S?bado, 30 de octubre de 2010

Nocilla Experience es un caleidoscopio ficcional, donde cabe todo menos el sopor, incluso las enseñanzas de un código samurái, sin olvidar las andanzas de un elenco de protagonistas con rarezas de primera magnitud que no son más que la expresión de su radical soledad. Un libro con muchos ecos: de la literatura de Perèc al cine de Jim Jarmusch o Francis Ford Coppola.

En la primera parte del proyecto Nocilla, Agustín Fernández Mallo mezclaba la literatura con la ciencia en unas imágenes llevadas al límite. Aún recuerdo aquel álamo en mitad de la nada del que colgaban docenas de zapatos y los personajes que deambulaban por carreteras que parecían sacadas de París-Texas, de Wim Wenders.

Nocilla Experience es la segunda parte del proyecto Nocilla y, como en la primera parte, se suceden los capítulos cortos (que parecen sacados de un blog) donde se mezclan los personajes extravagantes y solitarios, las imágenes que conjugan ciencia y poesía, extractos de entrevistas, recortes de prensa, diálogos de Apocalypse Now de Coppola y Ghost Dog, el camino del Samurái de Jim Jarmusch o la reinterpretación de Rayuela.

Pienso en Nocilla Experience y me quedo con las imágenes de un edificio de cristal en mitad de la estepa rusa, un museo dedicado al parchís y abandonado a su término y del que sólo sale el sonido de una radio que dejaron encendida, de fórmulas matemáticas tendidas en los colgadores de una azotea de Madrid, de casetas construidas con trozos de latas y carteles, de cocineros capaces de cocinar el horizonte, de un hombre que proyecta una torre para suicidas y un museo de la ruina, de ciudades protegidas del frío por una capa casi infinita de tela, de personajes rodeados por una soledad extrema y, sobre todo, de horizontes, espacios vacíos y piel.

Es difícil definir este libro, podría decir que es un puzzle matemático, humo, fragmentos de un blog o reinterpretaciones de películas y otros libros.



El asunto que lo distrae es una teoría que hace años que tiene en marcha, enmarcada en algo más amplio que él denomina socio-física teórica. El radio de acción, el banco de pruebas para su constatación, no pasa de 2 o 3 manzanas en torno a su azotea. En el barrio encuentra todo cuanto necesita: comestibles, conversaciones banales y ropa de temporada en tergal. La pretensión de su teoría consiste en demostrar con términos matemáticos que la soledad es una propiedad, un estado, connatural a los seres humanos superiores, y para ello se fundamenta en una evidencia física bien conocida por los científicos: sólo existen en la naturaleza 2 clases de partículas, los fermiones [electrones protones, por ejemplo] y los bosones [fotones, gluones, gravitones, etcétera]. Los fermiones se caracterizan por el hecho, ampliamente demostrado, de que no puede haber 2 o más en un mismo estado, o lo que es lo mismo, que no pueden estar juntos. La virtud de los bosones es justamente la contraria: no sólo pueden estar varios en un mismo estado y juntos, sino que buscan ese apilamiento, lo necesitan. Así, Marc toma como reflejo y patrón esa clasificación para postular la existencia de personas solitarias que, como los fermiones, no soportan la presencia de nadie.

( … )

Una mujer llamada Cynthia Ferguson, licenciada en Medicina por la Universidad de Columbia, ha escrito el libro Historia universal de la piel, un tratado que abarca desde las enfermedades de ese órgano a la antropología, usos y costumbres asociadas a ella a lo largo de un amplio abanico de culturas y razas. Cuenta que todo se le ocurrió cuando, en las prácticas de cirugía que ella supervisaba en la universidad, todos los alumnos tenían un miedo impresionante al primer tajo del bisturí, cortar la piel les producía una desazón y grima que incluso algunos no podían soportar. Sin embargo, en cuanto metían las manos dentro de la brecha y tenían que acometer auténticas carnicerías en los órganos internos, ese rechazo desaparecía, y hasta se divertían de la misma manera que los niños cuando juegan con el barro o a las cocinitas. Eso le hizo ver el poder de ese órgano que mide 2 m² en un ser humano estándar, el órgano más extenso que existe.

