Lunes, 29 de noviembre de 2010

Los dos últimos libros de Paul Auster, Un hombre en la oscuridad e Invisible, me habían dejado una sensación agridulce. Eran buenos libros, historias bien narradas, con algunas reflexiones acertadas sobre política y cine, y personajes atractivos, pero sentía que Auster los había escrito con el piloto automático puesto (cuando un artista consigue emocionarme como lo ha hecho Auster en media docena de ocasiones espero algo más que libros correctos y bien escritos, espero que cruce el límite y vaya más allá...). Cuando tuve Sunset Park en mi mano me pregunté si volvería a tener esa sensación agridulce, un buen Auster que se quedaría lejos de los límites a los que había llegado con La invención de la soledad o El palacio de la Luna. Durante las primeras páginas sentí que era así, un buen y correcto libro, pero a medida que avanzaba en la lectura de Sunset Park el libro creció dentro de mí, varios de los personajes me emocionaron en ese cruce al azar de caminos e historias, de heridas y reflexiones sobre la vida presente.

Miles Heller, un buen estudiante, un hijo educado, desaparece tras un trágico accidente que acaba con la vida de su hermanastro Bobby. Se marcha de casa, abandona los estudios y deambula por diferentes ciudades y trabajos, una sombra inasible y perdida para sus padres y amigos, una especie de espacio en blanco imposible de cubrir. Miles es uno de esos personajes austerianos que se dejan llevar por la inacción, que intentan desaparecer en una burbuja y no tienen más relación con el mundo exterior que la necesaria para subsistir. La culpa lo atormenta, lo aleja de todo aquello que fue su vida pasada. La desaparición es uno de los temas recurrentes en Auster, junto al azar. “Tenía veintiocho años, y a su leal saber y entender, carece de ambición. De ambiciones desmedidas, en cualquier caso, y de ideas claras en cuanto a labrarse un posible porvenir. Sabe que no se quedará mucho tiempo más en Florida, que está llegando el momento en que sentirá el impulso de ponerse otra vez en marcha, pero hasta que esa necesidad emocional madure y se transforme realmente en acto, se contenta con permanecer en el presente sin mirar hacia delante. Si algo ha conseguido en los siete años y medio desde que dejó la universidad y se puso a trabajar por su cuenta, es esa capacidad de vivir en el presente, de limitarse al aquí y ahora, y aunque no sea el logro más laudable que quepa imaginar, alcanzarlo le ha costado considerable disciplina y dominio de sí mismo. No tener planes, que es lo mismo que carecer de deseos y esperanzas, contentarse con su suerte, aceptar lo que el mundo ofrece cada día; para vivir así hay que querer muy poca cosa, tan poco como resulte humanamente posible.”

Pero el amor por Pilar Sánchez, una adolescente a punto de llegar a la mayoría de edad, devuelve a Miles al mundo, a la acción y la visibilidad, a plantearse planes y objetivos y mirar fuera de sí. Un amor vedado y prohibido... Lo que al principio parece un motivo más para esconderse y seguir desaparecido del resto mundo desemboca en el regreso de Miles a Nueva York y su entorno. Chantajeado por la hermana de Pilar, Miles se refugia en una casa abandonada de Sunset Park a la espera de que Pilar cumpla la mayoría de edad y pueda reunirse con ella. En esa casa abandonada se reencontrará con un viejo amigo, la única persona con la que tuvo relación en su huida a través de largas cartas, un frágil nexo de unión con su pasado, y formará parte de una pequeña comunidad que vivirá fuera de las reglas habituales.

El inicio de Sunset Park tiene ideas hermosas. Miles fotografía los objetos abandonados en las casas embargadas que limpia y arregla en su trabajo, una manera de no apagar las voces de los antiguos dueños de las casas, de retratar un naufragio o una huida, cómo los objetos hablan de nosotros aún cuando nosotros ya no estamos. O el primer encuentro entre Miles y Pilar, ambos sentados en un parque, leyendo la misma edición de El gran Gatsby. O las pequeñas historias y anécdotas de jugadores de beisbol, hombres afortunados o que un golpe de suerte los hunde en el olvido, historias extrañas, peculiares, divertidas donde el azar juega un papel importante. Sunset Park se inicia como una voz pequeña, apenas audible, pero que a las pocas páginas captó mi atención.

