Domingo, 15 de agosto de 2010

En el corazón de un taller de carpintería se encuentra el cementerio de pianos, un lugar donde los instrumentos, a semejanza de los seres que los rodean, han dejado de funcionar y se encuentran suspendidos entre la vida y la muerte. Es un lugar de lecturas clandestinas, de exilio voluntario donde se reflexiona y se hace el amor, un espacio recóndito de adulterios y un patio de juegos infantiles donde se encadenan las generaciones. Padre e hijo intercalan sus vivencias desde épocas y prismas diferentes y desenmascaran la historia de la familia, relatando historias de amor urgentes e inevitables, hirientes, en las que el abandono, la violencia doméstica y los errores redimidos acaban siendo anulados por el poder de la ternura y el afecto.


En Cementerio de pianos se cruza la muerte con la vida de una forma laberíntica, inusual, extraña, una frontera a veces difusa, a veces palpable, donde los muertos narran aquellos momentos donde que no les pertenecen y los vivos dialogan con ellos para contradecir sus palabras y que asuman sus torpezas y errores (por momentos recordé a Fresas salvajes, de Bergman, donde en algunas escenas el tiempo dejaba de existir tal como lo entendemos y los personajes visitaban y hablaban con las personas de su pasado en un diálogo imposible).

Los narradores son un padre y un hijo que comparten idéntico nombre, Francisco Lázaro. Ambos están muertos, un hecho que parece plegar el tiempo y la realidad, que permite un juego confuso de identidades donde no sabemos si el padre es el hijo, si es al revés o si sus vidas y recuerdos se mezclan en la muerte, como si la muerte unificara voces y vidas en un solo ser. Como dice uno de los Francisco Lázaro en una de las páginas de Cementerio de pianos, “… no sólo quiero tener este nombre, quiero ser dueño de él”. Uno no acaba por distinguirlos. Es una pirueta extraña.

Francisco Lázaro, los dos Franciscos que son uno en esta historia, trabajan un en taller de carpintería, uno de ellos es corredor (¿el padre?, ¿el hijo?) y participará en el maratón de Estocolmo. Por un lado, el trabajo habitual del taller, dar vida a nuevos muebles o arreglar los dañados; por otro lado, una habitación cerrada con docenas de pianos desarmados y polvorientos, un cementerio insólito donde algunos de ellos resucitan para formar un nuevo piano. En ese cementerio se esconden novelas románticas y amantes ocasionales, los vivos hablan con los muertos y las notas de los pianos quedan suspendidas en el aire como las motas de serrín, un lugar donde la magia y la poesía son posibles, también el dolor, los secretos, la soledad y la vida en fuga. La vida de Francisco, de los dos Franciscos, es un cúmulo de amores secretos, bebida, errores, ternura, pianos recompuestos y vidas fracturadas.

Hay momentos donde Peixoto me recuerda al Baricco de Océano mar, el lenguaje es poético, a veces arriesgado y donde no hace avanzar la historia sino que define detalles, emociones; a veces es un muro contra el que choqué, confundido. Peixoto decide contar los recuerdos del Francisco carpintero y corredor de maratón de forma fragmentada. Como si fuera un puzzle desbocado, los párrafos se alternan de manera aleatoria, sin un comienzo y un final definido, un párrafo se puede iniciar en la primera página del capítulo para ser retomado tres páginas más allá. Un juego de malabares...

Cementerio de pianos ha sido una buena lectura, poética y confusa.


Fue entonces cuando mi vida cambió para siempre.
Precedida por los estallidos breves que las tablas del suelo hacían bajo su levedad, ella entró en la sala y se sorprendió al verme. Yo me habría quedado simplemente avergonzado si no fuera por la suavidad blanca de su cara. Ella llevaba el pelo recogido en un lazo, era una niña y en su cara había algo milagroso: pureza: que yo no sabía describir. Los ojos grandes: el cielo. Si estuviera lo suficientemente cerca, creo que podría ver pájaros planeando dentro de sus ojos: infinito. Ella era una niña frágil y mi mirada se posaba con cuidado en la piel de su cuello, en los hombros bajo el vestido de flores que llevaba. Ella era una niña frágil y descalza: el principio de las piernas, los tobillos finos, los pies desnudos como si no tocasen el suelo. Bajo su mirada, pude sentir una fuerza invisible que me llevaba la mano hacia su cabello, que invisiblemente lo deslizaba entre mis dedos, pero seguí sentado e inmóvil, con los ojos alzados imaginando todo. En cuanto pasó aquel momento y entró el italiano, perfumando, peinado, me di cuenta de que yo era un carpintero con el cuerpo cubierto de serrín, sin afeitar y con las manos gruesas.