( … )

Debido a que nada que porte información puede ir más rápido que la velocidad de la luz, existe lo que los cosmólogos llaman horizonte de sucesos, el punto más allá del cual no podemos aún conocer lo que ocurre. Señales de luz que se emitieron hace millones de años y de cuya existencia aún tardamos en saber. Pero ese horizonte no es plano, sino una extensa superficie que esféricamente nos rodea, una bola cerrada e impermeable hasta que indique lo contrario una simple fórmula que liga la velocidad con el tiempo.
Agustín Fernández Mallo
Nocilla Experience (Santillana)


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Viernes, 29 de octubre de 2010

A veces, cuando la noche me aprisiona?
suelo sentarme frente a una cabina telef?nica?
y contemplo las bocas que hablan?
para lejanos o?dos.?
Y cuando el hielo de la soledad?
me ha desvenado, los barrenderos moros?
canturrean tristemente?
y las estrellas ocupan su lugar, yo acaricio el tel?fono?
y le susurro sin usar monedas.?
F?lix Francisco Casanova
A veces, cuando la noche me aprisiona...


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Jueves, 28 de octubre de 2010

En Ahora es el momento el protagonista Rigby John busca la magia que ha perdido su vida en Pocatello. Deja atrás el hogar, la familia, los amigos y se pierde en la autopista 93 para intentar encontrar algo que sacuda (el viento en) su corazón. El camino como frontera entre lo que dejamos a nuestras espaldas y lo que está por llegar.

Alexi Murdoch también habla de búsquedas en All of my days, una canción emotiva y sencilla que me lleva al mar Cantábrico delante de mí, un silencio expectante a mi espalda y mi corazón dentro de un espacio en blanco.

La vida es búsqueda, movimiento y magia, es dudar, pasos en falso y caídas, es una montaña rusa incontrolable y el vértigo del viento que sube por las paredes de un acantilado (también es un mundo que rueda y gira sin control, saltamontes volando entre nuestras cabezas y el cielo, las nubes que, cuando pasan, pasan como nubes y el camino dorado dentro de sus ojos).

Ahora, dentro de mí, habitan presencias y sombras y recuerdos de quienes me trajeron amores, libros y músicas desconocidos, incertidumbre e insomnio, horizontes en movimiento, el calor de otra piel replegándose entre mi piel, días de mierda, habitaciones de hotel y estrellas solitarias.

La vida le pasa como a los tiburones, si se detiene, muere.


All of my days (Alexi Murdoch)



Well I have been searching all of my days
All of my days
Many a road, you know
I’ve been walking on
All of my days
And I’ve been trying to find
What’s been in my mind
As the days keep turning into night

Well I have been quietly standing in the shade
All of my days
Watch the sky breaking on the promise that we made
All of this rain
And I’ve been trying to find
What’s been in my mind
As the days keep turning into night

Well many a night I found myself with no friends standing near
All of my days
I cried aloud
I shook my hands
What am I doing here
All of these days
For I look around me
And my eyes confound me
And it’s just too bright
As the days keep turning into night

Now I see clearly
It’s you I’m looking for
All of my days
Soon I’ll smile
I know I’ll feel this loneliness no more
All of my days
For I look around me
And it seems He found me
And it’s coming into sight
As the days keep turning into night
As the days keep turning into night
And even breathing feels all right
Yes, even breathing feels all right
Now even breathing feels all right
It’s even breathing
Feels all right


Traducción en:  http://cronicasdeunloco.blogspot.com/2010/05/alexi-murdoch-all-of-my-days.html


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Mi?rcoles, 20 de octubre de 2010

Pocatello, Idaho, 1967, Rigby John Klusener tiene 17 años y ha decidido emanciparse. Es hora de abandonar el hogar y de ese modo, con una flor tras la oreja y el dedo pulgar en alto, se dirige a pie por la autopista hacia San Francisco, la ciudad que en sueños imagina como el mismísimo paraíso. Ahora es el momento es la historia de cómo Rigby encuentra su lugar en el mundo; de cómo se va alejando de las estrictas restricciones de una familia granjera muy religiosa y de una comunidad hermética que se ha automarginado de la explosión cultural que tiene lugar en los Estados Unidos en esa década.



Hace un año compré El hombre que se enamoró de la luna por su título. A veces hago eso, comprar libros de autores que desconozco por el título o la portada o el párrafo inicial, una forma de que los libros me elijan a mí y no al revés. No sabía qué me iba a deparar Tom Spanbauer y lo que encontré en El hombre que se enamoró de la luna fue un western con tintes oníricos, desaforados, surrealistas y sexuales donde cuatro personas intentaban crear y sobrevivir en una comunidad utópica en mitad del salvaje oeste. Fue uno de mis libros favoritos del pasado año, un libro narrado con el tono de una vieja leyenda india, un puñado de personajes que buscaban un lugar en el mundo y hacerlo suyo, fuera de los prejuicios y las miradas de los demás.

