Lunes, 31 de enero de 2011

Mi corazón me recuerda que he de llorar  
por el tiempo que se ha ido, por el que se va.  
Agua del tiempo que corre, muerte abajo,  
tumba abajo, no volverá.  
Me muero todos los días  
sin darme cuenta, y está  
mi cuerpo girando  
en la palma de la muerte  
como un trompo de verdad.  
Hilo de mi sangre, ¿quién te enrollará?  
Agua soy que tiene cuerpo,  
la tierra la beberá.  
Fuego soy, aire compacto,  
no he de durar.  
El viento sobre la tierra  
tumba muertos, sobre el mar,  
los siembra en hoyos de arena,  
les echa cal.  
Yo soy el tiempo que pasa,  
es mi muerte la que va  
en los relojes andando hacia atrás.  
Jaime Sabines 
Mi corazón me recuerda que he de llorar... 


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Domingo, 30 de enero de 2011

Kitchen fue la primera novela de Banana Yoshimoto y en ella ya aparecía el tono melancólico de sus posteriores trabajos. Hay algo que me atrae de Yoshimoto desde Sueño profundo, mi primera lectura de una obra suya, y es esa forma de escribir tan sutil y triste que te envuelve de manera imperceptible en cada página, las pequeños párrafos que hablan de la soledad, los miedos, el amor o la muerte y la irrupción y mezcla de los sueños en la realidad. Parece que nada ocurre en los libros de Yoshimoto, que no hay una acción trepidante y desbocada, pero sus libros me recuerdan a haikus que hablan sobre el pasar de la vida y los sentimientos cotidianos.

En Kitchen, Mikage acaba de perder a su abuela, el único familiar que le quedaba con vida. Esta pérdida la deja noqueada, sin capacidad de reacción. Acá Yoshimoto no juega con el morbo o lo sensiblero, con pequeños trazos describe la relación entre la abuela y la nieta y los sentimientos de la nieta ante su soledad en una casa demasiado grande y con innumerables recuerdos. “Yo, Mikage Sakurai, soy huérfana. Mis padres murieron jóvenes. Me criaron mis abuelos. Mi abuelo murió en la época de mi ingreso en la escuela secundaria. Desde entonces, vivíamos solas mi abuela y yo. Hace poco murió mi abuela inesperadamente. Me asusté. La familia, esta familia que realmente he tenido, fue reduciéndose poco a poco a lo largo de los años, y ahora, cuando recuerdo que estoy aquí, sola, todo lo que tengo ante los ojos me parece irreal. Ahora, en la habitación en la que nací y crecí, me sorprende ver que el tiempo ha pasado y que estoy sola. Como en la ciencia ficción. Es la oscuridad del universo.” Yoshimoto escribe con melancolía pero sin llegar al desgarro.

Mikage sólo se siente cómoda en la cocina, una especie de burbuja que la escuda del dolor y la soledad. Y eso, la soledad, es uno de los grandes temas de Yoshimoto, junto con la sombra de la muerte. En Kitchen la soledad, la muerte y los sueños parecen ocupar un mismo espacio. Mikage y su dolor por la pérdida, por sentirse sola en el mundo, una soledad que Mikage a veces ve como parte de sí y otras como una pequeña herida externa.

Yuichi, un amigo de la abuela de Mikage, irrumpirá en su vida para, en cierta forma, llenar esos espacios en blanco que la conforman. Yuichi le pedirá que vaya a vivir con él y su madre a un apartamento más pequeño. Mikage aceptará y se encontrará con una familia inesperada, Yuichi, un adolescente callado y cercano y Eriko, su madre, que en realidad es un hombre. Una especie de soledad compartida, de sentirse identificado en la soledad del otro. “Arropada entre las mantas, pensé que era divertido dormir, también aquella noche, al lado de la cocina, y sonreí. Pero no había soledad. Quizá porque esperaba algo. Quizá porque estaba esperando tan sólo una cama donde poder olvidar, por un instante, las cosas que habían sucedido hasta entonces, las que vendrían después. Al tener a alguien cerca, la soledad es más cruel. Pero había una cocina, plantas, había otras personas bajo el mismo techo, paz y... es “better”. Sí, esto es “better”. Me sosegué y dormí”.

Junto con Yuichi y Eriko, Mikage soportará esos primeros meses tras una pérdida donde la sensación de estar noqueada y sin saber qué hacer lo domina todo. Dormirá en el sofá, será testigo de las idas y venidas de Eriko, se acercará tímidamente a Yuichi, formará un pequeño mundo propio y familiar del que sabe que tendrá que marcharse tarde o temprano para avanzar en su propia vida.

Moonlight shadow, un cuento que completa Kitchen, es otra historia de muerte y soledad. La narradora ha perdido a su novio e intenta calmar su ausencia a través del jogging y las charlas con Shu, el hermano de su novio. En este cuento la irrealidad y los sueños se adentran en la vida de la narradora hasta difuminar la frontera de lo que es real y lo que no.

Banana Yoshimoto es una buena escritora, me gusta la tristeza que destilan los libros que he leído de ella donde dominan los monólogos y reflexiones de los narradores sobre la realidad que les rodea y que sienten dentro.


