Lunes, 28 de marzo de 2011

El mayorazgo se inicia con una descripción de un paraje extraño, tenebroso, sombrío que parece anticipar una historia de misterio, fantasmas y sombras intuidas, y en ese paraje un palacio que sólo se ocupa a finales del otoño para la temporada de caza. El inicio recuerda a los cuentos posteriores de Edgar Allan Poe, un clima extraño, un palacio semi abandonado, lo sobrenatural que irrumpe en la realidad, que parece ocupar por un instante la misma dimensión.

El narrador recuerda su primer viaje al castillo del barón Roderich junto a su tío abogado, un hombre inteligente, sosegado, conocedor de los secretos que habitan dentro de los muros de palacio y capaz de apaciguar a los espíritus errantes. En ese recuerdo se mezclan la realidad, la ensoñación, las vidas desgraciadas de los antiguos moradores del palacio, un amor imposible lleno de pureza, dolor y melancolía, las muertes misteriosas y las apariciones fantasmales. Tal vez sean estas apariciones la parte más atractiva de El mayorazgo por esa sensación de “naturalidad” que las acompaña, como si fuesen una parte más de la realidad. El narrador es sorprendido por un espíritu en su primera noche en el castillo, el primer paso dentro del misterio que rodea a la familia del barón, de un lejano crimen y unas vidas dramáticas dominadas por la avaricia, la locura o la pérdida.

También, la historia de amor entre el narrador y la mujer del barón, uno de esos amores inalcanzables que se nutren del dolor, de la imposibilidad de hacerlo real, de la imaginación más que de lo corpóreo. Una mirada, un gesto, el olor del cabello de la mujer del barón, una hora de música compartida y el narrador sólo puede dejarse llevar por su hechizo, sucumbir al (doloroso) placer de un amor imposible ante la severa mirada de su tío.

Hoffmann abre varios caminos a lo largo de El mayorazgo, los parajes sombríos y otoñales, las apariciones fantasmales, el amor irrealizable, las muertes y los misterios del pasado, ecos que se van apagando a medida se acerca el final. Tal vez sea eso, la memoria y las vidas de los personajes de Hoffmann como ecos, como las ondas que produce una piedra al adentrarse en un río.



La naturaleza representa simbólicamente el ciclo de la vida humana en el cambio de las estaciones. Se ha hablado mucho de este tema, pero yo lo interpreto de manera distinta a todas. Las nieblas de la primavera se disipan, los vahos del verano se evaporan y sólo el éter puro del otoño puede mostrar con claridad el lejano paisaje, hasta que nuestra presencia en este mundo se sumerge en la noche del invierno. Quiero decir que la clarividencia que se adquiere con la edad, nos muestra nítidimanente el reino de las fuerzas inescrutables.
E. T. A. Hoffmann
El mayorazgo (traducción de Jorge Seca. Nórdica libros)


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Publicado por elchicoanalogo @ 4:37  | Libros...
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