Viernes, 17 de septiembre de 2010

Las seis de la mañana.
He abierto la puerta del día y he entrado,
el sabor de un azul reciente en la ventana ha venido a mi encuentro,
en el espejo las arrugas de ayer en la frente
y en la nuca la voz de una mujer, suave como la pelusa del membrillo,
y en la radio las noticias del país
y ya mi glotonería se desborda
correría de un árbol a otro por el huerto de las horas
y el sol, mi niña, se pondrá
y espero que más allá de la noche
el sabor de un nuevo azul me aguarde, espero...
Nazim Hikmet
Las seis de la mañana... (en Últimos poemas 1959-1960-1961. Traducción de Fernando García Burillo. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo)


Tags: Las seis de la mañana, Últimos poemas, Nazim Hikmet, Fernando García Burillo

Publicado por elchicoanalogo @ 16:20  | Poes?a
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Mi?rcoles, 15 de septiembre de 2010

Escritos entre 1951 y 1961, y publicados un año después de Vía revolucionaria, estos espléndidos cuentos retratan a seres que no viven grandes tragedias o epopeyas, sino la callada desolación de la vida diaria: ciudadanos medios de Manhattan en la década de los cincuenta, oficinistas, un taxista empeñado en que el tiempo no borre para siempre sus experiencias, un novelista frustrado, una severa maestra, una pareja de jóvenes americanos de viaje en Cannes, un niño que acaso sea redimido por su profesora, hombres perdidos en la anodina vida suburbana, una joven embarazada que se niega a confesar el nombre del padre de su futuro hijo, mujeres sin amor…


Cuando terminé la triste historia de Las hermanas Grimes busqué otro libro de Richard Yates que me acercase al mundo realista y melancólico del escritor neoyorquino. Once maneras de sentirse solo es mi tercera aproximación a Yates, y, como en Vía revolucionaria y Las hermanas Grimes, una tenue tristeza y supervivencia cruzan los relatos recogidos en este libro de personajes perdidos y amores que se apaciguan antes de empezar.

La fotografía de la portada es perfecta como introducción a los que nos espera en las páginas de Once maneras de sentirse solo. Una fotografía en blanco y negro de oficinistas y empleados de pulcros trajes y sombreros que cruzan una calle en una escena cotidiana vista desde el aire, donde el espectador puede parecer un pequeño e invisible semi dios que, escondido, ve retazos de la vida de seres anónimos y grises. Es en ese mundo de gente corriente donde mejor se mueve Yates, supervivientes y seres atrapados en una rutina de trabajos intrascendentes, barras de bar y relaciones apagadas y marchitas. Hay mucha tristeza en el realismo de Yates, también retazos de ternura y reflexión.

Escribía Richard Ford en la introducción de su antología al relato norteamericano: “Todos los relatos aquí reunidos impresionarán a los lectores con su esencia narrativa: sus cualidades en tanto que “hechura”; la urgencia de dirigirse al lector; sus contornos esmerados, su brevedad y capacidad de moderación contra la urgencia de decir más cuando es mejor decir menos; su convicción fundamental de que la vida puede -y quizás debería- ser minimizada, y al mismo tiempo ser enfatizada en un solo gesto, y de este modo juzgada moralmente. Estos relatos afirman que en medio del gran tumulto aparentemente indistinguible de la vida, se puede encontrar lo primordial.” (Traducción de Manuel Pereira). Este párrafo de Ford puede servir para definir los relatos de Yates, cómo el escritor encuentra la medida y la distancia justas para sus relatos, su capacidad de vislumbrar y acercanos la vida con los mínimos elementos.

En Once maneras de sentirse solo conviven un chico nuevo en un colegio y su intento por adaptarse al nuevo entorno, una mujer que visita a su marido enfermo (y el silencio rutinario de su encuentro y el frío dentro y fuera del hospital y el amante que le espera en un coche), un hombre que encuentra un especial placer (nunca gloria) en la derrota con un escritor que trabaja como negro de un taxista aficionado a recopilar las historias que ocurren en su taxi, un sargento rudo, un pianista de jazz, oficinistas, ex combatientes tuberculosos, parejas a la deriva... La cara oculta y escondida del estilo de vida americano.

