Mi?rcoles, 16 de marzo de 2011

Carta de una desconocida fue mi primer libro de Stefan Zweig. Luego siguieron historias como Leporella o Novela de ajedrez, todas ellas cortas, intensas, dolorosas. Siempre me ha sorprendido esa capacidad de Zweig para moverse en las distancias cortas y poblarlas de personajes memorables y escenas dramáticas. En Mendel el de los libros, el protagonista es un librero de viejo con una memoria prodigiosa pero que apenas vislumbra qué ocurre a su alrededor.

El narrador entra en un café por culpa de un aguacero, el mismo café donde años atrás conoció a un peculiar librero, Mendel, que siempre se sentaba en la misma mesa para estudiar sus libros y catálogos, indiferente a la vida cotidiana que transcurría en las otras mesas del café. Mendel era un ser atípico, alguien que sorprendía al inicio para luego convertirse en una presencia reconocible dentro del café, un librero al que acudir para encontrar libros extraños o difíciles de localizar. “Revolvía los almacenes, todas las semanas, ayudado por un viejo ordenanza de barba imperial, acarreaba un nuevo botín hasta su cuartel general y, desde allí, otra vez de vuelta pues no disponía de la concesión necesaria para abrir un negocio como es debido. De modo que se limitó al pequeño trapicheo, a una actividad menos lucrativa. Los estudiantes le vendían los libros de texto, que por sus manos pasaban de un curso al siguiente. Además, por un pequeño coste adicional, gestionaba y conseguía cualquier libro que uno buscara. Con él, un buen consejo era barato. El dinero no tenía espacio dentro de su mundo, pues nunca se le había visto más que con la misma chaqueta raída, por la mañana, por la tarde y por la noche, consumiendo su leche y sus dos panes, comiendo al mediodía algún bocado que le traían de la casa de huéspedes. No fumaba, no jugaba. Sé, se puede decir que no vivía, tan sólo aquellos dos ojos tras las gafas estaban vivos y alimentaban con palabras, títulos y nombres el cerebro de aquel ser enigmático". 

La vida de Mendel orbitaba alrededor de los libros, con la vista perdida entre sus hojas, apenas le daba importancia a la guerra que acababa de estallar en Europa. Parecía que para Mendel las únicas búsquedas que merecían la pena y los únicos mundos posibles estaban dentro de los libros y que no había otro decorado que no fuese el café vienés en el que se sentaba cada día. Era capaz de localizar cualquier libro pero no de notar que el mundo en el que vivía estaba cambiando y acercándose al desastre.

Mendel, un ruso judío en Austria, será visto como un enemigo en el inicio de la primera guerra mundial y encerrado en un campo de concentración, uno de tantos que asolaron Europa. Allá, sin sus libros, sin su mesa del café donde estudiar sus catálogos, sin esos amigos que le acompañaban, la mirada de Mendel se perderá en una realidad cruenta, terrible y dolorosa.

Tras su liberación, nada volverá a ser lo mismo. Mendel ha descubierto la fragilidad de la vida, incluso el café ha cambiado de dueño. Relegado a una sombra primero y luego echado del café, Mendel no volverá a encontrar un lugar en el mundo.

La delicadeza de la escritura de Zweig hace de Mendel el de los libros una lectura inolvidable. Motor, muchas gracias por este regalo.



No necesité más que volver la vista hacia mi interior, tras los párpados, durante un segundo, y enseguida, de la sangre iluminada por las imágenes, ascendió su inconfundible figura. Le vi de inmediato en cuerpo y alma, tal y como solía sentarse a aquella mesita cuadrada con la superficie de mármol de un sucio gris, siempre repleta de libros y documentos. Cómo se sentaba allí, invariable e impertérrito, la mirada tras las gafas fija, hipnóticamente clavada en un libro. Cómo se sentaba allí y cómo, susurrando y rezongando durante la lectura, mecía su cuerpo y su calva mal pulida y salpicada de manchas hacia delante y hacia atrás, una costumbre adquirida en el cheder, el parvulario de los judíos del Este. Allí, en aquella mesa y sólo en ella, leía él sus catálogos y sus libros, tal y como le habían enseñado a hacer en la escuela talmúdica, canturreando en voz baja y balanceándose: una cuna negra, bamboleante. Pues así como un niño cae en el sueño y se olvida del mundo por medio de ese rítmico vaivén hipnotizador, también el espíritu, en opinión de aquellos devotos, se sume de manera más fácil en la gracia de la abstracción gracias a ese oscilar y columpiarse del cuerpo ocioso. Y en efecto, Jakob Mendel no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor. Junto a él alborotaban y vociferaban los jugadores de billar, corrían los marcadores, repiqueteaba el teléfono. Barrían el suelo, encendían la estufa... Él no se enteraba de nada. En una ocasión, un carbón al rojo vivo cayó fuera de la estufa; y ya olía a chamuscado y humeaba el parqué a dos pasos de él, cuando, alertado por el tufo infernal, uno de los parroquianos se dio cuenta del peligro y a toda velocidad se abalanzó para extinguir la humareda. Pero él, Jakob Mendel, a tan sólo dos pulgadas de distancia y ya tiznado por el humo, no había notado nada, pues leía como otros rezan, como juegan los jugadores, tal y como los borrachos, aturdidos, se quedan con la mirada perdida en el vacío. Leía con un ensimismamiento tan impresionante que desde entonces cualquier otra persona a la que yo haya visto leyendo me ha parecido siempre un profano. En Jakob Mendel, aquel pequeño librero de viejo de Galitzia, contemplé por primera vez, siendo joven, el vasto misterio de la concentración absoluta, que hace tanto al artista como al erudito, al verdadero sabio como al loco de remate, esa trágica felicidad y desgracia de la obsesión completa.
Stefan Zweig
Mendel el de los libros (traducción de Berta Vias Mahou. Editorial Acantilado)


Tags: Stefan Zweig, Mendel el de los libros, Berta Vias Mahou, Acantilado

Publicado por elchicoanalogo @ 0:02  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios