había un hombre que sufría y Ringo, finalmente, podía expresar un poquito de esa sensación que lo mantenía mareado desde 1970.
George Martin y Alan Parsons no daban abasto. Sólo les preocupaba no perder el material, asegurarlo, copiarlo, atesorarlo. Ya habría tiempo para trabajar con él.

8
Y un día la magia se acabó. No es que el pozo se hubiera secado, sólo que ya lo habían rasqueteado demasiado, lo suficiente como para que afloraron los resquemores. Entonces, sabiamente, John le puso la mano en el hombro a Paul, y se miraron, y supieron que la tarea estaba cumplida. Y George sonrió con alivio, y con curiosidad, y pensó en Olivia. Entonces se encerraron en el fondo de la cabaña, discutieron y tomaron la decisión. Lo habían acordado desde el primer momento. Y así fue. Y Ringo lloró, porque se sentía tan mal como en aquel primer día en Jamaica.
George Martin, Alan Parsons y Neill Aspinall volvieron a Londres en vuelos separados. Cada uno llevaba una copia de las cintas.

9
El 8 de diciembre de 1980, Mark Chapman le ensartó cuatro balazos a John Lennon en la puerta del edificio Dakota, y el cuadrado empezó a desarmarse irremediablemente.

10
El 29 de noviembre de 2001 el cáncer se llevó a George Harrison. Murió tomado de la mano de Olivia.

11
NUEVA YORK (24/3/2008 - Agencia Reuter).- En la mañana de hoy murió en esta ciudad Neill Aspinall, histórico asistente personal y road manager de The Beatles. Aspinall tenía 65 años y falleció a causa de un cáncer de pulmón, de acuerdo con lo informado por sus familiares. Al momento de su deceso se desempeñaba como director de Apple Corporation, la empresa fundada por The Beatles en la década del 60.

12
George Martin miraba las ramas de los abetos moviéndose al compás del viento. La mecedora crujía levemente. De fondo sonaba Bach. La carta descansaba sobre el regazo.
Tomó el papel para leerlo por tercera vez, se subió los anteojos y estudió por unos instantes el sello del banco suizo. Y leyó.

Zurich, 10 de marzo de 2010

Estimado Sr. Martin
Me es grato dirigirme a Ud. para comunicarle que la junta directiva de la institución me ha dado plenas atribuciones para encargarme del tema que oportunamente conversamos en Londres.
Esta mañana concurrí a las bóvedas en compañía de nuestros expertos y hemos comprobado que el material se encuentra en perfecto estado. Hemos separado las cintas originales de los archivos digitales, tal como nos fue indicado.
En cuanto a las cláusulas del contrato, tengo entendido que Apple Corporation mantiene acuerdos similares con entidades de Nueva York y Tokio y que nuestra junta directiva aprobó condiciones similares. Espero interiorizarme de otros detalles.
Un amigo de absoluta confianza porta esta carta, por lo que me siento liberado para expresarme con franqueza, a sabiendas de que no hay peligro de que llegue a manos indebidas.
El contrato especifica que el material debe ser devuelto a Apple Corporation el día que muera el último integrante de The Beatles, por lo que me gustaría ratificar con Ud. y con su hijo Giles si el sistema de envío de dicho material se mantiene en pie o si prefieren cambiarlo.
Llevo 25 años de carrera en el banco y siempre se han tejido historias acerca del contenido de esas cajas de seguridad. Conjeturas de toda clase, como Ud. imaginará. Independientemente de estos rumores, tan comunes en esta clase de situaciones, y teniendo en cuenta la magnitud de la tarea que me han encargado, no niego que me gustaría que conservemos acerca de la naturaleza del material que me toca custodiar.
Mi antecesor en el cargo sólo me confió que se trata de un disco grabado por The Beatles después de 1970, y que la voluntad del grupo es que fuera editado después de la muerte de todos sus integrantes. No le ocultaré que soy un admirador de The Beatles desde mi juventud, y me pregunto la razón por la que tomaron esa determinación.
No quiero abusar de su confianza y me disculpo si piensa Ud. que he llegado demasiado lejos con mis inquietudes.
Estaré el mes próximo en Londres, espero verlo entonces.
Con el mayor respeto.

