Lunes, 03 de enero de 2011

Diario de Golondrina es la primera novela que leo de Nothomb que no está centrada en sus recuerdos de Japón. Y es una novela corta, curiosa y extraña sobre un hombre que aniquila sus sentimientos y, cuando decide reanudar su capacidad de sentir, sólo puede hacerlo a través de actos extremos. En apenas cien páginas, Nothomb nos lleva por la cartografía íntima de un ser cruel y enigmático que se convierte en un asesino a sueldo y que, tras una ruptura amorosa, se enamora de una de sus víctimas.

Urbano se arranca el corazón tras un fracaso amoroso, como un experto cirujano extirpa cualquier atisbo de sentimiento y emoción hasta verse rodeado dentro y fuera de sí por una nada sedante, una burbuja de cristal impermeable. Un acto extremo, frío, desquiciado que Urbano describe con distanciamiento y desapego: “Acababa de vivir una decepción amorosa tan estúpida que ni siquiera merece la pena hablar de ello. A mi sufrimiento había que sumarle la vergüenza del propio sufrimiento. Para prohibirme semejante dolor, me arranqué el corazón. La operación resultó fácil pero poco eficaz. El lugar de la pena permanecía, ocupándolo todo, debajo y encima de mi piel, en mis ojos, en mis oídos. Mis sentidos eran mis enemigos y no dejaban de recordarme aquella estúpida historia. Entonces decidí matar mis sensaciones. Me bastó con encontrar el conmutador interior y oscilar en el mundo del ni frío ni calor. Fue un suicidio sensorial, el comienzo de una nueva existencia. Desde entonces, ya no tuve dolor. Ya no tuve nada. La capa de plomo que bloqueaba mi respiración desapareció. El resto también. Vivía en una especie de nada.”

Pero pronto Urbano se aburre en esa nada y decide redescubrir el mundo de los sentidos, no aquellos que ya conocía sino emociones extremas y novedosas. Comenzará a buscar nuevos caminos para recuperar las emociones y los sentidos acallados y lo hará a través de la música de Radiohead, el primer paso en su despertar, para después convertirse en un asesino a sueldo de una organización mafiosa, donde la muerte es un trabajo ordenado, aséptico y cruel y Urbano una especie de dios caprichoso con la capacidad de decidir quién vive y quién muere. Tras cada muerte, Urbano regresará a su habitación para masturbarse, eros y tanatos unidos de forma caprichosa, atroz y brutal.

Hay un momento extraño y fascinante en Diario de Golondrina. Si en la película Laura de Otto Preminger el protagonista se enamoraba del retrato de una mujer muerta, Urbano lo hará de una de sus víctimas. Tras asesinar a la familia de un político se esconde en su casa con el diario de su hija mayor. Y es en ese adentrarse en el mundo oculto de la mujer asesinada lo que hará sentirse atraído por ella en un enamoramiento enloquecido, imposible y febril, un amor enfermizo, un sentimiento extremo que atrapará a Urbano por entero.

Diario de Golondrina, una historia atípica y excesiva protagonizada por un personaje curioso y extremista, con un inicio interesante y un final demoledor.


Nos despertamos en medio de la oscuridad, sin saber nada de lo que sabíamos. ¿Dónde estamos, qué ocurre? Por un momento, no recordamos nada. Ignoramos si somos niños o adultos, hombres o mujeres, culpables o inocentes. ¿Estas tinieblas son las de la noche o las de un calabozo?
Con más agudeza aún, ya que se trata del único equipaje que tenemos, sabemos lo siguiente: estamos vivos. Nunca lo estuvimos tanto: sólo estamos vivos. ¿En qué consiste la vida en esta fracción de segundo durante la cual tenemos el raro privilegio de carecer de identidad?
En esto: tener miedo.
No obstante, no existe mayor libertad que esta breve amnesia del despertar. Somos el bebé que conoce el lenguaje. Con una palabra podemos expresar este innombrable descubrimiento del propio nacimiento: nos sentimos propulsados hacia el terror de lo vivo.
Durante este lapso de pura angustia, ni siquiera recordamos que al salir de un sueño pueden producirse fenómenos semejantes. Nos levantamos, buscamos la puerta, nos sentimos perdidos, como en un hotel. Luego, en un destello, los recuerdos se reintegran al cuerpo y nos devuelven lo que nos hace las veces de alma. Nos sentimos tranquilizados y decepcionados: así que somos eso, sólo eso.
Enseguida se recupera la geografía de la propia prisión. Mi cuarto da a un lavabo en el que me empapo de agua helada. ¿Qué intentamos limpiándonos el rostro con una energía y un frío semejantes?
Luego el mecanismo se pone en marcha. Cada uno tiene el suyo, café-cigarrillo, té-tostada o perro-correa, regulamos nuestro propio recorrido para experimentar el menor miedo posible.
En realidad, dedicamos todo nuestro tiempo a luchar contra el terror de lo vivo. Inventamos definiciones para huir de él: me llamo tal, tengo un curro allí, mi trabajo consiste en hacer esto y lo otro.
De un modo subyacente, la angustia prosigue su labor de zapa. No podemos amordazar del todo nuestro discurso. Creemos que nos llamamos Fulanito, que nuestro trabajo consiste en hacer esto y lo otro pero, al despertar, nada de eso existía. Quizá sea porque no existe.
Amélie Nothomb
Diario de Golondrina (traducción de Sergi Pàmies. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:56  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Me ha encantado la reseña... Y me has recordado que debería revisar Laura. Me encantó esa peli. Saludillos.

Publicado por sylvia
Mi?rcoles, 05 de enero de 2011 | 11:58

Laura es un peliculón, desde la primera vez que la vi me atrajo ese amor febril que siente Dana Andrews por una "mujer muerta". Un abrazo, Sylvia

Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 05 de enero de 2011 | 13:03