Martes, 31 de agosto de 2010

Diciembre de 1917. En un canal de Francia, aparece flotando el cuerpo sin vida de una hermosa niña. Los indicios apuntan al fiscal Destinat, pero el fiscal designará otros culpables. Veinte años después, la crónica escrita por el policía que llevó el caso descubre una realidad inesperada. Nadie es inocente y los culpables son también víctimas.

Lo que más me sorprende de la literatura es su cercanía el infinito, cómo parece que las palabras se encadenan y saltan y entretejen un libro tras otro y un lector es incapaz de atisbar una última palabra, un fin que sea el definitivo y concluyente. Entré en un par de librerías vitorianas. Fuera, esa llovizna fina típica del norte, dentro, un laberinto borgiano. Elegí cinco títulos al azar de escritores que o desconocía o nunca había leído. La magia de la proximidad al infinito, siempre hay algo nuevo que descubrir y leer.

Almas grises me atrajo por su título, tan triste y transparente, y la foto invernal de un campo neblinoso. Nunca había leído nada de Philippe Claudel e ignoraba la escritura que me proponía. Todo es indagar, buscar lo nuevo para mezclarlo con lo conocido. En Almas grises encontré esa tristeza del título, una tristeza mortuoria, sarcástica, dura y nada complaciente, una historia rodeada de pasado y muerte y pérdida y mucha desesperanza en el ser humano.

Escribe el narrador: Una vez más, remonté el curso de los años, para acabar donde siempre. Conozco bien el camino. Es como volver a tu propio país. Y Almas grises es precisamente eso, un largo camino al pasado y a casa para aclarar no sólo el asesinato de una niña de apenas diez años, también la vida de un puñado de seres, mezquinos algunos (la mayoría), otros bellos y lumínicos, en un pueblo cercano a la gigantesca batalla de trincheras que fue la primera guerra mundial.

Claudel da la voz a un policía desencantado que escribe sobre un crimen pasado, un hombre que se dedica a rellenar una hoja tras otra como modo de sacar fuera sus sentimientos, dudas, reflexiones, una forma de sobrevivir en el presente cuando el presente ya no interesa ni reconforta y el pasado está poblado por sombras inalcanzables. Almas grises es un libro de muertos, los del pasado y los que recuerdan en presente, muertos en vida que no hacen más que deambular por los recuerdos como los soldados por las trincheras.

El narrador mezcla tiempos y personas, crímenes y afectos, un puzzle por donde caminan esas almas grises de un pequeño pueblo francés. Se cruzan los jueces y fiscales implacables con taberneros voluptuosos, maestras dulces y maestros enloquecidos, médicos humanistas, cazadoras de alimañas, desertores. Y alrededor de todos ellos, los cañones lejanos de la batalla y los heridos desmembrados de la primera guerra mundial. No hay más resquicio para la luz que el destello de los cañonazos.

Y, sobre todo, los claroscuros del alma humana, los recovecos donde anida la desesperanza y la ofuscación y la fragilidad de saber que todo puede perderse en un segundo.
 


- Las cosas no son ni blancas ni negras, lo que reina es el gris. Los hombres, sus almas..., pasa lo mismo. Tú eres un alma gris, como todos nosotros...
- Eso no son más que palabras...
- ¿Y qué te han hecho las palabras?

( … )

Al principio, tras los primeros combates, nos costó acostumbrarnos a ver llegar a todos aquellos jóvenes de nuestra edad, que volvían con la cara desfigurada por los estallidos de los obuses y el cuerpo destrozado por la metralla. Nosotros, en cambio, estábamos a cubierto, llevando, tan tranquilos, nuestra insípida vida de siempre.
Por supuesto, oíamos la guerra. La habíamos visto anunciada en los carteles de la movilización. La leíamos en los periódicos. Pero, en el fondo, la sorteábamos, convivíamos con ella como se convive con un mal sueño o un recuerdo amargo. No acababa de formar parte de nuestro mundo. Pertenecía al del cinematógrafo.
Así que, cuando el primer convoy de heridos -me refiero a heridos de verdad, de los que en vez de cuerpo tenían un sanguinolento amasijo de carne y exhalaban, acostados en inmundas camillas en el interior de los camiones, débiles estertores o salmodiaban el nombre de su madre o de su mujer-, cuando, como digo, el primer convoy llegó a nuestra ciudad, nos cayó encima como un mazazo. De repente, se hizo un gran silencio y todos nos acercamos a verlos, a ver a aquellas sombras de hombres que los camilleros bajaban de los camiones para trasladarlos a la clínica. Dos filas, densas y apretadas, guardia de honor, guardia de horror, con las mujeres, que se mordían los labios y no paraban de llorar, y nosotros, que en el fondo nos sentíamos imbéciles y avergonzados, aunque también – es feo decirlo, pero así era- contentos, rebosantes de una alegría violenta y malsana, porque eran ellos y no nosotros los que estaban allí, tendidos, destrozados en las camillas.

