Jueves, 27 de enero de 2011

Las nubes se reflejaban en las baldosas del aeropuerto, parecían pasar bajo nuestros pies y desaparecer en la frontera entre baldosa y baldosa. Pensé que, en cierta forma, todos los aeropuertos son uno, suelos asépticos, grandes ventanales, un puñado de tiendas de regalos y las pisadas rápidas o pausadas de los pasajeros.

Había un grupo de japonesas frente a mí, miraban alrededor y sonreían con timidez y distancia, un tipo dormitaba tumbado en un asiento, otro sentando en el suelo parecía hablar con su portátil, parejas mudas en las cafeterías y las nubes que corrían por el suelo (nubes que, al pasar, pasaban como nubes). Bilbao podría ser Aeroparque o Belgrado.

Hojeaba Todo lo que tengo lo llevo conmigo. Müller hablaba sobre maletas y viajes, otro tipo de maletas y viajes, aquellos que asolaron Europa en la mitad del siglo pasado. Nos agarramos a lo material para no sentirnos perdidos, para tener un punto de anclaje, pero, al final, es eso, todo lo que somos, todo lo que tenemos lo llevamos encima (piel adentro), emociones, recuerdos, esperanzas, sueños y pequeñas tragedias.

Hay un punto de transitoriedad en volar entre dos cielos, saberse con la vida en suspenso en mitad del cielo, sin nada más a tu alrededor que un horizonte difuso y cambiante. Es lo primero que me atrae en los viajes, la sensación de estar en una especie de burbuja espacio-temporal que me aparta de la rutina, de lo convencional, un momento donde todo es posible. Estar en puro movimiento me hace sentir vivo, me hace creer en algo tan extraño como la esperanza.

Busqué una estrella solitaria en el cielo gaditano, una estrella (marina) que descubrí hace meses y brilla de forma diferente, inusual, como si marcase el camino a seguir. Mirar al cielo no sólo es un acto de magia, también de viaje en el tiempo, todos esos puntos de luz nos llegan desde el pasado como ecos de una voz apagada (nota: ¿nos guiamos por las luces del pasado?).

Las habitaciones de hotel son tan asépticas como los aeropuertos, transitoriedad y un poso borroso. Somos nosotros quienes intentamos darle una cierta calidez. Recuerdo cómo me ayudaba de libros para hacer confortables otras habitaciones de hotel, Auster en Valladolid o Bolaño en Barcelona. También recuerdo habitaciones donde mi mano sobre otra piel sonaba a mar, a hojas otoñales, a un camino dorado en medio de otros ojos.

Cádiz es el reencuentro con una ciudad iluminada con una luz especial, casi de luciérnaga, y unos amigos cercanos, sonrientes y habladores. Me levantaba temprano y callejeaba sin destino, el placer de sentirse perdido, de ver por primera vez una casa, una cara o un paseo. En cada paso me deshacía de quién era, hasta acabar desnudo con nuevos pensamientos y emociones y sin el lastre de las cargas diarias.

Los encuentros con Jesús y Natalia se sucedieron alrededor de una mesa repleta de platos exquisitos, montaditos y tapas de una docena de sabores, carnes y postres apetecibles, sabores diferentes. Fueron unos días de compañía, de risas y conversaciones desvariadas, de sentirme dentro de la vida. Compré un par de libros por las dedicatorias que tenían en sus primeras páginas. Libros de Madrid que acabaron en Raimundo, una librería de viejo de Cádiz. Natalia y yo hablamos sobre eso, la extrañeza por deshacerse de libros dedicados, tal vez una amistad rota de mala manera o la familia que vende los libros de quienes ya no están. Los libros también tienen ese halo de transitoriedad.

Las despedidas siempre son extrañas, cada uno en una parte de un cristal. Jesús y Natalia en la estación de autobuses, yo, sentado, con la mirada perdida. Es en ese momento donde se concentran en un punto todos los recuerdos vividos en los últimos días. Es imposible no sonreír.

La Luna rojiza parecía caer sobre la tierra. Entre dos cielos la vida se siente de diferente manera.


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