(Encontré Kitchen en Raimundo, una tienda de segunda mano de Cádiz. Una de las cosas que me atrajo de este libro, como objeto, fue ver en su primera página una fecha anotada, Madrid, noviembre de 1991 y una pequeña frase en francés, Ecrit l´indispensable sur le sable)



Yo dirijo los ojos de nuevo a la revista y pienso: “No puedo quedarme siempre aquí”. Es tan doloroso que me hace dudar, pero es evidente.
Alguna vez, en otro lugar, ¿pensaré en este sitio con añoranza?
¿O volveré a estar en esta cocina alguna otra vez?
Pero ahora estoy en este lugar con el chico de ojos dulces y con esta madre activa. Esto es todo.
Cuando crezca más y más, me pasarán cosas diferentes, muchas veces me hundiré hasta el fondo. Muchas veces sufriré. Muchas reapareceré. No habrá derrota. No dejaré de luchar.

Una copia de sueño.
Habrá muchas, muchas. En mi corazón. O en la realidad. O en el destino de un viaje. O sola, o con muchos otros, o dos a solas, en todos los lugares de mi vida habrá seguramente muchas cocinas.
Banana Yoshimoto
Kitchen (traducción de Junichi Matsuura y Lourdes Porta. Tusquets)


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Jueves, 27 de enero de 2011

Las nubes se reflejaban en las baldosas del aeropuerto, parecían pasar bajo nuestros pies y desaparecer en la frontera entre baldosa y baldosa. Pensé que, en cierta forma, todos los aeropuertos son uno, suelos asépticos, grandes ventanales, un puñado de tiendas de regalos y las pisadas rápidas o pausadas de los pasajeros.

Había un grupo de japonesas frente a mí, miraban alrededor y sonreían con timidez y distancia, un tipo dormitaba tumbado en un asiento, otro sentando en el suelo parecía hablar con su portátil, parejas mudas en las cafeterías y las nubes que corrían por el suelo (nubes que, al pasar, pasaban como nubes). Bilbao podría ser Aeroparque o Belgrado.

Hojeaba Todo lo que tengo lo llevo conmigo. Müller hablaba sobre maletas y viajes, otro tipo de maletas y viajes, aquellos que asolaron Europa en la mitad del siglo pasado. Nos agarramos a lo material para no sentirnos perdidos, para tener un punto de anclaje, pero, al final, es eso, todo lo que somos, todo lo que tenemos lo llevamos encima (piel adentro), emociones, recuerdos, esperanzas, sueños y pequeñas tragedias.

Hay un punto de transitoriedad en volar entre dos cielos, saberse con la vida en suspenso en mitad del cielo, sin nada más a tu alrededor que un horizonte difuso y cambiante. Es lo primero que me atrae en los viajes, la sensación de estar en una especie de burbuja espacio-temporal que me aparta de la rutina, de lo convencional, un momento donde todo es posible. Estar en puro movimiento me hace sentir vivo, me hace creer en algo tan extraño como la esperanza.

Busqué una estrella solitaria en el cielo gaditano, una estrella (marina) que descubrí hace meses y brilla de forma diferente, inusual, como si marcase el camino a seguir. Mirar al cielo no sólo es un acto de magia, también de viaje en el tiempo, todos esos puntos de luz nos llegan desde el pasado como ecos de una voz apagada (nota: ¿nos guiamos por las luces del pasado?).

Las habitaciones de hotel son tan asépticas como los aeropuertos, transitoriedad y un poso borroso. Somos nosotros quienes intentamos darle una cierta calidez. Recuerdo cómo me ayudaba de libros para hacer confortables otras habitaciones de hotel, Auster en Valladolid o Bolaño en Barcelona. También recuerdo habitaciones donde mi mano sobre otra piel sonaba a mar, a hojas otoñales, a un camino dorado en medio de otros ojos.

Cádiz es el reencuentro con una ciudad iluminada con una luz especial, casi de luciérnaga, y unos amigos cercanos, sonrientes y habladores. Me levantaba temprano y callejeaba sin destino, el placer de sentirse perdido, de ver por primera vez una casa, una cara o un paseo. En cada paso me deshacía de quién era, hasta acabar desnudo con nuevos pensamientos y emociones y sin el lastre de las cargas diarias.

Los encuentros con Jesús y Natalia se sucedieron alrededor de una mesa repleta de platos exquisitos, montaditos y tapas de una docena de sabores, carnes y postres apetecibles, sabores diferentes. Fueron unos días de compañía, de risas y conversaciones desvariadas, de sentirme dentro de la vida. Compré un par de libros por las dedicatorias que tenían en sus primeras páginas. Libros de Madrid que acabaron en Raimundo, una librería de viejo de Cádiz. Natalia y yo hablamos sobre eso, la extrañeza por deshacerse de libros dedicados, tal vez una amistad rota de mala manera o la familia que vende los libros de quienes ya no están. Los libros también tienen ese halo de transitoriedad.

Las despedidas siempre son extrañas, cada uno en una parte de un cristal. Jesús y Natalia en la estación de autobuses, yo, sentado, con la mirada perdida. Es en ese momento donde se concentran en un punto todos los recuerdos vividos en los últimos días. Es imposible no sonreír.

La Luna rojiza parecía caer sobre la tierra. Entre dos cielos la vida se siente de diferente manera.


