Viernes, 30 de abril de 2010
Lo primero que me sorprendió del último libro de Murakami que se ha editado fue el título, que homenajeaba el volumen de cuentos De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver. Lo segundo, la rapidez con que Tusquets editaba un nuevo libro del autor japonés, apenas han pasado unos meses desde El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Y es que De qué hablo cuando hablo de correr no es una novela, más bien es un cruce de ensayo y libro de memorias. Ya la utilización de la primera persona en el título nos indica que estamos ante un Murakami íntimo, desligado de su faceta de creador de historias.

Estructurado en nueve capítulos, se suceden las reflexiones esperadas en un libro de ensayo, los artículos periodísticos, las anotaciones de su diario de corredor. Uno de los puntos interesantes es esa mezcla de estilos, de lo personal a lo reflexivo, de las distendidas anécdotas sobre su carrera literaria y como corredor a su particular visión del silencio y la soledad.

De qué hablo cuando hablo de correr es el libro más íntimo de Murakami, en él describe cómo empezó a correr y, casi a la par, a escribir y cómo la carrera le ha ayudado en su faceta de escritor. La disciplina, la búsqueda de unos objetivos, la preparación para las maratones, el no decaer ante los fracasos y aprender de ellos, el seguir adelante con la fuerza de voluntad necesaria, todo eso ayudó al Murakami escritor para encerrarse en una habitación y escribir cada día sus historias oníricas y melancólicas. Murakami escribe: En mi caso, la mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana. De un modo natural, físico y práctico. ¿En qué medida y hasta dónde debo esforzarme? ¿Cuánto descanso está justificado y cuánto es excesivo? ¿Hasta dónde llega la adecuada coherencia y a partir de dónde empieza la mezquindad? ¿Cuánto debo fijarme en el paisaje exterior y cuánto concentrar profundamente en mi interior? ¿Hasta qué punto debo creer firmemente en mi capacidad y hasta qué punto debo dudar de ella? Tengo la impresión de que si, cuando decidí hacerme escritor, no se me hubiera ocurrido empezar a correr largas distancias, las obras que he escrito serían sin duda bastante diferentes.

Murakami corre un maratón al año y sorprende comprobar su disciplina, cómo se prepara para afrontarlos, su experiencia en los ultramaratones y las pruebas de triatlón, los puntos de unión entre el ejercicio físico y el ejercicio mental.

Hay párrafos que parecen sacados de sus novelas, se desvían del ensayo y la memoria y te hablan, en ese tono melancólico que le es propio a Murakami, de la soledad y el silencio, de ese momento, único, donde no estás para nada ni para nadie, desconectado de la vida y la rutina en una especie de burbuja espacio-temporal mientras sólo queda el sonido de las zapatillas sobre el asfalto y un horizonte de tres metros ante ti.

De qué hablo cuando hablo de correr es un libro interesante, ameno, reflexivo, por momentos divertido y distendido.


(Hace seis meses volví a correr tras unos años de parón. En cierta forma, este libro es el más cercano de Murakami, sobre todo por este párrafo...)



Mientras corro, simplemente corro. Como norma corro en medio del vacío. Dicho a la inversa, tal vez cabría afirmar que corro para lograr el vacío. Y también es en el vacío donde se sumergen esos pensamientos esporádicos. Porque en el interior de la mente humana es imposible lograr el vacío absoluto. El espíritu humano no es ni tan fuerte ni tan consistente como para poder albergar el vacío absoluto. Sin embargo, esos pensamientos (o esas ideas) que penetran en mi espíritu mientras corro no son, en definitiva, más que meros accesorios del vacío. No son contenidos, son pensamientos generados en torno al eje de la vacuidad.
Los pensamientos que acuden a mi mente cuando corro se parecen a las nubes del cielo. Nubes de diversas formas y tamaños. Nubes que vienen y se van. Pero el cielo siempre es el cielo. Las nubes son sólo meras invitadas. Algo que pasa de largo y se dispersa. Y sólo queda el cielo. El cielo es algo que, al tiempo que existe, no existe. Algo material y, a la vez, inmaterial. Y a nosotros no nos queda sino aceptar sino aceptar la existencia de ese inmenso recipiente tal cual es e intentar ir asimilándola.
Haruki Murakami
De qué hablo cuando hablo de correr (traducción de Francisco Barberán. Tusquets)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:53  | Libros...
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Entre mis brazos estáis desnudas 
                      la ciudad, la tarde y tú 
vuestra claridad ilumina mi rostro 
                      y también el olor de vuestros cabellos. 
¿De quién son estos latidos 
que baten bom bom y se confunden con nuestra respiración? 
                             ¿tuyos? ¿de la ciudad? ¿de la tarde?
                             ¿o tal vez son míos?
¿Dónde termina la tarde dónde comienza la ciudad 
dónde termina la ciudad dónde comienzas tú 
                     dónde termino yo dónde comienzo? 
Nazim Hikmet 
La ciudad, la tarde y tú 