Sunset Park es un puzzle de voces. La primera parte es para Miles y todo lo relacionado con su desaparición: sus emociones, su culpa, las fotografías de objetos abandonados y el encuentro y la pasión del amor. A la voz de Miles se unen la de sus padres: Morris Heller, un editor que intenta capear la crisis, casado en segundas nupcias con una profesora; ella, Mary-Lee Swann, una actriz de éxito que afronta su personaje más complejo en una obra teatral de Samuel Beckett. Y, también, las voces de la pequeña comunidad de Sunset Park, Bing Nathan, Alice Bergstrom y Ellen Brice, un puñado de seres que deciden romper con las reglas y cobijarse en una casa abandonada, “okupas” que encuentran en esa casa abandonada un refugio y un embarcadero, un lugar donde recomponerse (otra idea hermosa, seres extraviados que forman una pequeña y atípica familia en un lugar en ruinas).

Hay heridas y tristeza en los personajes de Sunset Park. Miles y la culpa por la muerte de su hermanastro, su ruptura con su pasado y su familia, deambular sin más metas que sobrevivir al día a día; su amigo Bing Nathan, un idealista en mitad de un mundo en crisis (“Es el guerrillero del agravio, el campeón del descontento, el detractor militante de la vida contemporánea que sueña con forjar una nueva realidad con las ruinas de un mundo fallido. A diferencia de las mayoría de los inconformistas de su clase, no cree en la acción política. No pertenece a movimiento ni partido alguno, nunca ha hablado en público, y no tiene deseos de sacar a la calle hordas coléricas para quemar edificios y derriba gobiernos. Su postura es puramente personal, pero si vive de acuerdo con los principios que ha establecido para sí mismo, está convencido que otros seguirán su ejemplo”. Nota aparte, este párrafo me recordó a la letra de Tom Sawyer, de Rush); Alice Bergstrom, una brillante estudiante acomplejada por su físico y metida en una relación sin rumbo y dañina; Ellen Brice, que intenta superar su depresión; Morris Haller, con un hijo desaparecido y un hijastro muerto... Todos llevan dentro de sí heridas abiertas. Y aún así..., aún así sobreviven. Y no sólo sobreviven, sino que el encuentro entre los diferentes personajes les hará cambiar, avanzar, encontrar un lugar en el mundo (aunque ese lugar esté lleno de espacios vacíos o abandonados). Sunset Park es por momentos triste y por momentos un canto a la amistad, el amor y la utopía.

Auster es un maestro en contar historias dentro de historias, en escribir un párrafo que podría ser un libro entero. Se cruzan las vidas del actor Steve Cochran o el jugador de béisbol Herb Score con los personajes principales, una forma de hablar de la irrupción del azar en la vida, de la diferentes caras de la suerte, de la muerte y el olvido. Cada capítulo complementa el anterior y completa el puzzle de la desaparición de Miles y la utópica comunidad donde viven los personajes de Sunset Park.

Como en sus últimos libros, Auster mira la realidad política y social que le rodea, pero lo hace con mayor sutileza que Un hombre en la oscuridad, por ejemplo. A través de una tesis que Alice escribe sobre la película de William Wyler Los mejores años de nuestra vida, donde los soldados intentaban acomodarse a la vida tras regresar de la segunda guerra mundial, Auster compara la Norteamérica de finales de los años 40 con el país que deambula en una crisis económica y moral en pleno siglo XXI. La quiebra del sueño americano se hace evidente para Auster. (A su vez, Miles Heller podría ser una nueva reencarnación de esos militares de la película de Wyler, desaparecido durante años tiene que aprender a reintegrarse en la vida que dejó atrás).

Hay tantos detalles en Sunset Park... el azar y el acto de desaparecer, el amor redentor y la culpa, la crisis política y las diferentes fracturas del sueño americano, la tristeza y las heridas, las casas abandonadas que se convierten en un hogar y los objetos que son las sombras de quienes se fueron, el mundo editorial en la cuerda floja y el idealismo, la juventud y los cambios... Sunset Park no llega a estar en mi lista de libros favoritos de Auster (La invención de la soledad, El palacio de la Luna y Brooklyn Follies), pero sí medio peldaño por debajo.



Botellero recuerda lo tenso que estaba el chico cuando sacó las tres o cuatro hojas de papel de la mochila, esperando el juicio de su padre sobre lo que había escrito, su primera incursión en la crítica literaria, su primer deber de adulto, y por la expresión en los ojos del chico, su padre se hizo cargo de la cantidad de trabajo y pensamiento que había invertido en aquel modesto ejercicio literario. Su composición trataba sobre las heridas. El padre de los dos chicos, el abogado, está tuerto, escribía el muchacho, y el hombre negro al que defiende de un la falsa acusación de violación tiene un brazo atrofiado, y más adelante el hijo del abogado se cae de un árbol y se rompe el brazo, el mismo que tiene lisiado el negro inocente, el izquierdo o el derecho, Botellero ya no se acuerda, y el fondo de todo eso, escribía el joven Miles, es que las heridas son una parte fundamental de la vida, y a menos que uno esté herido de alguna forma, jamás se hará hombre.