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Jueves, 20 de enero de 2011

Escóndeme, que el mundo no me adivine. Escóndeme como el tronco su resina, y que yo te perfume en la sombra, como la gota de goma, y que te suavice con ella, y los demás no sepan de dónde viene tu dulzura... 
Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas de su sitio: como las raíces abandonadas sobre el suelo. 
¿Por qué no soy pequeña como la almendra en el hueso cerrado? 
¡Bébeme! Hazme una gota de tu sangre, y subiré a tu mejilla, y estaré en ella como la pinta vivísima en la hoja de la vid. Vuélveme tu suspiro, y subiré y bajaré de tu pecho, me enredaré en tu corazón, saldré al aire para volver a entrar. Y estaré en este juego toda la vida...
Gabriela Mistral 
Escóndeme (en Desolación)


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Mi?rcoles, 19 de enero de 2011

Escribía Bolaño sobre Dick: “Dick, en El hombre en el castillo, nos habla, como luego sería frecuente en él, de lo alterable que puede ser la realidad y de lo alterable que, por lo tanto, puede ser la historia”. Acercarse a Philip K. Dick es internarse en un cruce de realidades, mundos y dimensiones donde nada es seguro y estable y todo está en permanente duda, como aquello que estudiábamos en clases de filosofía, qué es la verdad, existe el mundo que vemos o nos engañan los sentidos... Cada libro de Dick transmite zozobra, perplejidad y desasosiego.

En El hombre en el castillo Dick nos plantea una vuelta de tuerca a nuestra historia reciente. Los nazis y japoneses, tras vencer en la segunda guerra mundial, se reparten el dominio del mundo en dos bloques. Los Estados Unidos no son más que un país invadido y desgajado, la costa este dirigida con la crueldad propia de los nazis y su afán por lograr avanzar científicamente, los japoneses que llevan con mesura y tranquilidad la costa oeste, los ciudadanos estadounidenses relegados a un papel secundario donde no son más que obreros o dependientes en tiendas de antigüedades y asumen su papel de forma lastimera.

Dick no sólo construye una ucronía donde describe cómo sería ese mundo alternativo, las relaciones germano japonesas que se acercan a una especie de guerra fría, las disputas dentro del partido nazi por tomar el poder, el exterminio y los experimentos en África, el intento de llevar el ideal ario a otros planetas o el desecado del mar Mediterráneo, Dick también cruza la ciencia ficción y las historias de espías con esa duda de la realidad que, en un juego laberíntico y de espejos, viene dado por La langosta se ha posado, un libro prohibido por los nazis que presenta la otra cara de la moneda, una historia donde los aliados ganaron la guerra. Una ucronía dentro de otra...

La historia se abre en diferentes caminos. Childan es un dependiente de antigüedades que vende baratijas a los japoneses, entusiasmados con colts del lejano oeste o la artesanía india, Frink falsifica antigüedades y sus joyas crean un efecto extraño en quienes las observan, Baynes, un espía que intenta alertar a los japoneses de los planes nazis, Juliana Frink, una mujer que, tras leer La langosta se ha posado quiere conocer a Abendsen, su autor, el señor Tagomi, uno de los altos cargos japoneses en San Francisco y que, como los otros personajes, busca en el I Ching el camino a seguir. Los personajes parecen moverse por sendas oscuras, titubeantes, extrañas, irreales.

Hay un momento donde todo parece dar vuelta y tanto los personajes como los lectores no sabemos qué mundo es real. El señor Tagomi, uno de los mandatarios japoneses, verá durante unos minutos una San Francisco diferente, alternativa, donde las calles han cambiado de forma y los japoneses no son más que otros ciudadanos del montón. En ese instante la realidad se desvanece, ya nada es seguro. La vida parece un espejismo para Dick.

Para Dick, cada mundo contiene otros posibles y la frontera entre ellos es tan difusa que nunca podremos sabernos y sentirnos seguros. Para terminar, de nuevo, las palabras de Bolaño: “Dick era un esquizofrénico. Dick era un paranoico. Dick es uno de los diez mejores escritores del siglo XX en Estados Unidos, que no es decir poco. Dick es una especie de Kafka pasado por el ácido lisérgico y por la rabia”.
Philip K. Dick
El hombre en el castillo (traducción de Manuel Figueroa. Minotauro)


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Martes, 18 de enero de 2011

Hace tiempo que he cambiado mis prop?sitos de a?o nuevo, ponerme a dieta, hacer ejercicio de forma diaria, dejar los malos h?bitos, intentar ser mejor persona, unos prop?sitos que apenas duraban unos pocos d?as de enero antes de desvanecerse en la desidia y el olvido, por otros descabellados, inalcanzables, literarios e imposibles. Por qu? conformarse con lo rutinario, con lo que se queda en la superficie, por qu? no mirar un poco m?s all? y crear una peque?a lista de mundos imposibles e, intentar, al menos, hacer real uno de ellos...

Jap?n. Hacer la mochila y pasar unos meses por el Jap?n. Primero fue el cine de Kurosawa y sus samur?is polvorientos, las mujeres dolientes y crucificadas de Mizoguchi, la familia en Ozu, la violencia de Kitano, luego, las novelas sobre la vejez y la belleza escritas como sensibles haikus de Kawabata, los poderosos cuentos de Akutagawa, el surrealismo y melancol?a de Murakami, la suave languidez de Yoshimoto, los ensayos de Tanizaki. Perderme por los paisajes de esas pel?culas y libros, ver qu? es real y qu? pura invenci?n, sentarme en un autob?s y recorrer un pa?s extranjero sin entender nada a mi alrededor y sin m?s destino que ?ma?ana en el horizonte?.

