Lunes, 29 de noviembre de 2010

Los dos últimos libros de Paul Auster, Un hombre en la oscuridad e Invisible, me habían dejado una sensación agridulce. Eran buenos libros, historias bien narradas, con algunas reflexiones acertadas sobre política y cine, y personajes atractivos, pero sentía que Auster los había escrito con el piloto automático puesto (cuando un artista consigue emocionarme como lo ha hecho Auster en media docena de ocasiones espero algo más que libros correctos y bien escritos, espero que cruce el límite y vaya más allá...). Cuando tuve Sunset Park en mi mano me pregunté si volvería a tener esa sensación agridulce, un buen Auster que se quedaría lejos de los límites a los que había llegado con La invención de la soledad o El palacio de la Luna. Durante las primeras páginas sentí que era así, un buen y correcto libro, pero a medida que avanzaba en la lectura de Sunset Park el libro creció dentro de mí, varios de los personajes me emocionaron en ese cruce al azar de caminos e historias, de heridas y reflexiones sobre la vida presente.

Miles Heller, un buen estudiante, un hijo educado, desaparece tras un trágico accidente que acaba con la vida de su hermanastro Bobby. Se marcha de casa, abandona los estudios y deambula por diferentes ciudades y trabajos, una sombra inasible y perdida para sus padres y amigos, una especie de espacio en blanco imposible de cubrir. Miles es uno de esos personajes austerianos que se dejan llevar por la inacción, que intentan desaparecer en una burbuja y no tienen más relación con el mundo exterior que la necesaria para subsistir. La culpa lo atormenta, lo aleja de todo aquello que fue su vida pasada. La desaparición es uno de los temas recurrentes en Auster, junto al azar. “Tenía veintiocho años, y a su leal saber y entender, carece de ambición. De ambiciones desmedidas, en cualquier caso, y de ideas claras en cuanto a labrarse un posible porvenir. Sabe que no se quedará mucho tiempo más en Florida, que está llegando el momento en que sentirá el impulso de ponerse otra vez en marcha, pero hasta que esa necesidad emocional madure y se transforme realmente en acto, se contenta con permanecer en el presente sin mirar hacia delante. Si algo ha conseguido en los siete años y medio desde que dejó la universidad y se puso a trabajar por su cuenta, es esa capacidad de vivir en el presente, de limitarse al aquí y ahora, y aunque no sea el logro más laudable que quepa imaginar, alcanzarlo le ha costado considerable disciplina y dominio de sí mismo. No tener planes, que es lo mismo que carecer de deseos y esperanzas, contentarse con su suerte, aceptar lo que el mundo ofrece cada día; para vivir así hay que querer muy poca cosa, tan poco como resulte humanamente posible.”

Pero el amor por Pilar Sánchez, una adolescente a punto de llegar a la mayoría de edad, devuelve a Miles al mundo, a la acción y la visibilidad, a plantearse planes y objetivos y mirar fuera de sí. Un amor vedado y prohibido... Lo que al principio parece un motivo más para esconderse y seguir desaparecido del resto mundo desemboca en el regreso de Miles a Nueva York y su entorno. Chantajeado por la hermana de Pilar, Miles se refugia en una casa abandonada de Sunset Park a la espera de que Pilar cumpla la mayoría de edad y pueda reunirse con ella. En esa casa abandonada se reencontrará con un viejo amigo, la única persona con la que tuvo relación en su huida a través de largas cartas, un frágil nexo de unión con su pasado, y formará parte de una pequeña comunidad que vivirá fuera de las reglas habituales.

El inicio de Sunset Park tiene ideas hermosas. Miles fotografía los objetos abandonados en las casas embargadas que limpia y arregla en su trabajo, una manera de no apagar las voces de los antiguos dueños de las casas, de retratar un naufragio o una huida, cómo los objetos hablan de nosotros aún cuando nosotros ya no estamos. O el primer encuentro entre Miles y Pilar, ambos sentados en un parque, leyendo la misma edición de El gran Gatsby. O las pequeñas historias y anécdotas de jugadores de beisbol, hombres afortunados o que un golpe de suerte los hunde en el olvido, historias extrañas, peculiares, divertidas donde el azar juega un papel importante. Sunset Park se inicia como una voz pequeña, apenas audible, pero que a las pocas páginas captó mi atención.