( … )

Tenía diez años cuando se proclamó la fatwa contra Salman Rushdie. Por entonces ya era una lectora consumada, una niña que había vivido en el reino de los libros, en aquel momento inmersa en las ocho novelas de la serie de Ana de las Tejas Verdes, soñando con ser escritora algún día, y entonces llegó la noticia de que un hombre que vivía en Inglaterra había publicado un libro que irritó a tanta en distintas partes del mundo que el barbudo presidente de un país llegó a declarar que había que matarlo por lo que había escrito. Eso le resultó incomprensible. Los libros no eran peligrosos, dijo para sí, sólo traían placer y felicidad a la gente que los leía, hacían que las personas se sintieran más vivas y más relacionadas entre sí, y si el dirigente barbudo de aquel país del otro lado del mundo estaba en contra del libro del inglés, lo único que tenía que hacer era dejar de leerlo, guardarlo en algún sitio y olvidarse de él. Amenazar a alguien con la muerte por escribir una novela, una historia ficticia que transcurría en un mundo imaginario, era la cosa más absurda que jamás había oído. Las palabras eran inofensivas, carecían de poder para hacer daño a alguien, y aunque algunas resultaran ofensivas para cierta gente, tampoco eran navajas ni balas, sólo simples trazos negros en hojas de papel, y no podía matar ni herir ni causar verdadero daño. Ésa fue su reacción ante la fatwa a los diez años, su ingenua pero seria respuesta a la absurda injusticia que acababa de cometerse, y su indignación fue mucho mayor en la medida en que iba teñida de miedo, porque era la primera vez que se veía frente a la fealdad del odio brutal, disparatado, la primera vez que sus jóvenes ojos atisbaban la oscuridad del mundo. El asunto continuó, desde luego, prosiguió durante muchos años después de aquella proclama del día de San Valentín de 1989, y ella creció con la historia de Salman Rushdie -las bombas en librerías, la puñalada en el corazón de su traductor japonés, los balazos en la espalda de su editor noruego-, que se le quedó grabada mientras pasaba de la infancia a la adolescencia, y al hacerse mayor fue comprendiendo cada vez más la fuerza de las palabras, la amenaza al poder que las palabras pueden representar, y por eso se encuentra en peligro todo escritor que se atreva a expresarse libremente en Estados regidos por dictadores y policías.
Paul Auster
Sunset Park (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)


Tags: Paul Auster, Sunset Park, Benito Gómez Ibáñez, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 19:11  | Libros...
Comentarios (4)  | Enviar
Comentarios

Desde que lo descubrí hace siete años con "El libro de las ilusiones", me he convertido en un incondicional de Auster y he devorado casi toda su obra. Bueno, no tan incondicional como para no reconocer que tiene libros muy buenos y otros menos buenos, escritos como tú dices con el piloto automático (no se puede ser genial todo el tiempo). Soy de los que opinan que "Invisible" no es de los mejores libros de Auster, aunque se lee rápido y tiene algunas cosas interesantes, cómo no. Al menos Auster ha tenido la honestidad de declarar que siente que sus libros más importantes ya están hechos. Con todo, lo seguiremos leyendo mientras publique y espero pasarlo bien con este "Sunset Park" de tu reseña. Para mí leer a Auster y sentirme en casa es una misma cosa.

Me vas a perdonar que coloque aquí un enlace, por aquello de que los que tenemos blog queremos que se nos conozca mínimamente. Disculpa.

htttp://bartleby-elcuadernorojo.blogspot.com

¡Un abrazo!

Publicado por Bartleby
Domingo, 05 de diciembre de 2010 | 13:41

Auster tiene bajones, sí, por eso tuve cierto "miedo" a este nuevo libro, uno siempre espera lo mejor de uno de sus escritores favoritos... Lo bueno de este libro es que recupera la fuerza y las pequeñas historias cruzadas como en anteriores libros, la diversidad en los personajes y que te encariñes con unos cuantos de ellos. Es un muy buen Auster.

Te enlazo. Un saludo.

Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 06 de diciembre de 2010 | 12:23

Zorionak, Fer!! Has ganado el concurso de Libros y Literatura!! No me extraña que el jurado haya elegido esta reseña como la mejor, me ha encantado! De Auster he leído 10 libros, pero este todavía no. Me alegro muchísimo por ti. Un abrazo muy fuerte.

Publicado por Goizeder
Viernes, 07 de enero de 2011 | 10:23

Eskerrik asko, Goi! Al final le voy a tener que poner un monumento a Auster, me emociona con sus libros y me regala treinta más... Muchos abrazos y dale  este Sunset Park, merece la pena

Publicado por elchicoanalogo
Viernes, 07 de enero de 2011 | 11:28