Escribir un libro kilom?trico. O, como me dice una de mis amigas m?s queridas, sacar a la superficie el libro que llevo dentro desde hace a?os, un libro que hablar?a de un viaje interior y exterior, de la fuerza de la renuncia, de los amores fr?giles y sutiles, de vagar por un camino y otro y otro hasta dejar atr?s quien fuiste en an?nimas habitaciones de hotel, de seres que se saben supervivientes de un naufragio vital y que, a?n as?, miran hacia delante, ?sin miedo ni esperanza?. Conseguir desperezarme para escribirlo, encontrar nuevas palabras y el tono adecuado, sacudirme esta mediocridad que me define y, al menos, hacer algo propio, desde la entra?as, redentor y cat?rtico, sin que importe la calidad (pero s? la calidez).

Islandia. Descubrir que Islandia existe, que no es una isla quim?rica como Laputa, aquella isla flotante que imagin? Jonathan Swift para uno de los viajes del marino (sempiterno n?ufrago) Gulliver. Sentir que la inmensidad del paisaje me desnuda por entero hasta que en mi coraz?n s?lo existan los parajes nevados y las explosiones de volcanes y g?iseres. Ver un trozo de cielo desconocido y estrellado y sentirme como en casa y, a la vez, en la otra punta de la galaxia. (Nota: Islandia se puede cambiar por La Ant?rtida).

Leer, como m?nimo, un centenar de libros. Pero ac? lo que importa no es la cantidad, sino la calidad, que ese centenar de libros sea como 2666, mi primer libro del a?o, que me golpeen en el est?mago e inventen im?genes y escenas que confunda con mis propios recuerdos, que me hablen de amores posibles y dolores imposibles, de mundos inexplorados y naves a la deriva, que las palabras sean quedas como peque?os poemas o estruendosas como el espantap?jaros girondiano, que me hagan ver que hay tantos mundos como escritores y tantos puntos de vista como personajes, incluso los secundarios, que me hablen de carreteras polvorientas y el inicio de una fractura, de seres que son salvados en el ?ltimo segundo y mon?logos que parezcan salir de mi pecho.

Iba a poner, como final, enamorarme de una mujer voladora, una sirena terrestre con luz de luci?rnaga y una mirada capaz de distinguir las infinitas capas y dimensiones que hay dentro de nuestro mundo. Pero como quiero tachar un prop?sito de esta lista, cambio este deseo por un abrazo, recibir un abrazo de esos que te envuelven por entero, en los que el tiempo se desvanece y te cobijas por entero en ?l y lloras todas las grietas y fracturas y miedos y emociones ponzo?osas y sientes que el mundo se ha rehecho y todo est? en calma, todo est? bien.


Publicado por elchicoanalogo @ 22:53  | Great White Way
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Lunes, 17 de enero de 2011

I

No lo comprendo.  
No sé  
            por qué hay que ir tan deprisa.  
No entiendo  
            por qué hay que caminar tan rápido  
ni por qué es tan temprano  
ni por qué la calle está tan enturbiada y húmeda. 

No entiendo  
qué dice este rumor en tránsito 
           (este siseo infatigablemente frágil) 
ni sé  
           a dónde llevan tantos pasos 
con la obstinada decisión de no perderse. 


II

Estoy en la puerta de mi casa:
desde aquí puedo ver,
tras los cristales,
                    un copo de cielo, 
un harapo azul de distancia,
un tragaluz de lejanía.

Cierro la puerta
                    y no lo entiendo,
pero hago un gran esfuerzo en retener
ese jirón azul en la pupila
           y pienso en la corona de espuma del ahogado
           y en os clavos grises que me aguardan.

Sin embargo, ya sé que no hay coronas:
estamos muy lejos del mar
y yo llevo los ojos llenos de bruma y humo
como si los cubriera la sombra de una lágrima
que aún no he sabido llorar.
           Digo que lo sé, peor no estoy segura: 
tan sólo
cierro la puerta de mi casa
como si cerrara la puerta de mi alma
o de algún alma
que se parece demasiado a la mía.


III

Parece temprano,
parece pronto,
quisiera decir: la ciudad se despierta
o nace el día
o empieza un día más.
Pero no lo entiendo,
no consigo entenderlo:
he bajado las escaleras
y he llegado a un lugar
que dice llamarse calle;
desde luego, no veo náufragos coronados
ni distingo a los viajeros de los comerciantes
ni a los habitantes de los ciudadanos
ni a los ahogados de los turistas
ni a mí de mí.
En este momento,
tan sólo reconozco mis zapatos
y su exuberante y urgente necesidad
por incorporarse al ajetreo de la vía.



IV

Es pronto:
no sé a dónde,
pero hemos llegado pronto.
Por lo demás, todo sigue.
Aunque yo no entienda lo que dice la palabra prisa
aunque no sepa lo que nombra la palabra ruido,
aunque no comprenda lo que calla la palabra calla,
los zapatos silenciosos,
en su obstinada decisión de no perderse,
lo entienden todo por mí.
Guadalupe Grande
Ocho y media (en La llave de niebla. Calambur)


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S?bado, 15 de enero de 2011

Fue una emoci?n fugaz. La serenidad del amanecer, las cumbres rojizas y somnolientas, la estela quebradiza de las estrellas, el silencio alrededor, la idea de que todo empezaba de nuevo y, tambi?n, que todo estaba en su sitio. Es en lo amaneceres donde sientes esperanza, magia y un mundo por delante (en los atardeceres, la l?nguida tristeza de la oscuridad, la vida en fuga constante, los recuerdos de viajes, habitaciones de hotel, aeropuertos o ese segundo donde el tiempo parece detenerse antes de rozar la piel de un cuerpo semi desnudo, una piel que sonar? a mar y olas crepitantes, a hojas oto?ales que se desgajan quedamente de los ?rboles neblinosos).