( … )

La vida es curiosa. No avisa. Lo mezcla todo, sin dejarte elegir, de modo que a un instante de dicha le sucede otro de sangre, sin más. A veces pienso que somos como una piedrecilla en el camino, que permanece durante días en el mismo sitio, hasta que el pie de un paseante choca con ella y la lanza por los aires, son razón. ¿Y qué puede hacer una piedra?
Philippe Claudel
Almas grises (traducción de José Antonio Soriano. Quinteto)


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Lunes, 30 de agosto de 2010

I


? ?Estaba despierto. Era madrugada y viajaba a Galicia por la vieja carretera de la costa. Es decir, una carretera zigzagueante e imprevisible que no me dejaba dormir. A?os m?s tarde descubr? esa carretera en un pu?ado de pel?culas de cine negro, un coche antiguo conducido con rapidez y que parec?a a punto de abismarse contra el mar, una rueda que sal?a peligrosamente de la carretera, un conductor emborrachado o un marido con intenciones desconocidas e inquietantes y la cara de Cary Grant. Pero, antes de poblar mis recuerdos con citas cin?filas y literarias, intu?a que la vida y la ficci?n eran una frontera difusa y que si no estabas atento y con los ojos despiertos, acababas por por confundirlas entre s?. As? que combat?a el insomnio de un viaje de noche intentando definir las extra?as formas que dejaba atr?s.?

? ?Una l?nea de luz ilumin? la superficie aquietada del mar y el interior del autob?s y la sombra de los acantilados. Parec?a un truco de magia, como si mi juego se hubiese convertido en realidad y alguien me hubiese ayudado a definir los contornos imprecisos de la noche. Mir? a mi alrededor, asombrado por ese haz de luz. Un faro pausado, seguro, impasible, se ergu?a en un promontorio y se?alaba el camino a seguir. La luz giratoria nos acompa?? durante unos minutos y luego, un monte se la trag?. Su aparici?n inesperada me parece, a?n hoy, un juego abracadabrante.

? ?Desde aquella noche me gustan los faros. No s?lo por esa soledad en una punta de un acantilado remoto, tambi?n por todo lo que tienen dentro de s?. Iluminan las tinieblas, previenen naufragios, salvan a aquellos barcos y marineros perdidos en un mar cortante, dibujan los contornos de los acantilados en mitad de la noche en una visi?n on?rica y so?adora. Luz contra la oscuridad. ?



II

? ?El faro de Portugalete es uno de esos lugares que busco para descansar, llenar mis pulmones de otro aire y adentrarme en una especie de hueco donde nada pueda llegar hasta m?. El faro es peque?o, sencillo, tranquilo. Sin luz. Me rodeaba el murmullo de las aguas, la sutil danza de los veleros blancos al salir del puerto, los pescadores de mirada ensimismada y los montes que sobresal?an de los tejados de las casas. Y en mitad de la r?a, el puente colgante. Como un cuadro de Hopper.?

? ?Apoy? mi espalda contra el faro. A mi lado, una inscripci?n a rojo: ?F?tima, te amar? siempre?. Pens? en las incontables declaraciones de amor que pueblan los rincones m?s insospechados, una carta de amor en una columna de una pileta tucumana, una nota perdida entre las p?ginas de Rayuela, las pintadas en cualquier pared an?nima. Y me pregunt? cu?ntos autores de esas declaraciones de amor habr?an conseguido cumplir su promesa de amor eterno. Alguien ha tenido que conseguir que el amor dure una eternidad.?

? ?Una mujer se levant? de su escondite. Estaba sentada detr?s de m?, en la parte del faro iluminada por el sol. Era alta, delgada, p?lida, la ropa desma?ada parec?a demasiado grande para ella. Llevaba una mochila al hombro y una c?mara en la mano. Se apoy? en el muro que rodea al faro, su pie encima de una punta de la rosa de los vientos dibujada en el suelo, c?mo si confirmara el lugar en el que exist?a en ese momento. Gui?? un ojo antes de sacar la primera foto. Intent? adivinar la composici?n de sus fotos, el puente colgante, las maquetas de dinosaurios que sobresal?an entre los ?rboles de un parque de Getxo, tal vez el reflejo sobre el agua de los aviones que se perd?an entre de las nubes gris?ceas. Su melena (lacia y larga) se mov?a nerviosa a su alrededor. Tras unos minutos, volvi? a su lugar. Observaba el puerto y la salida al mar en silencio y entre los resquicios de su pelo amotinado con el viento.?

? ?Pensaba terminar este escrito con algo que puede parecer c?nico. Quer?a escribir que prefer?a las declaraciones de amor en la arena de una playa, porque tarde o temprano el mar borrar? esas promesas de amor eterno dejando en su lugar un espacio en blanco. Pero recuerdo que mir? a mi espalda cuando me alejaba por el muelle. La mujer segu?a sentada en el faro. Tal vez estuviera anticipando nuevas fotos. O s?lo disfrutaba del calor del sol en mitad del atardecer. Por un segundo, sent? que ella podr?a ser un amor en mi vida. Como en los libros. Un cruce inesperado en un faro peque?o, una conversaci?n t?mida, alguien que no estaba en la ecuaci?n y se convert?a en una persona inolvidable.?


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Viernes, 27 de agosto de 2010

A primera vista, los jovencitos que estudian en el internado de Hailsham son como cualquier grupo de adolescentes. Practican deportes, tienen clases de arte y descubren el sexo, el amor y los juegos del poder. Hailsham es una mezcla de internado victoriano y de colegio para hijos de hippies de los años sesenta donde no dejan de repetirles que son muy especiales, que tienen una misión en el futuro, y se preocupan por su salud. Kathy, Ruth y Tommy fueron pupilos en Hailsham, y también fueron un juvenil triángulo amoroso. Y ahora, Kathy se permite recordar Hailsham y cómo ella y sus amigos descubrieron poco a poco la verdad.

Cómo hablar de Nunca me abandones sin desvelar el misterio que cuenta. Es complicado bordear esta novela sin descubrir nada a quien aún no la haya leído. Porque te quedas en la frontera de lo que Ishiguro quiere hablarnos, una sociedad diferente y evolucionada donde hay grandes avances médicos y la frialdad y el dolor que esos avances conllevan para una parte de la población.

