S?bado, 26 de junio de 2010

Porque el fantasma porque ayer porque hoy:
porque ma?ana porque s? porque no
Porque el principio porque la bestia porque el fin:
porque la bomba porque el medio porque el jard?n

Porque G?ngora porque la tierra porque el sol:
porque San Juan porque la luna porque Rimbaud
Porque el claro porque la sangre porque el papel:
porque la carne porque la tinta porque la piel

Porque la noche porque me odio porque la luz:
porque el infierno porque el cielo porque t?
Porque casi porque nada porque la sed

porque el amor porque el grito porque no s?
Porque la muerte porque apenas porque m?s
porque alg?n d?a porque todos porque quiz?s
?scar Hahn
?Por qu? escribe usted?


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Martes, 22 de junio de 2010

La forma de captar la realidad de Carver me atrae, cómo en sus cuentos te encuentras con vidas reconocibles, cercanas y tangibles y cómo Carver las describe con trazos certeros y concretos, sin aspavientos ni extrañas piruetas en su narrativa. Sus cuentos son como fotografías (en sepia) de lo cotidiano, pequeños retazos tomados al azar de personajes en quiebra o de problemas rutinarios. No hay nada mágico en los cuentos de Carver, nada más allá de una realidad a veces gris, a veces triste, a veces sensible.

Carver no se adorna superfluamente en sus descripciones de supervivientes de naufragios vitales y parejas con problemas en su relación. Su austeridad me recuerda por momentos al cineasta finés Kaurismaki. Ambos precisan de pocos mimbres para armar una historia, unos personajes, y logran conmovernos con los mínimos elementos.

En Catedral hay una inquietud y tensión que recorre cada cuento, una especie de peligro que amenaza quebrar a los personajes. La vida es pura fragilidad, en menos de un segundo se puede colapsar el mayor de los edificios y derrumbarse ante nuestra mirada. Pavos reales que nos vigilan desde las ramas de un árbol, llamadas telefónicas en mitad de la madrugada, el final de un alquiler o del dinero, despidos inesperados, una sordera temporal, la constante posibilidad de un final de etapa... esas son las amenazas reales de las que habla Carver.

Los personajes de Catedral parecen ir a la deriva, sin ningún rumbo previamente marcado. Gente anónima, de la calle, vendedores, campesinos, oficinistas que ven cómo la vida se les escabulle entre los dedos, que pisan terreno quebradizo, perdedores que, a pesar de todo, se mantienen en pie e intentan una lucha digna por seguir adelante, aunque sea a bandazos, aunque después del naufragio no haya más que soledad y vacío y una mirada en mitad de la nada. La gloria en la derrota, como las historias de John Ford.

El mundo de la pareja en Carver es inconsistente, casi hecho de cristal, a punto de romperse a cada instante. Hombres y mujeres abandonados o en trance de serlo, parejas naufragadas, la rutina que sepulta la pasión o la intensidad del amor.

Hay dos cuentos que me conmovieron especialmente. En La casa de Chef un hombre intenta cambiar su vida cuando se traslada a la casa que le presta un amigo, como si el cambio de ambiente fuera la frontera real y corpórea entre el pasado y el presente, una forma de deshacerse de quienes fuimos para construir algo nuevo, diferente, y cómo nuestra vida da un vuelco cuando desaparece aquello en lo que nos apoyamos. El cuento lo narra su (¿ex?) mujer en un tono certero y sin florituras, los elementos precisos para emocionar. En Parece una tontería una pareja sufre la pérdida de su hijo en un accidente de tráfico. La rabia, la sorpresa de lo inesperado, las visitas al hospital, las llamadas en mitad de la madrugada, el cansancio, la incredulidad de la pareja está contado con una pureza descriptiva inusual, sin melodramas ni sensiblerías.

Raymond Carver me gana con su mirada sobre la realidad. No la centra en un punto, sino que parece fijarse en una esquina, en un recoveco. Catedral es otro ejemplo de la grandeza como cuentista de Carver.