Pensaste en 2666, voluptuoso, aventurero, abarcador, c?mo cada vez que abres el libro Bola?o te transmite v?rtigo y un vac?o en el est?mago, asomarse al infinito o a los acantilados que te devuelven un viento desestabilizador y peregrino, miedo y deseo mezclados, la realidad de un mundo de ficci?n. Las palabras parec?an inacabables para Bola?o, siempre hab?a una curva m?s, un recodo en el que detenerse a descansar y escuchar una historia enfebrecida, la aventura de adentrarse en caminos poco transitados y dejarse la piel y las entra?as en el intento.

Necesitas los mundos que las palabras hacen posibles. Sientes el lenguaje en la sangre, un lenguaje hecho de letras o n?meros o im?genes o simples sensaciones, un lenguaje que te ubica en el mundo y, tambi?n, lo transforma. Crees que la palabra hace real y tangible el mundo que describe, lo arranca de la invisibilidad, de la niebla y la mudez, la palabra como una dimensi?n que te lleva m?s all? de los sentidos y la realidad.

Recuerdas la voz llena de matices y recovecos de Elisa recitando Las monarcas de Olds, las palabras corp?reas que sal?an de Elisa para quedar suspendidas y ocupar el espacio en blanco que hab?a entre vosotros. Recuerdas las estanter?as de Aurora, los libros amontonados y las palabras silenciadas dentro del papel (y la idea de que, tal vez, al cerrar un libro, las palabras se trastocan y cambian de lugar) y, sobre todo, las conversaciones fugaces sobre esos libros, Aurora que destacaba unos autores sobre otros, que seleccionaba voces que arrancar del silencio. Recuerdas a Marta dibujando su personalidad en una cartulina, l?pices de colores y purpurinas y caminos hechos de medias lunas.

Tambi?n recuerdas tu aire susurrado que se adentraba en otra boca, y en ese aire susurrado: te quiero, te deseo, me mueves, me refugias.

Abres los ojos y a cada mirada, una historia; cierras los ojos y las palabras e im?genes se suceden en cascada. Bola?o, Elisa, Aurora, Marta, las sensaciones ancladas a los recuerdos, la piel que sonaba a mar, la piel que crepitaba a hoja oto?al, las cumbres rojizas y el camino de estrellas que se desvanec?a en el amanecer. Te sentir?as perdido sin historias, sin los mundos (im)posibles que hay tras cada palabra, imagen y caricia.


Publicado por elchicoanalogo @ 22:32  | Great White Way
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Jueves, 13 de enero de 2011

Toda la mañana, mientras sentada pienso en ti,  
pasan las monarcas. A siete pisos de altura,   
a la izquierda del río, se dirigen  
hacia el sur, sus alas negro rojizo de  
tus manos como manos de carnicero, las erguidas   
venas de sus alas como tus cicatrices.  
Yo apenas pude sentir tus gruesas y ásperas  
palmas sobre mí, tan leve fue su contacto,  
el suave roce de la mejilla como una pata de insecto  
en mi seno. Nadie me había  
tocado antes. Ni siquiera sabía abrir  
bien las piernas, pero sentí tus muslos,  
revestidos de un vello de rojo dorado,   
                 abrirse     
como un par de alas  
entre mis piernas.  
La marca de mi bisagra de sangre en tus muslos-  
como algo alado fijado allí con un alfiler-  
y luego saliste, como saldrías  
una y otra vez, mientras cantidades de mariposas  
pasaban frente a mi ventana, flotando   
hacia su metamorfosis en el sur, cruzando  
fronteras durante la noche, su difusa nube  
color sangre, mi cuerpo bajo el tuyo,  
y la belleza y el silencio de las grandes migraciones  
Sharon Olds 
Las monarcas (en Satán dice. Traducción de Rosa Lentini y Ricardo Cano Gaviria. Igitur)


Monarchs

All morning, as I sit thinking of you,
the Monarchs are passing. Seven stories up,
to the left of the river, they are making their way
south, their wings the dark red of
your hands like butchers' hands, the raised
veins of their wings like your scars.
I could scarcely feel your massive rough
palms on me, your touch was so light,
the delicate chapped scrape of an insect's leg
across my breast. No one had ever
touched me before. I didn't know enough to
open my legs, but felt your thighs,
feathered with red-gold hairs,
opening
between my legs like a pair of wings.
The hinged part of my blood on your thigh--
a winged creature pinned there--
and then you left, as you were to leave
over and over, the butterflies moving
in masses past my window, floating
south to their transformation, crossing over
borders in the night, the diffuse blood-red
cloud of them, my body under yours,
the beauty and silence of the great migrations.


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Martes, 11 de enero de 2011

En La formula preferida del profesor he encontrado una belleza y delicadeza inesperadas en los números y fórmulas matemáticas que un viejo profesor descubre y comparte con su asistenta y su hijo de diez años. Historia iniciática, de amistad y profundo amor por el saber y entender el mundo que nos rodea, Ogawa ha escrito una historia entrañable y dulce donde seres en apariencia tan dispares como un brillante matemático y una mujer que no pudo terminar sus estudios encuentran un punto de unión.

