S?bado, 13 de noviembre de 2010

Se llamaba Edna Akin, y había nacido en 1910, en un rincón perdido de Arkansas que entonces aún era una tierra dura, donde apenas diez años antes forajidos y atracadores formaban parte del paisaje. Edna es la madre de Richard Ford, que no habla de este salvaje oeste para inscribirla –o inscribirse– en una mitología, sino porque ese territorio y esa época ya se le ocurren infinitamente lejanos e incognoscibles, y es ella quien lo liga a un pasado que parece tan remoto. Y éste es el punto de partida de la reconstrucción, entre certezas y sospechas, pero siempre con un púdico e intenso amor, del enigma de la novela familiar. De la historia de esa niña a quien su madre –la abuela de Richard Ford– hizo pasar por su hermana cuando abandonó a su marido y se fue a vivir con un hombre mucho más joven. De esa superviviente que se casó con un viajante –los dos eran muy jóvenes– y, antes de tener hijos y echar el ancla, vivió quince años en la carretera, ligera de equipaje, en un puro presente. De esa madre a quien siendo un niño descubrió como a una extraña, la mujer que veían los otros, los de afuera, el día en que una vecina habló de ella como de una morena guapa y vivaz. Que se quedó viuda a los cuarenta y nueve años, que fue entonces de un trabajo a otro para mantenerse y mantener a su hijo adolescente, que nunca pensó que la vida era otra cosa que lo que le había tocado vivir...

En Mi madre, Richard Ford deja de lado sus cuentos y los libros dedicados a Frank Bascombe para volver la mirada atrás y escribir un pequeño libro de memorias dedicado a su madre. En la portada, una foto en blanco y negro de Edna Ford sentada sobre una roca en la costa, mirando a cámara en una actitud distendida y divertida. La memoria es eso, una foto en blanco y negro de un momento fugaz y de contornos borrosos. Ford intentará atrapar la vida de la madre por entero pero hay lugares y momentos a los que no llegamos del todo, están más allá de nosotros.

Narrado como los relatos íntimos y realistas de Rock Springs (me sigue emocionando el recuerdo de la forma cotidiana y cercana de esos relatos, retazos de vidas de supervivientes que intentan seguir adelante, a pesar de, en ocasiones, no saber cómo), Ford habla de ese mundo a veces inaccesible de los padres, donde los padres son jóvenes, viajeros, una vida en formación con unas ilusiones y errores y sentimientos que desconocemos, un umbral que no acabamos de cruzar y que puede hacernos sentir que antes de la paternidad no existía una vida en crecimiento.

Ford se detiene, de manera especial, en ese momento donde descubre que su madre es alguien más que una madre, que tiene una personalidad propia y ajena al hijo, una vida detrás y dentro de ella. Escribe Ford: Recuerdo que una vez una vecina me paró en la acera y me preguntó quién era; eso podía sucederle a uno. Yo tenía entonces tal vez nueve o siete años. Cuando dije mi nombre -Richard Ford- ella comentó: “Sí, claro. Tu madre es esa mujer guapa de pelo negro que vive un poco más arriba.” Eso me afectó entonces y me afecta todavía hoy. Creo que fue la primera vez que tuve la idea de que mi madre era alguien más que mi madre, alguien a quien los demás veían y juzgaban: una mujer guapa, cosa que no era. Con el pelo oscuro, eso sí. Medía, lo sé, uno sesenta y dos. Pero nunca supe si eso es ser alta o baja. Pienso que siempre creí que era normal. Sin embargo, recuerdo esto como un momento significativo de mi vida. Pequeño pero importante. Me hizo tomar conciencia de, cómo decirlo, el lado público de mi madre. Del lado que los demás veían y con el que trataban y que estaba allí. Pienso que, después de eso, nunca volví a pensar en ella de otra manera que como Edna Ford, una persona que era mi madre pero también alguien más. Pienso que después de eso nunca volví a dirigirme a ella sin esa premisa, es decir, como me dirigiría a cualquier otra persona que conociera. Es una lección que vale la pena aprender. Y corremos el riesgo de no conocer nunca a nuestros padres si la ignoramos. Una guapa morena de metro sesenta y dos. Parte de ella era eso, y no me hacía ningún daño saberlo. Puede incluso que me ayudara, pues uno de los primeros retos que se nos presentan es saber que a nuestros padres, suponiendo que vivan el tiempo suficiente, merece la pena conocerlos, y eso es físicamente posible. Es parte de la vida normal. Y cuanto más se acerque nuestra visión de ellos a la que tiene el resto del mundo, más posibilidades tenemos de conocerlos.”

A veces, mientras leía este pedazo de la vida de Richard Ford, sentía que en esa relación entre madre e hijo, en esa madre que iba de trabajo en trabajo y que aceptaba la vida como venía, estaba la base del futuro Ford escritor, que sin esa mujer no existirían los relatos de Rock Springs, por ejemplo. Pura conjetura. Edna Ford es una superviviente, alguien que sigue adelante porque no queda otra opción mejor que intentar mantenerse en pie.

Mi madre emociona y, también, extraña. Extraña por ese inicio demoledor donde apenas leemos unos datos incompletos de los padres de Ford. Y es que la vida de nuestros padres es, por momentos, trazos de un paisaje fragmentado. Y eso, Ford, lo describe realmente bien.


Mi madre y yo nos parecíamos. Más bien llenitos, la frente alta, el mismo mentón, la misma nariz. Hay fotos que lo demuestran. En mí la veía a ella, incluso la oía reír. No hubo en su vida nada particularmente brillante, nada notable. Nada heroico. Ningún logro honorífico que ensanchara el corazón. Se daban bastantes factores negativos: una niñez que no merecía ser recordada; un marido al que amó para siempre y al que perdió; a continuación, una vida que no requiere ningún comentario. Pero, de alguna manera, hizo para mí posibles mis afectos más verdaderos, como los que una gran obra literaria conferiría a su lector devoto. Y conocí con ella ese momento que todos querríamos conocer, el momento de decir: “Sí, las cosas son así”. Un acto de conocimiento que confirma el amor. Conocí eso. Conocí muchísimos momentos como ése con ella, los conocí incluso en el instante en que ocurrieron. Y ahora. Y, supongo, los conoceré siempre.
Richard Ford
Mi madre (Traducción de Marco Aurelio Galmarini. Anagrama)


Tags: Mi madre, Richard Ford, Marco Aurelio Galmarini, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 0:08  | Libros...
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Comentarios

pense que este cuento lo escribio ricardo fort (richard fort)Avergonzado Avergonzado Avergonzado

Publicado por Invitado
Martes, 23 de noviembre de 2010 | 1:04

A mí también me gusto, me gustó mucho. Ya sabe que las historias familiares son mi debilidad. Todavía me acuerdo de esas "sagas" suyas que, por cierto, hace mucho que no aparecen.

Y, hablando de familia, aquí les dejo una recomendación: "Tiempo de vida" de Giralt Torrente. Una estupenda novela.

VS

Publicado por Invitado
Jueves, 25 de noviembre de 2010 | 13:36

El libro es cercano, con un deje de melancolía, muy acertado. Mis sagas... últimamente tengo cierta pereza para escribir, debe ser el frío o que he escrito mucho en los últimos años.

Anoto la recomendación. Un abrazo inmenso

 

Publicado por elchicoanalogo
Jueves, 25 de noviembre de 2010 | 22:49