Jueves, 08 de abril de 2010
Son las cuatro y media de la madrugada. Es la hora donde desaparezco dentro de tus sueños. Es un viejo truco de prestidigitador. Puedo colarme en sueños ajenos como puedo parar la lluvia aún en los días de tormentas inquebrantables. Me inmiscuyo en tu inconsciente e invento cada imagen de tus sueños para dejar una pequeña semilla de melancolía que sentirás al no encontrarme a tu lado.

Me dices que al despertar te sientes desorientada, no sabes si eres un retazo de realidad o sueño, y buscas abrazarme en la oscuridad para asegurarte que eres realidad. Entonces, recuerdas que estoy lejos de ti y no puedes abrazarme y te queda la duda de qué eres en esa hora extraña y repetida. Imagino el frío desértico de mi ausencia sobre tu cuerpo, cómo te pierdes fuera de las ventanas sin persianas sabiendo que no volverás a dormir y que te espera una hora de sombras y crepitaciones.

Y siempre, me dices sorprendida, el reloj ilumina las cuatro y media de la madrugada cuando despiertas y crees que estoy a tu lado. No te das cuenta de que en esas madrugadas no he estado a tu lado sino en ti, que en estos últimos meses he dejado pequeñas marcas en tus mejillas, en tu corazón y en tus entrañas que me servirán de guía para desbocarme bajo tu piel en la madrugada donde volvamos a estar entrelazados en tu vacío.

Pero por una vez soy yo quien acaba de despertarse a las cuatro y media de la madrugada sin sentir tu aliento en mi pecho. Salgo a la noche, malhumorado por el cambio de papeles, por ser el habitado por tu ausencia, y miro las estrellas titubeantes y el cielo que gira sobre mi cabeza con lentitud. La línea del horizonte baila al compás de la luz de las luciérnagas y un pequeño destello rojizo cruza en medio de la noche. Y pienso, ya desguarnecido, ya extraviado, si no viajarás en ese avión solitario, si en este mismo instante donde sigo su estela blanca no estarás mirando las luces que salen del abismo negro bajo tus pies. Y en mitad de ese abismo, yo naufragado y tú mujer voladora.

La estala blanca del avión se difumina y deja en su lugar un hueco extraño y taciturno entre las estrellas. Recuerdo cuando me dijiste “perdona, necesitaba besarte”. Y ya no sé si es sueño, un recuerdo deshilachado del futuro, invención o deseo. Siento que voy a la deriva en este cruce de espacios y tiempos en que vivimos. Porque a veces no distingo el tiempo ni el espacio y creo que me habla la adolescente de mirada sonriente y despreocupada de tus fotos antiguas. Me abstraigo de la oscuridad de la madrugada y reconstruyo cómo eras, una chica lúcida, investigadora y dulce. Sé que me habría enamorado en la distancia de ti. Y sé que apenas habrías reparado en mi presencia. Porque yo era un adolescente tímido y nunca habría sabido cómo decirte que me dieses tiempo para ser el hombre complicado, sensible y observador que has descubierto en nuestros encuentros. ¿Me habría esperado viente años esa adolescente? ¿Me habrías esperado veinte años?

Ya sólo queda el eco de mis pensamientos. Entonces, cierro los ojos e intento replegar el espacio y el tiempo. Y aparecer en el silencio de tu cuerpo a las cuatro y media de la madrugada, estés donde estés.

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:30  | Espacios en blanco
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