Werner Dieterglass

Guillermo Monti
Cuarenta días en Jamaica

Tags: Guillermo Monti

Publicado por elchicoanalogo @ 23:23  | Voces amigas
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Jueves, 04 de marzo de 2010
Habítame, penétrame.  
Sea tu sangre una como mi sangre.  
Tu boca entre a mi boca.  
Tu corazón agrande el mío hasta estallar.  
Desgárrame.  
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñeme tu saliva el paladar.
Estés en mí como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed
quemándome.

Con esta sed quemándome.

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.
Juan Gelmán
Oración

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:42  | Poes?a
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Mi?rcoles, 03 de marzo de 2010
Me sorprendió esta novela de Kenzaburo Oé, la fuerza e intensidad tan difícil de encontrar en los primeros pasos de un escritor. Oé ya anticipa temas futuros como la enfermedad, tanto del individuo como de la sociedad, el miedo, la recreación de los últimos coletazos de la guerra o el difícil paso a la madurez en mitad de la naturaleza.

Unos chicos de un reformatorio son trasladados a una aldea perdida para evacuarlos de los bombardeos de la guerra. Apenas sabemos nada de ellos y de su pasado, sólo que son rechazados por la sociedad y, por tanto, despojados de su visibilidad. Los niños son tratados con crueldad, odio y resentimiento por cada aldea que pasan camino de su refugio e inician el paso a la madurez en un territorio hostil. Sólo les queda apoyarse los unos a los otros.

Una vez instalados en su refugio de la montaña, los chicos se dedicarán a enterrar los cadáveres de los animales muertos por una epidemia. Los habitantes del pueblo huirán por miedo a contagiarse, encerrando y abandonando a los chicos. En esos días de soledad los chicos tratarán de construir su propia sociedad, contraria a la que han vivido hasta ahora, una sociedad basada en el compañerismo y la solidaridad.

Oé integra el paisaje en la historia y los instintos de los protagonistas. El valle, el bosque, los montes, las aldeas desiertas son un testigo mudo de los odios, miedo y muerte de los hombres. En mitad del paraíso se desata un pequeño infierno.

También es estimable el halo trágico, el destino fatal que Oé apunta desde las primeras páginas. Aún en los momentos de mayor placidez se percibe una tensión soterrada por la tragedia que se anticipa. No hay un momento de respiro. El ambiente es duro e inquietante.

Gran novela de Kenzaburo Oé.




Aquello era consecuencia de que aún no se había habituado a ser una bestia enjaulada, un ser objeto de todas las miradas. Era el único, pues los demás ya nos habíamos acostumbrado a toda clase de tropelías. Lo único que podíamos hacer era tratar de sobrevivir, obligados como estábamos a contorsionar nuestros cuerpos y nuestras mentes para amoldarnos a las mil jugarretas sucias que el destino nos hacía cada día. Ser golpeados y caer al suelo bañados en sangre era algo habitual, y aquellos de nuestros compañeros a quienes les había tocado cuidar de los perros policía durante un mes escribían obscenidades en suelos y paredes con sus jóvenes dedos deformados por los tremendos mordiscos que les daban los hambrientos canes cuando los alimentaban cada mañana. Sin embargo, a pesar de lo endurecidos que estábamos, cuando regresaron los dos fugados, seguidos por un policía y uno de los celadores, no pudimos evitar un estremecimiento. Les habían atizado de lo lindo.
Kenzaburo Oé
Arrancad las semillas, fusilad a los niños (traducción de Miguel Wanderbergh. Anagrama) 

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Publicado por elchicoanalogo @ 15:33  | Libros...
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