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Publicado por elchicoanalogo @ 19:51  | Poes?a
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Mi?rcoles, 28 de abril de 2010
Holidays in Eden fue uno de los discos más controvertidos de Marillion. Si la salida del carismático Fish y la llegada Steve Hogarth había creado división entre los seguidores del grupo, este disco fue recibido de manera fría y distante por su accesibilidad y sencillez. La gran esperanza del sinfónico/progresivo de la década de los ochenta había parido un disco de canciones comerciales y con tintes poperos. Me gusta Holidays in Eden, en especial Splintering Heart, The Party, Holidays in Eden y las tres canciones que terminan, entrelazadas, el disco. Es un buen disco, cálido y cercano.

The Party es mi canción favorita del disco, una composición breve y con el protagonismo de la emotiva voz de Hogarth. En cierta forma, siento que anticipa el dramatismo y la melancolía del posterior Brave, mi disco favorito del grupo. The Party habla sobre las primeras fiestas, esa frontera que cruzamos entre la adolescencia y los 'primeros pasos de la madurez, la sensación de estar ante el umbral de un mundo que intuíamos pero que aún no habíamos descubierto del todo, el cambio entre el tono cómodo e infantil de los parques y los pasillos del colegio y las luces, las esquinas en penumbra y la música de una fiesta.

De mi primera fiesta recuerdo el atardecer en la playa y las litronas en las esquinas de los bares, las máscaras vueltas del revés, la pista de baile y mis compañeros que se movían, desinhibidos, al ritmo de una música discotequera. Y, sobre todo, el momento donde salí a respirar al mar y observarlo en la primera oscuridad de la noche, porque me sentía extraño, al margen y, a la vez, el vértigo al saber que había cruzado el umbral de la madurez.


The Party (Marillion)



She bought a bottle of cider
From the shop on the corner
They didn't stop her
Thought she was older

She took a bus ride

To a name and a number
A house full of music
And a hatful of wonder


And some of the people
That she thought that she knew

Were never like this
When she saw them at school
She's never been anywhere like this before

Everybody's so out of control

She was in a back room
Full of strange aromas

And noises and candles
That was where he found her

He took her to a garden
Full of rain and silence
And she could smell the soil and the trees
And see the succulent light from the little fires in his eyes
Pulling shapes out of the night

She was enchanted

Then it's twelve o'clock
And the last bus is gone
They're gonna go crazy
When they hear what she's done
And higher is lower
And less is like more
She's never felt anything like this before,


And then it was yesterday
He said, "Oh, by the way"

"Welcome to your first party..."



Traducción: The Web Spain


Compró una botella de sidra
De la tienda de la esquina
No la pararon
Pensaron que era mayor
Cogió el autobús
A un nombre y a un número
Una casa llena de música
Y un mundo de asombro

Y alguna de la gente
Que creía conocer
Nunca se comportaban así
Cuando los veía en el colegio
Nunca antes ha estado en ningún sitio como este
Todo el mundo está tan fuera de control


Estaba en una habitación trasera
Llena de extraños aromas
Y ruidos y velas
Ahí es donde la encontró

La llevó a un jardín
Lleno de lluvia y silencio
Y pudo oler la tierra y los árboles
Y ver las suculentas luces en los pequeños fuegos de sus ojos
Sacando formas de la noche
Estaba encantada

Entonces son las doce
y el último autobús ya pasó
Se van a volver locos
Cuando escuchen lo que ha hecho
Y más alto es más bajo
Y menos es más
Nunca antes ha sentido algo así

Y entonces era ayer
Èl dijo, "Ah, por cierto"
"Bienvenida a tu primera fiesta..."


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:18  | Canciones
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S?bado, 17 de abril de 2010
A las cinco de la tarde 
Cuando el resplandor se queda sin brillo 
Y el jardín se sumerge en el último hervor dorado del día 
Oigo el grupo bullicioso de niños 
Que salen a cazar luciérnagas. 

Corriendo sobre el pasto
Se dispersan entre los arbustos,
Gritan su excitación, palpan su deslumbre
Se arma un círculo alrededor de la pequeña
Que muestra la encendida cuenca de sus manos
Titilando.

