Martes, 29 de marzo de 2011

Bajo una luz marina es el primer libro de poemas que leo de Carver y mi reencuentro con el escritor tras terminar sus libros de relatos cortos. Y tal vez por volver a leer a Carver, el escritor que más me ha conmovido en los últimos años, este reencuentro fue emocionante, el libro abierto en mis manos y yo que elegía al azar un par de poemas mientras paseaba por las calles de Bilbao. Sentí un nudo en la garganta, una sensación de estar ante un mundo conocido y que había extrañado, un reencuentro inesperado con alguien a quien, en cierta forma, había despedido al cerrar Si me necesitas, llámame.

La voz de los relatos de Carver no cambia en sus poemas, en ellos se encuentran los personajes supervivientes de algún naufragio vital, los miedos y fracasos cotidianos, las fracturas y abismos interiores, el dolor de la realidad, las familias rotas o las parejas que se despiden tras el final de su amor, también se encuentran instantes de pura desnudez o epifanía, momentos donde la vida parece iluminarse de forma sorprendente e inesperada. La voz personal, la vida del propio Carver recorre los poemas recogidos en Bajo una luz marina, su mujer Tess Gallagher, sus recuerdos familiares, los momentos donde intenta escribir y las dudas que siente.

Carver acota al mínimo una escena, un sentimiento, como si suspendiese el tiempo y describiese la fotografía de un instante fugaz. Sus poemas están desnudos de cualquier retórica embellecedora, sugieren más que muestran, son tristes, reflexivos, dolorosos, cercanos, retazos de una vida.

Y es lo que me queda de Carver, releer sus cuentos y descubrir poco a poco sus poemas, para que no se apaguen sus palabras, ésas que me emocionan y me hablan de una realidad que siento cercana.




Bajo una luz marina cerca de Sequim, Washington

Empiezan los verdes campos. Y las altas, blancas
granjas después de los charcos de la marea,
y aquellos pequeños cangrejos
listos para echar a correr, o darse la vuelta, si
levantábamos la roca debajo de la que vivían. La languidez
de aquella carretera del campo. Hablando de París,
nuestro París. Y luego encuentras ese sitio en el libro
y me lees la vida de Anna Akhmatova allí con Modigliani.
Sentados en un banco de los jardines de Luxemburgo
bajo su enorme sombrilla negra
recitándose a Verlaine el uno al otro. Los dos
“todavía no alcanzados por el futuro”. Cuando
allá en el prado vimos
a un joven desnudo de medio cuerpo para arriba
y con los pantalones remangados,
como un antiguo remero. Nos miró sin curiosidad.
Se quedó allí observándonos indiferente.
Luego nos dio la espalda y siguió con su trabajo.
Mientras pasábamos como una hermosa guadaña negra
por aquel paisaje perfecto.



Esta mañana

Esta mañana pasaba algo. Un poco de nieve
en el suelo. El sol flotaba en un cielo
azul claro. El mar era azul, y azul verdoso,
hasta donde alcanzaba la vista.
Escasamente agitado. Tranquilo. Me vestí y fui
a dar un paseo –decidido a no volver
hasta coger lo que la naturaleza tenía que ofrecer.
Pasé junto a unos árboles viejos, abatidos.
Crucé un prado salpicado de piedras
donde se amontonaba la nieve. Seguí
hasta llegar al acantilado.
Desde allí miré el mar, y el cielo, y
las gaviotas revoloteando sobre la blanca playa
allá abajo. Todo encantador. Todo bañado por una fría
y pura luz. Pero, como siempre, mis pensamientos
empezaron a dispersarse. Tuve que obligarme
a ver lo que estaba viendo
y nada más. Tuve que decirme esto es lo que 
importa y nada más. (¡Y lo estuve viendo,
durante un minuto o dos!) Durante un minuto o dos
eso se impuso sobre las meditaciones habituales acerca de
lo que estaba bien y lo que estaba mal –deber,
tiernos recuerdos, ideas de muerte, de cómo debería tratar
a mi antigua mujer. Todas las cosas
que esperaba que se fueran esta mañana.
Las que vivo cada día. Las que
he pisoteado para seguir vivo.
Pero durante un minuto o dos me olvidé
de mí mismo y de todo lo demás. Sé que lo hice.
Pues cuando me di la vuelta, no sabía
dónde estaba. Hasta que algunos pájaros se alzaron
de los nudosos árboles. Y se alejaron volando
en la dirección que yo necesitaba que siguieran.
Raymond Carver
Bajo una luz marina (traducción de Mariano Antolín Rato. Visor libros)


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Lunes, 28 de marzo de 2011

El mayorazgo se inicia con una descripción de un paraje extraño, tenebroso, sombrío que parece anticipar una historia de misterio, fantasmas y sombras intuidas, y en ese paraje un palacio que sólo se ocupa a finales del otoño para la temporada de caza. El inicio recuerda a los cuentos posteriores de Edgar Allan Poe, un clima extraño, un palacio semi abandonado, lo sobrenatural que irrumpe en la realidad, que parece ocupar por un instante la misma dimensión.