Aquel verano Wes le alquiló una casa amueblada al norte de Eureka a un alcohólico recuperado llamado Chef. Luego me llamó para pedirme que olvidara lo que estuviese haciendo y que me fuese allí a vivir con él. Me dijo que no bebía. Yo ya sabía qué era eso de no beber. Pero él no aceptaba negativas, Volvió a llamar y dijo: Edna, desde la ventana delantera se ve el mar. En el aire se huele la sal. Me fijé en cómo hablaba. No arrastraba las palabras. Le dije que me lo pensaría. Y lo hice. Una semana después volvió a llamar preguntándome si iba. Contesté que lo seguía pensando. Empezaremos de nuevo, dijo él. Si voy para allá, quiero que hagas algo por mí, le dije. Lo que sea, contestó Wes. Quiero que intentes ser el Wes que conocí antes. El Wes de siempre. El Wes con quien me casé. Wes empezó a llorar, pero lo interpreté como una señal de sus buenas intenciones. Así que le dije, de acuerdo, iré.
Había dejado a su amiga, o ella le había abandonado a él, ni lo sé ni me importa. Cuando me decidí a irme con Wes, tuve que decirle adiós a mi amigo. Mi amigo me dijo que estaba cometiendo un error. No me hagas esto a mí. ¿Qué pasará con nosotros? Tengo que hacerlo Por el bien de Wes, le dije. Está intentando dejar de beber. Ya recordarás lo que es eso. Lo recuerdo, pero no quiero que vayas, contestó mi amigo. Iré a pasar el verano. Luego, ya veré. Volveré, le dije. ¿Y qué pasa conmigo?, preguntó él. ¿Qué hay de mí bien? No vuelvas más.

( … )

Me cuenta que, a última hora de la tarde, después de que le encontraran, su padre le sacó con una cuerda. J. P. se había meado en los pantalones, allá abajo. Había sufrido toda clase de terrores en el pozo, gritando socorro, esperando y volviendo a gritar. Se quedó ronco antes de que todo terminara. Me dijo que el estar en el fondo del pozo le causó una impresión imborrable. Se quedó sentado, mirando la boca del pozo. Arriba, veía un círculo de cielo azul. A veces pasaba una nube blanca. Una bandada de pájaros cruzó por encima, y a J. P. le pareció que el batir de sus alas levantaba una extraña conmoción. Oyó otras cosas. Pequeños murmullos en el pozo, por encima de él, que le hacían preguntarse si no le irían a caer cosas en el pelo. Pensaba en insectos. Oyó soplar el viento sobre la boca del pozo, y ese ruido también le causó impresión. En resumen, todo le resultaba diferente en aquel agujero. Pero no le cayó nada encima y nada taponó el pequeño círculo de azul. Luego su padre bajó con la cuerda y J. P. no tardó mucho en volver al mundo en que siempre había vivido.

( … )

La pareja de ancianos se dirigieron despacio a la acera y subieron a la furgoneta. Jim Webster se inclinó bajo el salpicadero. La señora Webster miró a Carlyle y le saludó con la mano. Entonces, mientras estaba de pie junto a la ventana, sintió que había terminado algo. Tenía que ver con Eileen y con su vida anterior. ¿La había saludado alguna vez con la mano? Claro que sí, estaba seguro, pero ahora no se acordaba. Comprendió que todo había concluido y se sintió capaz de dejarla marchar. Estaba convencido de que su vida en común había transcurrido del modo en que lo había descrito. Pero era algo del pasado. Y ese pasado —aunque le hubiese parecido imposible y hubiera luchado contra ello— ahora se convertiría en parte de él, igual que todo lo que ya había dejado atrás.
Raymond Carver
Catedral (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)


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Domingo, 20 de junio de 2010

Alguna vez, de pronto, me despierto:
Un dolor me recorre tenazmente,
un dolor que est? siempre, agazapado,
por saltar, desde adentro.
Entonces tengo miedo.
Entonces, me doy cuenta que estoy sola
frente a m?, frente a Dios, frente a un espejo
lleno de mis im?genes,
de rostros polvorientos.

Estoy sola, pero siempre estoy sola:
Es lo ?nico cierto.
El amor era un hu?sped,
la soledad es siempre el compa?ero
que permanece al lado, inconmovible.
Lo ?nico seguro, verdadero.
Oigo mi coraz?n, vieja campana
que dobla y que golpea,
que rebota en las sienes y en la nuca
y en la boca y los dedos.
Es cierto, tengo miedo.
Miedo de no poder gritar, de pronto,
de que ya sea demasiado tarde
para un ruego.
La costumbre ahoga las palabras
y alarga el desencuentro.
Ah, tantas cosas quedar?n ocultas,
perdidas, sin recuerdo,
tantas palabras que no fueron dichas,
tantos gestos.

