Martes, 31 de agosto de 2010

Diciembre de 1917. En un canal de Francia, aparece flotando el cuerpo sin vida de una hermosa niña. Los indicios apuntan al fiscal Destinat, pero el fiscal designará otros culpables. Veinte años después, la crónica escrita por el policía que llevó el caso descubre una realidad inesperada. Nadie es inocente y los culpables son también víctimas.

Lo que más me sorprende de la literatura es su cercanía el infinito, cómo parece que las palabras se encadenan y saltan y entretejen un libro tras otro y un lector es incapaz de atisbar una última palabra, un fin que sea el definitivo y concluyente. Entré en un par de librerías vitorianas. Fuera, esa llovizna fina típica del norte, dentro, un laberinto borgiano. Elegí cinco títulos al azar de escritores que o desconocía o nunca había leído. La magia de la proximidad al infinito, siempre hay algo nuevo que descubrir y leer.

Almas grises me atrajo por su título, tan triste y transparente, y la foto invernal de un campo neblinoso. Nunca había leído nada de Philippe Claudel e ignoraba la escritura que me proponía. Todo es indagar, buscar lo nuevo para mezclarlo con lo conocido. En Almas grises encontré esa tristeza del título, una tristeza mortuoria, sarcástica, dura y nada complaciente, una historia rodeada de pasado y muerte y pérdida y mucha desesperanza en el ser humano.

Escribe el narrador: Una vez más, remonté el curso de los años, para acabar donde siempre. Conozco bien el camino. Es como volver a tu propio país. Y Almas grises es precisamente eso, un largo camino al pasado y a casa para aclarar no sólo el asesinato de una niña de apenas diez años, también la vida de un puñado de seres, mezquinos algunos (la mayoría), otros bellos y lumínicos, en un pueblo cercano a la gigantesca batalla de trincheras que fue la primera guerra mundial.

Claudel da la voz a un policía desencantado que escribe sobre un crimen pasado, un hombre que se dedica a rellenar una hoja tras otra como modo de sacar fuera sus sentimientos, dudas, reflexiones, una forma de sobrevivir en el presente cuando el presente ya no interesa ni reconforta y el pasado está poblado por sombras inalcanzables. Almas grises es un libro de muertos, los del pasado y los que recuerdan en presente, muertos en vida que no hacen más que deambular por los recuerdos como los soldados por las trincheras.

El narrador mezcla tiempos y personas, crímenes y afectos, un puzzle por donde caminan esas almas grises de un pequeño pueblo francés. Se cruzan los jueces y fiscales implacables con taberneros voluptuosos, maestras dulces y maestros enloquecidos, médicos humanistas, cazadoras de alimañas, desertores. Y alrededor de todos ellos, los cañones lejanos de la batalla y los heridos desmembrados de la primera guerra mundial. No hay más resquicio para la luz que el destello de los cañonazos.

Y, sobre todo, los claroscuros del alma humana, los recovecos donde anida la desesperanza y la ofuscación y la fragilidad de saber que todo puede perderse en un segundo.
 


- Las cosas no son ni blancas ni negras, lo que reina es el gris. Los hombres, sus almas..., pasa lo mismo. Tú eres un alma gris, como todos nosotros...
- Eso no son más que palabras...
- ¿Y qué te han hecho las palabras?

( … )

Al principio, tras los primeros combates, nos costó acostumbrarnos a ver llegar a todos aquellos jóvenes de nuestra edad, que volvían con la cara desfigurada por los estallidos de los obuses y el cuerpo destrozado por la metralla. Nosotros, en cambio, estábamos a cubierto, llevando, tan tranquilos, nuestra insípida vida de siempre.
Por supuesto, oíamos la guerra. La habíamos visto anunciada en los carteles de la movilización. La leíamos en los periódicos. Pero, en el fondo, la sorteábamos, convivíamos con ella como se convive con un mal sueño o un recuerdo amargo. No acababa de formar parte de nuestro mundo. Pertenecía al del cinematógrafo.
Así que, cuando el primer convoy de heridos -me refiero a heridos de verdad, de los que en vez de cuerpo tenían un sanguinolento amasijo de carne y exhalaban, acostados en inmundas camillas en el interior de los camiones, débiles estertores o salmodiaban el nombre de su madre o de su mujer-, cuando, como digo, el primer convoy llegó a nuestra ciudad, nos cayó encima como un mazazo. De repente, se hizo un gran silencio y todos nos acercamos a verlos, a ver a aquellas sombras de hombres que los camilleros bajaban de los camiones para trasladarlos a la clínica. Dos filas, densas y apretadas, guardia de honor, guardia de horror, con las mujeres, que se mordían los labios y no paraban de llorar, y nosotros, que en el fondo nos sentíamos imbéciles y avergonzados, aunque también – es feo decirlo, pero así era- contentos, rebosantes de una alegría violenta y malsana, porque eran ellos y no nosotros los que estaban allí, tendidos, destrozados en las camillas.

( … )

La vida es curiosa. No avisa. Lo mezcla todo, sin dejarte elegir, de modo que a un instante de dicha le sucede otro de sangre, sin más. A veces pienso que somos como una piedrecilla en el camino, que permanece durante días en el mismo sitio, hasta que el pie de un paseante choca con ella y la lanza por los aires, son razón. ¿Y qué puede hacer una piedra?
Philippe Claudel
Almas grises (traducción de José Antonio Soriano. Quinteto)


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Publicado por elchicoanalogo @ 2:46  | Libros...
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