Lo que me atrae en Nunca me abandones es cómo una distopía se puede contar de manera nostálgica, sencilla y premiosa, sin necesidad de pirotecnias ni mecanismos de artificio, sin crear mundos o personajes demasiado alejados de la realidad. Todo lo narrado en Nunca me abandones nos parece cercano, real, la vida de Kathy y sus amigos Ruth y Tommy la podemos sentir como una historia de nuestro presente. Y eso es lo que conmueve, aterra y te hace reflexionar. Que sintamos tan cercano lo expuesto en Nunca me abandones.

Kathy, la narradora, intenta reconstruir su pasado en el internado de Hailsham y cómo aquellos primeros años de estudio y compañerismo conformaron y definieron su vida. Hasta acá parece una historia que mezcla la nostalgia con Dickens, una mujer que reconstruye el puzzle de su vida al llegar a los treinta años. Pero la historia crece poco a poco, y en cada crecimiento, en cada paso más allá, la sorpresa por un mundo parecido al nuestro pero no idéntico, por el destino y la realidad de los alumnos del internado de Hailsham (y del resto de internados del país), por el dolor de unas relaciones casi matemáticas. Y todo contado como un susurro. El susurro de Kathy, quien recuerda su vida, sus amigos, los límites físicos y corporales de los que nunca puede salir, la canción Nunca me abandones que le hace soñar con un bebé en sus brazos...

Con voz nostálgica y serena de quien ya conoce su pasado y hacia dónde se encamina su vida, Kathy nos habla de su amistad con Ruth, una imaginativa y a veces maquiavélica compañera de juegos y confesiones, y Tommy, un muchacho que explota al menor detalle y que no sabe encauzar su creatividad. Viven en un internado y no conocen el mundo exterior. Pintan, escriben poesía, aprenden a relacionarse entre ellos y con sus custodios, van quemando etapas que parecen naturales. Pero hay cierta inquietud en la narración de Kathy, algo que no está ubicado, una tensión, una amenaza que nos dice que bajo la superficie se esconde un abismo difícil de asumir. Y poco a poco descubrimos ese abismo, y no lo hacemos con estridencias o gritos sino con la voz pausada de Kathy. Y es esa serenidad la que llega a asustar, a hacernos reflexionar sobre las diferentes caras de los avances científicos.

Kathy, Ruth y Tommy formarán un triángulo amoroso/amistoso Ruth y Tommy la pareja formal, Kathy, en un segundo plano, pero siempre presente para apoyar a la pareja. Crecerán juntos, se irán del internado a otro diferente, se harán mayores y Tommy y Kathy conocerán la realidad de quiénes son y los pasos que regirán su vida, incapaces de desviarse un milímetro del camino trazado de antemano.

El dolor de la lucidez, las preguntas sobre la identidad, Nunca me abandones es un libro nostálgico y doloroso. “Motor”, muchas gracias por el regalo.



Recuerdo que, al verme ante tamaño aprieto, me invadió un enorme cansancio, una especia de letargia. Era como tener que resolver un problema de matemáticas cuando tienes la mente exhausta, y sabes que existe una solución remota pero no puedes reunir la energía suficiente para tratar de dar con ella. Algo en mí tiró la toalla. Una voz me decía: “Muy bien, déjale que piense lo peor. Que lo piense. Deja que lo piense...”. Y ahora recuerdo, como si lo estuviera viendo, la cara de Tommy, la ira que reculaba ya y era reemplazada por una expresión casi de asombro, como si yo fuera una mariposa de una especie rara que se hubiera posado en un poste de la valla.

( … )

Luego está la soledad. Creces rodeado de una multitud de personas, y eso es, por tanto, lo que has conocido siempre, y de pronto te conviertes en cuidador. Y te pasas horas y horas solo, conduciendo a través del país, de centro en centro, de hospital en hospital, durmiendo cada día en un sitio, sin nadie con quien hablar de tus preocupaciones, sin nadie con quien reír. Sólo de cuando en cuando te topas con algún condiscípulo del pasado -un cuidador o un donante que reconoces de los viejos tiempos-, pero nunca dispones de mucho tiempo. Siempre estás con prisas, o estás demasiado exhausta para mantener una conversación como es debido. Y pronto las largas horas, el continuo viajar, el sueño interrumpido se han instalado en tu ser y han llegado a formar parte de tu persona. Y todo el mundo puede verlo, en tu manera de estar, en tu mirada, en el modo en que te mueves y hablas.
Kazuo Ishiguro
Nunca me abandones (traducción Jesús Zulaika. Círculo de lectores. Anagrama)


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Martes, 24 de agosto de 2010

A Le?n Ostrov

Se?or
La jaula se ha vuelto p?jaro
y se ha volado
y mi coraz?n est? loco
porque a?lla a la muerte
y sonr?e detr?s del viento
a mis delirios

Qu? har? con el miedo
Qu? har? con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
ense?a a vivir a los muertos

Se?or
El aire me castiga el ser
Detr?s del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vac?o no vac?o
Es el instante de poner cerrojo a los labios
o?r a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Se?or
Tengo veinte a?os
Tambi?n mis ojos tienen veinte a?os
y sin embargo no dicen nada

Se?or
He consumado mi vida en un instante
La ?ltima inocencia estall?
Ahora es nunca o jam?s
o simplemente fue

?C?mo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperar?a
con las luces encendidas?

?C?mo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuar? igual
Las sonrisas gastadas
El inter?s interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuar? igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque a?n no les ense?aron
que ya es demasiado tarde

Se?or
Arroja los f?retros de mi sangre

Recuerdo mi ni?ez
cuando yo era una anciana
Las flores mor?an en mis manos
porque la danza salvaje de la alegr?a
les destru?a el coraz?n

Recuerdo las negras ma?anas de sol
cuando era ni?a
es decir ayer
es decir hace siglos

Se?or
La jaula se ha vuelto p?jaro
y ha devorado mis esperanzas

Se?or
La jaula se ha vuelto p?jaro
Qu? har? con el miedo
Alejandra Pizarnik
El despertar (en Las aventuras perdidas)


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Lunes, 23 de agosto de 2010

«Tras el sensual aroma del jengibre y los tonos agridulces de este relato de iniciación, descubrimos la novela más íntima de Amélie Nothomb, esta escritora definitivamente atípica» (Christine Rousseau, Le Monde). Amélie, decidida a aprender japonés enseñando francés a los autóctonos, conoce a Rinri en un bar. Pero, pocos días después, la relación entre maestra y alumno dará paso a una hermosa historia de amor.

Hace unos meses leí mi primera novela de Nothomb, Metafísica de los tubos, donde la escritora belga hablaba de sus primeros años en Japón. En Ni de Eva ni de Adán vuelve a la novela autobiográfica para relatar su regreso al país asiático con apenas veinte años. Y lo hace con una acertada mezcla de ironía, ternura, libro de viajes y romanticismo.

El periodista y escritor polaco Kapuscinski decía en Viajes con Heródoto que su primer paso en un país extranjero fue conocer la lengua, ya que no hacerlo equivaldría a no penetrar nunca en las raíces del país, en permanecer siempre a oscuras fuera de su patria. Nothomb sigue los mismos pasos. A su regreso a Japón decide enseñar francés porque, como asegura en el primer párrafo, sería el método más eficaz para aprender japonés. La importancia de la lengua como primer paso en otro mundo, como quiebra en el muro de la distancia y el desconocimiento que sentimos en una sociedad en las antípodas de la nuestra.

Y son en esas clases particulares de francés donde conoce a un peculiar alumno, Rinri, un japonés que bascula entre el desapego y la cercanía con la cultura japonesa, capaz tanto de beber coca-cola,  preferir la comida rápida occidental o leer a Stendhal como de organizar una típica cena japonesa con sus amigos donde Nothomb se siente extraña y desamparada  por desconocer las reglas de esas reuniones. Con Rinri, Nothomb vivirá un emotivo amor, uno de esos amores que crecen poco a poco y que no sabemos cómo ubicar y encajar, la dificultad de conciliar dos culturas y dos formas de entender la vida.

Hay algo excepcional en Ni de Eva ni de Adán. Y es la mirada de Nothomb sobre la vida japonesa. Nothomb, con su mirada (¿venda?) occidental, descubre a cada paso otros mundos posibles, otras formas de comportamiento, intenta desentrañar las claves de una sociedad que conoce sólo en su frontera. Y es aquí, con el humor irónico y a la vez cercano, donde disfruté de esa descripción de otro mundo posible, el significado de ascender el monte Fuji, el viaje a Hirshima, los duros conceptos de honor y educación en la sociedad japonesa.

Con un final agridulce, emotivo y ajustado, Ni de Adán ni de Eva ha sido una lectura divertida, interesante e incluso compartida, una lectura que te debo, Yolanda. Gracias por el regalo de este libro y un abrazo lunático.


Ser Zaratustra significa tener, en lugar de pies, dioses que devoran la montaña y la convierten en cielo, significa tener, en lugar de rodillas, catapultas que transforman el resto del cuerpo en puro proyectil. Significa tener, en lugar de vientre, un tambor de guerra y, en lugar de corazón, la percusión del triunfo, significa tener la cabeza habitada por una alegría tan espantosa que es necesaria una fuerza sobrehumana para soportarla, significa estar en posesión de todos los poderes del mundo por la única y auténtica razón de que lo has convocado y puedes contenerlos en tu sangre, significa no tocar la tierra por culpa de un diálogo cercano con el sol.
Amélie Nothomb
Ni de Eva ni de Adán (traducción de Sergi Pàmies, Anagrama)


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Viernes, 20 de agosto de 2010

Del mar, a la monta?a,
por el aire, ?
en la tierra, ?
de una boca a otra boca, ?
dando vueltas, ?
girando, ?
entre muebles y sombras, ?
displicente, ?
gritando, ?
he perdido la vida, ?
no s? d?nde, ?
ni cu?ndo. ?
Oliverio Girondo ?
V?rtice (en Persuasi?n de los d?as) ?


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Mi?rcoles, 18 de agosto de 2010

Este libro de Gabriel García Márquez no fue concebido para serlo. Más que un texto literario, es el ejemplo de un excelente reportaje, de un periodismo auténtico. La historia de esta aventura fue publicada por entregas en El espectador de Bogotá. El 28 de febrero de 1955, se conoció la noticia de que ocho miembros de la tripulación de un destructor de la Marina de Guerra de Colombia habían caído al agua y desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe. De los ocho sólo sobrevivió Luis Alejandro Velasco, que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber...