Tardé más de un año en atreverme a leer otro libro de Spanbauer. Tenía miedo a sentirme decepcionado y que no se repitiese la magia y el mundo de El hombre que se enamoró de la luna, el juego del teruteru, afuera-en-el-cobertizo, la luna como un personaje más, párrafos de auténtica magia que parecían colarse en tu interior. “Para mí Dellwood Barker no sólo es el hombre que se enamoró de la luna, sino aquel que me descubrió que el ojo derecho sólo ve los que queremos ver, y el ojo izquierdo es el ojo del alma. Desde entonces, cuando tengo a alguien enfrente, trato de mirarle a su ojo izquierdo, a ver qué me desvela.” Pero a veces ocurre que la magia se repite, que encuentras un autor capaz de emocionarte con dos libros diferentes y que te hace partícipe de su mundo de forma íntima, cercana y dolorosa. Siempre hay que buscar la magia, sin miedo.

Ahora es el momento es una historia más reposada (que no tranquila) que El hombre que se enamoró de la luna, al menos en la forma, no tan febril ni rompedora. Conserva la música que tienen las historias de Spanbauer, las repeticiones a lo largo de la novela de párrafos como cánticos indios que dan a la historia un ritmo musical, las divagaciones y reflexiones del narrador, el brillo de la luna, un puñado de personajes entrañables e inolvidables que buscan un lugar donde cobijarse, un embarcadero fuera de la vida marcada por los demás.

Además de música hay dolor en la historia de Spanbauer, Ahora es el momento parece escrito con las extrañas, vaciarse a través de las palabras, de los recuerdos, de los cruces de caminos y personas, de todas esas dudas que llevamos dentro hasta encontrarnos con ese momento en la vida donde debemos elegir qué hacer con nosotros.

Ahora es el momento es una historia de aprendizaje, el inicio a la vida de Rigby John Klusener, 17 años, hijo de unos granjeros católicos de Idaho, que está en la autopista 93, camino de San Francisco, y la luna jugando con su sombra sobre el asfalto. Y es en ese instante entre el pasado que acaba de dejar atrás y el futuro incierto de su viaje a California donde Rigby John nos cuenta su historia, sus primeros años de infancia, el acoso en la escuela, su soledad y el trabajo en el campo, el dolor, la culpa católica, las dudas, el viento en el corazón, la sombra de la luna, sus primeras lecturas, sentirse difrente pero sin saber en qué...

En Ahora es el momento hay páginas de pura música, otras poéticas, también contiene una pizca de humor y, sobre todo, ese dolor y melancolía de quien busca su lugar y sus personas en el mundo. Porque Rigby John no sólo busca un lugar, también personas que le acompañen en su paso a la madurez. La entrañable, sensual, exuberante e inquieta Billie Cody (“La C no es de Cody sino de coño. Una vieja broma entre Billie y yo”), con quien aprenderá a reír y a madurar y que el amor también es dolor; su madre, perdida entre el fervor y la culpa católica, capaz de transformar el castaño de sus ojos en dorado gracias a la música arrancada a un piano; el indio George Serano, un hombre que espera, y lo que espera es el amor (“Un propósito en la vida sobre el que moldear tu vida. El amor.”) y que será el viento en el corazón de Rigby John; los mexicanos Flaco y Acho que le enseñan a disfrutar de los momentos de felicidad cuando éstos se presentan; la abuela Queep, una vieja india desdentada y medio bruja... Nuestro lugar en el mundo es más espiritual que geográfico y las personas que nos rodean son quienes nos atan a la vida y nos ayudan a crecer, comprender y madurar. Dentro de nosotros llevamos el rastro de un puñado de seres inolvidables.

Lo que busco en la literatura es ese chispazo entre las páginas de un libro, la emoción y la aventura de una historia, otras miradas y realidades, la melancolía, el dolor y la esperanza del amor, imágenes que se queden dentro de mí y música. Y Ahora es el momento tiene todo eso... Uno de mis libros de este año.


Entrevista al autor en El país:
http://www.elpais.com/solotexto/articulo.html?xref=20070505elpbabese_1&type=Tes&anchor=elpepuculbab


De pronto todo está muy claro. Es increíble lo calor que puede volverse todo en una noche en el desierto. La luna, un gran dólar de plata, ilumina tanto que mi sombra se prolonga hasta el otro lado del asfalto. Una sombra alargada. Mis pies aquí en la grava, mi cabeza más allá de la línea blanca del centro.
George Serano me dijo una vez que puedes saber cómo se siente alguien por su sombra. Esta noche en mi sombra hay algo alrededor de la cabeza y los hombros, y también en los brazos. El pelo en punta, la camiseta que me marca los bíceps, la margarita que he arrancado en Twin Falls y que asoma a un lado de mi cabeza. Algo de dentro está saliendo y hace que mi sombra, que todo yo, parezca, no lo sé, lleno.

