Martes, 22 de junio de 2010

La forma de captar la realidad de Carver me atrae, cómo en sus cuentos te encuentras con vidas reconocibles, cercanas y tangibles y cómo Carver las describe con trazos certeros y concretos, sin aspavientos ni extrañas piruetas en su narrativa. Sus cuentos son como fotografías (en sepia) de lo cotidiano, pequeños retazos tomados al azar de personajes en quiebra o de problemas rutinarios. No hay nada mágico en los cuentos de Carver, nada más allá de una realidad a veces gris, a veces triste, a veces sensible.

Carver no se adorna superfluamente en sus descripciones de supervivientes de naufragios vitales y parejas con problemas en su relación. Su austeridad me recuerda por momentos al cineasta finés Kaurismaki. Ambos precisan de pocos mimbres para armar una historia, unos personajes, y logran conmovernos con los mínimos elementos.

En Catedral hay una inquietud y tensión que recorre cada cuento, una especie de peligro que amenaza quebrar a los personajes. La vida es pura fragilidad, en menos de un segundo se puede colapsar el mayor de los edificios y derrumbarse ante nuestra mirada. Pavos reales que nos vigilan desde las ramas de un árbol, llamadas telefónicas en mitad de la madrugada, el final de un alquiler o del dinero, despidos inesperados, una sordera temporal, la constante posibilidad de un final de etapa... esas son las amenazas reales de las que habla Carver.

Los personajes de Catedral parecen ir a la deriva, sin ningún rumbo previamente marcado. Gente anónima, de la calle, vendedores, campesinos, oficinistas que ven cómo la vida se les escabulle entre los dedos, que pisan terreno quebradizo, perdedores que, a pesar de todo, se mantienen en pie e intentan una lucha digna por seguir adelante, aunque sea a bandazos, aunque después del naufragio no haya más que soledad y vacío y una mirada en mitad de la nada. La gloria en la derrota, como las historias de John Ford.

El mundo de la pareja en Carver es inconsistente, casi hecho de cristal, a punto de romperse a cada instante. Hombres y mujeres abandonados o en trance de serlo, parejas naufragadas, la rutina que sepulta la pasión o la intensidad del amor.

Hay dos cuentos que me conmovieron especialmente. En La casa de Chef un hombre intenta cambiar su vida cuando se traslada a la casa que le presta un amigo, como si el cambio de ambiente fuera la frontera real y corpórea entre el pasado y el presente, una forma de deshacerse de quienes fuimos para construir algo nuevo, diferente, y cómo nuestra vida da un vuelco cuando desaparece aquello en lo que nos apoyamos. El cuento lo narra su (¿ex?) mujer en un tono certero y sin florituras, los elementos precisos para emocionar. En Parece una tontería una pareja sufre la pérdida de su hijo en un accidente de tráfico. La rabia, la sorpresa de lo inesperado, las visitas al hospital, las llamadas en mitad de la madrugada, el cansancio, la incredulidad de la pareja está contado con una pureza descriptiva inusual, sin melodramas ni sensiblerías.

Raymond Carver me gana con su mirada sobre la realidad. No la centra en un punto, sino que parece fijarse en una esquina, en un recoveco. Catedral es otro ejemplo de la grandeza como cuentista de Carver.


Aquel verano Wes le alquiló una casa amueblada al norte de Eureka a un alcohólico recuperado llamado Chef. Luego me llamó para pedirme que olvidara lo que estuviese haciendo y que me fuese allí a vivir con él. Me dijo que no bebía. Yo ya sabía qué era eso de no beber. Pero él no aceptaba negativas, Volvió a llamar y dijo: Edna, desde la ventana delantera se ve el mar. En el aire se huele la sal. Me fijé en cómo hablaba. No arrastraba las palabras. Le dije que me lo pensaría. Y lo hice. Una semana después volvió a llamar preguntándome si iba. Contesté que lo seguía pensando. Empezaremos de nuevo, dijo él. Si voy para allá, quiero que hagas algo por mí, le dije. Lo que sea, contestó Wes. Quiero que intentes ser el Wes que conocí antes. El Wes de siempre. El Wes con quien me casé. Wes empezó a llorar, pero lo interpreté como una señal de sus buenas intenciones. Así que le dije, de acuerdo, iré.
Había dejado a su amiga, o ella le había abandonado a él, ni lo sé ni me importa. Cuando me decidí a irme con Wes, tuve que decirle adiós a mi amigo. Mi amigo me dijo que estaba cometiendo un error. No me hagas esto a mí. ¿Qué pasará con nosotros? Tengo que hacerlo Por el bien de Wes, le dije. Está intentando dejar de beber. Ya recordarás lo que es eso. Lo recuerdo, pero no quiero que vayas, contestó mi amigo. Iré a pasar el verano. Luego, ya veré. Volveré, le dije. ¿Y qué pasa conmigo?, preguntó él. ¿Qué hay de mí bien? No vuelvas más.

( … )

Me cuenta que, a última hora de la tarde, después de que le encontraran, su padre le sacó con una cuerda. J. P. se había meado en los pantalones, allá abajo. Había sufrido toda clase de terrores en el pozo, gritando socorro, esperando y volviendo a gritar. Se quedó ronco antes de que todo terminara. Me dijo que el estar en el fondo del pozo le causó una impresión imborrable. Se quedó sentado, mirando la boca del pozo. Arriba, veía un círculo de cielo azul. A veces pasaba una nube blanca. Una bandada de pájaros cruzó por encima, y a J. P. le pareció que el batir de sus alas levantaba una extraña conmoción. Oyó otras cosas. Pequeños murmullos en el pozo, por encima de él, que le hacían preguntarse si no le irían a caer cosas en el pelo. Pensaba en insectos. Oyó soplar el viento sobre la boca del pozo, y ese ruido también le causó impresión. En resumen, todo le resultaba diferente en aquel agujero. Pero no le cayó nada encima y nada taponó el pequeño círculo de azul. Luego su padre bajó con la cuerda y J. P. no tardó mucho en volver al mundo en que siempre había vivido.

( … )

La pareja de ancianos se dirigieron despacio a la acera y subieron a la furgoneta. Jim Webster se inclinó bajo el salpicadero. La señora Webster miró a Carlyle y le saludó con la mano. Entonces, mientras estaba de pie junto a la ventana, sintió que había terminado algo. Tenía que ver con Eileen y con su vida anterior. ¿La había saludado alguna vez con la mano? Claro que sí, estaba seguro, pero ahora no se acordaba. Comprendió que todo había concluido y se sintió capaz de dejarla marchar. Estaba convencido de que su vida en común había transcurrido del modo en que lo había descrito. Pero era algo del pasado. Y ese pasado —aunque le hubiese parecido imposible y hubiera luchado contra ello— ahora se convertiría en parte de él, igual que todo lo que ya había dejado atrás.
Raymond Carver
Catedral (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)


Tags: Catedral, Raymond Carver, Benito Gómez Ibáñez, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 0:29  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Me apasiona Carver y esa generación de autores americanos. La desnudez de sus páginas, los sentimientos que fluyen subterráneos, el desapego y la desilusión...

Publicado por isabelnotebook
Mi?rcoles, 23 de junio de 2010 | 19:25

También me gusta Carver, como Richard Ford y sus cuentos o Auster y sus historias dentro de historias, otra mirada sobre la vida americana, más cercana a la realidad, desnuda de efectismos. Saludos

Publicado por elchicoanalogo
Jueves, 24 de junio de 2010 | 20:31