El narrador recuerda su primer viaje al castillo del barón Roderich junto a su tío abogado, un hombre inteligente, sosegado, conocedor de los secretos que habitan dentro de los muros de palacio y capaz de apaciguar a los espíritus errantes. En ese recuerdo se mezclan la realidad, la ensoñación, las vidas desgraciadas de los antiguos moradores del palacio, un amor imposible lleno de pureza, dolor y melancolía, las muertes misteriosas y las apariciones fantasmales. Tal vez sean estas apariciones la parte más atractiva de El mayorazgo por esa sensación de “naturalidad” que las acompaña, como si fuesen una parte más de la realidad. El narrador es sorprendido por un espíritu en su primera noche en el castillo, el primer paso dentro del misterio que rodea a la familia del barón, de un lejano crimen y unas vidas dramáticas dominadas por la avaricia, la locura o la pérdida.

También, la historia de amor entre el narrador y la mujer del barón, uno de esos amores inalcanzables que se nutren del dolor, de la imposibilidad de hacerlo real, de la imaginación más que de lo corpóreo. Una mirada, un gesto, el olor del cabello de la mujer del barón, una hora de música compartida y el narrador sólo puede dejarse llevar por su hechizo, sucumbir al (doloroso) placer de un amor imposible ante la severa mirada de su tío.

Hoffmann abre varios caminos a lo largo de El mayorazgo, los parajes sombríos y otoñales, las apariciones fantasmales, el amor irrealizable, las muertes y los misterios del pasado, ecos que se van apagando a medida se acerca el final. Tal vez sea eso, la memoria y las vidas de los personajes de Hoffmann como ecos, como las ondas que produce una piedra al adentrarse en un río.



La naturaleza representa simbólicamente el ciclo de la vida humana en el cambio de las estaciones. Se ha hablado mucho de este tema, pero yo lo interpreto de manera distinta a todas. Las nieblas de la primavera se disipan, los vahos del verano se evaporan y sólo el éter puro del otoño puede mostrar con claridad el lejano paisaje, hasta que nuestra presencia en este mundo se sumerge en la noche del invierno. Quiero decir que la clarividencia que se adquiere con la edad, nos muestra nítidimanente el reino de las fuerzas inescrutables.
E. T. A. Hoffmann
El mayorazgo (traducción de Jorge Seca. Nórdica libros)


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Domingo, 27 de marzo de 2011

Los hombres tristes,
que tienen en sus ojos un café de provincias,
que no saben mentir como quien dice,
que se esconden detrás de los periódicos,
que se quedan sentados en su silla
cuando la fiesta baila,
que gastan por zapatos una tarde de lluvia,
que saludan con miedo,
que de pronto una noche se deshacen,
que cantan perseguidos por la risa,
que abrazan, que importunan hasta quedarse solos,
que retornan después a su tristeza
igual que a su pañuelo y a su vaso de agua,
que ven cómo se alejan las novias y los barcos,
esos hombres manchados por las últimas horas
de la ocasión perdida,
se parecen a mí.
Luis García Montero
La tristeza del mar cabe en un vaso de agua (en Un invierno propio. Visor)


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S?bado, 26 de marzo de 2011

Tengo un puñado de tierra rojiza del Monument Valley en mi habitación y a veces siento como si una pequeña parte del alma de las historias y los personajes de Ford estuviera en ella. En Fort Apache, fotografiada en un hermoso blanco y negro, el polvo del Monument Valley envuelve a los personajes, oculta los combates y las escaramuzas en nubes de tierra que, al disiparse, dejan al descubierto una realidad de muerte y desorden, como en la inolvidable escena final de la carga india, rodada en la distancia justa, sin alardes heroicos, la muerte que llega en mitad del polvo y la tierra que se mete y se mezcla con la sangre de los hombres.

Fort Apache inicia la trilogía de la caballería de Ford y lo hace con una analogía entre el coronel Thursday (Henry Fonda), que tomará el mando de un fuerte en mitad de un paraje desértico tras sus años de servicio en Europa, y la derrota de Custer en Little Big Horn. Thursday, altivo y egocéntrico, sólo aspira a capturar a Cochise y los indios escapados de la reserva para conseguir mayor gloria militar y un destino mejor. En contraposición, el capitán York (John Wayne), un oficial cercano, sin la rigidez ni la estrechez de meras de Thursday y que es uno más entre la tropa, un hombre que intenta mediar en el conflicto con los indios y que busca una salida pacífica.

Como Custer en la realidad, Thursday llevará al desastre a sus hombres aunque la leyenda se impondrá a la realidad y será recordado con aquello que anhelaba, una gloria desmerecida (uno de los temas recurrentes de Ford, si la leyenda supera la realidad, publica la leyenda, un lema que es la base de la triste, muy triste El hombre que mató a Liberty Valance). Al igual que en otros westerns de Ford, los indios están mostrados con dignidad, hablan en su lengua y lo único que buscan es un lugar donde seguir con su vida, como en el último western de Ford, El gran combate.