A veces se podría hacer una novela con los caminos que toma una historia hasta convertirse en un libro. Relato de un náufrago nació como reportaje periodístico. García Márquez entrevistó a Luis Alejandro Velasco, un marino colombiano que había sobrevivido a diez días a la deriva y sin provisiones en el mar Caribe, convirtiéndose en un héroe nacional. Aquella noticia se publicó por entregas (como los antiguos folletines) y creó un revuelo al denunciar los trapicheos de la armada y separar la leyenda de la realidad. Años más tarde, García Márquez reunió aquellos artículos y les dio forma de libro.

Relato de un náufrago destaca por mezclar la crónica periodística con el libro de aventuras y, en la frontera, con el diario personal. Porque García Márquez decide que el narrador sea el marino Luis Alejandro Velasco y consigue, con una sencillez de estilo impagable, que no haya una separación entre el escritor, el protagonista de la hazaña y los hechos narrados, todo está armado de manera compacta, unitaria, casi parece escucharse de viva voz la odisea del marino.

Una travesía entre Estados Unidos y Colombia se convierte en toda una aventura para Luis Alejandro Velasco, quien, agazapado en cubierta entre cajas de productos de contrabando, verá cómo una enorme ola lo lanzará al mar junto a varios de sus compañeros. El aturdimiento y la congoja iniciales darán paso a la lucha por la supervivencia de Luis Alejandro. Atrincherado en una pequeña balsa, el marino ve morir a algunos de sus compañeros a apenas dos metros de él y cómo el barco se aleja luchando contra las olas.

A partir de aquí, Relato de un náufrago describe no sólo la aventura del marino en su deriva, sus encuentros diarios con los tiburones que acompañan a la balsa, cómo mitigar la sed y el hambre, el paso del tiempo y las esperanzas, el recuerdo de sus compañeros muertos y el tiempo vivido en Estados Unidos mientras esperaba a embarcar de nuevo; también reflexiona sobre la heroicidad y la supervivencia.

García Márquez escribe un relato sencillo, apasionado y conmovedor sobre los diez días que Luis Alejandro Velasco vivió a la deriva, una historia que bascula entre la leyenda, la aventura, el periodismo y la reflexión.



Hay un instante en que ya no se siente dolor. La sensibilidad desaparece y la razón empieza a embotarse hasta cuando se pierde la noción del tiempo y del espacio. Boca abajo en la balsa, con los brazos apoyados en la borda y la barba apoyada en los brazos, sentí al principio los despiadados mordiscos del sol. Vi el aire poblado de puntos luminosos, durante varías horas. Por fin cerré los ojos, extenuado, pero entonces ya el sol no me ardía en el cuerpo. No sentía sed ni hambre. No sentía nada, aparte de una indiferencia general por la vida y la muerte. Pensé que me estaba muriendo. Y esa idea me llenó de una extraña y oscura esperanza.

( … )

Miré al lado de la balsa donde anotaba los días y conté ocho rayas. Pero recordé que no había anotado la de aquel día. La marqué con las llaves, convencido de que sería la última, y sentía desesperación y rabia ante la certidumbre de que me resultaba más difícil morir que seguir viviendo. Esa mañana había decidido entre la vida y la muerte. Había escogido la muerte, y sin embargo seguía vivo, con el pedazo de remo en la mano, dispuesto a seguir luchando por la vida. A seguir luchando por lo único que ya no me importaba nada.

( … )

Nunca creí que un hombre se convirtiera en héroe por estar diez días en una balsa, soportando el hambre y la sed. Yo no podía hacer otra cosa. Si la balsa hubiera sido una balsa dotada con agua, galletas empacadas a presión, brújula e instrumentos de pesca, seguramente estaría tan vivo como lo estoy ahora. Pero habría una diferencia: no habría sido tratado como un héroe. De manera que el heroísmo, en mi caso, consiste exclusivamente en no haberme dejado morir de hambre y de sed durante diez días.
Yo no hice ningún esfuerzo por ser héroe. Todos mis esfuerzos fueron por salvarme. Pero como la salvación vino envuelta en una aureola, premiada con el título de héroe como un bombón con sorpresa, no me queda otro recurso que soportar la salvación, como había venido, con heroísmo y todo.
Se me pregunta como se siente un héroe. Nunca sé qué responder. Por mi parte, yo me siento lo mismo que antes. No he cambiado ni por dentro ni por fuera. Las quemaduras del sol han dejado de dolerme. La herida de la rodilla se ha cicatrizado. Soy otra vez Luis Alejandro Velasco. Y con eso me basta.
Quien ha cambiado es la gente. Mis amigos son ahora más amigos que antes. Y me imagino también que mis enemigos son más enemigos, aunque no creo tenerlos. Cuando alguien me reconoce en la calle se queda mirándome como a un animal raro. Por eso visto de civil, hasta cuando a la gente se le olvide que estuve diez días sin comer ni beber en una balsa.
Gabriel García Márquez
Relato de un náufrago (Tusquets)


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Lunes, 16 de agosto de 2010

Si alguna vez no hubieses existido, ?
si el calor de tus muslos no me hubiese ?
buscado como un l?tigo preciso ?
y mis ambig?edades electivas ?
-los d?as m?s oscuros de m? mismo- ?
no te hubiesen tenido como saldo ?
de afirmaci?n o excusa, ?
??????????????????????????????? es posible
que este volver a casa en soledad
y demasiado pronto,
me recordase ahora un poco menos
al joven que apostaba por el mundo,
con el mundo a su espalda.

S?lo el amor es duro.
Metidos en la noche, regresando
entre la potestad y la mentira,
hablamos del poder o de los sue?os
al hablar del abrazo.
Y no lo s? tal vez, no s? si me recuerdo
prisionero de un cuerpo o libre junto a ?l,
buscando salvaci?n o en servidumbre,
miserable y maldito, pero at?nito.