La narradora evoca los días pasados en compañía de un viejo profesor cuya memoria se detuvo en 1975, un hombre incapaz de recordar nada del presente más allá de los últimos 80 minutos. Lleva prendidas en su chaqueta notas que hacen un peculiar sonido al moverse, la única forma de tener presente su pérdida de memoria o fórmulas matemáticas. En esas notas aparecerán dibujadas la cara de la asistenta y el apodo que el profesor dará a su hijo, Root, raíz cuadrada, por la forma de su cabeza. El profesor se mueve entre dos tiempos, dentro de sí, los recuerdos intactos de su pasado, fuera de sí, un mundo que se renueva de manera constante. Y como frontera, las matemáticas, el único lugar que parece un embarcadero, un lugar seguro y fiable.

Como expresa la narradora, “había un mundo invisible que sostenía al mundo visible” y ese mundo invisible está definido no sólo por los números y las matemáticas, también por las emociones que nos unen. Siempre me he sentido atraído por las palabras sin apenas fijarme en los números, tal vez por eso esta historia me sorprende, Ogawa consigue transmitir belleza en las explicaciones matemáticas del profesor, la sencillez con la que se acerca a los problemas planteados y cómo los números consiguen explicar el mundo que nos rodea. Hay poesía y ritmo en los números. Y, al igual que a la asistenta narradora, vas entrando poco a poco en la magia de los números, en descubrir todos los mundos que hay dentro de nuestro mundo como cajas chinas.

El viejo profesor se mueve en un presente que desconoce, en su cabeza son los años 70 y cree que su jugador de béisbol favorito, ya retirado, aún está en activo. El tiempo desdoblado y despertarse cada mañana desorientado. El amor por los números del profesor es tan apasionado que, sin haber visto jamás un partido de béisbol, se emociona con este deporte por sus estadísticas y las secuencias que plantea. Ogawa da pequeños y sutiles trazos de la vida anterior del profesor y la asistenta, a veces me recuerda a esa forma de escribir de Kawabata donde los párrafos parecen sucesiones de haikus.

Lo hermoso de esta historia es ver cómo es posible la amistad y la unión entre dos personas a pesar de la dificultad de entablar una relación con alguien que sólo recuerda los últimos ochenta minutos. Cada mañana la asistenta contesta en la puerta las preguntas del profesor sobre su fecha de nacimiento o cualquier información numérica, cada día un nuevo inicio, empezar de cero. El profesor tendrá la tierna compañía y preocupación de la asistenta, ayudará a su hijo en los problemas matemáticos, saldrá de su refugio para andar por unas calles y unos lugares que estaban vedados para él; la asistenta encontrará un amigo que le transmitirá la emoción por descubrir cómo se sustenta el mundo y que cuida con especial mimo a su hijo de diez años.



- Venga, intenta trazar aquí una línea recta.
No recuerdo cuándo, pero me lo dijo una tarde, sentado a la mesa del comedor. La tracé con un lápiz, al dorso de un folleto publicitario (nuestros apuntes iban siempre en el reverso de las hojas de propaganda) utilizando como regla un palillo de cocina.
- Eso es. Es una línea recta. Entiendes correctamente la definición de línea recta. Pero piensa un poco. La línea que has trazado tiene un comienzo y un final, ¿verdad? En tal caso, pues, es un segmento lineal, el camino más corto entre dos puntos. En la definición de línea recta, originariamente, ésta no tiene ningún extremo. Debe extenderse infinitamente. Sin embargo, tanto la hoja como tu fuerza física tienen un límite, por lo que nos conformaremos con considerar el segmento lineal como si fuera verdaderamente una línea recta. Además, la punta del lápiz, por mucho que la afilemos con un cuchillo punzante, tiene un grosor determinado. Por lo tanto, esta línea recta tiene una anchura. Tiene superficie. Es decir, es imposible trazar la verdadera línea recta en un papel real.
Contemplé la punta del lápiz con cierta emoción.
- ¿Dónde está la verdadera línea recta? Solamente está aquí.
El profesor se golpeó el pecho con la mano. Igual que cuando me enseñó los números imaginarios.
- La verdad eterna que no se deja influir ni por la materia, ni por los fenómenos naturales, ni por los sentimientos, no puede verse con los ojos. Las matemáticas pueden esclarecerla y expresarla. Nadie puede impedirlo.
Yo, con el estómago vacío, fregando el suelo de la oficina y preocupada únicamente por Root, necesitaba la existencia de aquella verdad eternamente correcta, tal y como la llamaba el profesor. Necesitaba sentir que, en verdad, había un mundo invisible que sostenía al mundo visible. Una línea recta que se abriera paso con solemnidad entre las tinieblas, exenta de anchura y superficie, que se extendiera sin límite hasta el infinito. Esa línea recta me sumía en un sentimiento casi imperceptible de paz.
Yoko Ogawa
La fórmula preferida del profesor (traducción de Yoshiko Sugiyama y Héctor Jiménez Ferrer. Editorial Funambulista)


Tags: La fórmula preferida, Yoko Ogawa, Yoshiko Sugiyama, Héctor Jiménez Ferrer, Funambulista

Publicado por elchicoanalogo @ 16:24  | Libros...
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Viernes, 07 de enero de 2011

