Viernes, 14 de mayo de 2010
Tus ojos se empequeñecían antes de besarme. Parecías estudiarme en silencio desde tu altura, tú encima de mí, el peso de tu cuerpo sobre mi vientre, el aliento y la sonrisa que se nos entrecortaba al unísono y mi mano que ansiaba colarse bajo tu ropa y sentir el calor y la dulzura de tu piel. Me mirabas con quietud y ternura, como aprendiéndome, como anticipando aquellos lugares de mi piel que besarías y acariciarías “como si fuese la primera vez”. Porque buscabas un camino nuevo, inexplorado, por el que llegar a mi conciencia y permanecer en mí en esa parte que escondía a los demás. Querías hacerte un hueco en mi ser. Yo apartaba el pelo que cubría tu cara y observaba mi reflejo en una esquina de tu mirada. Un segundo puede ser una pequeña eternidad.

A veces me decías, enfadada o desilusionada, que parecía el personaje de alguno de mis libros favoritos, un tipo melancólico y desarraigado. Querías que reaccionara, que no me dejase llevar por la inacción y los recuerdos (y ya ves, sólo escribo sobre recuerdos que el tiempo y yo hemos difuminado y acomodado al presente), que volviese a ser el hombre que conociste en un invierno cambiado. Fue una época extraña para mí, el principio del naufragio, de nuestro desgajo como unidad. Todo se resquebrajaba a mi alrededor y yo no me daba cuenta de ello, adormecido en un sopor torpe y deslavazado. Tal vez me sintiese así, melancólico y desarraigado, también perdedor y triste, y solitario y taciturno, un hombre a la deriva que no le importaba estrellarse contra las acantilados.

Escribía un personaje de Murakami que no cambiaría nada de su vida porque, al final, sus errores y aciertos eran él, lo definían. Yo he aprendido a convivir con el vacío (y tú dejaste una estela de vacío en mi vida), a adquirir cierta templanza y aceptar las cosas como son, la temporalidad de mi vida, la soledad, la ausencia de un nuevo amor.

Si tuviese que definir mi vida con una palabra elegiría “decepcionante”, siempre a destiempo, siempre tarde, siempre inútil, siempre ciego, demasiados espacios en blanco sin completar y una relación con la soledad a veces dañina, a veces sanadora. Mi vida como un bosquejo incompleto, como un pequeño fracaso, sentimientos inacabados, miedos paralizadores y pérdidas. Mi decepcionante vida, mi decepcionante yo...

Pero cuando estaba bajo tu mirada y me estudiabas ese segundo antes de besarme, se borraban las huellas de mis fracasos y decepciones, el mundo parecía nuevo, apetecible y la vida se definía por tus labios que latían entrelazados a los míos, mi mano que recorría, nerviosa, tu pecho y tu vientre hasta atrapar la lluvia entre tus piernas (¿tienes miedo de morir, vasco?) y ese pequeño instante donde yo sólo era la imagen reflejada en tus ojos.

Conseguiste hacerte un hueco en mí. Hay una parte de mi ser que te pertenece.


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