Quiz?s s?lo se trata de que no est?s aqu?,
de que perder es duro para todos
y el amor me hace falta, como sabes.
Quiz?s contigo estuve
tan demasiado cerca de tu reino,
que necesito ahora desmentirte,
utilizar los trucos que uno tiene
para poder seguir.

Porque somos as? seguramente,
huellas equivocadas,
solitarias hogueras de un camino,
para?sos de cuatro habitaciones
que s?lo se comprenden
despu?s de haber firmado muchas veces,
precisamente ah?,
?????????????????????????? donde pone El viajero.

Y a m?, ya que prefiero escoger mis derrotas,
quiero que me recuerdes derrotado,
como quien algo espera
m?s all? de los tiempos y los hechos.
Quiz?s porque haga falta haberlo presagiado
o porque, en todo caso, nadie sabe
d?nde acaban los sue?os.
Luis Garc?a Montero
Si alguna vez no hubieses existido...


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Domingo, 15 de agosto de 2010

En el corazón de un taller de carpintería se encuentra el cementerio de pianos, un lugar donde los instrumentos, a semejanza de los seres que los rodean, han dejado de funcionar y se encuentran suspendidos entre la vida y la muerte. Es un lugar de lecturas clandestinas, de exilio voluntario donde se reflexiona y se hace el amor, un espacio recóndito de adulterios y un patio de juegos infantiles donde se encadenan las generaciones. Padre e hijo intercalan sus vivencias desde épocas y prismas diferentes y desenmascaran la historia de la familia, relatando historias de amor urgentes e inevitables, hirientes, en las que el abandono, la violencia doméstica y los errores redimidos acaban siendo anulados por el poder de la ternura y el afecto.


En Cementerio de pianos se cruza la muerte con la vida de una forma laberíntica, inusual, extraña, una frontera a veces difusa, a veces palpable, donde los muertos narran aquellos momentos donde que no les pertenecen y los vivos dialogan con ellos para contradecir sus palabras y que asuman sus torpezas y errores (por momentos recordé a Fresas salvajes, de Bergman, donde en algunas escenas el tiempo dejaba de existir tal como lo entendemos y los personajes visitaban y hablaban con las personas de su pasado en un diálogo imposible).

Los narradores son un padre y un hijo que comparten idéntico nombre, Francisco Lázaro. Ambos están muertos, un hecho que parece plegar el tiempo y la realidad, que permite un juego confuso de identidades donde no sabemos si el padre es el hijo, si es al revés o si sus vidas y recuerdos se mezclan en la muerte, como si la muerte unificara voces y vidas en un solo ser. Como dice uno de los Francisco Lázaro en una de las páginas de Cementerio de pianos, “… no sólo quiero tener este nombre, quiero ser dueño de él”. Uno no acaba por distinguirlos. Es una pirueta extraña.

Francisco Lázaro, los dos Franciscos que son uno en esta historia, trabajan un en taller de carpintería, uno de ellos es corredor (¿el padre?, ¿el hijo?) y participará en el maratón de Estocolmo. Por un lado, el trabajo habitual del taller, dar vida a nuevos muebles o arreglar los dañados; por otro lado, una habitación cerrada con docenas de pianos desarmados y polvorientos, un cementerio insólito donde algunos de ellos resucitan para formar un nuevo piano. En ese cementerio se esconden novelas románticas y amantes ocasionales, los vivos hablan con los muertos y las notas de los pianos quedan suspendidas en el aire como las motas de serrín, un lugar donde la magia y la poesía son posibles, también el dolor, los secretos, la soledad y la vida en fuga. La vida de Francisco, de los dos Franciscos, es un cúmulo de amores secretos, bebida, errores, ternura, pianos recompuestos y vidas fracturadas.

Hay momentos donde Peixoto me recuerda al Baricco de Océano mar, el lenguaje es poético, a veces arriesgado y donde no hace avanzar la historia sino que define detalles, emociones; a veces es un muro contra el que choqué, confundido. Peixoto decide contar los recuerdos del Francisco carpintero y corredor de maratón de forma fragmentada. Como si fuera un puzzle desbocado, los párrafos se alternan de manera aleatoria, sin un comienzo y un final definido, un párrafo se puede iniciar en la primera página del capítulo para ser retomado tres páginas más allá. Un juego de malabares...

Cementerio de pianos ha sido una buena lectura, poética y confusa.


Fue entonces cuando mi vida cambió para siempre.
Precedida por los estallidos breves que las tablas del suelo hacían bajo su levedad, ella entró en la sala y se sorprendió al verme. Yo me habría quedado simplemente avergonzado si no fuera por la suavidad blanca de su cara. Ella llevaba el pelo recogido en un lazo, era una niña y en su cara había algo milagroso: pureza: que yo no sabía describir. Los ojos grandes: el cielo. Si estuviera lo suficientemente cerca, creo que podría ver pájaros planeando dentro de sus ojos: infinito. Ella era una niña frágil y mi mirada se posaba con cuidado en la piel de su cuello, en los hombros bajo el vestido de flores que llevaba. Ella era una niña frágil y descalza: el principio de las piernas, los tobillos finos, los pies desnudos como si no tocasen el suelo. Bajo su mirada, pude sentir una fuerza invisible que me llevaba la mano hacia su cabello, que invisiblemente lo deslizaba entre mis dedos, pero seguí sentado e inmóvil, con los ojos alzados imaginando todo. En cuanto pasó aquel momento y entró el italiano, perfumando, peinado, me di cuenta de que yo era un carpintero con el cuerpo cubierto de serrín, sin afeitar y con las manos gruesas.

