Viernes, 27 de agosto de 2010

A primera vista, los jovencitos que estudian en el internado de Hailsham son como cualquier grupo de adolescentes. Practican deportes, tienen clases de arte y descubren el sexo, el amor y los juegos del poder. Hailsham es una mezcla de internado victoriano y de colegio para hijos de hippies de los años sesenta donde no dejan de repetirles que son muy especiales, que tienen una misión en el futuro, y se preocupan por su salud. Kathy, Ruth y Tommy fueron pupilos en Hailsham, y también fueron un juvenil triángulo amoroso. Y ahora, Kathy se permite recordar Hailsham y cómo ella y sus amigos descubrieron poco a poco la verdad.

Cómo hablar de Nunca me abandones sin desvelar el misterio que cuenta. Es complicado bordear esta novela sin descubrir nada a quien aún no la haya leído. Porque te quedas en la frontera de lo que Ishiguro quiere hablarnos, una sociedad diferente y evolucionada donde hay grandes avances médicos y la frialdad y el dolor que esos avances conllevan para una parte de la población.

Lo que me atrae en Nunca me abandones es cómo una distopía se puede contar de manera nostálgica, sencilla y premiosa, sin necesidad de pirotecnias ni mecanismos de artificio, sin crear mundos o personajes demasiado alejados de la realidad. Todo lo narrado en Nunca me abandones nos parece cercano, real, la vida de Kathy y sus amigos Ruth y Tommy la podemos sentir como una historia de nuestro presente. Y eso es lo que conmueve, aterra y te hace reflexionar. Que sintamos tan cercano lo expuesto en Nunca me abandones.

Kathy, la narradora, intenta reconstruir su pasado en el internado de Hailsham y cómo aquellos primeros años de estudio y compañerismo conformaron y definieron su vida. Hasta acá parece una historia que mezcla la nostalgia con Dickens, una mujer que reconstruye el puzzle de su vida al llegar a los treinta años. Pero la historia crece poco a poco, y en cada crecimiento, en cada paso más allá, la sorpresa por un mundo parecido al nuestro pero no idéntico, por el destino y la realidad de los alumnos del internado de Hailsham (y del resto de internados del país), por el dolor de unas relaciones casi matemáticas. Y todo contado como un susurro. El susurro de Kathy, quien recuerda su vida, sus amigos, los límites físicos y corporales de los que nunca puede salir, la canción Nunca me abandones que le hace soñar con un bebé en sus brazos...

Con voz nostálgica y serena de quien ya conoce su pasado y hacia dónde se encamina su vida, Kathy nos habla de su amistad con Ruth, una imaginativa y a veces maquiavélica compañera de juegos y confesiones, y Tommy, un muchacho que explota al menor detalle y que no sabe encauzar su creatividad. Viven en un internado y no conocen el mundo exterior. Pintan, escriben poesía, aprenden a relacionarse entre ellos y con sus custodios, van quemando etapas que parecen naturales. Pero hay cierta inquietud en la narración de Kathy, algo que no está ubicado, una tensión, una amenaza que nos dice que bajo la superficie se esconde un abismo difícil de asumir. Y poco a poco descubrimos ese abismo, y no lo hacemos con estridencias o gritos sino con la voz pausada de Kathy. Y es esa serenidad la que llega a asustar, a hacernos reflexionar sobre las diferentes caras de los avances científicos.

Kathy, Ruth y Tommy formarán un triángulo amoroso/amistoso Ruth y Tommy la pareja formal, Kathy, en un segundo plano, pero siempre presente para apoyar a la pareja. Crecerán juntos, se irán del internado a otro diferente, se harán mayores y Tommy y Kathy conocerán la realidad de quiénes son y los pasos que regirán su vida, incapaces de desviarse un milímetro del camino trazado de antemano.

El dolor de la lucidez, las preguntas sobre la identidad, Nunca me abandones es un libro nostálgico y doloroso. “Motor”, muchas gracias por el regalo.



Recuerdo que, al verme ante tamaño aprieto, me invadió un enorme cansancio, una especia de letargia. Era como tener que resolver un problema de matemáticas cuando tienes la mente exhausta, y sabes que existe una solución remota pero no puedes reunir la energía suficiente para tratar de dar con ella. Algo en mí tiró la toalla. Una voz me decía: “Muy bien, déjale que piense lo peor. Que lo piense. Deja que lo piense...”. Y ahora recuerdo, como si lo estuviera viendo, la cara de Tommy, la ira que reculaba ya y era reemplazada por una expresión casi de asombro, como si yo fuera una mariposa de una especie rara que se hubiera posado en un poste de la valla.

( … )

Luego está la soledad. Creces rodeado de una multitud de personas, y eso es, por tanto, lo que has conocido siempre, y de pronto te conviertes en cuidador. Y te pasas horas y horas solo, conduciendo a través del país, de centro en centro, de hospital en hospital, durmiendo cada día en un sitio, sin nadie con quien hablar de tus preocupaciones, sin nadie con quien reír. Sólo de cuando en cuando te topas con algún condiscípulo del pasado -un cuidador o un donante que reconoces de los viejos tiempos-, pero nunca dispones de mucho tiempo. Siempre estás con prisas, o estás demasiado exhausta para mantener una conversación como es debido. Y pronto las largas horas, el continuo viajar, el sueño interrumpido se han instalado en tu ser y han llegado a formar parte de tu persona. Y todo el mundo puede verlo, en tu manera de estar, en tu mirada, en el modo en que te mueves y hablas.
Kazuo Ishiguro
Nunca me abandones (traducción Jesús Zulaika. Círculo de lectores. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 2:38  | Libros...
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