Sunset Park es un puzzle de voces. La primera parte es para Miles y todo lo relacionado con su desaparición: sus emociones, su culpa, las fotografías de objetos abandonados y el encuentro y la pasión del amor. A la voz de Miles se unen la de sus padres: Morris Heller, un editor que intenta capear la crisis, casado en segundas nupcias con una profesora; ella, Mary-Lee Swann, una actriz de éxito que afronta su personaje más complejo en una obra teatral de Samuel Beckett. Y, también, las voces de la pequeña comunidad de Sunset Park, Bing Nathan, Alice Bergstrom y Ellen Brice, un puñado de seres que deciden romper con las reglas y cobijarse en una casa abandonada, “okupas” que encuentran en esa casa abandonada un refugio y un embarcadero, un lugar donde recomponerse (otra idea hermosa, seres extraviados que forman una pequeña y atípica familia en un lugar en ruinas).

Hay heridas y tristeza en los personajes de Sunset Park. Miles y la culpa por la muerte de su hermanastro, su ruptura con su pasado y su familia, deambular sin más metas que sobrevivir al día a día; su amigo Bing Nathan, un idealista en mitad de un mundo en crisis (“Es el guerrillero del agravio, el campeón del descontento, el detractor militante de la vida contemporánea que sueña con forjar una nueva realidad con las ruinas de un mundo fallido. A diferencia de las mayoría de los inconformistas de su clase, no cree en la acción política. No pertenece a movimiento ni partido alguno, nunca ha hablado en público, y no tiene deseos de sacar a la calle hordas coléricas para quemar edificios y derriba gobiernos. Su postura es puramente personal, pero si vive de acuerdo con los principios que ha establecido para sí mismo, está convencido que otros seguirán su ejemplo”. Nota aparte, este párrafo me recordó a la letra de Tom Sawyer, de Rush); Alice Bergstrom, una brillante estudiante acomplejada por su físico y metida en una relación sin rumbo y dañina; Ellen Brice, que intenta superar su depresión; Morris Haller, con un hijo desaparecido y un hijastro muerto... Todos llevan dentro de sí heridas abiertas. Y aún así..., aún así sobreviven. Y no sólo sobreviven, sino que el encuentro entre los diferentes personajes les hará cambiar, avanzar, encontrar un lugar en el mundo (aunque ese lugar esté lleno de espacios vacíos o abandonados). Sunset Park es por momentos triste y por momentos un canto a la amistad, el amor y la utopía.

Auster es un maestro en contar historias dentro de historias, en escribir un párrafo que podría ser un libro entero. Se cruzan las vidas del actor Steve Cochran o el jugador de béisbol Herb Score con los personajes principales, una forma de hablar de la irrupción del azar en la vida, de la diferentes caras de la suerte, de la muerte y el olvido. Cada capítulo complementa el anterior y completa el puzzle de la desaparición de Miles y la utópica comunidad donde viven los personajes de Sunset Park.

Como en sus últimos libros, Auster mira la realidad política y social que le rodea, pero lo hace con mayor sutileza que Un hombre en la oscuridad, por ejemplo. A través de una tesis que Alice escribe sobre la película de William Wyler Los mejores años de nuestra vida, donde los soldados intentaban acomodarse a la vida tras regresar de la segunda guerra mundial, Auster compara la Norteamérica de finales de los años 40 con el país que deambula en una crisis económica y moral en pleno siglo XXI. La quiebra del sueño americano se hace evidente para Auster. (A su vez, Miles Heller podría ser una nueva reencarnación de esos militares de la película de Wyler, desaparecido durante años tiene que aprender a reintegrarse en la vida que dejó atrás).

