Viernes, 01 de octubre de 2010

A Norman Maclean le gustaba contar a sus hijos antiguos recuerdos de sus jornadas de pesca en el río o de sus días en el servicio forestal, historias donde, aparentemente, no pasaba nada extraordinario o heroico, pero que mantenían la atención por un mundo diferente (otro mundo posible) donde no había una frontera que separase al ser humano de la naturaleza, ambos formaban parte de un mismo conjunto. En los últimos años de su vida, Maclean decidió escribir esos recuerdos contados a sus hijos en un hermoso libro donde se nota el respeto y la cercanía por la palabra, la familia (y la familia va más allá de la sangre) y la naturaleza. Una mirada nostálgica y abarcadora sobre una época primitiva y en extinción.

Las páginas de El río de la vida me dejaron una sensación extraña, avanzaba por sus páginas que podían describir los cañones, montañas y formas de los ríos de Montana o el tipo de mosca usada como anzuelo o los trabajos de un leñador y sentía la inquietud y la euforia que me provocaban las grandes novelas de aventura, las historias de Twain o aquellos westerns de Ford pegados al suelo rojizo del Monument Valley. Maclean habla de su vida de una forma queda y, a la vez, apasionada, tranquila y cálida, te habla de un río y sientes que el río va más allá de su forma, que el río es la vida, una vida sin ambages ni dobleces, una vida íntima y pura.

Los tres relatos que componen El río de la vida funcionan como un río caudaloso atravesado por un puñado de afluentes, la vida y los recuerdos de Maclean se cruzan en estos tres relatos donde se siente el profundo amor por la tierra del escritor, un amor henchido de pureza, soledad, contemplación y, también, dureza, sencillez y unión. Desde la última vez que vi Más allá del Missouri, aquella película maldita del siempre interesante William A. Wellman, no recordaba una historia tan sencilla y apegada a la tierra (la tierra como no como un decorado sino como un personaje más de la historia, como receptor de todo lo íntimo y puro de la vida, una naturaleza alejada de la retratada por Conrad).

El relato que da título al libro se centra en la familia de Norman Maclean (su padre pastor presbiteriano, su madre escocesa, su hermano Paul, tan buen pescador y periodista como pendenciero) y su pasión por la pesca a mosca. La unión de los hermanos con el río, con el acto, casi sagrado, de la pesca, el silencio, la soledad y la idea de formar parte de ello, no ser espectador, sino el río en sí mismo. “En la superficie los espejismos bailaban los unos con los otros y luego bailaban cruzándose los unos mezclados y luego se tomaban de las manos y bailaban los unos alrededor de los otros. Finalmente, el observador se sumó al río y nos convertimos en una sola cosa. Creo que esa cosa era el río”. Un hermoso relato contado con sencillez, humor, humanidad y calidez, una vuelta al pasado para entresacar de él la luz de entre las sombras.