Unos dir?n: Yo s?, la he conocido,
fue una ardiente rebelde,
se desoll? las manos y la vida
por defender los que crey? m?s d?biles.
Otros dir?n: Yo s?, la he conocido,
era dura, mal?vola,
avara de ternura, con la boca
mostraba su desprecio.
Alguien dir?: Y c?mo sonre?a...
Qu? importa
lo que vendr? despu?s del gran silencio.
Claro que tengo miedo.
As?, en la madrugada
mientras alg?n dolor -un dolor, siempre-
va hincando sus agujas en mi cuerpo,
abro las manos en la sombra dulce
para atrapar mi soledad, de nuevo,
y me quedo a su lado, sin moverme,
con los ojos abiertos
la vida detenida.
Toda mi sangre es un temor inmenso.
Julia Prilutzky
Alguna vez, de pronto, me despierto...


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Mi?rcoles, 16 de junio de 2010

Hay quien decide el siguiente paso a seguir lanzando un palo al aire, quien se deja llevar por la corriente y quien piensa detenida y racionalmente cada acci?n antes de ejecutarla. Hace tiempo me ve?a, de forma cinematogr?fica e irreal, como el samur?i Sanjuro, que en cada encrucijada de caminos tomaba la direcci?n que le marcaba un palo al caer. Ahora s?lo me dejo llevar, sin miedo ni esperanza.

Hace a?os vigilaba la placidez del sue?o de Arantza. Ella dorm?a apoyada en mi hombro, tranquila y aquietada. Yo miraba al paisaje a?n nocturno, los destellos fugaces de las estrellas y la Luna huidiza y me preguntaba en qu? lugar se encontrar?a Arantza. A veces estudiaba la expresi?n de su rostro dormido, quedo, para tratar de adivinar qu? tipo de sue?o ten?a. Deb?a estar alerta en caso de que me necesitase.? Recuerdo esos amaneceres con ternura, alguien que dorm?a cobijado en m? y que, de alguna manera, me necesitaba. Yo como cobijo y refugio...

Arantza desapareci? despu?s de mi primer naufragio para reaparecer quince a?os m?s tarde, tras mi segundo naufragio. Ella, en cierta forma, delimita dos momentos extremos y amargos en mi vida. A veces le digo que podr?amos hacer de nuestra amistad un cuento, reencontrarnos cada quince a?os para ver c?mo han cambiado nuestras vidas en esos a?os de ausencia. Arantza est? acostumbrada a mis desvar?os.

Tras quince a?os, nuestra esencia permanec?a inalterada, reconocimos a aquellos estudiantes despreocupados que compart?amos asiento en el autob?s y quimeras en la cafeter?a de la universidad. Pero todo lo vivido en nuestra ausencia nos hab?a ayudado a madurar y cambiar, a ser ?algo m?s? que la sombra de quienes fuimos. Arantza (que a Sergio y a m? nos llama ?sus chicos?) dice que tengo temple. Pero no sabe que para llegar a ese temple he tenido que destrozarme el coraz?n en varias ocasiones, que tengo miedo de convertirme en alguien c?nico y descre?do, que, dentro de m?, convivo con varios vac?os y que soy m?s fr?gil de lo que ella piensa y m?s fuerte de lo que yo creo.

En esos quince a?os de ausencia hice varios trucos de prestidigitador. Par? la lluvia, am? a una mujer voladora, conoc? a una sirena terrestre con luz de luci?rnaga, un libro me esper? durante un a?o a que yo lo recogiera, pos? una foto en la desembocadura del r?o Tajo y vi c?mo segu?a la corriente sin hundirse (tal vez esa foto? est? en mitad del Atl?ntico o en el est?mago de alg?n tibur?n), y comprob? la realidad de aquello del eterno retorno de lo id?ntico. Curvo es el sendero de la eternidad... Desde nuestro reencuentro me saqu? de la chistera un par de trucos m?s, me col? un par de veces en el sue?o de una mujer a las 4.30 de la madruga, una mendiga me pidi? un beso y conoc? a una estrella marina que brilla solitaria en mitad del cielo. La vida es pura magia.

En los ?ltimos meses Arantza volvi? a ?dormir en mi hombro?, se refugi? en m? en los momentos de tempestad. Y yo, que ya no soy aquel adolescente t?mido y distante, he necesitado dormir en el suyo. Estos ?ltimos meses he presionado mi coraz?n hasta sus ?ltimos l?mites, y mi coraz?n, tras un a?o de absoluta calma, no estaba acostumbrado a tal esfuerzo. A veces olvido que puedo apoyarme en las personas que quiero y no silenciar aquello que vivo y me preocupa. Ser refugio y refugiarme.

