Lunes, 04 de octubre de 2010

A propósito de esta obra, decía Lovecraft: «La casa en el confín de la tierra (1908) -quizá la mejor de todas las obras de Hodgson- trata de un caserón solitario y temido de Irlanda, que constituye el centro de espantosas fuerzas del trasmundo y soporta el asedio de híbridas y blasfemas anormalidades que surgen de secretos abismos inferiores. Los vagabundeos del espíritu del narrador durante ilimitados años-luz del espacio cósmico y kalpas de eternidad y su asistencia a la destrucción final del sistema solar, son algo casi único en la literatura fantástica. Por lo demás, a lo largo de la historia se pone de manifiesto la capacidad del autor para sugerir horrores vagos y emboscados en un escenario natural.»

Hace unas semanas la extraña criatura de la portada de La casa en el confín de la Tierra destacó sobre las estanterías de una de mis librerías favoritas. Entonces, recordé la tensión e inquietud que sentí con la lectura del relato Desde el mar sin mareas de Hodgson, donde un barco se pierde en un mar recóndito y misterioso poblado por singulares monstruos. Algo de eso hay en La casa en el confín de la Tierra, una casa en mitad de un paisaje solitario y extraño, y en esa soledad, un pozo abisal del que parece salir un aliento y voces infernales. La misma casa es un lugar peligroso, una especie de puerta a otra dimensión donde el espacio/tiempo se rompe.

El libro comienza con el viejo truco del encuentro de un manuscrito que narra una historia entre fantástica, misteriosa y terrorífica. Un par de amigos de excursión en un retirado paraje irlandés encuentran un manuscrito escrito por el propietario de la antigua casa, un lugar aislado, en ruinas y con tono demoníaco. Uno de ellos leerá el manuscrito donde se juega con la duda de la realidad o la locura del narrador. Porque el narrador asegura haber combatido a monstruos abismales y viajado más allá del espacio y el tiempo...

Hodgson relata una historia que ha sido contada hasta la saciedad, una casa rodeada de abisales y deformes criaturas y el narrador que debe repeler sus ataques (como en las posteriores Soy leyenda, La piel fría o la multitud de películas de zombis). Es en esta parte donde Hodgson demuestra su capacidad para crear tensión y terror en estado puro. Es realmente apasionante leer el ritmo endiablado con el que se suceden esos capítulos dedicados al pozo, las criaturas que lo habitan y sus ataques a la casa, las un ritmo que sabe mezclar los descansos entre los ataques con la fuera de los ataques en sí.

Pero lo que me llamó la atención, lo que me hace sentir diferente esta novela a otras de terror, es la ruptura espacio-temporal que Hodgson describe en los viajes del narrador. Desde el interior de la misma casa, el narrador verá como el tiempo y el espacio se desmembraban y asistirá al final de la Tierra y del sistema solar, unas páginas alucinadas, a veces aburridas, que me recordaron el viaje final del astronauta Bowman en 2001: una odisea espacial, de Stanley Kubrick. El viaje del sol hasta su muerte, la creación de otras estrellas, el final del sistema solar, los otros mundos (im)posibles soñados por Hodgson dan un toque fantasmagórico, inquietante y sorprendente a La casa en el confín de la Tierra.

Hodgson mezcla la tensión de los relatos de terror con los viajes espaciales de una primigenia ciencia ficción en una historia a veces estimable, a veces inquietante y, a veces, deslavazada. Hay imágenes realmente poéticas en el viaje más allá del espacio y del tiempo del protagonista y pequeños horrores en las criaturas que lo martirizan y una pizca de aventura en sus incursiones fuera de la casa.
W. H. Hodgson
La casa en el confín de la Tierra (traducción de Francisco Torres Oliver. Valdemar)


Tags: W. H. Hodgson, Francisco Torres Oliver, Valdemar

Publicado por elchicoanalogo @ 18:42  | Libros...
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