Los dos siguientes relatos, Leñadores, proxenetas, y Tu camarada, Jim y Servicio forestal de Estados Unidos, 1919, completan los espacios en blanco en la vida de Maclean que había dejado El río de la vida hasta llegar a un todo emocionante. En esos relatos iniciáticos Maclean habla de los campamentos de leñadores, el servicio forestal, la inmensidad de un paisaje inabarcable, de intentar ser tan duro como el mejor leñador de la comarca y hacer bien al menos una cosa, de la camaradería de un grupo de hombres que pasan meses alejados de la civilización y sólo se tienen a ellos y la naturaleza de la que son parte... “Ninguno de nosotros había visto, ni en pintura, una escuela de silvicultura, pero, como decía Bill, éramos una estupenda cuadrilla y habíamos hecho lo que había que hacer: amábamos el bosque sin pensar que nos perteneciera y a cada uno de nosotros le gustaba hacer bien al menos una cosa, manejar un martillo perforador y sentir cómo la tierra reventaba con la dinamita, pelear a puñetazo limpio, curar las heridas a los caballos, manipular comestibles y herramientas y hacer nudos. Y a casi todos nos gustaba trabajar. Si se piensa, eso es mucho decir de un puñado de hombres. En lo más profundo de nuestros corazones nos sentíamos indisolubles, aunque éramos conscientes de que después de esa noche quizá no volveríamos a vernos jamás. Nosotros éramos temporeros. No pertenecíamos a ningún sindicato ni ningún gremio, la mayoría de nosotros no tenía familia ni Iglesia. A finales de la primavera habíamos conseguido un empleo en una cosa nueva llamada Servicio Forestal de estados Unidos. Sabíamos, vagamente, que Teddy Roosevelt lo había puesto en marcha y sabíamos que formando parte de ello nos sentíamos más o menos orgullosos y duros, ávidos de algún tipo de problema, ya fueran incendios, dinamita o serpientes de cascabel en altitudes donde no debería haberlas. Además de hacer lo que tocaba, hacíamos algunas otras cosas, como gastar bromas pesadas, destilar orejones de albaricoque y discutir entre nosotros. Y, al final, aunamos fuerzas para limpiar la ciudad, lo que quizá era algo que había que hacer también para constituir una verdadera cuadrilla. En la mayoría de los casos, aquella sociedad provisional, la cuadrilla, era la única asociación de la que habíamos formado parte jamás, aunque quizá no sea exacto decir que fuera tan provisional”.

El río de la vida es un libro de una belleza sencilla y desnuda, uno de esos libros que consiguen atrapar el misterio y el atractivo de las antiguas historias contadas alrededor de un fuego.

(Me gustaría mencionar la exquisita edición de Libros el asteroide, la cuidada presentación y el suave tacto de sus páginas, un libro realmente bonito).



Algo tienen los pescadores que siempre intentan que pescar sea un acto único y perfecto: no sé qué es ni dónde se localiza, unas veces lo noto en los brazos y otras en la garganta, o incluso en ningún sitio en concreto pero muy dentro de mí. Probablemente muchos de nosotros seríamos mejores pescadores si no invirtiéramos tanto tiempo esperando a aque el mundo se vuelva perfecto.

( … )

En aquel momento, el mundo estaba exclusivamente compuesto por el Elkhorn, una genuina y mítica trucha común (llamada también marrón), el tiempo que hacía y yo; y de este servidor no existía otra cosa que pensamientos relativos al Elkhorn, al tiempo que hacía y a un pez mítico que quizá fuera un pececillo fruto de mi imaginación.

( … )

- Eres demasiado joven para ayudar a nadie y yo ya soy demasiado viejo – dijo -. Y cuando digo ayudar no me refiero a tener atenciones como servir mermelada de cereza o prestar dinero. Ayudar – añadió- significa dar una parte de ti mismo a alguien que la acepta por voluntad propia y reconoce que está muy necesitado de ella.
Y es por ello – continuó, recurriendo a un viejo latiguillo de púlpito- que raramente podemos ayudar a nadie, no sabemos qué parte de nosotros dar o si no deseamos dar ninguna. Y, en muchas ocasiones, la parte que se necesita el otro no la quiere. Más frecuente aún es que nosotros no tengamos la parte que el otro necesita.

( … )

Entonces, en la penumbra ártica del cañón, toda la existencia se reduce a estar con mi alma, con los recuerdos, los sonidos del Big Blackfoot, un ritmo de cuatro tiempos y la esperanza de que surja un pez.
A la postre las cosas se funden en una sola y por ella fluye un río. El río nació de la gran inundación del planeta y fluye sobre rocas de los albores del tiempo. En algunas de esas rocas hay grabadas intemporales gotas de lluvia. Bajo las rocas están las palabras y algunas de éstas les pertenecen.
Las aguas me persiguen.
Norman Maclean
El río de la vida (traducción de Luis Murillo Fort. Libros del asteroide)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:16  | Libros...
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