( … )

Personalmente llevo toda la vida buscando magia. Sigo haciéndolo. Esa es exactamente la razón por la que estoy aquí en la autopista 93. Tengo que irme de Pocatello porque todo lo que conozco- mi casa, mi familia, mis amigos- se ha quedado sin magia como a quien se le acaba la gasolina. Todo lo que me resta por hacer es levantar el pulgar y echar a andar.

( … )

El bosque y las montañas verdes están dentro de uno, dijo Theresa. Eso es lo que hace un artista. Viajar por el mundo buscando lo que está en su interior.

( … )

Ten cuidado con lo que deseas. O mejor, creo, ten cuidado con lo que decides perseguir. Fuera quien fuese el que lo dijo, tenía razón. Miradme aquí en la autopista, en este desierto plateado, solo con la luna. Y el universo no tiene la culpa. Cuando persigues algo que quieres y acabas jodido no puedes culpar a nadie más que a ti mismo.
Tom Spanbauer
Ahora es el momento (traducción de Aurora Echevarría. Mondadori)


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S?bado, 16 de octubre de 2010

Llueve otra vez. Llueve de nuevo. Llueve:
siempre el amor me llega con la lluvia. ?
Sobre la calle una llovizna breve ?
y aqu? en mi coraz?n, c?mo diluvia... ?

Llueve. Y el agua cae sin relieve ?
sobre las piedras, ?vidas de lluvia. ?
Aqu? en mi coraz?n, c?mo remueve; ?
aqu? en mi coraz?n, c?mo diluvia. ?

Siempre el amor me llega as?. Sin ruido,?
con silencioso paso estremecido:?
niebla menuda que despu?s diluvia.?

Siempre el amor me llega as?, callado,?
con silencioso andar desesperado...?
Y no s? d?nde est?s. Y est? la lluvia.?
Julia Prilutzky
Lluvia


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Viernes, 15 de octubre de 2010

? ?Hace a?os perd? mi foto favorita. Soy desordenado y pierdo fotograf?as en libros (o cartas en cuadernos escritos con letra r?pida y acelerada). Ese desorden hace que a veces me reencuentre con retazos de mi pasado en el momento m?s inesperado, abro un libro y aparece una nota de amor o una carta escrita hace m?s de 10 a?os o un billete de tranv?a de alguno de mis viajes.

? ?En la foto perdida mi sobrino descansa en mis brazos. Apenas ten?a un mes de vida y recuerdo que sent?a la fragilidad y los temblores de su cuerpo en mis manos. Tener a mi sobrino entre mis brazos era mi momento favorito del d?a. Yo le daba cobijo y seguridad y le hablaba de Tom Sawyer, Moby Dick o Liberty Valance, de los momentos felices y dolorosos de mi vida y le susurraba que lo peor que pod?a hacer era dejarse llevar por el miedo. ?l me daba calidez, un embarcadero, sue?os, serenidad, me hac?a creer que todo era posible y me conectaba a la realidad.

?? La foto fue tomada en noviembre de 2003. Yo parec?a otra persona, pelo corto, gafas peque?as y redondas, cara afeitada, un ?nimo que acababa de nacer en un viaje solitario a Lisboa y que fue el inicio de dos a?os donde me convert? en el hombre que siempre quise ser, alguien fuerte, despreocupado, valiente, capaz de las mayores locuras y desvar?os. Un paso que se qued? a medias.

? ?Ayer encontr? una copia de la foto en casa de mi hermana. Fue un viaje en el tiempo. Mi sobrino tiene siete a?os y, aunque ya no cabe en mis brazos, nos tiramos al suelo a jugar con mu?ecos o peonzas o leemos libros de dinosaurios. Y yo... yo he pasado por una monta?a rusa, he pasado por amores algunos alocados y otros fugaces, he hecho miles de kil?metros en viajes (y ahora siento los kil?metros de esos viajes en mi cuerpo), he conocido un pu?ado de personas que han tra?do a mi vida recuerdos, libros y m?sica.

?? Miro la foto y recuerdo qui?n fui y lo alejado que me siento de aquel hombre que quiso cambiar su vida y su forma de ser. Miro fuera de la foto y se acumula el cansancio de los ?ltimos meses (un cansancio real y f?sico), mi coraz?n rasgado dentro de un espacio en blanco y una peque?a esperanza, tal vez recuperar esta imagen me ayude a dar media docena de nuevos pasos.


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Domingo, 10 de octubre de 2010

No es nada de tu cuerpo
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca -tu boca
que es igual que tu sexo-,
ni la reuni?n exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulc?sima y suave,
ni tu ombligo en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el d?a,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada -?qu? es una mirada?-
triste luz descarriada, paz sin due?o,
ni el ?lbum de tu o?do, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sue?o.
Ni es tu lengua de v?bora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un p?talo,
ni una gota, ni un grano, ni un momento.

Es s?lo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.
Jaime Sabines
No es nada de tu cuerpo...


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Viernes, 08 de octubre de 2010

La fascinación que desde su aparición en 1940 ha despertado El desierto de los Tártaros, la más célebre novela de Dino Buzzati, proviene del paisaje formal de la fábula que narra, no de su significación oculta. Con todo, la historia del oficial Giovanni Drogo, destinado a una fortaleza fronteriza sobre la que pende una amenaza aplazada e inconcreta, pero obsesivamente presente, se halla cargada de resonancias que la conectan con algunos de los más hondos problemas de la existencia: la seguridad como valor contrapuesto a la libertad, la progresiva resignación ante el estrechamiento de las posibilidades vitales de realización, la frustración de las expectativas de hechos excepcionales que cambien el sentido de la existencia.


En Humano, demasiado humano Nietzsche recordaba el mito de Pandora. Hablaba de la caja que contenía todos los males y cómo la curiosidad de Pandora al querer ver su contenido hizo que se todos los males se expandieran por el mundo. Todos salvo uno: la esperanza. Porque la esperanza, decía Nietzsche, alargaba irremediablemente el tormento de los hombres.

Dino Buzzati también habla de la esperanza en El desierto de los tártaros con el tono amargo de Nietzsche, una esperanza invisible, inasible, llena de incertidumbre y fantasía, una esperanza que corta la libertad y malogra la vida del protagonista, el joven teniente Drogo que envejecerá en pos de una sombra.

El mando militar destina al joven Giovanni Drogo a una fortaleza fronteriza dominada por la soledad, la quietud y un desierto extraño y fascinante por el que, siglos atrás, llegaba la amenaza de los tártaros. Es esa fascinación hacia el desierto, la amenaza y la posibilidad de una guerra, la esperanza de vivir un momento único y una guerra heroica lo que atará al teniente Drogo a la fortaleza y a una rutina que acaba por desgastarle.

En sus primeros pasos por la fortaleza (añeja y monolítica, una especie de cárcel que encierra a todo aquel que entra en ella), Drogo se siente atrapado, un joven con las alas cortadas, ningún pueblo cercano al que acudir para hacer el amor o disfrutar de veladas artísticas y sociales propias de la ciudad. El tiempo se detiene para el joven Drogo y sólo espera los cuatro meses que debe permanecer entre los muros de la fortaleza para volver a la vida.

Pero hay algo que atrae y atrapa al joven Drogo. Más allá de las rutinarias maniobras y los ejercicios militares, de las conversaciones repetitivas entre los oficiales, Drogo se siente atraído por el desierto y lo que oculta, la posibilidad de una guerra. Esa esperanza se asentará en el corazón del oficial, se convertirá en el centro de su existencia, en la motivo por el que seguir en su puesto. Una vida dedicada a esperar un anhelo, la esperanza como sustento de una vida, no la búsqueda. Y en esa esperanza, el lento declinar de la vida hasta la muerte.

Drogo verá pasar su juventud, sus ansías de mejora, se distanciará de la vida que conoció (se siente un extraño cuando vuelve a su ciudad en los pocos permisos que disfruta, ve cómo se aleja cada vez más de la ciudad y las personas que formaron parte de su mundo), es el gran drama de Giovanni Drogo, una esperanza inconcreta que actúa como el motor de su vida. Como decía Nietzsche, la esperanza alargó su tormento hasta límites insospechados.



