Mi?rcoles, 19 de enero de 2011

Escribía Bolaño sobre Dick: “Dick, en El hombre en el castillo, nos habla, como luego sería frecuente en él, de lo alterable que puede ser la realidad y de lo alterable que, por lo tanto, puede ser la historia”. Acercarse a Philip K. Dick es internarse en un cruce de realidades, mundos y dimensiones donde nada es seguro y estable y todo está en permanente duda, como aquello que estudiábamos en clases de filosofía, qué es la verdad, existe el mundo que vemos o nos engañan los sentidos... Cada libro de Dick transmite zozobra, perplejidad y desasosiego.

En El hombre en el castillo Dick nos plantea una vuelta de tuerca a nuestra historia reciente. Los nazis y japoneses, tras vencer en la segunda guerra mundial, se reparten el dominio del mundo en dos bloques. Los Estados Unidos no son más que un país invadido y desgajado, la costa este dirigida con la crueldad propia de los nazis y su afán por lograr avanzar científicamente, los japoneses que llevan con mesura y tranquilidad la costa oeste, los ciudadanos estadounidenses relegados a un papel secundario donde no son más que obreros o dependientes en tiendas de antigüedades y asumen su papel de forma lastimera.

Dick no sólo construye una ucronía donde describe cómo sería ese mundo alternativo, las relaciones germano japonesas que se acercan a una especie de guerra fría, las disputas dentro del partido nazi por tomar el poder, el exterminio y los experimentos en África, el intento de llevar el ideal ario a otros planetas o el desecado del mar Mediterráneo, Dick también cruza la ciencia ficción y las historias de espías con esa duda de la realidad que, en un juego laberíntico y de espejos, viene dado por La langosta se ha posado, un libro prohibido por los nazis que presenta la otra cara de la moneda, una historia donde los aliados ganaron la guerra. Una ucronía dentro de otra...

La historia se abre en diferentes caminos. Childan es un dependiente de antigüedades que vende baratijas a los japoneses, entusiasmados con colts del lejano oeste o la artesanía india, Frink falsifica antigüedades y sus joyas crean un efecto extraño en quienes las observan, Baynes, un espía que intenta alertar a los japoneses de los planes nazis, Juliana Frink, una mujer que, tras leer La langosta se ha posado quiere conocer a Abendsen, su autor, el señor Tagomi, uno de los altos cargos japoneses en San Francisco y que, como los otros personajes, busca en el I Ching el camino a seguir. Los personajes parecen moverse por sendas oscuras, titubeantes, extrañas, irreales.

Hay un momento donde todo parece dar vuelta y tanto los personajes como los lectores no sabemos qué mundo es real. El señor Tagomi, uno de los mandatarios japoneses, verá durante unos minutos una San Francisco diferente, alternativa, donde las calles han cambiado de forma y los japoneses no son más que otros ciudadanos del montón. En ese instante la realidad se desvanece, ya nada es seguro. La vida parece un espejismo para Dick.

Para Dick, cada mundo contiene otros posibles y la frontera entre ellos es tan difusa que nunca podremos sabernos y sentirnos seguros. Para terminar, de nuevo, las palabras de Bolaño: “Dick era un esquizofrénico. Dick era un paranoico. Dick es uno de los diez mejores escritores del siglo XX en Estados Unidos, que no es decir poco. Dick es una especie de Kafka pasado por el ácido lisérgico y por la rabia”.
Philip K. Dick
El hombre en el castillo (traducción de Manuel Figueroa. Minotauro)


Tags: El hombre en el castillo, Philip K. Dick, Roberto Bolaño, Manuel Figueroa., Minotauro

Publicado por elchicoanalogo @ 19:42  | Libros...
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