Martes, 11 de enero de 2011

En La formula preferida del profesor he encontrado una belleza y delicadeza inesperadas en los números y fórmulas matemáticas que un viejo profesor descubre y comparte con su asistenta y su hijo de diez años. Historia iniciática, de amistad y profundo amor por el saber y entender el mundo que nos rodea, Ogawa ha escrito una historia entrañable y dulce donde seres en apariencia tan dispares como un brillante matemático y una mujer que no pudo terminar sus estudios encuentran un punto de unión.

La narradora evoca los días pasados en compañía de un viejo profesor cuya memoria se detuvo en 1975, un hombre incapaz de recordar nada del presente más allá de los últimos 80 minutos. Lleva prendidas en su chaqueta notas que hacen un peculiar sonido al moverse, la única forma de tener presente su pérdida de memoria o fórmulas matemáticas. En esas notas aparecerán dibujadas la cara de la asistenta y el apodo que el profesor dará a su hijo, Root, raíz cuadrada, por la forma de su cabeza. El profesor se mueve entre dos tiempos, dentro de sí, los recuerdos intactos de su pasado, fuera de sí, un mundo que se renueva de manera constante. Y como frontera, las matemáticas, el único lugar que parece un embarcadero, un lugar seguro y fiable.

Como expresa la narradora, “había un mundo invisible que sostenía al mundo visible” y ese mundo invisible está definido no sólo por los números y las matemáticas, también por las emociones que nos unen. Siempre me he sentido atraído por las palabras sin apenas fijarme en los números, tal vez por eso esta historia me sorprende, Ogawa consigue transmitir belleza en las explicaciones matemáticas del profesor, la sencillez con la que se acerca a los problemas planteados y cómo los números consiguen explicar el mundo que nos rodea. Hay poesía y ritmo en los números. Y, al igual que a la asistenta narradora, vas entrando poco a poco en la magia de los números, en descubrir todos los mundos que hay dentro de nuestro mundo como cajas chinas.

El viejo profesor se mueve en un presente que desconoce, en su cabeza son los años 70 y cree que su jugador de béisbol favorito, ya retirado, aún está en activo. El tiempo desdoblado y despertarse cada mañana desorientado. El amor por los números del profesor es tan apasionado que, sin haber visto jamás un partido de béisbol, se emociona con este deporte por sus estadísticas y las secuencias que plantea. Ogawa da pequeños y sutiles trazos de la vida anterior del profesor y la asistenta, a veces me recuerda a esa forma de escribir de Kawabata donde los párrafos parecen sucesiones de haikus.

Lo hermoso de esta historia es ver cómo es posible la amistad y la unión entre dos personas a pesar de la dificultad de entablar una relación con alguien que sólo recuerda los últimos ochenta minutos. Cada mañana la asistenta contesta en la puerta las preguntas del profesor sobre su fecha de nacimiento o cualquier información numérica, cada día un nuevo inicio, empezar de cero. El profesor tendrá la tierna compañía y preocupación de la asistenta, ayudará a su hijo en los problemas matemáticos, saldrá de su refugio para andar por unas calles y unos lugares que estaban vedados para él; la asistenta encontrará un amigo que le transmitirá la emoción por descubrir cómo se sustenta el mundo y que cuida con especial mimo a su hijo de diez años.



- Venga, intenta trazar aquí una línea recta.
No recuerdo cuándo, pero me lo dijo una tarde, sentado a la mesa del comedor. La tracé con un lápiz, al dorso de un folleto publicitario (nuestros apuntes iban siempre en el reverso de las hojas de propaganda) utilizando como regla un palillo de cocina.
- Eso es. Es una línea recta. Entiendes correctamente la definición de línea recta. Pero piensa un poco. La línea que has trazado tiene un comienzo y un final, ¿verdad? En tal caso, pues, es un segmento lineal, el camino más corto entre dos puntos. En la definición de línea recta, originariamente, ésta no tiene ningún extremo. Debe extenderse infinitamente. Sin embargo, tanto la hoja como tu fuerza física tienen un límite, por lo que nos conformaremos con considerar el segmento lineal como si fuera verdaderamente una línea recta. Además, la punta del lápiz, por mucho que la afilemos con un cuchillo punzante, tiene un grosor determinado. Por lo tanto, esta línea recta tiene una anchura. Tiene superficie. Es decir, es imposible trazar la verdadera línea recta en un papel real.
Contemplé la punta del lápiz con cierta emoción.
- ¿Dónde está la verdadera línea recta? Solamente está aquí.
El profesor se golpeó el pecho con la mano. Igual que cuando me enseñó los números imaginarios.
- La verdad eterna que no se deja influir ni por la materia, ni por los fenómenos naturales, ni por los sentimientos, no puede verse con los ojos. Las matemáticas pueden esclarecerla y expresarla. Nadie puede impedirlo.
Yo, con el estómago vacío, fregando el suelo de la oficina y preocupada únicamente por Root, necesitaba la existencia de aquella verdad eternamente correcta, tal y como la llamaba el profesor. Necesitaba sentir que, en verdad, había un mundo invisible que sostenía al mundo visible. Una línea recta que se abriera paso con solemnidad entre las tinieblas, exenta de anchura y superficie, que se extendiera sin límite hasta el infinito. Esa línea recta me sumía en un sentimiento casi imperceptible de paz.
Yoko Ogawa
La fórmula preferida del profesor (traducción de Yoshiko Sugiyama y Héctor Jiménez Ferrer. Editorial Funambulista)


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Publicado por elchicoanalogo @ 16:24  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

No conocía ni el autor ni la novela, pero tu reseña y la historia que cuenta me han fascinado, así que me lo apunto en mi lista infinita de libros que quiero leer. Muxus.

Publicado por Goizeder Lamariano
Mi?rcoles, 12 de enero de 2011 | 10:37

Es un libro muy lindo, Goi. Y lo de la lista de pendientes, qué decir, ya no sé qué hacer para que baje algo... Un abrazo

Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 12 de enero de 2011 | 15:06