( … )

El tacto de mis manos no tenía peso ni tenía textura, la gente que me hablaba estaba siempre muy lejos, todos los colores eran pálidos a mis ojos, los vinos que yo bebía no sabían a nada y emborrachaban a otra persona, mi cuerpo caminando por la acera era tan leve que no me pertenecía, porque yo sólo pensaba en ella. Yo sólo era capaz de pensar los pensamientos que me imaginaba en ella. Yo sólo existía en el fondo de mí mismo pensando en ella. Un movimiento mínimo en mi interior, creer durante un instante que ella no quisiese verme nunca más, creer durante un instante aque ella se hubiese reído de la carta que le entregué, cualquier movimiento en mi interior era sentido con mi vida entera; pero el tacto de mis manos era impreciso. En el mundo, yo no era yo. Yo era un reflejo que alguien recordaba vagamente. Yo era un reflejo que alguien soñaba sin creer en él.

( … )

Ella empezó a sonreírme. Yo empecé a sonreírle. Y, antes de dormirme, empecé a ser capaz de oír su voz dentro de mi cabeza. Me quedaba dormido escuchándola. La casa era inmensa. La noche llenaba la casa. Las paredes se deshacían con aquella noche absoluta y, sin embargo, la oscuridad estaba hecha de muchas paredes superpuestas. Yo intentaba vivir. Al acostarme, esperando quedarme dormido, su voz era el mundo tranquilo en donde me olvidaba de todo el resto.

( … )

Y sólo en aquel momento comprendí que ni siquiera los números pueden ofrecer certidumbre. El tiempo existe entre los números, los atraviesa y los confunde. Pueden existir muchos números entre cada número. Pueden existir más números entre un número y otro que entre ése y el siguiente. El tiempo es lo que determina los números, los alarga o los encoge, los mata o permite que existan. Los números nada pueden ante el tiempo.

( … )

La verdad, como el silencio, existe únicamente en donde no estoy. El silencio existe tras las palabras que se animan en mi interior, que se combaten, se destruyen y que, en esa lucha, abren rasgones de sangre dentro de mí. Cuando pienso, el silencio existe fuera de aquello que pienso. Cuando paro de pensar y me fijo, por ejemplo, en las ruinas de una casa, hay un viento que agita las piedras abandonadas de ese lugar, hay un viento que trae ruidos distantes y, entonces, el silencio existe en mis pensamientos. Intocado e intocable. Cuando vuelvo a mis pensamientos, el silencio vuelve a esa casa muerta. Y también ahí, en esa ausencia de mí, existe la verdad.

( … )

Correr es estar absolutamente solo. Lo sé desde el principio: en la soledad, me es imposible huir de mí mismo. Tras las primeras zancadas, inmediatamente se alzan muros negros a mi alrededor. Inofensivo, el mundo se aleja. Mientras corro, me quedo parado dentro de mí y espero. Quedo finalmente a mi merced. Al principio tenía trece años y corría porque encontraba el silencio de una paz que creía que no me pertenecía. No sabía aún que era le reflejo de mi propia paz. Después, cuando la vida se complicó, era demasiado tarde para poder parar. Correr formaba parte de mí igual que mi nombre. Fue entonces cuando aprendí a correr contra las palabras de mi interior, de la misma manera que aprendí a correr contra el viento.

( … )

Mi memoria no es mía. Mi memoria soy yo distorsionado por el tiempo y mezclado conmigo mismo: con mi miedo, con mi culpa, con mi arrepentimiento.
José Luís Peixoto
Cementerio de pianos (traducción de Carlos Acevedo. Quinteto)


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Publicado por elchicoanalogo @ 9:35  | Libros...
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