Cada noche, en el borde de la muralla, Drogo se ponía a esperar, cada noche la misteriosa lucecita parecía acercarse un poco y hacerse mayor. Muchas veces debía de ser sólo una ilusión, nacida del deseo, pero otras era un efectivo progreso, hasta el punto de que finalmente un centinela la avistó a simple vista.
Después se comenzó a divisar incluso de día, sobre el blanquecino fondo del desierto, un movimiento de pequeños puntos negros, igual que el año anterior, sólo que ahora el anteojo era menos potente y por tanto los extranjeros debían de haberse acercado mucho más.
En septiembre la luz de la presunta obra se distinguía claramente, en las noches serenas, incluso por gente de vista normal. Poco a poco, entre los militares se volvió a hablar de la llanura del norte, de los extranjeros, de aquellos extraños movimientos y luces nocturnas. Muchos decían que era una carretera, aunque no lograban explicarse su finalidad; la hipótesis de una obra militar parecía absurda. Por lo demás, los trabajos parecían avanzar con extraordinaria lentitud respecto a la grandísima distancia que quedaba.
Una noche hasta se oyó a alguien hablar en términos vagos de guerra, y extrañas esperanzas empezaron a revolotear entre las murallas de la Fortaleza.
Dino Buzzati
El desierto de los tártaros (traducción de Esther Benítez. Alianza editorial)


Tags: desierto de los Tártaros, Dino Buzzati, Esther Benítez, Alianza editorial

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Mi?rcoles, 06 de octubre de 2010

Cuando nada sucede, ?
y el verano se ha ido, ?
y las hojas comienzan a caer de los ?rboles, ?
y el fr?o oxida el borde de los r?os ?
y hace m?s lento el curso de las aguas; ?

cuando el cielo parece un mar violento, ?
y los p?jaros cambian de paisaje, ?
y las palabras se oyen cada vez m?s lejanas, ?
como susurros que dispersa el viento; ?

entonces, ?
ya se sabe, ?
es lo que pasa: ?

esas hojas, los p?jaros, las nubes, ?
las palabras dispersas y los r?os, ?
nos llenan de inquietud s?bitamente ?
y de desesperanza. ?

No busqu?is el motivo en vuestros corazones. ?
Tan s?lo es lo que dije: ?
lo que pasa. ?
?ngel Gonz?lez ?
A veces, en octubre, es lo que pasa... (en Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan)


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Publicado por elchicoanalogo @ 2:48  | ?ngel Gonz?lez
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Lunes, 04 de octubre de 2010

A propósito de esta obra, decía Lovecraft: «La casa en el confín de la tierra (1908) -quizá la mejor de todas las obras de Hodgson- trata de un caserón solitario y temido de Irlanda, que constituye el centro de espantosas fuerzas del trasmundo y soporta el asedio de híbridas y blasfemas anormalidades que surgen de secretos abismos inferiores. Los vagabundeos del espíritu del narrador durante ilimitados años-luz del espacio cósmico y kalpas de eternidad y su asistencia a la destrucción final del sistema solar, son algo casi único en la literatura fantástica. Por lo demás, a lo largo de la historia se pone de manifiesto la capacidad del autor para sugerir horrores vagos y emboscados en un escenario natural.»

Hace unas semanas la extraña criatura de la portada de La casa en el confín de la Tierra destacó sobre las estanterías de una de mis librerías favoritas. Entonces, recordé la tensión e inquietud que sentí con la lectura del relato Desde el mar sin mareas de Hodgson, donde un barco se pierde en un mar recóndito y misterioso poblado por singulares monstruos. Algo de eso hay en La casa en el confín de la Tierra, una casa en mitad de un paisaje solitario y extraño, y en esa soledad, un pozo abisal del que parece salir un aliento y voces infernales. La misma casa es un lugar peligroso, una especie de puerta a otra dimensión donde el espacio/tiempo se rompe.

El libro comienza con el viejo truco del encuentro de un manuscrito que narra una historia entre fantástica, misteriosa y terrorífica. Un par de amigos de excursión en un retirado paraje irlandés encuentran un manuscrito escrito por el propietario de la antigua casa, un lugar aislado, en ruinas y con tono demoníaco. Uno de ellos leerá el manuscrito donde se juega con la duda de la realidad o la locura del narrador. Porque el narrador asegura haber combatido a monstruos abismales y viajado más allá del espacio y el tiempo...

Hodgson relata una historia que ha sido contada hasta la saciedad, una casa rodeada de abisales y deformes criaturas y el narrador que debe repeler sus ataques (como en las posteriores Soy leyenda, La piel fría o la multitud de películas de zombis). Es en esta parte donde Hodgson demuestra su capacidad para crear tensión y terror en estado puro. Es realmente apasionante leer el ritmo endiablado con el que se suceden esos capítulos dedicados al pozo, las criaturas que lo habitan y sus ataques a la casa, las un ritmo que sabe mezclar los descansos entre los ataques con la fuera de los ataques en sí.