Antiguo oficio humano
Este de querer apagar la luz.

¿Te acordás de la última vez que creímos poder iluminar
la noche?

El tiempo nos ha vaciado de fulgor.
Pero la oscuridad
Sigue poblada de luciérnagas.
Gioconda Belli
Luciérnagas


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Publicado por elchicoanalogo @ 23:23  | Poes?a
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Una tarde de invierno detuviste la lectura de Rayuela para besarme. Las motas de polvo danzaban a nuestro alrededor como pequeñas luciérnagas de cuerpos frágiles y cenicientos y el atardecer coloreaba tu pelo de un sepia reposado. Parecías un eco salido de las fotografías antiguas clavadas en la pared, una sombra entre dos tiempos, una presencia irreal y huidiza, tan irreal y huidiza como mis recuerdos.

Me leías Rayuela con tu voz queda y suave. Siempre elegías Rayuela y las páginas dedicadas a la Maga. Recuerdo que meses atrás me decías que me enamoraría del personaje de la Maga. Y me enamoré de ella a través de ti, de cómo cobró vida a través de los matices de tu voz al leerla. Tú eras la Maga, o mejor aún, una hechicera capaz de transformar un agosto en invierno y un atardecer en parte de un sueño improvisado.

Apoyaba la cabeza en tus piernas y el movimiento hipnótico de tus labios me desprendía de la realidad. Las palabras tomaban la forma de tu voz, palabras tímidas e intrigantes, seductoras y febriles, palabras que reflexionaban sobre el amor o se perdían entres las calles de París. Palabras pronunciadas como estrellas fugaces entre los vuelos de luciérnaga de las motas de polvo.

En ocasiones te detenías para explicarme alguna expresión ajena a mí o para ahondar en las reflexiones de Cortázar. Yo acariciaba tus piernas y tus brazos y me dejaba llevar por los sensuales movimientos de tus labios. A veces cerraba los ojos y Rayuela se mezclaba con las imágenes de tus labios a la deriva por mi cuerpo y los míos en la antesala de tu vacío. Entonces, como si leyeses mi mente, apartabas el libro y me besabas con suavidad, una suavidad emocionante y tierna. Atrapaba tus labios entre los míos y no te dejaba partir, no podía dejarte partir, me agarrabas a la vida, me hacías quedarme en tu misma dimensión.

Pero cuando desapareciste los recuerdos se tornaron ecos difusos e inexactos. Ya no sabía distinguir la verdad de la fantasía.

Durante dos años me perdí entre docenas de libros. Me sentaba en el suelo, apoyaba la espalda en una estantería y escogía un libro al azar. Intentaba apartar de mi cabeza la sensación de andar sobre una cuerda floja en mitad del vacío. Leí un libro tras otro para tapar el eco de tu voz con la mía. Dickens, Martín Gaite, Shepard, Matsubara, Spanbauer.

Hoy el azar me hizo sacar Rayuela de mis estanterías. Había una dedicatoria con tu letra en la primera página. Y una pequeña nota en la página 231. Tu letra y la nota, algo tangible, real. Exististe.

Una tarde de invierno detuviste la lectura de Rayuela para besarme. Eres un eco en mí.


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Jueves, 08 de abril de 2010
Me parece verlo todavía, su rostro marcado a fuego
en el horizonte
Un muchacho hermoso y valiente
Un poeta latinoamericano
Un perdedor nada preocupado por el dinero
Un hijo de las clases medias
Un lector de Rimbaud y de Oquendo de Amat
Un lector de Cardenal y de Nicanor Parra
Un lector de Enrique Lihn
Un tipo que se enamora locamente
y que al cabo de dos años está solo
pero piensa que no puede ser
que es imposible no acabar reuniéndose
otra vez con ella
Un vagabundo
Un pasaporte arrugado y manoseado y un sueño
que atraviesa puestos fronterizos
hundido en el légamo de su propia pesadilla
Un trabajador de temporada
Un santo selvático
Un poeta latinoamericano lejos de los poetas
latinoamericanos
Un tipo que folla y ama y vive aventuras agradables
y desagradables cada vez más lejos
del punto de partida
Un cuerpo azotado por el viento
Un cuento o una historia que casi todos han olvidado
Un tipo obstinado probablemente de sangre india
criolla o gallega
Una estatua que a veces sueña con volver a encontrar
el amor en una hora inesperada y terrible
Un lector de poesía
Un extranjero en Europa
Un hombre que pierde el pelo y los dientes
pero no el valor
Como si el valor valiera algo
Como si el valor fuera a devolverle
aquellos lejanos días de México
la juventud perdida y el amor
(Bueno, dijo, pongamos que acepto perder México y la juventud,
pero jamás el amor)
Un tipo con una extraña predisposición
a sobrevivir
Un poeta latinoamericano que al llegar la noche
se echa en su jergón y sueña
Un sueño maravilloso
que atraviesa países y años
Un sueño maravilloso
que atraviesa enfermedades y ausencias
Roberto Bolaño
Los años (en Los perros románticos. Acantilado)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:59  | Poes?a
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Son las cuatro y media de la madrugada. Es la hora donde desaparezco dentro de tus sueños. Es un viejo truco de prestidigitador. Puedo colarme en sueños ajenos como puedo parar la lluvia aún en los días de tormentas inquebrantables. Me inmiscuyo en tu inconsciente e invento cada imagen de tus sueños para dejar una pequeña semilla de melancolía que sentirás al no encontrarme a tu lado.