( … )

El tacto de mis manos no tenía peso ni tenía textura, la gente que me hablaba estaba siempre muy lejos, todos los colores eran pálidos a mis ojos, los vinos que yo bebía no sabían a nada y emborrachaban a otra persona, mi cuerpo caminando por la acera era tan leve que no me pertenecía, porque yo sólo pensaba en ella. Yo sólo era capaz de pensar los pensamientos que me imaginaba en ella. Yo sólo existía en el fondo de mí mismo pensando en ella. Un movimiento mínimo en mi interior, creer durante un instante que ella no quisiese verme nunca más, creer durante un instante aque ella se hubiese reído de la carta que le entregué, cualquier movimiento en mi interior era sentido con mi vida entera; pero el tacto de mis manos era impreciso. En el mundo, yo no era yo. Yo era un reflejo que alguien recordaba vagamente. Yo era un reflejo que alguien soñaba sin creer en él.

( … )

Ella empezó a sonreírme. Yo empecé a sonreírle. Y, antes de dormirme, empecé a ser capaz de oír su voz dentro de mi cabeza. Me quedaba dormido escuchándola. La casa era inmensa. La noche llenaba la casa. Las paredes se deshacían con aquella noche absoluta y, sin embargo, la oscuridad estaba hecha de muchas paredes superpuestas. Yo intentaba vivir. Al acostarme, esperando quedarme dormido, su voz era el mundo tranquilo en donde me olvidaba de todo el resto.

( … )

Y sólo en aquel momento comprendí que ni siquiera los números pueden ofrecer certidumbre. El tiempo existe entre los números, los atraviesa y los confunde. Pueden existir muchos números entre cada número. Pueden existir más números entre un número y otro que entre ése y el siguiente. El tiempo es lo que determina los números, los alarga o los encoge, los mata o permite que existan. Los números nada pueden ante el tiempo.

( … )

La verdad, como el silencio, existe únicamente en donde no estoy. El silencio existe tras las palabras que se animan en mi interior, que se combaten, se destruyen y que, en esa lucha, abren rasgones de sangre dentro de mí. Cuando pienso, el silencio existe fuera de aquello que pienso. Cuando paro de pensar y me fijo, por ejemplo, en las ruinas de una casa, hay un viento que agita las piedras abandonadas de ese lugar, hay un viento que trae ruidos distantes y, entonces, el silencio existe en mis pensamientos. Intocado e intocable. Cuando vuelvo a mis pensamientos, el silencio vuelve a esa casa muerta. Y también ahí, en esa ausencia de mí, existe la verdad.

( … )

Correr es estar absolutamente solo. Lo sé desde el principio: en la soledad, me es imposible huir de mí mismo. Tras las primeras zancadas, inmediatamente se alzan muros negros a mi alrededor. Inofensivo, el mundo se aleja. Mientras corro, me quedo parado dentro de mí y espero. Quedo finalmente a mi merced. Al principio tenía trece años y corría porque encontraba el silencio de una paz que creía que no me pertenecía. No sabía aún que era le reflejo de mi propia paz. Después, cuando la vida se complicó, era demasiado tarde para poder parar. Correr formaba parte de mí igual que mi nombre. Fue entonces cuando aprendí a correr contra las palabras de mi interior, de la misma manera que aprendí a correr contra el viento.

( … )

Mi memoria no es mía. Mi memoria soy yo distorsionado por el tiempo y mezclado conmigo mismo: con mi miedo, con mi culpa, con mi arrepentimiento.
José Luís Peixoto
Cementerio de pianos (traducción de Carlos Acevedo. Quinteto)


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Publicado por elchicoanalogo @ 9:35  | Libros...
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Viernes, 13 de agosto de 2010

Las ventanas reflejan ?
el fuego de poniente ?
y flota una luz gris ??
que ha venido del mar. ?
En m? quiere quedarse ?
el d?a, que se muere, ?
como si yo, al mirarle, ?
lo pudiera salvar. ?
Y qui?n hay que me mire ?
y que pueda salvarme.
La luz se ha vuelto negra
y se ha borrado el mar.
Francisco Brines
A punto de un viaje en coche


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Publicado por elchicoanalogo @ 2:19  | Poes?a
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Jueves, 12 de agosto de 2010

Tardé algo más de par de años en volver a Murakami tras la lectura de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Esa historia onírica en varias dimensiones (temporales y físicas) me deslumbró. Pero, hasta Tokio Blues, dejé en suspenso la lectura de otro Murakami. A veces leo sin descanso a un escritor, a veces tardo años en atreverme a empezar un segundo libro de un autor que me haya dejado noquedado.

El título original de Tokio Blues es Norwegian Wood, una canción de los Beatles (mi favorita del cuarteto). En el inicio de la novela el narrador, antes de sumergirse en su pasado, escribe: Tras completarse el aterrizaje, se apagaron las señales de «Prohibido fumar» y por los altavoces del techo empezó a sonar una música ambiental. Era una interpretación ramplona de Norwegian Wood de los Beatles. La melodía me conmovió, como siempre. No. En realidad, me turbó; me produjo una emoción mucho más violenta que de costumbre.

Y es que el narrador escucha una canción primordial en su vida, la canción favorita de Naoko, una canción que recreó con ella en la realidad, los protagonistas en una habitación, con una copa en la mano, hablando hasta más allá del anochecer, antes de las ausencias, los vacíos y la melancolía.

Todo es nostalgia en Tokio Blues...