Pero lo que me llamó la atención, lo que me hace sentir diferente esta novela a otras de terror, es la ruptura espacio-temporal que Hodgson describe en los viajes del narrador. Desde el interior de la misma casa, el narrador verá como el tiempo y el espacio se desmembraban y asistirá al final de la Tierra y del sistema solar, unas páginas alucinadas, a veces aburridas, que me recordaron el viaje final del astronauta Bowman en 2001: una odisea espacial, de Stanley Kubrick. El viaje del sol hasta su muerte, la creación de otras estrellas, el final del sistema solar, los otros mundos (im)posibles soñados por Hodgson dan un toque fantasmagórico, inquietante y sorprendente a La casa en el confín de la Tierra.

Hodgson mezcla la tensión de los relatos de terror con los viajes espaciales de una primigenia ciencia ficción en una historia a veces estimable, a veces inquietante y, a veces, deslavazada. Hay imágenes realmente poéticas en el viaje más allá del espacio y del tiempo del protagonista y pequeños horrores en las criaturas que lo martirizan y una pizca de aventura en sus incursiones fuera de la casa.
W. H. Hodgson
La casa en el confín de la Tierra (traducción de Francisco Torres Oliver. Valdemar)


Tags: W. H. Hodgson, Francisco Torres Oliver, Valdemar

Publicado por elchicoanalogo @ 18:42  | Libros...
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S?bado, 02 de octubre de 2010

No conoce el arte de la navegación
quien no ha bogado en el vientre
de una mujer, remado en ella,
naufragado
y sobrevivido en una de sus playas.
Cristina Peri Rossi
Bitácora (en Lingüística general. Prometeo)


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Viernes, 01 de octubre de 2010

A Norman Maclean le gustaba contar a sus hijos antiguos recuerdos de sus jornadas de pesca en el río o de sus días en el servicio forestal, historias donde, aparentemente, no pasaba nada extraordinario o heroico, pero que mantenían la atención por un mundo diferente (otro mundo posible) donde no había una frontera que separase al ser humano de la naturaleza, ambos formaban parte de un mismo conjunto. En los últimos años de su vida, Maclean decidió escribir esos recuerdos contados a sus hijos en un hermoso libro donde se nota el respeto y la cercanía por la palabra, la familia (y la familia va más allá de la sangre) y la naturaleza. Una mirada nostálgica y abarcadora sobre una época primitiva y en extinción.

Las páginas de El río de la vida me dejaron una sensación extraña, avanzaba por sus páginas que podían describir los cañones, montañas y formas de los ríos de Montana o el tipo de mosca usada como anzuelo o los trabajos de un leñador y sentía la inquietud y la euforia que me provocaban las grandes novelas de aventura, las historias de Twain o aquellos westerns de Ford pegados al suelo rojizo del Monument Valley. Maclean habla de su vida de una forma queda y, a la vez, apasionada, tranquila y cálida, te habla de un río y sientes que el río va más allá de su forma, que el río es la vida, una vida sin ambages ni dobleces, una vida íntima y pura.

Los tres relatos que componen El río de la vida funcionan como un río caudaloso atravesado por un puñado de afluentes, la vida y los recuerdos de Maclean se cruzan en estos tres relatos donde se siente el profundo amor por la tierra del escritor, un amor henchido de pureza, soledad, contemplación y, también, dureza, sencillez y unión. Desde la última vez que vi Más allá del Missouri, aquella película maldita del siempre interesante William A. Wellman, no recordaba una historia tan sencilla y apegada a la tierra (la tierra como no como un decorado sino como un personaje más de la historia, como receptor de todo lo íntimo y puro de la vida, una naturaleza alejada de la retratada por Conrad).

El relato que da título al libro se centra en la familia de Norman Maclean (su padre pastor presbiteriano, su madre escocesa, su hermano Paul, tan buen pescador y periodista como pendenciero) y su pasión por la pesca a mosca. La unión de los hermanos con el río, con el acto, casi sagrado, de la pesca, el silencio, la soledad y la idea de formar parte de ello, no ser espectador, sino el río en sí mismo. “En la superficie los espejismos bailaban los unos con los otros y luego bailaban cruzándose los unos mezclados y luego se tomaban de las manos y bailaban los unos alrededor de los otros. Finalmente, el observador se sumó al río y nos convertimos en una sola cosa. Creo que esa cosa era el río”. Un hermoso relato contado con sencillez, humor, humanidad y calidez, una vuelta al pasado para entresacar de él la luz de entre las sombras.

