Mi?rcoles, 16 de febrero de 2011

A veces no encuentro las palabras adecuadas y precisas para describir los sentimientos que la lectura de un libro como 2666 me producen. Porque 2666 se coló piel adentro desde las primeras páginas, me dejó boquiabierto, sorprendido y con una sensación de vértigo parecida a la que se siente al acercarse el borde de un acantilado. 2666 ha sido una de las lecturas más intensas y aventureras que recuerde, como lo fueron El árbol de la ciencia, El lobo estepario o Las uvas de la ira. Una lectura inolvidable.

Lo que me gusta de este último libro de Bolaño es su capacidad de riesgo, de no seguir un camino sino docenas de ellos, de detenerse en lugares nada comunes, de investigar y extenderse y dejarse llevar por la palabra, por las digresiones, por los puzzles y los fantasmas, por el cruce de tiempos y personas, por la muerte, la locura y las sombras. Nada parece real y nada parece inventado. Es un libro febril, alocado e inestable, como un río casi infinito (ahora recuerdo una imagen que podría definir este libro, Fitzcarraldo, de Herzog, y su aventura en la selva amazónica).

Todo parece desbordarse en 2666, se mezclan tiempos y espacios, filólogos con boxeadores, escritores fantasmales y desaparecidos, asesinos, prusianos que echan de menos su imperio pasado, policías mexicanos, videntes, emigrantes, oficiales nazis o periodistas de sucesos, hay personajes secundarios, casi terciarios, que se quedan prendidos en la memoria, un poeta loco encerrado en un manicomio o un pintor que se corta la mano, se pasa de los congresos literarios al desierto fronterizo donde mueren docenas de mujeres mexicanas o la Europa asolada por la segunda guerra mundial. En 2666 hay cabida a cualquier tiempo y espacio.

Bolaño dividió la novela en cinco partes. Quiso editarlas por separado, una al año, al saber que moriría pronto. Pero 2666 hay que leerla del tirón, es imposible fragmentarla, se siente parte de una misma obra, de una misma voz, un paso que se inicia por cuatro lectores que descubren a un autor poco conocido y que acaba con ese autor fantasmal y sus derivas por un mundo en guerra y estridente y lleno de vacíos y ausencias.

La primer parte, La parte de los críticos, abre el misterio, las compuertas de la novela, el primer paso de un largo camino. Cuatro filólogos van detrás del rastro, de la sombra de Beno von Archimboldi, un escritor fantasma y enigmático. Como en Las afinidades electivas, se dan curiosos cruces entre los tres hombres y la única mujer, Liz Norton. Esta parte es la semilla de toda la locura que vendrá a continuación. Se suceden los congresos de filología, las derivas amorosas y sexuales, la pista siempre en fuga de Archimboldi que les lleva a México.

La segunda parte, La parte de Amalfitano, tiene una imagen poética, un libro colgado de un tendedero de ropa, ver cómo la vida actúa sobre él y comba y cambia sus facciones. Amalfitano, un profesor que ve cómo su mujer desaparece en busca de un escritor internado en un manicomio (el amor loco, fugaz, lleno de incoherencias, de vacíos, de espacios en blanco), se instala en México con su hija. Se vislumbra ese desierto en el que acabaron Los detectives salvajes y la tragedia de los crímenes que formarán la cuarta parte del libro.

En la tercera parte, La parte de Fate, se cruza un combate de boxeo con las desapariciones de mujeres en México y un puñado de personajes al límite. Un periodista de una revista dirigida a la comunidad negra estadounidense acude a Santa Teresa para cubrir un combate de boxeo y en los días que pasa en la ciudad descubre que algo terrible y cruel sucede en ella, los asesinatos de mujeres. En esta parte se intuye el peligro, la muerte, la atmósfera opresiva que rodea a los crímenes.

La cuarta parte, La parte de los crímenes, es la parte más dura y extrema del libro. Con una minuciosidad extrema, se repasan los crímenes de Santa Teresa, contados como si fuesen un informe policial. A cada crimen, un nudo en la garganta, la sensación de indefensión por la impunidad de los asesinos, de rabia, la crueldad llevada al extremo. Se mezclan la vida de los policías, una vidente, un alemán acusado de los crímenes o los periodistas de la zona con la descripción detallada de cada asesinato y el ambiente corrupto de la ciudad. Se da voz y presencia a las mujeres desaparecidas, se las hace reales, cada una un nombre, una forma de vivir y de morir.

La quinta parte, La parte de Archimboldi, cierra el círculo y conocemos la vida del escritor fantasmal que inició esta aventura, una vida en la que se incluyen una historia de amor tierna y loca, unos cuadernos escondidos en un poblado ruso durante la segunda guerra mundial, la locura de la guerra y los soldados crucificados, las identidades cambiadas y una máquina de escribir.



Hace un mes que terminé este libro y siento que no puedo expresar cuánto ha significado para mí, cuánto me ha emocionado su lectura, la aventura que ha sido perderse en su camino y sus digresiones y la tristeza de saber que leer no podré las novelas que Bolaño se quedó sin escribir. No he podido encontrar las palabras adecuadas para esta reseña. 2666 es inolvidable, desbordante, pura aventura, un paso más allá de Los detectives salvajes.