Hace pocas semanas Arantza y yo hablamos sobre esta canción de los Beatles en una de nuestras conversaciones desvariadas. Quedamos en que, en nuestro caso, ella dormiría en la bañera y yo en la cama. Cuestión de estatura. Sólo espero que, cuando eso suceda, mi amiga no vuele en mitad de la noche ni vaya a darle cuerda al mundo, como el pájaro de Murakami...


Norwegian Wood (This Bird Has Flown) (The Beatles)



I once had a girl
Or should I say she once had me
She showed me her room
Isn't it good Norwegian wood?

She asked me to stay
And she told me to sit anywhere
So I looked around
And I noticed there wasn't a chair

I sat on a rug biding my time
drinking her wine
We talked until two and then she said
"it's time for bed"

She told me she worked
in the morning and started to laugh
I told her I didn't
and crawled off to sleep in the bath

And when I awoke I was alone
This bird had flown
So I lit a fire
Isn't it good Norwegian wood?


Traducción en http://www.upv.es/~ecabrera/rubber/cnorwe.html

Una vez tuve a una chica,
¿o debería decir que ella una vez me tuvo?
Me enseñó su habitación,
¿no es bonita?, madera noruega.

Me pidió que me quedará
y me dijo que me sentara en cualquier sitio.
Así que miré alrededor
y me di cuenta que no había ninguna silla.

Me senté en una alfombra, esperando mi momento,
bebiendo su vino.
Hablamos hasta las dos
y luego dijo “es hora de irse a la cama”

Me dijo que trabajaba por la mañana
y comenzó a reírse.
Le dije que yo no,
y gateé hasta el cuarto de baño para dormir allí.

Y cuando desperté
estaba solo, la chica había volado.
Así que encendí un fuego,
¿no es bonito?, madera noruega.


Tags: Norwegian Wood, The Beatles, Tokio Blues, Haruki Murakami

Publicado por elchicoanalogo @ 16:43  | Canciones
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Mi?rcoles, 11 de agosto de 2010

Sarah Grimes se casó por amor y se niega a divorciarse a pesar de la desilusión que la invade. Emily, más independiente y liberada, salta de un amante a otro, y así llega a encontrarse con 50 años, sola y sin amigos. Ambientada en el Nueva York de la década del 30 a la del 70, al que llegan los ecos de la Segunda Guerra Mundial y el psicoanálisis, Las hermanas Grimes narra el viaje de la inocencia a la experiencia.

Hace años descubrí la tristeza de Richard Yates en uno de sus relatos incluidos en una antología del cuento norteamericano, un escritor que se acercaba a la pareja no con complacencia, sino de forma realista y dolorosa. Luego vino Vía revolucionaria, con el desencanto y el amor quebradizo que destila la pareja protagonista. Ahora, Las hermanas Grimes me confirma la calidad, supervivencia y tristeza de Richard Yates. (Nota al margen: encontré este libro en una feria de segunda mano. Me pregunto por qué su anterior (¿primer?) dueño se deshizo de él)

El inicio de Las hermanas Grimes es demoledor: Ninguna de las hermanas Grimes estaba destinada a ser feliz.  Y de eso habla Yates en este libro, de la búsqueda de la felicidad y la forma en cómo nuestros ideales se resquebrajan con el paso del tiempo, de la soledad dañina y la necesidad de llenar ese vacío aún con pasos falso y apariencias, de lo complicado que es la vida de pareja, la vida en sí misma. Yates muestra el lado triste, cruel y desgarrador de la realidad.

Sarah y Emily, las hermanas Grimes, inician una vida itinerante tras la separación de sus padres, unas niñas incapaces de arraigarse en una comunidad, de pertenecer a un círculo, siempre en movimiento, ninguna estabilidad ni física ni emocional. Sólo se tienen ellas. Sarah es tranquila y campechana, Emily tiene nervio, es inquieta. Ambas crecen entre continuos viajes con su madre, la fugacidad y la distancia con la vida. Es difícil avanzar si no hay una base, unas raíces, algo donde sustentarse. Un embarcadero al que regresar.

Las hermanas crecen y eligen caminos distintos para sus vidas. Sarah se casa y tiene tres hijos, busca en el matrimonio ese embarcadero que la refugie. Emily, en cierta forma, sigue con la vida itinerante de su niñez y adolescencia, y en su madurez irá de relación en relación amorosa para intentar huir de una soledad extraña y dolorosa. Como nos avisaba Yates en las primeras páginas del libro, ninguna de las hermanas conseguirá esa felicidad, al contrario, sus vidas serán descarnadas, tristes, desgarradores, un grito de frustración y no entender nada de lo que les sucede.

Yates escribe sin artificios y de la manera más sencilla posible, y consigue conmover con esa sencillez. Las caídas de las hermanas Grimes, cómo sus sueños se resquebrajan y no llegan a construir un embarcadero en el que resistir y cobijarse, el dolor y el vacío de la soledad, encontrarse frente a un espejo que devuelva una imagen inesperada de nosotros mismos... Hay momentos donde te dan ganas de tomar por el brazo a una de las hermanas y ayudarla a levantarse. Un gran libro.


Durante un año encontró un dolor exquisito, casi un placer, en enfrentar el mundo como si no le importara. “Mírenme -se decía en medio de un día difícil-. Mírenme: sobrevivo; me las arreglo; tengo el control de la situación”.
Richard Yates
Las hermanas Grimes (traducción de Rolando Costa Picazo. Alfaguara)


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Publicado por elchicoanalogo @ 21:09  | Libros...
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