Viernes, 11 de febrero de 2011

? entonces su mano vag? por el peque?o abultamiento de mi cicatriz. Le atra?a su forma abisal que parec?a dividir mi vientre en dos partes, una frontera entre el dolor y la salvaci?n, una abertura al interior desconocido, ?se que, dec?a, siempre guardaba en un silencio herm?tico y distante. Sonre?a al llegar a las ?ltimas puntadas perdidas entre mi vello p?bico, como si fuesen marcas de un juego er?tico o las migas de pan que marcaban el regreso a casa en los cuentos. Le gustaba que algunas de mis marcas fueran visibles, reales, palpables, que pudiera sentirlas en el calor de su piel y ser ella, de alguna forma, parte de esa cicatriz y de un mundo que rodaba y giraba sin control.

La primera vez que me desnud? ante ella le cont? los recuerdos difusos y lejanos sobre mi cicatriz, la sangre marr?n que me extrajeron antes de la operaci?n, la enfermera que me dijo que ten?a los labios agrietados, mi madre que me pregunt? si sab?a qui?n era al despertar de la operaci?n (y en ese instante yo s?lo pod?a ver una t?mida niebla a mi alrededor). Cuando sal? del hospital me sent?a como John Wayne, mi herida podr?a ser la marca de una escaramuza o una pelea a muerte. Ella escuchaba sentada en la cama, estudiando con detenimiento mi cicatriz y mi voz queda. Aquella primera vez s?lo poso sus dedos sobre la herida, parec?a temer que se reabriera por sus caricias.


Hab?a un punto de no retorno. Ella acurrucada sobre la cama, expectante y risue?a, mi reflejo en el camino dentro de sus ojos, la realidad de su cuerpo bajo el m?o, sus movimientos como de olas de mar que se replegaban una y otra vez sobre s?, yo en su centro y ella dentro de mi cicatriz.


Tags: espacios en blanco, espacios en blanco

Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios