Lunes, 24 de mayo de 2010
El camino de los Ingleses es una mirada nostálgica, triste y poética sobre ese último verano de la adolescencia antes de entrar en la madurez, antes de descubrir la diferencia entre nuestros sueños de futuro y la realidad, que la vida va más allá de la ensoñación y se bifurca en extraños caminos que nos convierten en personas cínicas o amargadas o, simplemente, supervivientes de un naufragio vital.

Con un tono desgarrador, sensual y melancólico, Antonio Soler se detiene en la vida de cuatro amigos y de su tierra malagueña, y lo hace con un aliento poético cercano y repleto de imágenes seductoras, emotivas y carnales. Es el mundo del verano, de los besos y caricias furtivos, de las aventuras fuera de cuatro paredes, de la búsqueda de un lugar en el mundo, ya sea a través de la poesía, como Dávila, o del baile, como su chica Luli. Esos meses de vacío y frontera entre lo que fuimos y lo que seremos...

Escrita en pequeños capítulos que a veces parecen cuentos en sí mismos, anécdotas o páginas de un diario cazadas al azar, El camino de los Ingleses se parece a un gran río con innumerables afluentes. Una mujer que se cree Lana Turner, un hombre de negocios turbios que pasea en un dodge, un hombre que desapareció entre las nubes, un enano que camina sobre las aguas, una mujer que vive en una torre, como las princesas de los cuentos, y ve un horizonte misterioso y cambiante, un adolescente con una cicatriz de media luna que lee La divina comedia y decide hacerse poeta...

Como en las crepusculares películas de Peckinpah, la amistad es un punto de apoyo, de unión, un motivo para luchar y para definirse en esa etapa tan difusa que es la adolescencia, la amistad por encima de todo. El amor, en cambio, es pura zozobra, la pasión incontrolable, las emociones quebradizas, el desgarro y las heridas, el sonido y el olor de una piel desnuda.

El camino de los Ingleses es una historia que cala de a poco, en cada página hay un pequeño matiz, una imagen erótica o desgarradora, un haz de luz que ilumina por un instante la vida de unos adolescentes que se saben ante un nuevo camino que les irá desgastando y oscureciendo.

Querida “bruja”, gracias por regalarme esta historia nostálgica y poética.


En el centro de nuestras vidas hubo un verano. Un poeta que no escribió ningún verso, una piscina desde cuyo trampolín saltaba un enano con ojos de terciopelo y un hombre al que una noche se llevaron las nubes. Los días cayeron sobre nosotros como árboles cansados.
Ésta es la historia de Miguel Dávila y de su riñón derecho. Y también es la historia de mucha otra gente, de la Señorita del Casco Cartaginés, de Amadeo Nunni el Babirusa o la de Paco Frontón y aquel coche de color fresa y nata en el que se paseaba cuando su padre estaba en la cárcel. Y también es mi propia historia. Al recordar aquel tiempo voy resucitando una parte de mí mismo. Como un viejo paisajista que al pintar los ríos, las hojas de los árboles y el azul de las montañas que tiene frente a él estuviese dibujando el contorno de sus ojos, el trazo sinuoso que el tiempo ha dejado en las arrugas de su piel. Su autorretrato.
No sé qué fotografía, de todas las que nos han hecho a lo largo de la vida, sería la que acabaría por definirnos. La que por encima del tiempo diría quiénes hemos sido verdaderamente. Pero sí sé que el verano en el que ocurrió la historia de Miguel Dávila es la foto que define lo que fue el germen, la verdadera esencia de nuestras vidas.

( … )

A veces he pensado que si en verdad aquel verano fue un paisaje que finalmente habría de convertirse en nuestro retrato, en esos días empezaron a pintar seriamente las sombras del bosque. Daban unas pinceladas preparando en el lienzo lo umbrío con delicados matices que iban del siena tostado a los verdes y azules más oscuros. Pero a su lado, como en los bosques verdaderos, estaban la luz y el agua, y seguían brillando las hojas alumbradas por el sol. Y éramos, por encima de todos los temores y las precariedades, no sé si impulsados por la inocencia o la biología, los dueños del futuro.

( … )

Tendrás suerte o no, pisarás ciudades que esta gente que nos rodea ni si quiera sabe que existen o te quedarás aquí sin salir de la tienda en la que trabajas hasta que muera el dueño y luego sigas trabajando para sus hijos, pero tienes que saber, estar seguro, que eres distinto y que el mundo te pertenece. El mundo siempre le pertenece a quienes son capaces de romper el círculo que el destino o los demás les tienen preparado. No debe importante que no te reconozcan, que se aprieten unos contra otros para que no salgas de tu frontera pequeña y estrecha. Sienten que cada vez que alguien sale de ese círculo es un pájaro que se les ha escapado de entre las manos. Alguien capaz de volar.

( … )

Pensaba que mi vida quizá fuese ya una estrella sin apenas combustión, pero que aún podía caminar por ese halo de luz, no esplendorosa, pero sí tibia, que alumbraba mi camino.
Antonio Soler
El camino de los Ingleses (ediciones Destino)


Tags: El camino de los Ingleses, Antonio Soler, Destino

Publicado por elchicoanalogo @ 16:01  | Libros...
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