Lunes, 23 de agosto de 2010

«Tras el sensual aroma del jengibre y los tonos agridulces de este relato de iniciación, descubrimos la novela más íntima de Amélie Nothomb, esta escritora definitivamente atípica» (Christine Rousseau, Le Monde). Amélie, decidida a aprender japonés enseñando francés a los autóctonos, conoce a Rinri en un bar. Pero, pocos días después, la relación entre maestra y alumno dará paso a una hermosa historia de amor.

Hace unos meses leí mi primera novela de Nothomb, Metafísica de los tubos, donde la escritora belga hablaba de sus primeros años en Japón. En Ni de Eva ni de Adán vuelve a la novela autobiográfica para relatar su regreso al país asiático con apenas veinte años. Y lo hace con una acertada mezcla de ironía, ternura, libro de viajes y romanticismo.

El periodista y escritor polaco Kapuscinski decía en Viajes con Heródoto que su primer paso en un país extranjero fue conocer la lengua, ya que no hacerlo equivaldría a no penetrar nunca en las raíces del país, en permanecer siempre a oscuras fuera de su patria. Nothomb sigue los mismos pasos. A su regreso a Japón decide enseñar francés porque, como asegura en el primer párrafo, sería el método más eficaz para aprender japonés. La importancia de la lengua como primer paso en otro mundo, como quiebra en el muro de la distancia y el desconocimiento que sentimos en una sociedad en las antípodas de la nuestra.

Y son en esas clases particulares de francés donde conoce a un peculiar alumno, Rinri, un japonés que bascula entre el desapego y la cercanía con la cultura japonesa, capaz tanto de beber coca-cola,  preferir la comida rápida occidental o leer a Stendhal como de organizar una típica cena japonesa con sus amigos donde Nothomb se siente extraña y desamparada  por desconocer las reglas de esas reuniones. Con Rinri, Nothomb vivirá un emotivo amor, uno de esos amores que crecen poco a poco y que no sabemos cómo ubicar y encajar, la dificultad de conciliar dos culturas y dos formas de entender la vida.

Hay algo excepcional en Ni de Eva ni de Adán. Y es la mirada de Nothomb sobre la vida japonesa. Nothomb, con su mirada (¿venda?) occidental, descubre a cada paso otros mundos posibles, otras formas de comportamiento, intenta desentrañar las claves de una sociedad que conoce sólo en su frontera. Y es aquí, con el humor irónico y a la vez cercano, donde disfruté de esa descripción de otro mundo posible, el significado de ascender el monte Fuji, el viaje a Hirshima, los duros conceptos de honor y educación en la sociedad japonesa.

Con un final agridulce, emotivo y ajustado, Ni de Adán ni de Eva ha sido una lectura divertida, interesante e incluso compartida, una lectura que te debo, Yolanda. Gracias por el regalo de este libro y un abrazo lunático.


Ser Zaratustra significa tener, en lugar de pies, dioses que devoran la montaña y la convierten en cielo, significa tener, en lugar de rodillas, catapultas que transforman el resto del cuerpo en puro proyectil. Significa tener, en lugar de vientre, un tambor de guerra y, en lugar de corazón, la percusión del triunfo, significa tener la cabeza habitada por una alegría tan espantosa que es necesaria una fuerza sobrehumana para soportarla, significa estar en posesión de todos los poderes del mundo por la única y auténtica razón de que lo has convocado y puedes contenerlos en tu sangre, significa no tocar la tierra por culpa de un diálogo cercano con el sol.
Amélie Nothomb
Ni de Eva ni de Adán (traducción de Sergi Pàmies, Anagrama)


Tags: Ni de Eva ni de Adán, Amélie Nothomb, Sergi Pàmies, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 23:58  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios