Lunes, 30 de agosto de 2010

I


? ?Estaba despierto. Era madrugada y viajaba a Galicia por la vieja carretera de la costa. Es decir, una carretera zigzagueante e imprevisible que no me dejaba dormir. A?os m?s tarde descubr? esa carretera en un pu?ado de pel?culas de cine negro, un coche antiguo conducido con rapidez y que parec?a a punto de abismarse contra el mar, una rueda que sal?a peligrosamente de la carretera, un conductor emborrachado o un marido con intenciones desconocidas e inquietantes y la cara de Cary Grant. Pero, antes de poblar mis recuerdos con citas cin?filas y literarias, intu?a que la vida y la ficci?n eran una frontera difusa y que si no estabas atento y con los ojos despiertos, acababas por por confundirlas entre s?. As? que combat?a el insomnio de un viaje de noche intentando definir las extra?as formas que dejaba atr?s.?

? ?Una l?nea de luz ilumin? la superficie aquietada del mar y el interior del autob?s y la sombra de los acantilados. Parec?a un truco de magia, como si mi juego se hubiese convertido en realidad y alguien me hubiese ayudado a definir los contornos imprecisos de la noche. Mir? a mi alrededor, asombrado por ese haz de luz. Un faro pausado, seguro, impasible, se ergu?a en un promontorio y se?alaba el camino a seguir. La luz giratoria nos acompa?? durante unos minutos y luego, un monte se la trag?. Su aparici?n inesperada me parece, a?n hoy, un juego abracadabrante.

? ?Desde aquella noche me gustan los faros. No s?lo por esa soledad en una punta de un acantilado remoto, tambi?n por todo lo que tienen dentro de s?. Iluminan las tinieblas, previenen naufragios, salvan a aquellos barcos y marineros perdidos en un mar cortante, dibujan los contornos de los acantilados en mitad de la noche en una visi?n on?rica y so?adora. Luz contra la oscuridad. ?



II

? ?El faro de Portugalete es uno de esos lugares que busco para descansar, llenar mis pulmones de otro aire y adentrarme en una especie de hueco donde nada pueda llegar hasta m?. El faro es peque?o, sencillo, tranquilo. Sin luz. Me rodeaba el murmullo de las aguas, la sutil danza de los veleros blancos al salir del puerto, los pescadores de mirada ensimismada y los montes que sobresal?an de los tejados de las casas. Y en mitad de la r?a, el puente colgante. Como un cuadro de Hopper.?

? ?Apoy? mi espalda contra el faro. A mi lado, una inscripci?n a rojo: ?F?tima, te amar? siempre?. Pens? en las incontables declaraciones de amor que pueblan los rincones m?s insospechados, una carta de amor en una columna de una pileta tucumana, una nota perdida entre las p?ginas de Rayuela, las pintadas en cualquier pared an?nima. Y me pregunt? cu?ntos autores de esas declaraciones de amor habr?an conseguido cumplir su promesa de amor eterno. Alguien ha tenido que conseguir que el amor dure una eternidad.?

? ?Una mujer se levant? de su escondite. Estaba sentada detr?s de m?, en la parte del faro iluminada por el sol. Era alta, delgada, p?lida, la ropa desma?ada parec?a demasiado grande para ella. Llevaba una mochila al hombro y una c?mara en la mano. Se apoy? en el muro que rodea al faro, su pie encima de una punta de la rosa de los vientos dibujada en el suelo, c?mo si confirmara el lugar en el que exist?a en ese momento. Gui?? un ojo antes de sacar la primera foto. Intent? adivinar la composici?n de sus fotos, el puente colgante, las maquetas de dinosaurios que sobresal?an entre los ?rboles de un parque de Getxo, tal vez el reflejo sobre el agua de los aviones que se perd?an entre de las nubes gris?ceas. Su melena (lacia y larga) se mov?a nerviosa a su alrededor. Tras unos minutos, volvi? a su lugar. Observaba el puerto y la salida al mar en silencio y entre los resquicios de su pelo amotinado con el viento.?

? ?Pensaba terminar este escrito con algo que puede parecer c?nico. Quer?a escribir que prefer?a las declaraciones de amor en la arena de una playa, porque tarde o temprano el mar borrar? esas promesas de amor eterno dejando en su lugar un espacio en blanco. Pero recuerdo que mir? a mi espalda cuando me alejaba por el muelle. La mujer segu?a sentada en el faro. Tal vez estuviera anticipando nuevas fotos. O s?lo disfrutaba del calor del sol en mitad del atardecer. Por un segundo, sent? que ella podr?a ser un amor en mi vida. Como en los libros. Un cruce inesperado en un faro peque?o, una conversaci?n t?mida, alguien que no estaba en la ecuaci?n y se convert?a en una persona inolvidable.?


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Publicado por elchicoanalogo @ 2:54  | Espacios en blanco
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