Arantza y yo

?



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Lunes, 14 de junio de 2010
C?mo decir, amor, en qu? momento
te rompes dulcemente entre las manos,
sin quejas, sin recuerdos, sin arcanos
y tal vez sin temor ni sufrimiento.

C?mo volver a amar, qu? sentimiento
de elementos divinos o profanos
puede reverdecer entre desganos,
en la etapa final del desaliento.

Pregunta al coraz?n por qu? no cree,
preg?ntale al mirar qu? cosas lee,
pregunta al labio cruel por qu? no besa,

y te dir?n, sin duda, su fatiga
del amor fiel o la pasi?n mendiga,
su falta de esperanza o de sorpresa.
Julia Prilutzky
C?mo decir, amor, en qu? momento...

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S?bado, 12 de junio de 2010

Kirmen Uribe revela el truco de magia de Bilbao-New York-Bilbao en las propias páginas del libro: Le expliqué a Fionna el proyecto de la novela. La idea había tomado cuerpo, y al final se estructuraría en torno a un vuelo entre Bilbao y Nueva York. El reto consistía en hablar de tres generaciones distintas de una familia, sin volver a la novela del siglo XIX. Expondría el proyecto de escritura de la novela, y fragmentariamente, muy fragmentariamente, historias de esas tres generaciones. Más adelante revela: Pues bien, pensé que yo debía mostrar lo que hay detrás de una novela, enseñar todos los pasos que se dan antes de escribirla. Las dudas, las incertidumbres. Pero la propia novela no aparecería en la novela. Tan sólo el lector podría intuirla, como intuye el espectador el retrato de los reyes que pinta Velázquez en las Meninas. No quería construir personajes de ficción. Quería hablar de gente real.

Y es eso, Bilbao-New York-Bilbao es la historia de la familia del escritor que aparece como pequeñas piezas de puzzles a lo largo de un vuelo entre Bilbao y Nueva York. Uribe habla de sus raíces,  de tres épocas y generaciones distintas, de un misterio familiar, de docenas de anécdotas de sus vecinos, de la vida de los marinos que se está extinguiendo en nuestro presente, pero todo eso no son más que afluentes que desembocan en las preguntas de Uribe sobre cómo dar vida a su novela. En cierta forma, asistimos al nacimiento y crecimiento de una novela, sin que la historia se muestre del todo. Es una idea hermosa, mostrar los cimientos de la creación de una novela y, a la vez, hablar de todas aquellas voces que nos conforman, que están dentro de nosotros, que son eslabones de una cadena común.

Kirmen Uribe escribe de forma cercana y poética: El mar, las poblaciones costeras, la vida en los barcos, la mirada alejada de los marinos, los distintos viajes de los diferentes miembros de la familia Uribe, todo eso da para escribir un libro poético, con cierto tono de leyenda y melancolía. Porque la costa y el mar tienen un aire de mitología y de seres heroicos, de olas de veinte metros y fondos marinos que esconden esqueletos de barcos.

Y este viaje al pasado está ubicado en mitad de un viaje sobre el Atlántico. El viaje como la idea misma del movimiento, tanto espacial como temporal. Cada viaje contiene dentro de sí docenas de viajes en forma de recuerdos, esperanzas, raíces y sombras.

Bilbao-New York-Bilbao ha sido una hermosa lectura.


Los peces y los árboles se parecen.
Se parecen en los anillos. Si hiciéramos un corte horizontal a un árbol veríamos sus anillos en el tronco. Un anillo por cada año trascurrido, es así como se sabe la edad del árbol. Los peces también tienen anillos pero en las escamas. Y al igual que sucede con los árboles, gracias a ellos sabemos cuántos años tiene un animal.
Los peces nunca dejan de crecer. Nosotros no, nosotros menguamos a partir de la madurez. Nuestro crecimiento se detiene, y los huesos comienzan a juntarse. El cuerpo se encoge. Los peces, sin embargo, crecen hasta que se mueren. Más rápido cuando son jóvenes y, a partir de cierta edad, más lentamente, pero sin dejar nunca de crecer. Y por eso tienen anillos en las escamas.
El anillo de los peces lo crea el invierno. El invierno es el tiempo durante el cual el pez come menos, y el hambre deja una marca oscura en sus escamas porque su crecimiento es menor durante esa época. Al contrario que en verano. Cuando no pasan hambre, no queda ningún rastro en sus escamas.
El anillo de los peces es microscópico, no se ve a primera vista, pero ahí está. Como si fuera una herida, una herida que no ha cerrado bien.
Y como los anillos de los peces, los momentos más difíciles van marcando nuestras vidas, hasta convertirse en medida de nuestro tiempo. Los días felices, al contrario pasan deprisa, demasiado deprisa, y en seguida se desvanecen.
Lo que para los peces es el invierno, para las personas es la pérdida. Las pérdidas delimitan nuestro tiempo; el final de una relación, la muerte de un ser querido.
Cada pérdida es un anillo oscuro en nuestro interior.
Kirmen Uribe
Bilbao-New York-Bilbao (traducción de Ana Arregi. Círculo de lectores. Seis Barral)


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Viernes, 11 de junio de 2010

Hay títulos que sobresalen entre las estanterías de una librería. Cuando llegué a la altura de Hotel Nómada tuve que detenerme para hojearlo, el título era demasiado atractivo para dejarlo pasar. No había leído nada de Cees Nooteboom y esta recopilación de artículos de viaje era la mejor manera de empezar con el autor neerlandés.

Nooteboom conjuga el libro de viajes con el ensayo, la crónica periodística y el libro histórico. El libro se inicia sobre una reflexión sobre los mapas (y recuerda aquel cuento de Borges donde el mapa tenía el mismo tamaño que el país que representaba) y el mismo acto de viajar: Quien viaja continuamente nunca para en el mismo sitio -visto desde su perspectiva- y, por lo tanto, siempre está ausente -desde la perspectiva de los demás, de los amigos-. Y es que, para ti mismo, estás en efecto "en otro sitio", es decir, no estás, aunque en realidad si estás, es decir, estás en ti mismo. Para Nooteboom, viajar significa estar siempre en casa, deshacerse de algunas capas innecesarias, entrar en un vacío cómodo, cercano, puro, ampliar la mirada y descubrir que son posibles otros mundos, otras formas de vivir, que surcar un río africano es adentrarse en el inhóspito terreno de la historia ajena a occidente, una historia transmitida de forma oral, con mitos, leyendas y héroes desconocidos para nosotros.

Nooteboom nos recuerda que dentro de este mundo hay cientos de otros mundos (im)posibles, que  hay que quitarse muchas vendas para poder comprender la nueva vida que nos rodea y cómo la mirada puede afectar a esos mundos diferentes (escribe Nooteboom: ¿Cuánto tiempo más permitirá nuestro mundo la existencia de ese otro mundo? Lo único que amenaza la integridad de esa sociedad africana es que sea vista por nosotros, pues no sería la primera vez que con nuestra mirada se iniciara su descomposición).

Gambia, Mali, El Sahara, Bolivia y México son los lugares que nos describe Nooteboom (y como él dice, es más difícil describir que escribir), también las habitaciones de hotel, los aeropuertos, los cielos calurosos, el polvo de las llanuras, los caminos de tierra, las rutas sin marcar, los ríos de África o las montañas de Sudamérica, las pisadas difusas de quienes habitaron antes que nosotros la tierra bajo nuestros pies y que hoy son sombras y fantasmas. Y en este camino sin fin se cruzan políticos corruptos, extranjeros enraizados en otras tierras, turistas que no ven más que aquello que les indican, incapaces de bajar a tierra para conocer el país que visitan, nómadas del desierto y mundos en proceso de desaparición.

Nooteboom escribe sobre el viaje como forma de vida. Saberse extranjero, en el otro lado de la frontera, ser el que llega de fuera, el que debe adaptarse a lo desconocido, cada paso un descubrimiento, un mundo posible, otra forma de sociedad y de tiempo. A veces hay que ponerse al otro lado, ser el extranjero.

Hotel Nómada es pura aventura, un doble viaje, el literario y el continuo de Cees Nooteboom.


Esa noche me duermo tarde sabiendo que al día siguiente tendré que recorrer un mundo del que sólo tengo una ligera sospecha.

( … )

El silencio es profundo. Sólo se oyen nuestros pasos y un suave jadeo mientras subimos lentamente otra cuesta. Es éste un valle mágico, un Shangri La real, y ahora que, transcurrido un tiempo, estoy en casa escuchando música dogon y mirando fotos en las que las personas se han convertido en lo que sus máscaras que representan, me vuelve a invadir la misma sensación de felicidad, pero ahora mezclada con nostalgia, porque tal vez no regrese nunca más a ese lugar. Y si volviera, ¿sería lo mismo? ¿Cuánto tiempo me permitirá nuestro mundo la existencia de ese otro mundo? Lo único que amenaza la “integridad” de esa sociedad africana es que sea vista por nosotros, pues no sería la primera vez que con nuestra mirada se iniciara su descomposición. Mi nostalgia se debe tal vez al hecho de saber que ese mundo tiene los días contados.

