S?bado, 17 de abril de 2010
Una tarde de invierno detuviste la lectura de Rayuela para besarme. Las motas de polvo danzaban a nuestro alrededor como pequeñas luciérnagas de cuerpos frágiles y cenicientos y el atardecer coloreaba tu pelo de un sepia reposado. Parecías un eco salido de las fotografías antiguas clavadas en la pared, una sombra entre dos tiempos, una presencia irreal y huidiza, tan irreal y huidiza como mis recuerdos.

Me leías Rayuela con tu voz queda y suave. Siempre elegías Rayuela y las páginas dedicadas a la Maga. Recuerdo que meses atrás me decías que me enamoraría del personaje de la Maga. Y me enamoré de ella a través de ti, de cómo cobró vida a través de los matices de tu voz al leerla. Tú eras la Maga, o mejor aún, una hechicera capaz de transformar un agosto en invierno y un atardecer en parte de un sueño improvisado.

Apoyaba la cabeza en tus piernas y el movimiento hipnótico de tus labios me desprendía de la realidad. Las palabras tomaban la forma de tu voz, palabras tímidas e intrigantes, seductoras y febriles, palabras que reflexionaban sobre el amor o se perdían entres las calles de París. Palabras pronunciadas como estrellas fugaces entre los vuelos de luciérnaga de las motas de polvo.

En ocasiones te detenías para explicarme alguna expresión ajena a mí o para ahondar en las reflexiones de Cortázar. Yo acariciaba tus piernas y tus brazos y me dejaba llevar por los sensuales movimientos de tus labios. A veces cerraba los ojos y Rayuela se mezclaba con las imágenes de tus labios a la deriva por mi cuerpo y los míos en la antesala de tu vacío. Entonces, como si leyeses mi mente, apartabas el libro y me besabas con suavidad, una suavidad emocionante y tierna. Atrapaba tus labios entre los míos y no te dejaba partir, no podía dejarte partir, me agarrabas a la vida, me hacías quedarme en tu misma dimensión.

Pero cuando desapareciste los recuerdos se tornaron ecos difusos e inexactos. Ya no sabía distinguir la verdad de la fantasía.

Durante dos años me perdí entre docenas de libros. Me sentaba en el suelo, apoyaba la espalda en una estantería y escogía un libro al azar. Intentaba apartar de mi cabeza la sensación de andar sobre una cuerda floja en mitad del vacío. Leí un libro tras otro para tapar el eco de tu voz con la mía. Dickens, Martín Gaite, Shepard, Matsubara, Spanbauer.

Hoy el azar me hizo sacar Rayuela de mis estanterías. Había una dedicatoria con tu letra en la primera página. Y una pequeña nota en la página 231. Tu letra y la nota, algo tangible, real. Exististe.

Una tarde de invierno detuviste la lectura de Rayuela para besarme. Eres un eco en mí.


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