Viernes, 08 de octubre de 2010

La fascinación que desde su aparición en 1940 ha despertado El desierto de los Tártaros, la más célebre novela de Dino Buzzati, proviene del paisaje formal de la fábula que narra, no de su significación oculta. Con todo, la historia del oficial Giovanni Drogo, destinado a una fortaleza fronteriza sobre la que pende una amenaza aplazada e inconcreta, pero obsesivamente presente, se halla cargada de resonancias que la conectan con algunos de los más hondos problemas de la existencia: la seguridad como valor contrapuesto a la libertad, la progresiva resignación ante el estrechamiento de las posibilidades vitales de realización, la frustración de las expectativas de hechos excepcionales que cambien el sentido de la existencia.


En Humano, demasiado humano Nietzsche recordaba el mito de Pandora. Hablaba de la caja que contenía todos los males y cómo la curiosidad de Pandora al querer ver su contenido hizo que se todos los males se expandieran por el mundo. Todos salvo uno: la esperanza. Porque la esperanza, decía Nietzsche, alargaba irremediablemente el tormento de los hombres.

Dino Buzzati también habla de la esperanza en El desierto de los tártaros con el tono amargo de Nietzsche, una esperanza invisible, inasible, llena de incertidumbre y fantasía, una esperanza que corta la libertad y malogra la vida del protagonista, el joven teniente Drogo que envejecerá en pos de una sombra.

El mando militar destina al joven Giovanni Drogo a una fortaleza fronteriza dominada por la soledad, la quietud y un desierto extraño y fascinante por el que, siglos atrás, llegaba la amenaza de los tártaros. Es esa fascinación hacia el desierto, la amenaza y la posibilidad de una guerra, la esperanza de vivir un momento único y una guerra heroica lo que atará al teniente Drogo a la fortaleza y a una rutina que acaba por desgastarle.

En sus primeros pasos por la fortaleza (añeja y monolítica, una especie de cárcel que encierra a todo aquel que entra en ella), Drogo se siente atrapado, un joven con las alas cortadas, ningún pueblo cercano al que acudir para hacer el amor o disfrutar de veladas artísticas y sociales propias de la ciudad. El tiempo se detiene para el joven Drogo y sólo espera los cuatro meses que debe permanecer entre los muros de la fortaleza para volver a la vida.

Pero hay algo que atrae y atrapa al joven Drogo. Más allá de las rutinarias maniobras y los ejercicios militares, de las conversaciones repetitivas entre los oficiales, Drogo se siente atraído por el desierto y lo que oculta, la posibilidad de una guerra. Esa esperanza se asentará en el corazón del oficial, se convertirá en el centro de su existencia, en la motivo por el que seguir en su puesto. Una vida dedicada a esperar un anhelo, la esperanza como sustento de una vida, no la búsqueda. Y en esa esperanza, el lento declinar de la vida hasta la muerte.

Drogo verá pasar su juventud, sus ansías de mejora, se distanciará de la vida que conoció (se siente un extraño cuando vuelve a su ciudad en los pocos permisos que disfruta, ve cómo se aleja cada vez más de la ciudad y las personas que formaron parte de su mundo), es el gran drama de Giovanni Drogo, una esperanza inconcreta que actúa como el motor de su vida. Como decía Nietzsche, la esperanza alargó su tormento hasta límites insospechados.



Cada noche, en el borde de la muralla, Drogo se ponía a esperar, cada noche la misteriosa lucecita parecía acercarse un poco y hacerse mayor. Muchas veces debía de ser sólo una ilusión, nacida del deseo, pero otras era un efectivo progreso, hasta el punto de que finalmente un centinela la avistó a simple vista.
Después se comenzó a divisar incluso de día, sobre el blanquecino fondo del desierto, un movimiento de pequeños puntos negros, igual que el año anterior, sólo que ahora el anteojo era menos potente y por tanto los extranjeros debían de haberse acercado mucho más.
En septiembre la luz de la presunta obra se distinguía claramente, en las noches serenas, incluso por gente de vista normal. Poco a poco, entre los militares se volvió a hablar de la llanura del norte, de los extranjeros, de aquellos extraños movimientos y luces nocturnas. Muchos decían que era una carretera, aunque no lograban explicarse su finalidad; la hipótesis de una obra militar parecía absurda. Por lo demás, los trabajos parecían avanzar con extraordinaria lentitud respecto a la grandísima distancia que quedaba.
Una noche hasta se oyó a alguien hablar en términos vagos de guerra, y extrañas esperanzas empezaron a revolotear entre las murallas de la Fortaleza.
Dino Buzzati
El desierto de los tártaros (traducción de Esther Benítez. Alianza editorial)


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Publicado por elchicoanalogo @ 2:07  | Libros...
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