Richard Yates retrata esos años posteriores a la segunda guerra mundial donde la vida se reanudaba y los sueños se resquebrajaban de forma imperceptible. Lo mejor de todo es mi relato favorito, excepcional descripción de una pareja en la víspera de su boda. Yates muestra la evolución de una relación amorosa tomando unas pocas horas en la vida de una pareja a punto de casarse, la pasión inicial que parte de la mujer y cómo ésta, ante el hastío de su futuro marido, pasará a un conformismo y una rutina anodina. En pocas horas Yates condensa la vida futura que espera a la pareja.

Seguiré tras los libros de Yates.



Ese estado de ánimo de la hora del cóctel era una efecto cuidadosamente estudiado, Walter lo sabía. Lo mismo que su seriedad de madre durante la cena de los niños; otro tanto la dinámica e impetuosa eficiencia con la que, horas antes, habría hecho la compra; y sería también un efecto estudiado la ternura con que, más tarde, se entregaría a sus brazos. Su vida era una ordenada rotación de estados de ánimo prefabricados o, mejor dicho, había degenerado en esto. Ella lo llevaba bien, y sólo en contadas ocasiones, mirándola detenidamente a la cara, podía él percibir el enorme esfuerzo que le estaba costando.
Richard Yates
Once maneras de sentirse solo (Traducción de Luis Murillo Fort. RBA)




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S?bado, 11 de septiembre de 2010

Se retrocede con seguridad
pero se avanza a tientas ?
uno adelanta manos como un ciego ?
ciego imprudente por a?adidura ?
pero lo absurdo es que no es ciego ?
y distingue el rel?mpago la lluvia ?
los rostros insepultos la ceniza ?
la sonrisa del necio las afrentas
un barrunto de pena en el espejo
la baranda oxidada con sus p?jaros
la opaca incertidumbre de los otros
enfrentada a la propia incertidumbre
se avanza a tientas / lentamente
por lo com?n a contramano
de los convictos y confesos
en b?squeda tal vez
de amores residuales
que sirvan de consuelo y recompensa
o iluminen un pozo de nostalgias
se avanza a tientas/ vacilante
no importan la distancia ni el horario
ni que el futuro sea una vislumbre
o una pasi?n deshabitada
a tientas hasta que una noche
se queda uno sin c?mplices ni tacto
y a ciegas otra vez y para siempre
se introduce en un t?nel o destino
que no se sabe d?nde acaba.
Mario Benedetti
A tientas


Tags: A tientas, Mario Benedetti

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Viernes, 10 de septiembre de 2010

Hace unos d?as descubr? Spark, de Amy Macdonald. Es la canci?n que, inagotable, me acompa?a en los ?ltimos d?as. Me gusta la sencillez de su melod?a, la voz envolvente de Amy Macdonald, la letra que bascula entre las sombras y la luz. Hay que ser paciente y esperar el momento adecuado para ubicarse en el espacio y en el tiempo. I?m ok now...

Mi momento favorito del d?a es su inicio, cuando salgo de casa a las 6.30 de la ma?ana, camino del trabajo. En esos instantes apenas hay ruidos y presencias desestabilizadoras. A?n hay oscuridad, y en esa oscuridad, los destellos y el titilar de las estrellas, las nubes con un blanco lunar, el viento entre las hojas de los ?rboles. Los s?bados por inercia, madrugo. Entonces, voy a ver amanecer al faro. La desembocadura del Abra se ilumina ?de a poco?. En esos instantes todo parece posible y el mundo en su sitio.

I am the spaceman flying high
I am the astronaut in the sky
Don't worry, I'm ok now
I am the light in the dark
I am the match
I am the spark
Don't worry, I'm ok now


http://www.amymacdonald.co.uk/gb/home/


Spark (Amy Macdonald)





Don't wanna see the stars
Don't wanna see the moon
Don't wanna see the sun
It rises too soon

Don't wanna see the day
Don't wanna see the night
Oh the afternoon
It feels about right

I am the spaceman flying high
I am the astronaut in the sky
Don't worry, I'm ok now
I am the light in the dark
I am the match
I am the spark
Don't worry, I'm ok now

After the sun
Always comes the rain
Followed by hurt and pain
After the light
Comes the dark
After the love
Comes the breaking of my heart

I am the spaceman flying high
I am the astronaut in the sky
Don't worry, I'm ok now
I am the light in the dark
I am the match
I am the spark
Don't worry, I'm ok now