Este recuerdo pertenece a Arantza. Ocurri? unas semanas antes de mi desaparici?n. Volv?amos de la universidad. Ella estudiaba filolog?a inglesa, yo, historia. En aquellos viajes habl?bamos de amores, pel?culas, m?sica, sexo o libros. A veces Arantza dorm?a en mi hombro mientras yo miraba el paisaje cambiante y las primeras luces de la ma?ana. El sue?o quedo de Arantza y el mundo que se tornaba visible y surg?a poco a poco entre la niebla. Est?bamos atrapados en un atasco en Sestao, a pocos kil?metros de casa. Entonces, en mitad de los parones del autob?s, Arantza me dice que son? Loser en la radio, una canci?n que aborrec?a y que le puso de mal humor. Tambi?n me dice que yo intentaba calmarla en mitad de los parones, el atasco y la canci?n de Beck (y que siempre le transmit?a eso, calma, algo extra?o en quien estaba a punto de evaporarse, como el mundo tras la niebla).

Los recuerdos se difuminan, se transforman, se olvidan, reaparecen, son reales pero inexactos, est?n lejos de ser un fotograma n?tido, siempre en fuga y en un claroscuro indefinido. A veces pienso en c?mo los dem?s tienen piezas de nuestro puzzle incompleto, que quienes estuvieron en nuestro pasado atesoran im?genes que nosotros borramos hace tiempo y son capaces de completar algunos de los espacios en blanco de nuestra memoria.

O c?mo dos personas comparten un recuerdo pero lo hacen desde diferentes puntos de vista. Ella que dice ?cierra los ojos? y yo que siento la ternura de sus labios en los m?os en la oscuridad circundante.

He vuelto a escuchar la canci?n de Beck. Ahora est? unida a un recuerdo artificial, he recreado las im?genes de un atasco y el nerviosismo de Arantza que hab?a olvidado.

I?m a loser, baby, so why don?t you kill me?


Loser (Beck)



?

?

In the time of chimpanzees I was a monkey
Butane in my veins so I'm out to cut the junkie
With the plastic eyeballs, spray paint the vegetables
Dog food skulls with the beefcake pantyhose
Kill the headlights and put it in neutral
Stock car flamin' with a loser and the cruise control
Baby's in Reno with the vitamin D
Got a couple of couches asleep on the love seat
Someone keeps sayin' I'm insane to complain
About a shotgun wedding and a stain on my shirt
Don't believe everything that you breathe
You get a parking violation and a maggot on your sleeve
So shave your face with some mace in the dark
Savin' all your food stamps and burnin' down the trailer park

(Yo cut it)

Soy un perdedor
I'm a loser baby so why don't you kill me?

(Double-barrel buckshot)

Soy un perdedor
I'm a loser baby, so why don't you kill me?

Forces of evil in a bozo nightmare
banned all the music with a phony gas chamber
Cos one's got a weasel and the other's got a flag
One's got on the pole shove the other in a bag
With the rerun shows and the cocaine nose job
The daytime crap of a folksinger slob
He hung himself with a guitar string
Slab of turkey neck and it's hangin' from a pigeon wing
You can't write if you can't relate
Trade the cash for the beef for the body for the hate
And my time is a piece of wax fallin' on a termite
Who's chokin' on the splinters

Soy un perdedor
I'm a loser baby so why don't you kill me?

(Get crazy with the cheeze whiz)

Soy un perdedor
I'm a loser baby so why don't you kill me?
(Drive-by body pierce)
Yo bring it on down
I'm a driver, I'm a winner
Things are gonna change, I can feel it
Soy un perdedor
I'm a loser baby, so why don't you kill me?
I can't believe you!
Soy un perdedor
I'm a loser baby, so why don't you kill me?
Sprechen sie deutsche, baby
Know what I'm saying?


Traducci?n en http://www.songstraducidas.com/letratraducida-Loser_22245.htm


Tags: Loser, Beck, Mellow Gold

Publicado por elchicoanalogo @ 4:44  | Canciones
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Mi?rcoles, 05 de enero de 2011

Despertar para encontrarme
esto:
la vida as? dispuesta,
el cielo
turbio, la lluvia
que lame los cristales.

Abrir los ojos para ver
lo mismo,
poner el cuerpo en marcha para andar
lo mismo,
comenzar a vivir, pero sabiendo
el fracaso final de la hora ?ltima.

Si esto es la vida, Dios,
si este es tu obsequio,
te doy las gracias -gracias- y te digo:
Gu?rdalo para ti y para tus ?ngeles.

Me hace da?o la luz con que me alumbras,
me enloquece tu m?sica
de p?jaros,
pesa tu cielo demasiado,
oprime,
aplasta, bajo y gris, como una losa.

Todo est? bien, lo s?.
Tu orden
se cumple.
???????????????? Pero alguien
envenen? las fuentes
de mi vida, y mi coraz?n es
pasi?n in?til, odio
ciego, amor desorbitado,
crisol donde se funden
contrariedades con contradicciones.