Hay tantos detalles en Sunset Park... el azar y el acto de desaparecer, el amor redentor y la culpa, la crisis política y las diferentes fracturas del sueño americano, la tristeza y las heridas, las casas abandonadas que se convierten en un hogar y los objetos que son las sombras de quienes se fueron, el mundo editorial en la cuerda floja y el idealismo, la juventud y los cambios... Sunset Park no llega a estar en mi lista de libros favoritos de Auster (La invención de la soledad, El palacio de la Luna y Brooklyn Follies), pero sí medio peldaño por debajo.



Botellero recuerda lo tenso que estaba el chico cuando sacó las tres o cuatro hojas de papel de la mochila, esperando el juicio de su padre sobre lo que había escrito, su primera incursión en la crítica literaria, su primer deber de adulto, y por la expresión en los ojos del chico, su padre se hizo cargo de la cantidad de trabajo y pensamiento que había invertido en aquel modesto ejercicio literario. Su composición trataba sobre las heridas. El padre de los dos chicos, el abogado, está tuerto, escribía el muchacho, y el hombre negro al que defiende de un la falsa acusación de violación tiene un brazo atrofiado, y más adelante el hijo del abogado se cae de un árbol y se rompe el brazo, el mismo que tiene lisiado el negro inocente, el izquierdo o el derecho, Botellero ya no se acuerda, y el fondo de todo eso, escribía el joven Miles, es que las heridas son una parte fundamental de la vida, y a menos que uno esté herido de alguna forma, jamás se hará hombre.

( … )

Tenía diez años cuando se proclamó la fatwa contra Salman Rushdie. Por entonces ya era una lectora consumada, una niña que había vivido en el reino de los libros, en aquel momento inmersa en las ocho novelas de la serie de Ana de las Tejas Verdes, soñando con ser escritora algún día, y entonces llegó la noticia de que un hombre que vivía en Inglaterra había publicado un libro que irritó a tanta en distintas partes del mundo que el barbudo presidente de un país llegó a declarar que había que matarlo por lo que había escrito. Eso le resultó incomprensible. Los libros no eran peligrosos, dijo para sí, sólo traían placer y felicidad a la gente que los leía, hacían que las personas se sintieran más vivas y más relacionadas entre sí, y si el dirigente barbudo de aquel país del otro lado del mundo estaba en contra del libro del inglés, lo único que tenía que hacer era dejar de leerlo, guardarlo en algún sitio y olvidarse de él. Amenazar a alguien con la muerte por escribir una novela, una historia ficticia que transcurría en un mundo imaginario, era la cosa más absurda que jamás había oído. Las palabras eran inofensivas, carecían de poder para hacer daño a alguien, y aunque algunas resultaran ofensivas para cierta gente, tampoco eran navajas ni balas, sólo simples trazos negros en hojas de papel, y no podía matar ni herir ni causar verdadero daño. Ésa fue su reacción ante la fatwa a los diez años, su ingenua pero seria respuesta a la absurda injusticia que acababa de cometerse, y su indignación fue mucho mayor en la medida en que iba teñida de miedo, porque era la primera vez que se veía frente a la fealdad del odio brutal, disparatado, la primera vez que sus jóvenes ojos atisbaban la oscuridad del mundo. El asunto continuó, desde luego, prosiguió durante muchos años después de aquella proclama del día de San Valentín de 1989, y ella creció con la historia de Salman Rushdie -las bombas en librerías, la puñalada en el corazón de su traductor japonés, los balazos en la espalda de su editor noruego-, que se le quedó grabada mientras pasaba de la infancia a la adolescencia, y al hacerse mayor fue comprendiendo cada vez más la fuerza de las palabras, la amenaza al poder que las palabras pueden representar, y por eso se encuentra en peligro todo escritor que se atreva a expresarse libremente en Estados regidos por dictadores y policías.
Paul Auster
Sunset Park (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)


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S?bado, 13 de noviembre de 2010

