Martes, 29 de marzo de 2011

Bajo una luz marina es el primer libro de poemas que leo de Carver y mi reencuentro con el escritor tras terminar sus libros de relatos cortos. Y tal vez por volver a leer a Carver, el escritor que más me ha conmovido en los últimos años, este reencuentro fue emocionante, el libro abierto en mis manos y yo que elegía al azar un par de poemas mientras paseaba por las calles de Bilbao. Sentí un nudo en la garganta, una sensación de estar ante un mundo conocido y que había extrañado, un reencuentro inesperado con alguien a quien, en cierta forma, había despedido al cerrar Si me necesitas, llámame.

La voz de los relatos de Carver no cambia en sus poemas, en ellos se encuentran los personajes supervivientes de algún naufragio vital, los miedos y fracasos cotidianos, las fracturas y abismos interiores, el dolor de la realidad, las familias rotas o las parejas que se despiden tras el final de su amor, también se encuentran instantes de pura desnudez o epifanía, momentos donde la vida parece iluminarse de forma sorprendente e inesperada. La voz personal, la vida del propio Carver recorre los poemas recogidos en Bajo una luz marina, su mujer Tess Gallagher, sus recuerdos familiares, los momentos donde intenta escribir y las dudas que siente.

Carver acota al mínimo una escena, un sentimiento, como si suspendiese el tiempo y describiese la fotografía de un instante fugaz. Sus poemas están desnudos de cualquier retórica embellecedora, sugieren más que muestran, son tristes, reflexivos, dolorosos, cercanos, retazos de una vida.

Y es lo que me queda de Carver, releer sus cuentos y descubrir poco a poco sus poemas, para que no se apaguen sus palabras, ésas que me emocionan y me hablan de una realidad que siento cercana.




Bajo una luz marina cerca de Sequim, Washington

Empiezan los verdes campos. Y las altas, blancas
granjas después de los charcos de la marea,
y aquellos pequeños cangrejos
listos para echar a correr, o darse la vuelta, si
levantábamos la roca debajo de la que vivían. La languidez
de aquella carretera del campo. Hablando de París,
nuestro París. Y luego encuentras ese sitio en el libro
y me lees la vida de Anna Akhmatova allí con Modigliani.
Sentados en un banco de los jardines de Luxemburgo
bajo su enorme sombrilla negra
recitándose a Verlaine el uno al otro. Los dos
“todavía no alcanzados por el futuro”. Cuando
allá en el prado vimos
a un joven desnudo de medio cuerpo para arriba
y con los pantalones remangados,
como un antiguo remero. Nos miró sin curiosidad.
Se quedó allí observándonos indiferente.
Luego nos dio la espalda y siguió con su trabajo.
Mientras pasábamos como una hermosa guadaña negra
por aquel paisaje perfecto.



Esta mañana

Esta mañana pasaba algo. Un poco de nieve
en el suelo. El sol flotaba en un cielo
azul claro. El mar era azul, y azul verdoso,
hasta donde alcanzaba la vista.
Escasamente agitado. Tranquilo. Me vestí y fui
a dar un paseo –decidido a no volver
hasta coger lo que la naturaleza tenía que ofrecer.
Pasé junto a unos árboles viejos, abatidos.
Crucé un prado salpicado de piedras
donde se amontonaba la nieve. Seguí
hasta llegar al acantilado.
Desde allí miré el mar, y el cielo, y
las gaviotas revoloteando sobre la blanca playa
allá abajo. Todo encantador. Todo bañado por una fría
y pura luz. Pero, como siempre, mis pensamientos
empezaron a dispersarse. Tuve que obligarme
a ver lo que estaba viendo
y nada más. Tuve que decirme esto es lo que 
importa y nada más. (¡Y lo estuve viendo,
durante un minuto o dos!) Durante un minuto o dos
eso se impuso sobre las meditaciones habituales acerca de
lo que estaba bien y lo que estaba mal –deber,
tiernos recuerdos, ideas de muerte, de cómo debería tratar
a mi antigua mujer. Todas las cosas
que esperaba que se fueran esta mañana.
Las que vivo cada día. Las que
he pisoteado para seguir vivo.
Pero durante un minuto o dos me olvidé
de mí mismo y de todo lo demás. Sé que lo hice.
Pues cuando me di la vuelta, no sabía
dónde estaba. Hasta que algunos pájaros se alzaron
de los nudosos árboles. Y se alejaron volando
en la dirección que yo necesitaba que siguieran.
Raymond Carver
Bajo una luz marina (traducción de Mariano Antolín Rato. Visor libros)


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Publicado por elchicoanalogo @ 8:39  | Libros...
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