Me dices que al despertar te sientes desorientada, no sabes si eres un retazo de realidad o sueño, y buscas abrazarme en la oscuridad para asegurarte que eres realidad. Entonces, recuerdas que estoy lejos de ti y no puedes abrazarme y te queda la duda de qué eres en esa hora extraña y repetida. Imagino el frío desértico de mi ausencia sobre tu cuerpo, cómo te pierdes fuera de las ventanas sin persianas sabiendo que no volverás a dormir y que te espera una hora de sombras y crepitaciones.

Y siempre, me dices sorprendida, el reloj ilumina las cuatro y media de la madrugada cuando despiertas y crees que estoy a tu lado. No te das cuenta de que en esas madrugadas no he estado a tu lado sino en ti, que en estos últimos meses he dejado pequeñas marcas en tus mejillas, en tu corazón y en tus entrañas que me servirán de guía para desbocarme bajo tu piel en la madrugada donde volvamos a estar entrelazados en tu vacío.

Pero por una vez soy yo quien acaba de despertarse a las cuatro y media de la madrugada sin sentir tu aliento en mi pecho. Salgo a la noche, malhumorado por el cambio de papeles, por ser el habitado por tu ausencia, y miro las estrellas titubeantes y el cielo que gira sobre mi cabeza con lentitud. La línea del horizonte baila al compás de la luz de las luciérnagas y un pequeño destello rojizo cruza en medio de la noche. Y pienso, ya desguarnecido, ya extraviado, si no viajarás en ese avión solitario, si en este mismo instante donde sigo su estela blanca no estarás mirando las luces que salen del abismo negro bajo tus pies. Y en mitad de ese abismo, yo naufragado y tú mujer voladora.

La estala blanca del avión se difumina y deja en su lugar un hueco extraño y taciturno entre las estrellas. Recuerdo cuando me dijiste “perdona, necesitaba besarte”. Y ya no sé si es sueño, un recuerdo deshilachado del futuro, invención o deseo. Siento que voy a la deriva en este cruce de espacios y tiempos en que vivimos. Porque a veces no distingo el tiempo ni el espacio y creo que me habla la adolescente de mirada sonriente y despreocupada de tus fotos antiguas. Me abstraigo de la oscuridad de la madrugada y reconstruyo cómo eras, una chica lúcida, investigadora y dulce. Sé que me habría enamorado en la distancia de ti. Y sé que apenas habrías reparado en mi presencia. Porque yo era un adolescente tímido y nunca habría sabido cómo decirte que me dieses tiempo para ser el hombre complicado, sensible y observador que has descubierto en nuestros encuentros. ¿Me habría esperado viente años esa adolescente? ¿Me habrías esperado veinte años?

Ya sólo queda el eco de mis pensamientos. Entonces, cierro los ojos e intento replegar el espacio y el tiempo. Y aparecer en el silencio de tu cuerpo a las cuatro y media de la madrugada, estés donde estés.

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:30  | Espacios en blanco
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Jueves, 01 de abril de 2010
Sé que llegará el día en que ya nunca
volveré a contemplar
tu mirada curiosa y asombrada.
Tan sólo en tus pupilas
compruebo todavía,
sorprendido,
la belleza del mundo
- y allí, en su centro, tú
iluminándolo.

Por eso, ahora,
mientras aún es posible,
mírame mirarte;
mete todo tu asombro
en mi mirada,
déjame verte cuando tú me miras
también a mí,
asombrado
de ver por ti y a ti, asombrosa.
Ángel González
La luz a ti debida (en De otoños y otras luces)

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