I am the spaceman flying high
I am the astronaut in the sky
Don't worry, I'm ok now
I am the light in the dark
I am the match
I am the spark
Don't worry, I'm ok now

Just dry your eyes and I'll be there
Don't live for anger or despair
Don't worry, I'm ok now
I'm ok, I'm ok now


Traducci?n: http://www.songstraducidas.com/letratraducida-Spark_19354.htm


No quiero ver las estrellas
No quiero ver la luna
No quiero ver el sol
Sale demasiado pronto

No quiero ver el d?a
No quiero ver la noche
Oh la tarde
Parece lo correcto

Soy el hombre del espacio volando alto
Soy el astronauta en el cielo
No te preocupes, ahora estoy bien
Soy la luz en la oscuridad
Soy la cerilla
Soy la chispa
No te preocupes, ahora estoy bien

Despu?s del sol
Siempre viene la lluvia
Seguida de sufrimiento y dolor
Despu?s de la luz
Viene la oscuridad
Despu?s del amor
Viene mi coraz?n roto

Soy el hombre del espacio volando alto
Soy el astronauta en el cielo
No te preocupes, ahora estoy bien
Soy la luz en la oscuridad
Soy la cerilla
Soy la chispa
No te preocupes, ahora estoy bien

Soy el hombre del espacio volando alto
Soy el astronauta en el cielo
No te preocupes, ahora estoy bien
Soy la luz en la oscuridad
Soy la cerilla
Soy la chispa
No te preocupes, ahora estoy bien

S?lo seca tus ojos y estar? ah?
No vivas de ira o desesperaci?n
No te preocupes, ahora estoy bien
Estoy bien, ahora estoy bien


Tags: Spark, Amy Macdonald

Publicado por elchicoanalogo @ 2:05  | Canciones
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Mi?rcoles, 08 de septiembre de 2010

Como cabeza de familia, a Ogata Shingo le preocupa la decadencia moral de sus descendientes. Su hijo Shuichi, a quien la guerra ha helado el corazón, está casado con la maravillosa Kikuko, pero le es infiel y tiene un hijo con otra mujer; por otra lado, Fusako vuelve a la casa paterna con sus dos hijos tras haberse divorciado de un marido drogadicto. Tanto Shuichi como Fusako creen que su padre es demasiado viejo e interpretan sus silencios como senilidad. Pero, en realidad, el pensamiento de Ogata Shingo sigue activo, repleto de hermosas imágenes, de sonidos de la naturaleza, de aromas, de escenas. Bajo la fina capa de la vida familiar, cada uno de sus miembros vive, en solitario, su drama, luchando en unas ocasiones contra el amor y en otras, contra la muerte.

Con El rumor de la montaña hice el camino a la inversa, primero vi las delicadas imágenes que creó Mikio Naruse en su adaptación cinematográfica (Naruse fue uno de los grandes directores japoneses, a veces olvidado y opacado por la presencia de Mizoguchi, Kurosawa y Ozu) y hace unos días leí la novela de Kawabata. Las caras de los actores Sô Yamamura y Setsuko Hara se solaparon con las palabras de este libro sin quiebra ni extrañeza. Parece que Naruse acertó en el tono en su adaptación de la historia de Kawabata.

Hay una fuerza y una poesía que recorre El rumor de la montaña desde su inicio, con las reflexiones de Ogata Shindo, un hombre ya mayor que no consigue atrapar los recuerdos de su vida y lucha contra el vacío y la desorientación que deja el olvido dentro de él. Mira dentro de sí y todo es brumoso y huidizo, mira fuera de sí y se encuentra con la vida y la naturaleza. Y en esa naturaleza, una imagen poderosa, hermosa, inolvidable, el sonido de una montaña. “Entonces oyó la montaña.
No era el viento. Con la luna casi llena y la humedad en el aire bochornoso, la hilera de árboles que dibujaba la silueta de la montaña estaba borrosa, inmóvil.
En la galería, ni una hoja de helecho se movía.
En los retiros de montaña de Kamakura, algunas noches se podía oír el mar. Shingo se preguntó por un momento si habría sido el rumor del mar. pero no estaba seguro de había sido la montaña.
Era como el viento lejano, pero con la profundidad de algo que retumbara en el interior de la tierra. Sospechando que podía tratarse de un zumbido en sus oídos, Shingo sacudió la cabeza.
En ese instante, el sonido se interrumpió y, de repente, tuvo miedo. Sintió un escalofrío, como un anuncio de que la muerte se aproximaba. Quería preguntarse, con calma y determinación, si había sido el sonido del viento, el rumor del mar o un zumbido dentro de sus oídos. Pero había sido otra cosa, de eso estaba seguro. Había sido la montaña.”

Hace años comencé a leer a Kawabata y desde las primeras lecturas me sentí atraído por la unión de belleza y tristeza (como el título de uno de sus libros), la delicadeza de sus narraciones, el dolor del amor y el paso del tiempo, la reflexión sobre la vejez y la soledad, la sombra de la muerte y el olvido. Todo eso se encuentra en El rumor de la montaña.

Ogata Shingo ya ha pasado de los sesenta años, su memoria flaquea, como su cuerpo, e intenta atrapar algunos recuerdos de su juventud, en especial, el amor que sintió por la hermana de su mujer. Shingo ha llegado a un punto de su vida donde se pregunta sobre la familia, la vejez y la muerte (son extraños y dolorosos esos momentos donde el anciano protagonista acude a los funerales de sus compañeros y esa soledad que crece en cada uno de ellos). Mientras, la vida sigue a su alrededor y Shingo se deja llevar por las imágenes de una belleza extrema que le depara la naturaleza y los sueños que le acercan a su pasado o llenan el vacío que está dejando el olvido en él. En El rumor de la montaña los pequeños párrafos descriptivos parecen haikus.

Uno de los puntos fuertes de esta novela de Kawabata es la relación que se establece entre Shingo y su nuera Kikuko, una relación entrañable. Shingo, anciano, ve cómo todo se convierte en sombra y sus hijos se han desviado del camino que quería para ellos; Kikuko, mujer casada y paciente, debe convivir con las infidelidades de su marido. Ambos encontrarán en el otro un punto de apoyo, una relación de cercanía y cariño.

El rumor de la montaña es una delicada y emotiva novela de Kawabata, un pedazo de la vida de un anciano que es capaz de escuchar el rumor de una montaña...


En el mundo había gente tan parecida entre sí que se los podría tomar por padres e hijos. Pero difícilmente existieran muchos en el mundo. Tal vez hubiera un solo hombre que pudiera corresponderse con una muchacha y una sola joven que combinara con un hombre. Solo uno para algún otro; y tal vez en todo el mundo una sola pareja posible. Viven como extraños, sin suponer ningún tipo de lazo entre ellos y hasta ignorantes de la existencia del otro.
Por casualidad suben al mismo tren, se reúnen por primera vez y probablemente nunca vuelvan a encontrarse. Treinta minutos en el curso de toda una vida. Se separan sin decirse una palabra. Habiendo estado sentados uno al lado del otro, sin mirarse, sin darse cuenta del parecido, se alejan siendo parte de un milagro del que no tomaron conciencia.
Y el único admirado por la rareza de todo eso es un extraño que se pregunta si, al ser un accidental testigo no estará participando de un milagro.
¿Qué significaban ese hombre y esa mujer que parecían padre e hija, sentados uno al lado de la otra durante solo media hora en el curso de todas sus vidas, y que se habían mostrado así ante Shingo?
Allí había estado ella, con sus rodillas casi rozando las del hombre que no podía ser otro que su padre, todo porque la persona a quien esperaba no había llegado.
-¿Así es la vida? -era lo único que Shingo podía musitarse.
Yasunari Kawabata
El rumor de la montaña (traducción de Amalia Sato. Emecé editores)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:07  | Libros...
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Viernes, 03 de septiembre de 2010

Ningún lugar está aquí o está ahí
Todo lugar es proyectado desde adentro
Todo lugar es superpuesto en el espacio

Ahora estoy echando un lugar para afuera
estoy tratando de ponerlo encima de ahí
encima del espacio donde no estás
a ver si de tanto hacer fuerza si de tanto hacer fuerza
te apareces ahí sonriente otra vez

Aparécete ahí aparécete sin miedo
y desde afuera avanza hacia aquí
y haz harta fuerza harta fuerza
a ver si yo me aparezco otra vez si aparezco otra vez
si reaparecemos los dos tomados de la mano
en el espacio
donde coinciden
todos nuestros lugares
Óscar Hahn
Ningún lugar está aquí o está ahí...


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