Acostado a tu lado, oigo los trenes.?
Cruzan mi frente sus fugaces luces?
rasgando el horror tibio de esta noche.?
La pausa de silencio me deja una luz roja,?
una nota sobre este pentagrama?
de cables y de v?as oscuras y brillantes.?
Acostado a tu lado,?
oigo c?mo se alejan con el ruido m?s triste.?
Quiz? me he equivocado no subiendo a uno de ellos.?
Quiz? el ?ltimo acierto?
sea -abrazado a ti-?
dejar pasar los trenes en la noche.?
Joan Margarit
Horarios nocturnos (en Poes?a amorosa completa)


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Se llamaba Edna Akin, y había nacido en 1910, en un rincón perdido de Arkansas que entonces aún era una tierra dura, donde apenas diez años antes forajidos y atracadores formaban parte del paisaje. Edna es la madre de Richard Ford, que no habla de este salvaje oeste para inscribirla –o inscribirse– en una mitología, sino porque ese territorio y esa época ya se le ocurren infinitamente lejanos e incognoscibles, y es ella quien lo liga a un pasado que parece tan remoto. Y éste es el punto de partida de la reconstrucción, entre certezas y sospechas, pero siempre con un púdico e intenso amor, del enigma de la novela familiar. De la historia de esa niña a quien su madre –la abuela de Richard Ford– hizo pasar por su hermana cuando abandonó a su marido y se fue a vivir con un hombre mucho más joven. De esa superviviente que se casó con un viajante –los dos eran muy jóvenes– y, antes de tener hijos y echar el ancla, vivió quince años en la carretera, ligera de equipaje, en un puro presente. De esa madre a quien siendo un niño descubrió como a una extraña, la mujer que veían los otros, los de afuera, el día en que una vecina habló de ella como de una morena guapa y vivaz. Que se quedó viuda a los cuarenta y nueve años, que fue entonces de un trabajo a otro para mantenerse y mantener a su hijo adolescente, que nunca pensó que la vida era otra cosa que lo que le había tocado vivir...

En Mi madre, Richard Ford deja de lado sus cuentos y los libros dedicados a Frank Bascombe para volver la mirada atrás y escribir un pequeño libro de memorias dedicado a su madre. En la portada, una foto en blanco y negro de Edna Ford sentada sobre una roca en la costa, mirando a cámara en una actitud distendida y divertida. La memoria es eso, una foto en blanco y negro de un momento fugaz y de contornos borrosos. Ford intentará atrapar la vida de la madre por entero pero hay lugares y momentos a los que no llegamos del todo, están más allá de nosotros.

Narrado como los relatos íntimos y realistas de Rock Springs (me sigue emocionando el recuerdo de la forma cotidiana y cercana de esos relatos, retazos de vidas de supervivientes que intentan seguir adelante, a pesar de, en ocasiones, no saber cómo), Ford habla de ese mundo a veces inaccesible de los padres, donde los padres son jóvenes, viajeros, una vida en formación con unas ilusiones y errores y sentimientos que desconocemos, un umbral que no acabamos de cruzar y que puede hacernos sentir que antes de la paternidad no existía una vida en crecimiento.