Los dos siguientes relatos, Leñadores, proxenetas, y Tu camarada, Jim y Servicio forestal de Estados Unidos, 1919, completan los espacios en blanco en la vida de Maclean que había dejado El río de la vida hasta llegar a un todo emocionante. En esos relatos iniciáticos Maclean habla de los campamentos de leñadores, el servicio forestal, la inmensidad de un paisaje inabarcable, de intentar ser tan duro como el mejor leñador de la comarca y hacer bien al menos una cosa, de la camaradería de un grupo de hombres que pasan meses alejados de la civilización y sólo se tienen a ellos y la naturaleza de la que son parte... “Ninguno de nosotros había visto, ni en pintura, una escuela de silvicultura, pero, como decía Bill, éramos una estupenda cuadrilla y habíamos hecho lo que había que hacer: amábamos el bosque sin pensar que nos perteneciera y a cada uno de nosotros le gustaba hacer bien al menos una cosa, manejar un martillo perforador y sentir cómo la tierra reventaba con la dinamita, pelear a puñetazo limpio, curar las heridas a los caballos, manipular comestibles y herramientas y hacer nudos. Y a casi todos nos gustaba trabajar. Si se piensa, eso es mucho decir de un puñado de hombres. En lo más profundo de nuestros corazones nos sentíamos indisolubles, aunque éramos conscientes de que después de esa noche quizá no volveríamos a vernos jamás. Nosotros éramos temporeros. No pertenecíamos a ningún sindicato ni ningún gremio, la mayoría de nosotros no tenía familia ni Iglesia. A finales de la primavera habíamos conseguido un empleo en una cosa nueva llamada Servicio Forestal de estados Unidos. Sabíamos, vagamente, que Teddy Roosevelt lo había puesto en marcha y sabíamos que formando parte de ello nos sentíamos más o menos orgullosos y duros, ávidos de algún tipo de problema, ya fueran incendios, dinamita o serpientes de cascabel en altitudes donde no debería haberlas. Además de hacer lo que tocaba, hacíamos algunas otras cosas, como gastar bromas pesadas, destilar orejones de albaricoque y discutir entre nosotros. Y, al final, aunamos fuerzas para limpiar la ciudad, lo que quizá era algo que había que hacer también para constituir una verdadera cuadrilla. En la mayoría de los casos, aquella sociedad provisional, la cuadrilla, era la única asociación de la que habíamos formado parte jamás, aunque quizá no sea exacto decir que fuera tan provisional”.

El río de la vida es un libro de una belleza sencilla y desnuda, uno de esos libros que consiguen atrapar el misterio y el atractivo de las antiguas historias contadas alrededor de un fuego.

(Me gustaría mencionar la exquisita edición de Libros el asteroide, la cuidada presentación y el suave tacto de sus páginas, un libro realmente bonito).



Algo tienen los pescadores que siempre intentan que pescar sea un acto único y perfecto: no sé qué es ni dónde se localiza, unas veces lo noto en los brazos y otras en la garganta, o incluso en ningún sitio en concreto pero muy dentro de mí. Probablemente muchos de nosotros seríamos mejores pescadores si no invirtiéramos tanto tiempo esperando a aque el mundo se vuelva perfecto.

( … )

En aquel momento, el mundo estaba exclusivamente compuesto por el Elkhorn, una genuina y mítica trucha común (llamada también marrón), el tiempo que hacía y yo; y de este servidor no existía otra cosa que pensamientos relativos al Elkhorn, al tiempo que hacía y a un pez mítico que quizá fuera un pececillo fruto de mi imaginación.

( … )

- Eres demasiado joven para ayudar a nadie y yo ya soy demasiado viejo – dijo -. Y cuando digo ayudar no me refiero a tener atenciones como servir mermelada de cereza o prestar dinero. Ayudar – añadió- significa dar una parte de ti mismo a alguien que la acepta por voluntad propia y reconoce que está muy necesitado de ella.
Y es por ello – continuó, recurriendo a un viejo latiguillo de púlpito- que raramente podemos ayudar a nadie, no sabemos qué parte de nosotros dar o si no deseamos dar ninguna. Y, en muchas ocasiones, la parte que se necesita el otro no la quiere. Más frecuente aún es que nosotros no tengamos la parte que el otro necesita.

( … )

Entonces, en la penumbra ártica del cañón, toda la existencia se reduce a estar con mi alma, con los recuerdos, los sonidos del Big Blackfoot, un ritmo de cuatro tiempos y la esperanza de que surja un pez.
A la postre las cosas se funden en una sola y por ella fluye un río. El río nació de la gran inundación del planeta y fluye sobre rocas de los albores del tiempo. En algunas de esas rocas hay grabadas intemporales gotas de lluvia. Bajo las rocas están las palabras y algunas de éstas les pertenecen.
Las aguas me persiguen.
Norman Maclean
El río de la vida (traducción de Luis Murillo Fort. Libros del asteroide)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:16  | Libros...
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