Pobre mi padre mío. Fui escritor, fui escritor, pero mi indolente cerebro voraz me comía las entrañas. Buitre de mi propio Prometeo o Prometeo de mi propio buitre, un día me di cuenta de que podía llegar a publicar excelentes artículos en las revistas y en los periódicos, e incluso libros que no desmerecían el papel en que estaban impresos. Pero también supe que jamás lograría acercarme o internarme en aquello que llamamos una obra maestra. Me dirá usted que la literatura no consiste únicamente en obras maestras sino que está poblada de obras, así llamadas, menores. Yo también creía eso. La literatura es un vasto bosque y las obras maestras son los lagos, los árboles inmensos o extrañísimos, las elocuentes flores preciosas o las escondidas grutas, pero un bosque también está compuesto por árboles comunes y corrientes, por yerbazales, por charcos, por plantas parásitas, por hongos y por florecillas silvestres. Me equivocaba. Las obras menores, en realidad, no existen. Quiero decir: el autor de una obra menor no se llama fulanito o zutanito. Fulanito y zutanito existen, de eso no cabe duda, y sufren y trabajan y publican en periódicos y revistas y de vez en cuando incluso publican un libro que no desmerece el papel en el que está impreso, pero esos libros o esos artículos, si usted se fija con atención, no están escritos por ellos.
Toda obra menor tiene un autor secreto y todo autor secreto es, por definición, un escritor de obras maestras. ¿Quién ha escrito tal obra menor? Aparentemente un escritor menor. La mujer de este pobre escritor lo puede atestiguar, ella lo ha visto sentado a la mesa, inclinado sobre las páginas en blanco, retorciéndose y deslizando su pluma sobre el papel. Parece un testigo irrebatible. Pero lo que ha visto es sólo la parte exterior. El cascarón de la literatura. Una apariencia –le dijo el viejo ex escritor a Archimboldi y Archimboldi recordó a Ansky–. Quien en verdad está escribiendo esa obra menor es un escritor secreto que sólo acepta los dictados de una obra maestra.
Nuestro buen artesano escribe. Está ensimismado en aquello que va plasmando bien o mal en el papel. Su mujer, sin que él lo sepa, lo observa. Efectivamente, es él quien escribe. Pero si su mujer tuviera una vista de rayos X se daría cuenta de que no asiste propiamente a un ejercicio de creación literaria sino más bien a una sesión de hipnotismo. En el interior del hombre que está sentado escribiendo no hay nada. Nada que sea él, quiero decir. Cuánto mejor haría ese pobre hombre dedicándose a la lectura. La lectura es placer y alegría de estar vivo o tristeza de estar vivo y sobre todo es conocimiento y preguntas. La escritura, en cambio, suele ser vacío. En las entrañas del hombre que escribe no hay nada. Nada, quiero decir, que su mujer, en un momento dado, pueda reconocer. Escribe al dictado. Su novela o poemario, decentes, decentitos, salen no por un ejercicio de estilo o voluntad, como el pobre desgraciado cree, sino gracias a un ejercicio de ocultamiento. ¡Es necesario que haya muchos libros, muchos pinos encantadores, para que velen de miradas aviesas el libro que realmente importa, la jodida gruta de nuestra desgracia, la flor mágica del invierno!
Disculpe las metáforas. A veces me excito y me pongo romántico. Pero escuche. Toda obra que no sea una obra maestra es, cómo se lo diría, una pieza de un vasto camuflaje. Usted ha sido soldado, me imagino, y ya sabe a lo que me refiero. Todo libro que no sea una obra maestra es carne de cañón, esforzada infantería, pieza sacrificable dado que reproduce, de múltiples maneras, el esquema de la obra maestra. Cuando comprendí esta verdad dejé de escribir. Mi mente, sin embargo, no dejó de funcionar. Al contrario, al no escribir funcionaba mejor. Me pregunté: ¿por qué una obra maestra necesita estar oculta?, ¿qué extrañas fuerzas la arrastran hacia el secreto y el misterio?
Ya sabía que escribir era inútil. O que sólo merecía la pena si uno está dispuesto a escribir una obra maestra. La mayor parte de los escritores se equivocan o juegan. Tal vez equivocarse y jugar sea lo mismo, las dos caras de la misma moneda. En realidad nunca dejamos de ser niños, niños monstruosos llenos de pupas y de varices y de tumores y de manchas en la piel, pero niños al fin y al cabo, es decir nunca dejamos de aferrarnos a la vida puesto que somos vida. También se podría decir: somos teatro, somos música. De igual manera, pocos son los escritores que renuncian. Jugamos a creernos inmortales. Nos equivocamos en el juicio de nuestras propias obras y en el juicio siempre impreciso de las obras de los demás. Nos vemos en el Nobel, dicen los escritores, como quien dice: nos vemos en el infierno.
Roberto Bolaño
2666 (Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:20  | Libros...
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Comentarios

Lo he dicho, lo digo y lo diré: vendes los libros como nadie. Cuando aún estabas leyendo 2666, ya estaba deseando tenerlo en mi estantería. Al final, tú conseguiste que mi pensamiento dejara de ser una quimera para convertirse en realidad. Y ahí está, esperando a ser leído. Espero que este año sea el momento para mi primer Bolaño. Desde luego, con esta reseña, ganas no faltan (y otros 30 libros que deberías ganar).

Abrazos.

Publicado por Junior
Jueves, 24 de febrero de 2011 | 20:16

Creo que también vas a alucinar con este libro, Junior, sobre todo porque abarca personajes, tiempos y espacios tan diferentes entre sí que nunca aburre, es más, lo lees con una mirada sorprendida por estar ante un libro que empieza con unos filólogos que investigan a un escritor desconocido y desaparecido y cómo esos personajes son como el primer paso de una historia casi infinita. Vas a empezar por el mejor Bolaño. Un saludo, gaditano lindo

Publicado por elchicoanalogo
Jueves, 24 de febrero de 2011 | 22:24