( … )

El hombre blanco viaja por África consentido en su soledad y, por ser un consentido, su comportamiento es antisocial, de modo que no es capaz de ver más allá de sus narices. Los turistas, que acuden en hordas cada vez más numerosas a contemplar animales salvajes y máscaras que bailan por dinero, tampoco ven nada. Y, sin embargo..., y, sin embargo..., Lévi-Strauss lo ha formulado con más claridad: “los etnólogos existen para dar testimonio de que nuestro modo de vida no es el único posible, de que hay otros modos que han permitido a los seres humanos llevar una vida feliz. Los etnólogos nos invitan a moderar nuestra presunción, a respetar otros modos de vida. Las comunidades investigadas por los etnólogos contienen lecciones que vale la pena escuchar. Son comunidades que han sabido hallar un equilibrio entre el hombre y el medio natural, un equilibrio cuyo sentido y misterio hoy ignoramos”.

( … )

Ver cosas que no alcanzas a comprender, signos que no sabes interpretar, una lengua que no entiendes, una religión cuya esencia ignoras, un paisaje que te rechaza, vidas que serías incapaz de compartir. Ahora experimento todas estas sensaciones como un placer. El shock que produce lo absolutamente desconocido es de una suave voluptuosidad. Si lo que quieres es integrarte en un nuevo mundo, hay mucho que debes dejar en casa. Tus máscaras ya no te sirven. Para un bereber de Goulimine, tú podrías ser tanto de Ohio como de cualquier otro lugar, lo que significa que todos los matices que confirman nuestra identidad, conquistados con dolor y esfuerzo a lo largo del tiempo, se desvanecen. Por esta razón, el acto de viajar te instala en una especie de estimulante vacío, en un estado de ingravidez en el que, aun cuando no abandones del todo la actualidad, se te dispensa de mucho. Flotas por un territorio que te es extraño..., ves, miras, ves..., aquí y allá haces un arañazo en la indestructible superficie, desapareces de nuevo, y regresas más vacío aún pero con palabras. 

( … )

¿Qué es lo que me hace sentir tan feliz aquí? Tal vez sea el silencio, es decir, la presencia exclusiva de personas y animales. En una esquina del mercado están aparcados todos los burros. Dentro de un par de años serán motocicletas, más tarde, automóviles. Pero ese momento todavía no ha llegado. Mi sensación de bienestar podría deberse también a la transparencia, es decir, a ver cómo se fabrican las cosas. Herreros, curtidores, panaderos, todos reunidos en el mercado, escritores y narradores de cuentos, mendigos y carniceros, el universo entero encima de un terrón, un mundo encerrado en sí mismo, autosuficiente, un mundo en orden, ésa es la impresión que produce.
Cees Nooteboom
Hotel Nómada (traducción de Isabel Clara Lorda Vidal. Debolsillo)


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Mi?rcoles, 09 de junio de 2010
Yo soy el camino

Estoy como una flecha
indicando a lo lejos,
pero en la lejanía
me pierdo. 

Quien me siga
hacia allá, hacia acá, hacia aquí,
ha de ponerse en camino
a la fuerza.

En camino y perderse. 
Cees Nooteboom
El camino (traducción de Josefina Vidal Morera)

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Martes, 08 de junio de 2010
Crónica de un fracaso precoz. Así se subtitula este libro de memorias de Auster. Y es una definición acertada. Auster nos habla de sus fracasos como escritor y en su intento de vivir al margen del dinero, en esa frontera difusa y complicada donde se cruzan lo que queremos para nosotros y lo que la vida nos muestra o por dónde nos lleva.

A salto de mata es un ejercicio de recuerdo y de espejos, porque una vez pasado el tiempo, esos recuerdos son un reflejo y retazos de quienes fuimos, no del todo reales, no del todo exactos. Como decía John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance, si la leyenda supera a la realidad, publica la leyenda.