Y mi voluntad sigue,
in?tilmente,
empe?ada en la lucha m?s terrible:
vivir lo mismo que si t? existieras.
?ngel Gonz?lez
Reflexi?n primera (en Sin esperanza, con convencimiento)


Tags: Reflexión primera, Sin esperanza, con convencimiento, Ángel González

Publicado por elchicoanalogo @ 4:12  | ?ngel Gonz?lez
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Lunes, 03 de enero de 2011

Diario de Golondrina es la primera novela que leo de Nothomb que no está centrada en sus recuerdos de Japón. Y es una novela corta, curiosa y extraña sobre un hombre que aniquila sus sentimientos y, cuando decide reanudar su capacidad de sentir, sólo puede hacerlo a través de actos extremos. En apenas cien páginas, Nothomb nos lleva por la cartografía íntima de un ser cruel y enigmático que se convierte en un asesino a sueldo y que, tras una ruptura amorosa, se enamora de una de sus víctimas.

Urbano se arranca el corazón tras un fracaso amoroso, como un experto cirujano extirpa cualquier atisbo de sentimiento y emoción hasta verse rodeado dentro y fuera de sí por una nada sedante, una burbuja de cristal impermeable. Un acto extremo, frío, desquiciado que Urbano describe con distanciamiento y desapego: “Acababa de vivir una decepción amorosa tan estúpida que ni siquiera merece la pena hablar de ello. A mi sufrimiento había que sumarle la vergüenza del propio sufrimiento. Para prohibirme semejante dolor, me arranqué el corazón. La operación resultó fácil pero poco eficaz. El lugar de la pena permanecía, ocupándolo todo, debajo y encima de mi piel, en mis ojos, en mis oídos. Mis sentidos eran mis enemigos y no dejaban de recordarme aquella estúpida historia. Entonces decidí matar mis sensaciones. Me bastó con encontrar el conmutador interior y oscilar en el mundo del ni frío ni calor. Fue un suicidio sensorial, el comienzo de una nueva existencia. Desde entonces, ya no tuve dolor. Ya no tuve nada. La capa de plomo que bloqueaba mi respiración desapareció. El resto también. Vivía en una especie de nada.”

Pero pronto Urbano se aburre en esa nada y decide redescubrir el mundo de los sentidos, no aquellos que ya conocía sino emociones extremas y novedosas. Comenzará a buscar nuevos caminos para recuperar las emociones y los sentidos acallados y lo hará a través de la música de Radiohead, el primer paso en su despertar, para después convertirse en un asesino a sueldo de una organización mafiosa, donde la muerte es un trabajo ordenado, aséptico y cruel y Urbano una especie de dios caprichoso con la capacidad de decidir quién vive y quién muere. Tras cada muerte, Urbano regresará a su habitación para masturbarse, eros y tanatos unidos de forma caprichosa, atroz y brutal.

Hay un momento extraño y fascinante en Diario de Golondrina. Si en la película Laura de Otto Preminger el protagonista se enamoraba del retrato de una mujer muerta, Urbano lo hará de una de sus víctimas. Tras asesinar a la familia de un político se esconde en su casa con el diario de su hija mayor. Y es en ese adentrarse en el mundo oculto de la mujer asesinada lo que hará sentirse atraído por ella en un enamoramiento enloquecido, imposible y febril, un amor enfermizo, un sentimiento extremo que atrapará a Urbano por entero.

Diario de Golondrina, una historia atípica y excesiva protagonizada por un personaje curioso y extremista, con un inicio interesante y un final demoledor.


Nos despertamos en medio de la oscuridad, sin saber nada de lo que sabíamos. ¿Dónde estamos, qué ocurre? Por un momento, no recordamos nada. Ignoramos si somos niños o adultos, hombres o mujeres, culpables o inocentes. ¿Estas tinieblas son las de la noche o las de un calabozo?
Con más agudeza aún, ya que se trata del único equipaje que tenemos, sabemos lo siguiente: estamos vivos. Nunca lo estuvimos tanto: sólo estamos vivos. ¿En qué consiste la vida en esta fracción de segundo durante la cual tenemos el raro privilegio de carecer de identidad?
En esto: tener miedo.
No obstante, no existe mayor libertad que esta breve amnesia del despertar. Somos el bebé que conoce el lenguaje. Con una palabra podemos expresar este innombrable descubrimiento del propio nacimiento: nos sentimos propulsados hacia el terror de lo vivo.
Durante este lapso de pura angustia, ni siquiera recordamos que al salir de un sueño pueden producirse fenómenos semejantes. Nos levantamos, buscamos la puerta, nos sentimos perdidos, como en un hotel. Luego, en un destello, los recuerdos se reintegran al cuerpo y nos devuelven lo que nos hace las veces de alma. Nos sentimos tranquilizados y decepcionados: así que somos eso, sólo eso.
Enseguida se recupera la geografía de la propia prisión. Mi cuarto da a un lavabo en el que me empapo de agua helada. ¿Qué intentamos limpiándonos el rostro con una energía y un frío semejantes?
Luego el mecanismo se pone en marcha. Cada uno tiene el suyo, café-cigarrillo, té-tostada o perro-correa, regulamos nuestro propio recorrido para experimentar el menor miedo posible.
En realidad, dedicamos todo nuestro tiempo a luchar contra el terror de lo vivo. Inventamos definiciones para huir de él: me llamo tal, tengo un curro allí, mi trabajo consiste en hacer esto y lo otro.
De un modo subyacente, la angustia prosigue su labor de zapa. No podemos amordazar del todo nuestro discurso. Creemos que nos llamamos Fulanito, que nuestro trabajo consiste en hacer esto y lo otro pero, al despertar, nada de eso existía. Quizá sea porque no existe.
Amélie Nothomb
Diario de Golondrina (traducción de Sergi Pàmies. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:56  | Libros...
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