Ford se detiene, de manera especial, en ese momento donde descubre que su madre es alguien más que una madre, que tiene una personalidad propia y ajena al hijo, una vida detrás y dentro de ella. Escribe Ford: Recuerdo que una vez una vecina me paró en la acera y me preguntó quién era; eso podía sucederle a uno. Yo tenía entonces tal vez nueve o siete años. Cuando dije mi nombre -Richard Ford- ella comentó: “Sí, claro. Tu madre es esa mujer guapa de pelo negro que vive un poco más arriba.” Eso me afectó entonces y me afecta todavía hoy. Creo que fue la primera vez que tuve la idea de que mi madre era alguien más que mi madre, alguien a quien los demás veían y juzgaban: una mujer guapa, cosa que no era. Con el pelo oscuro, eso sí. Medía, lo sé, uno sesenta y dos. Pero nunca supe si eso es ser alta o baja. Pienso que siempre creí que era normal. Sin embargo, recuerdo esto como un momento significativo de mi vida. Pequeño pero importante. Me hizo tomar conciencia de, cómo decirlo, el lado público de mi madre. Del lado que los demás veían y con el que trataban y que estaba allí. Pienso que, después de eso, nunca volví a pensar en ella de otra manera que como Edna Ford, una persona que era mi madre pero también alguien más. Pienso que después de eso nunca volví a dirigirme a ella sin esa premisa, es decir, como me dirigiría a cualquier otra persona que conociera. Es una lección que vale la pena aprender. Y corremos el riesgo de no conocer nunca a nuestros padres si la ignoramos. Una guapa morena de metro sesenta y dos. Parte de ella era eso, y no me hacía ningún daño saberlo. Puede incluso que me ayudara, pues uno de los primeros retos que se nos presentan es saber que a nuestros padres, suponiendo que vivan el tiempo suficiente, merece la pena conocerlos, y eso es físicamente posible. Es parte de la vida normal. Y cuanto más se acerque nuestra visión de ellos a la que tiene el resto del mundo, más posibilidades tenemos de conocerlos.”

A veces, mientras leía este pedazo de la vida de Richard Ford, sentía que en esa relación entre madre e hijo, en esa madre que iba de trabajo en trabajo y que aceptaba la vida como venía, estaba la base del futuro Ford escritor, que sin esa mujer no existirían los relatos de Rock Springs, por ejemplo. Pura conjetura. Edna Ford es una superviviente, alguien que sigue adelante porque no queda otra opción mejor que intentar mantenerse en pie.

Mi madre emociona y, también, extraña. Extraña por ese inicio demoledor donde apenas leemos unos datos incompletos de los padres de Ford. Y es que la vida de nuestros padres es, por momentos, trazos de un paisaje fragmentado. Y eso, Ford, lo describe realmente bien.


Mi madre y yo nos parecíamos. Más bien llenitos, la frente alta, el mismo mentón, la misma nariz. Hay fotos que lo demuestran. En mí la veía a ella, incluso la oía reír. No hubo en su vida nada particularmente brillante, nada notable. Nada heroico. Ningún logro honorífico que ensanchara el corazón. Se daban bastantes factores negativos: una niñez que no merecía ser recordada; un marido al que amó para siempre y al que perdió; a continuación, una vida que no requiere ningún comentario. Pero, de alguna manera, hizo para mí posibles mis afectos más verdaderos, como los que una gran obra literaria conferiría a su lector devoto. Y conocí con ella ese momento que todos querríamos conocer, el momento de decir: “Sí, las cosas son así”. Un acto de conocimiento que confirma el amor. Conocí eso. Conocí muchísimos momentos como ése con ella, los conocí incluso en el instante en que ocurrieron. Y ahora. Y, supongo, los conoceré siempre.
Richard Ford
Mi madre (Traducción de Marco Aurelio Galmarini. Anagrama)


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Viernes, 12 de noviembre de 2010

Tengo la convicción de que no existes
y sin embargo te oigo cada noche

te invento a veces con mi vanidad
o mi desolación o mi modorra
 
del infinito mar viene su asombro
lo escucho como un salmo y pese a todo

tan convencido estoy de que no existes
que te aguardo en mi sueño para luego.
Mario Benedetti
Sirena (en Yesterday y mañana)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:58  | Mario Benedetti
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Glen Runciter ha muerto. ¿O lo han hecho todos los demás? Esta cáustica comedia metafísica de muerte y salvación (servida en cómodo aerosol) es un tour de force de amenaza paranoica y diversión sin trabas, en la que los fallecidos dan consejos comerciales, compran su siguiente encarnación y corren continuamente el riesgo de morir de nuevo.

