Jueves, 10 de marzo de 2011

Si Bolaño escribe 2666 de forma voluptuosa, infatigable, aventurera y llena de curvas, Agota Kristof se decide por una escritura minimalista, directa, desnuda y seca en los tres libros que conforman Claus y Lucas, dos extremos que atraen de igual manera, la palabra desbordante de Bolaño en una historia que parece infinita, la palabra exacta de Kristof para hablar de la crueldad, la identidad, las fronteras, los espejos, la soledad o la guerra, ambas lecturas intensas e inolvidables.

En El gran cuaderno, la primera parte de Claus y Lucas, vemos cómo los hermanos buscan un lugar donde refugiarse de los bombardeos que asolan la gran ciudad. Su madre los deja al cuidado de una abuela que nunca han visto, una mujer a veces cruel y distante, tan cruel y distante como la tierra y la época en la que viven. Lo primero que llama la atención es cómo los hermanos escriben a una voz, ambos son los narradores, no hay un yo sino un nosotros, dos seres y dos voces inseparables. Claus y Lucas no van a la escuela, se refugian en la granja de su abuela y allá empezarán con estrictos y extraños ejercicios que llaman de endurecimiento de cuerpo y espíritu para convertirse en seres capaces de resistir la locura exterior de un mundo en guerra y destrucción y con los que intentan acostumbrarse a los insultos, al dolor físico, a la ausencia de amor, a la ceguera y sordera o inmovilidad. Desnudan las palabras y los sentimientos hasta lograr una indiferencia pura.

Endurecimiento del cuerpo: “Pasamos las manos por encima de una llama. Nos cortamos con un cuchillo el muslo, el brazo, el pecho, y nos echamos alcohol en las heridas. Cada vez, nos decimos: - No ha dolido. Al cabo de un cierto tiempo, efectivamente, ya nos sentimos nada. Es otro quien siente dolor, otro el que se quema, el que se corta, el que sufre”.

Endurecimiento del espíritu: “Nuestra madre nos decía: - ¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! ¡Mi vida! ¡Mis pequeños adorados! Cuando nos acordamos de esas palabras, los ojos se nos llenan de lágrimas. Esas palabras las tenemos que olvidar, porque ahora ya nadie nos dice palabras semejantes, y porque el recuerdo que tenemos es una carga demasiado pesada para soportarla. Entonces volvemos a empezar nuestro ejercicio de otra manera. Decimos: - ¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! Yo os quiero... No os abandonaré nunca... Sólo os querré a vosotros... Siempre... Sois toda mi vida... A fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo poco a poco su significado, y el dolor que llevan consigo se atenúa".

Ya en esta primera parte sorprende y atrae esa desnudez con la que los hermanos gemelos narran su llegada a la casa de su abuela en el campo, una desnudez que los hermanos explican en el gran cuaderno donde escriben sus ejercicios y redacciones: “Para decidir si algo está “bien” o “mal” tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos. Por ejemplo, está prohibido escribir: “la abuela se parece a una bruja”. Pero sí está permitido escribir: “la gente llama a la abuela “la Bruja”. Está prohibido escribir: “el pueblo es bonito”, porque el pueblo puede ser bonito para nosotros y feo para otras personas. Del mismo modo, si escribimos: “el ordenanza es bueno”, no es verdad, porque el ordenanza puede ser capaz de cometer maldades que nosotros ignoramos. Escribimos, sencillamente: “el ordenanza nos ha dado unas mantas”. Escribiremos: “comemos muchas nueces”, y no: “nos gustan las nueces”, porque la palabra “gustar” no es una palabra segura, carece de precisión y de objetividad. “Nos gustan las nueces” y “nos gusta nuestra madre” no puede querer decir lo mismo. La primera designa un gusto agradable en la boca, y la segunda, un sentimiento. Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.” Los hermanos no “adjetivizan” su vida en el campo, la recrean de la forma más austera, sobria y cercana a la realidad posible. Hablan de su abuela y los soldados que hospedan, de sus trabajos en la granja, de sus paseos por el bosque, cercano a la frontera vigilada, de sus vecinas que viven de la mendicidad, de sus primeros escarceos sexuales... Claus y Lucas se van separando de quienes fueron en su vida en la ciudad. Asombra esta parte por la dureza, intensidad y crueldad de alguna de sus páginas.

En la segunda parte La prueba, Lucas se quedará en la casa de la abuela mientras Claus huirá al otro lado de la frontera, la voz unida y el destino de los hermanos se separa. Lucas se encargará de una madre soltera y su niño, se enamorará de una bibliotecaria, será el dueño de la librería donde compraban los cuadernos en los que escribían sus ejercicios, vivirá el cambio de tiempos y las diferentes revoluciones políticas de su tierra y siempre, siempre, esperará el regreso de su hermano, de su otra mitad. Dice la sinopsis que es una alegoría de las fuerzas que han separado a Europa tras la segunda guerra mundial, y tal vez sea eso, los dos hermanos que se separan, que esperan la llegada del otro y en esa espera el dolor y las pérdidas y las mentiras y la reconstrucción del pasado y un reencuentro que sólo abre heridas.

En La tercera mentira se abre la mirada sobre lo relatado en los dos libros anteriores. Los pasos y las voces de los gemelos se confunden, se cambian los puntos de vistas, como imágenes distorsionadas de espejos. La historia es desoladora, dura, triste, como un paraje gris y desierto. Claus y Lucas es una lectura intensa, desgarrada, una de esos libros que te sacuden.

Jesús, muchas gracias por este regalo.



(Traducción de Ana Herrera y Roser Berdagué. El Aleph Editores)


Tags: Claus y Lucas, Agota Kristof, Ana Herrera, Roser Berdagué, El Aleph

Publicado por elchicoanalogo @ 0:34  | Libros...
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Comentarios

¡Fernando, no tienes nada que agradecerme! Cuando te lo regalé, desconocía completamente esta historia. Investigué un poco y la añadí a mi lista de deseos de aNobii. Pero es que con tu reseña, las ganas de leer esta historia han aumentado. Mi mente ha empezado ya a imaginar cómo será esa infancia de los gemelos con una abuela desconocida, qué se dirán, cómo se mirarán... y luego, la separación y sus consecuencias. Tiene que ser una gran historia.

Ojalá pueda regalarte mil historias más.

 

Abrazos.

Publicado por Junior_Wilkes
Jueves, 10 de marzo de 2011 | 11:49

Junior, es una de esas historias que atrapa a pesar de su dureza, te hace pensar y, sobre todo  te sorprende con su escritura. Todo un descubrimiento. Y mola tener tu letra en un libro que ya se ha convertido en uno de mis favoritos. Un abrazo

Publicado por elchicoanalogo
Jueves, 10 de marzo de 2011 | 20:21