Auster recorre su biografía, nos muestra de manera rápida, sencilla y acertada su paso a la madurez y su decisión de no dejarse llevar por una vida marcada por un horario y un trabajo de oficina. Auster quería escribir y vivir, salirse de lo establecido, no estar encadenado al dinero. Ser libre y seguir sus propias normas. En este libro, Auster repasa sus problemas de dinero, sus viajes a Francia, sus intentos de convertirse en escritor, sus diferentes trabajos para sobrevivir, desde traducir al inglés poemas vietnamitas (o su nueva constitución) a estar enrolado en un petrolero. Como escribe Auster, sólo me hacía falta un poco de espacio para respirar, la ocasión de comprobar, de una vez por todas, si era verdaderamente la persona que creía que era. Las memorias terminan donde arranca su carrera, con la muerte de su padre, un hecho que le haría escribir La invención de la soledad.

Lo que más me interesó en este libro no fue tanto la vida de Auster (de él me atraen sus libros) sino los personajes peculiares que conoce y la reflexión interesante y diferente sobre el dinero. Por las páginas de A salto de mata se cruzan vagabundos, seres errante, supervivientes de naufragios interiores, escritores olvidados, estrellas de cine o John Lennon, seres que aparecen por una pequeña eternidad y se convierten en sombras tan leves como pisadas en la lluvia. Son esos personajes los que me interesan, los que me hacen preguntarme cómo llegaron a estar fuera de la sociedad, invisibles y perdidos.

Auster escribe sobre el dinero: A fin de cuentas, el dinero es una ficción, papel sin importancia que sólo adquiere valor porque un gran número de personas deciden dárselo. El sistema se basa en la fe. No en la verdad ni en la realidad, sino en la creencia colectiva. ¿Y qué pasaría si esa fe fuese socavada, si un gran número de personas empezara a dudar del sistema? Las reflexiones sobre el dinero y cómo nos influye predominan en estas memorias, la valentía o cobardía al decidir sobre qué parte queremos que ocupe el dinero en nuestra vida. Auster eligió escribir y no sucumbir ante trabajos que le asfixiasen ese deseo. Su elección fue como caminar por una cuerda floja...

A salto de mata es un libro ameno, interesante cuando se trata de personajes secundarios y reflexiones sobre qué hacer con nuestra vida.

 
 
Cuando llegué a la treintena, pasé por unos años en los cuales todo lo que tocaba se convertía en fracaso. Mi matrimonio terminó en divorcio, mi trabajo de escritor se hundía y estaba abrumado por problemas de dinero. No me refiero simplemente a una escasez ocasional, ni a tener que apretarme el cinturón de cuando en cuando, sino a una falta de dinero continua, opresiva, casi agobiante, que me envenenaba el alma y me mantenía en un inacabable estado de pánico.
La culpa era sólo mía. Mi relación con el dinero siempre había sido imperfecta, enigmática, llena de impulsos contradictorios, y ahora pagaba el precio de negarme a aceptar una decisión clara al respecto. Desde siempre, mi única ambición había sido escribir. Lo sabía desde los dieciséis o diecisiete años, y nunca me había hecho ilusiones de que podría ganarme la vida escribiendo. El escrito no “elige una profesión”, como hace el médico o el policía. No se trata tanto de escoger como de ser escogido, y una ves que se acepta el hecho de que no se vale para otra cosa, hay que estar preparado para recorrer un largo y penoso camino durante el resto de la vida. A menos que se resulte ser un elegido de los dioses (y pobre del que cuente con ello), con escribir no se gana uno la vida, y si se quiere tener un techo sobre la cabeza y no morirse de hambre, habrá que resignarse a hacer otra cosa para pagar los recibos. Yo comprendía todo eso, estaba preparado para ello, no me quejaba. En ese aspecto tuve una suerte inmensa, y la perspectiva de se pobre no me asustaba. Lo único que quería era una oportunidad de realizar la obra que sentía en mi interior.

( … )

Mi problema era que no quería llevar una doble vida. No es que no quisiera trabajar, pero la idea de fichar en algún sitio de nueve a cinco me dejaba frío, totalmente desprovisto de entusiasmo. Con veintipocos años me sentía demasiado joven para sentar cabeza, demasiado lleno de proyectos para perder el tiempo ganando más dinero del que quería o necesitaba. En el aspecto financiero, sólo pretendía arreglármelas.