Tal vez sea Philip K. Dick, junto con Kurt Vonnegut, el autor de ciencia ficción más febril, enloquecido y desaforado que me he encontrado en los últimos años. Sus libros no se acercan al clasicismo de las novelas de Asimov y Clarke o la poética de Bradbury; son historias donde la realidad siempre está en la frontera entre invención y locura y los personajes deambulan por ella sin siquiera saber qué son y qué mundo habitan.

Ubik es una extraña, laberíntica, paranoica y en ocasiones divertida historia donde la realidad es confusa e inestable y el tiempo se pliega en una regresión juguetona al pasado. Glen Ruciter es el propietario de una empresa que se dedica a detectar y neutralizar el poder telepático o precognitivo de unos seres que se introducen en las grandes empresas. En media de una misión en la Luna, Glen y su equipo son atacados por una fuerza extraña. En ese instante, la realidad se rompe y se divide en diversos niveles y en continuas regresiones al pasado, los personajes no saben qué es verdad, la causa de las regresiones temporales, las desapariciones como cuentagotas de cada miembro del equipo, ni siquiera pueden vislumbrar si están vivos, semivivos en una friovaina o muertos. Todo parece un juego desquiciado.

Philip K. Dick escribe con un socarrón sentido del humor esta historia misteriosa, original y, a veces, confusa. En el futuro imaginado por Dick, toda máquina, incluidas las puertas, funcionan con monedas, la publicidad es, como poco, surrealista y cada capítulo empieza con un anuncio comercial de Ubik, un extraño producto que puede ser un crédito bancario, una cerveza, bolsas de plástico o un analgésico.

Dick nos habla de la realidad y la percepción de esa realidad, de la fina frontera entre vida y muerte, de mundos que se solapan entre ellos, de confusión y locura. A veces su nivel simbólico se acerca al 2001 de Kubrick, qué es exactamente Ubik, en qué estadio de la vida nos encontramos, cómo saber qué es real, cuántos mundos existen y a qué nivel...

Ubik ha sido una lectura divertida, enloquecida y atrayente, otra forma de acercarse a la ciencia ficción.


No es que el universo se esté hundiendo bajo capas de frío, viento, hielo y oscuridad; todo eso ocurre dentro de mí y yo creo verlo fuera. Es extraño: ¿está el mundo dentro de mí, contenido en mi cuerpo? Si es así, ¿cuándo ocurrió? Debe de ser una manifestación de la muerte. La incertidumbre que siento, este lento hundirme en la entropía: este es el proceso, y el hielo que veo el resultado de su finalización. En cuanto cierre los ojos, el universo entero desaparecerá. Pero, ¿y las luces que debería ver, las entradas a nuevas matrices? ¿Dónde está concretamente la luz rojiza de las parejas que copulan? ¿Y la luz débil y triste que indica la avidez animal? Todo lo que distingo es la oscuridad que avanza y el calor que retrocede, una llanura que se enfría, abandonada por su sol.

( … )

Las formas primitivas deben de llevar una vida residual, invisible, en cada objeto, meditó Joe. El pasado está latente, sumergido, pero sigue ahí y puede aflorar a la superficie tan pronto desaparezcan, por cualquier desafortunado motivo y contra lo que nos enseña la experiencia diaria, las características del objeto último, más tardío. El hombre no contiene al muchacho, sino a los hombres que lo precedieron. La historia empezó hace mucho.
Philip K. Dick
Ubik (traducción de Manuel Espín. Minotauro)


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Jueves, 11 de noviembre de 2010

Llevo la justa medida de lo apropiado
en la proa de mi cuerpo.
La perfecta racionalidad de un tim?n
en su eje, que no deja relajarme a la deriva
ni so?arme en los brazos de alg?n puerto.
Llevo anclas m?s pesadas
que mi a penas postergado velero
y sin embargo, no me detengo.