( … )

Estaba harto de clases, y la perspectiva de pasarme otros cinco o seis años estudiando me parecía un destino peor que la muerte. Ya no quería hablar más de libros, quería escribirlos. No me parecía bien, por principio, que un escritor se refugiase en la universidad, rodeándose de personas afines y viviendo demasiado a gusto. Existía un riesgo de autocomplaciencia, y una vez que cae en ella, el escritor puede darse por perdido.
Paul Auster.
A salto de mata. Crónica de un fracaso precoz (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)

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Domingo, 06 de junio de 2010
Única obra narrativa de la gran poeta norteamericana, ésta es una novela sobre la adolescencia, un retrato de la artista adolescente y de las dificultades que debe salvar para encontrar un lugar propio en un mundo plagado de hostilidades.

Hace años descubrí los poemas de Plath en algunas páginas literarias de Internet. La angustia, el miedo o la locura se sucedían en sus versos. Era una poeta cercana, desgarradora, una voz llena de sombras tristes y mortuorias. Mis poemas favoritos, Temores o Lady Lazarus. Y es la voz de Lady Lazarus la que resuena en La campana de cristal. El poema dice en una parte: Morir / Es un arte, como cualquier otra cosa. / Yo lo hago excepcionalmente bien. / Lo hago para sentirme hasta las heces. / Lo ejecuto para sentirlo real. / Podemos decir que poseo el don. / Es bastante fácil hacerlo en una celda. / Muy fácil hacerlo y no perder las formas.

Hablar de La campana de cristal es hablar del vacío y desgarro de la narradora, es andar sobre la cuerda floja de la cordura y el miedo a la vida. Esther es una joven en el umbral de la madurez, en ese momento donde todo son cambios y un posicionarse en la vida de forma definitiva, donde atisbamos lo que hay al otro lado del umbral y, a veces, sólo a veces, nos quebramos por dentro por el miedo, naufragamos como barcos a la deriva.

Esther es brillante e inteligente, ha ganado un concurso que le ha llevado a Nueva York durante un mes para trabajar en una revista. En esa primera parte de la novela, Esther nos cuenta su vida en la gran ciudad rodeada de lujos, fiestas y moda y, como afluentes, retazos de su vida en el campo, de sus recuerdos y sus miedos. La muerte de su padre cuando ella contaba nueve años, su posicionamiento sobre el amor y el sexo lleno de dudas, miedos y esperanzas, la relación con su madre, su forma de comer compulsivamente, las dudas sobre lo que quiere para sí misma... Hay momentos donde las descripciones y reflexiones parecen retazos de un poema de Plath.

El regreso a su vida colapsará a Esther. No puede dormir ni leer o escribir. No sabe cuál es su lugar en el mundo y tampoco quiere ser una marioneta guiada por los demás. No sabe cómo conducir su rebelión. El colapso nervioso le llevará a la depresión y locura (y Esther/Plath lo narra con distancia, como si hablase de otra parte de sí ). Esther intenta suicidarse sin conseguirlo (aún así, el intento de lesionarse es un medio de anular el dolor espiritual a través del dolor físico), se encierra en sí misma, en una campana viciada y asfixiante. Dentro de ella, el vacío y el desgarro, fuera de ella, las habitaciones de los diferentes manicomios. Cómo quebrar la campana y salir libre al mundo, sin miedos, sin colapsos...

La campana de cristal es una obra dolorosa, poética, extraña y cercana donde Plath se desnuda y muestra su vida y sus miedos, cómo a veces andamos en el borde de un acantilado y lo fácil que es caer y quebrarse en mil pedazos.



El silencio me deprimía. No era realmente el silencio. Era mi propio silencio.

( … )

Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento.
De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ge, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente.
Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.

( … )

Las piedras yacían abultadas y frías bajo mis pies desnudos. Pensé con añoranza en los zapatos negros que estaban en la playa. Una ola se echó hacia atrás, como una mano, luego avanzó y me tocó el pie.
La marea parecía arrastrar el fondo mismo del mar, donde blancos peces ciegos avanzaban por su propia luz a través del gran frío polar. Vi dientes de tiburones y esqueletos de ballenas esparcidos allá abajo, como lápidas sepulcrales.
Esperé como si el mar pudiera tomar la decisión por mí.
Una segunda ola se aplastó sobre mis pies, orlada de blanca espuma, y el frío aferró mis tobillos con un dolor mortal.
Mi carne retrocedió, acobardada, ante tal muerte.
Cogí mi bolso y regresé andando sobre las frías piedras hasta donde mis zapatos continuaban su vigilia en la luz violeta.

( … )

Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla.
Sylvia Plath
La campana de cristal (traducción de Elena Rius. Edhasa)


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Publicado por elchicoanalogo @ 21:58  | Libros...
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