Equilibrada balanza de aparejos
para nada
que en las noches pobladas de oraciones
se mira tan peque?a, tan absurda
de timones de anclas y de miedos.
Que Dios me conceda
emborracharme de mar en una oleada
antes de sentir que yo, la equilibrada,
(casi partida de tanto eje)
conduje atenta este velero
para mi propio naufragio.
Beatriz Freijo
La equilibrada


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El ganso salvaje es la historia de un amor que apenas se insinúa, una oportunidad que no llega a término y que tiñe delicadamente la atmósfera del libro entero, entre la bella Otama, de blanquísimo rostro—hija de un comerciante empobrecido que se ve obligada a ser la amante de un ser repulsivo para mantener a su anciano padre—, y Okada, un apuesto estudiante que la entrevé en sus paseos diarios. Los dos jóvenes viven el brevísimo encuentro de sus miradas, y sólo cuando una imprudente celestina revela a Otama el nombre del joven, ésta se da cuenta de las proporciones que en su interior ha ido adquiriendo. Más tarde, una menuda tragedia doméstica hace que los dos jóvenes se encuentren cara a cara.

El ganso salvaje podría recordar aquella imagen que intenta describir la teoría del caos, el aleteo de una mariposa en una parte del mundo provoca un terremoto en la otra punta del planeta. Todo está conectado y la más leve variación en un punto influirá de una manera inesperada en la vida. Se han escrito miles de historias sobre el azar, la predestinación, la fatalidad, las matemáticas y los cruces de caminos. A cada paso, el mundo cambia.

Ogai Mori se saca de la chistera una historia de amor donde unos leves y, en apariencia, intrascendentes pasos cambian la vida de los dos protagonistas. Es hermoso (y da vértigo) reflexionar sobre el recorrido que deben hacer dos personas hasta que cruzan sus miradas por primera vez. Okada, estudiante de medicina, es un hombre serio, metódico, con una rutina férreamente establecida; Otama es una joven de una belleza emocionante, una mujer que ha acabado como mantenida de Suezô, un humilde bedel convertido en usurero y prestamista. Okada y Otama, dos seres que no saben nada del otro, se cruzan en uno de los paseos vespertinos de Okada. Para que ese encuentro tuviera lugar, Otama debió pasar por la vergüenza de un falso matrimonio, la pobreza que les rodeaba a ella y a su padre, el sacrificio de convertirse en una mantenida y su mudanza a la casa que le compra el usurero.

El ganso salvaje es una historia de amor diferente, escrita con una sutileza admirable, una historia de amor que se queda en el límite entre la ensoñación y el acercamiento real. Okada y Otama no vivirán grandes encuentros, no protagonizarán febriles escenas de amor ni lucharán contra los elementos por hacer posible su relación. No. Su amor nacerá del diario cruce de miradas, una especie de semilla que hará que crezca dentro de ellos el misterio y las ganas de acercarse al otro. Cada día Okada se descubrirá ante Otama, y Otama sonreirá buscando la ocasión más oportuna para romper el silencio e iniciar una conversación. Como en un baile improvisado, los dos amantes orbitan alrededor del otro sin llegar a deshacer la distancia que los separa. Dos vidas que se cruzan por azar y que da lugar a un amor incipiente, sencillo y sutil. Y por azar ese amor se queda en blanco.

La melancolía de las páginas finales, el vértigo del azar, cómo dos vidas pueden unirse o separarse por un simple hecho fortuito, el narrador que parece un simple espectador de la historia de Okada y Otama pero que, sin ser consciente, acaba por ser parte central de ella, todo eso contando con la contención, sutileza e intimidad de Ogai Mori...

Camino, muchas gracias por este regalo.


A fuerza de pensar lo mismo cada vez que pasaba ante la casa y que sus ojos se encontraban con los de la joven, a Okada empezó a resultarle familiar “la mujer de la ventana”. Dos semanas después, al pasar ante ella, en un gesto instintivo, se descubrió y se inclinó. El pálido rostro de la mujer se tiñó repentinamente de púrpura y su melancólica sonrisa se tornó luminosa. Desde aquel día, cada tarde, Okada saludó al pasar a la mujer de la ventana.
Ogai Mori
El ganso salvaje (traducción de Lourdes Porta. Acantilado)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:43  | Libros...
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