Ford vuelve a sus temas más queridos en Fort Apache, la familia y el hogar como base de la comunidad (en este caso el fuerte y la caballería) o la gloria en la derrota. Orson Welles definió de manera acertada a Ford cuando dijo que era un poeta y un comediante. En Fort Apache Ford supo combinar el drama con el humor, porque la vida es eso, la combinación de ambos extremos. Y como en sus mejores películas, detiene la acción para mostrar la vida diaria de un fuerte y se dedica a filmar hermosas escenas de baile, el cuidado que dispensan los sargentos al hijo novato del sargento mayor o la incursión del capitán York en México para parlamentar con Cochise.

Otro de los puntos fuertes de Ford es cómo sugiere historias secundarias que transcurren junto a las principales. Uno de mis personajes favoritos en Fort Apache es el oficial Sam Collingwood. Apenas aparece en la película pero sabemos que es alcohólico, que coincidió en el pasado con el coronel Thursday, quien no duda en humillarlo cada vez que tiene una oportunidad de hacerlo, y que no llegó a tiempo a una batalla. Durante la película, Collingwood busca una forma de redimirse, de volver a sentirse un oficial valiente.

También, ver una película de Ford es estar de nuevo ante los rostros familiares de secundarios como Jack Pennick, Hank Worden, Ward Bond o Victor MacLaglen, como una compañía de teatro donde los actores pasan de una obra a la siguiente.

En Fort Apache hay camaradería, hogar y familia, dignidad, derrota y la tierra del Monument Valley que, al final, todo lo cubre. Y yo tengo un pedazo de esa tierra en mi habitación.

 

 


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Jueves, 24 de marzo de 2011

Apenas tenía doce años cuando leí por primera vez La máquina del tiempo. Como Tom Sawyer o La isla del tesoro, novelas que devoré en la misma época, el libro de Wells me hablaba de aventuras y viajes fascinantes, de mundos imaginativos y diferentes a los que veía tras el cristal, la mejor manera de captar la atención de un chiquillo. Abrir El mapa del tiempo fue reencontrarme, en cierto modo, con aquellas páginas de mi infancia. Lo que nunca esperé fue descubrir a H. G. Wells como un personaje más, un Wells a veces estirado, a veces entrañable, que ejerce como unión en las diferentes historias, personajes y tiempos que se cruzan en el libro de Félix J. Palma.

Si hay algo que me atrapó desde un inicio fue el tono aventurero y distendido de la novela, el ritmo es endiablado y los cruces de historias, vidas y personajes se suceden manteniendo el interés por cada uno de ellos. Dividida en tres partes, El mapa del tiempo es una mezcla de folletín, aventura, amores (im)posibles, misterio (en algunos momentos me recordó a Wilkie Collins), viajes temporales y mucho amor por la literatura no sólo en el homenaje a Wells, también por ver cómo deambulan por esta historia Bram Stoker y Henry James (que no sale bien parado en comparación con los otros dos escritores), por esos momentos donde Palma recuerda aquellas primigenias historias de viajes a la Luna o detiene la acción para reflexionar sobre el oficio de escritor, sobre eso tan difícil que es crear algo de la nada, pura magia.

En la primera parte, Andrew Harrington buscará el más difícil todavía, viajar en el tiempo para salvar al amor de su vida de las manos de Jack el destripador. La acción se desarrolla en Witechapel, los barrios bajos de Londres donde el destripador asesina y despedaza a prostitutas elegidas al azar. Y es ese azar el que lleva a Harrington a enamorarse de Marie, una historia de amor entre un hombre  rico y una prostituta, un amor al inicio pasional pero que primero se enfría por las dudas de Harrington para sacar a Marie del siniestro barrio tras el inicio de los asesinatos y que luego termina dramáticamente tras su muerte. A Harrington le corroe la culpa y la ausencia de su amor. Hasta que la aparición de una empresa de viajes temporales y el libro de Wells le hace creer en la posibilidad de la redención y salvar a su amor en una increíble pirueta temporal. La sorpresa viene al ver a H. G. Wells como un personaje más de la trama, un Wells que acaba de editar La máquina del tiempo y abrir una ventana a la imaginación y la aventura sin precedentes. Una de las escenas más conmovedoras de esta primera parte es el encuentro entre Wells y Joseph Merrick, conocido como “el hombre elefante”, un encuentro que ayudará al escritor a descubrir la fuerza de la propia voluntad. Una de los elementos atractivos de este libro son las historias y los cruces de personajes reales e inventados.

En la segunda parte, un amor entre dos tiempos. La señorita Haggerty, una mujer incómoda en el tiempo que le ha tocado vivir, con una mirada amplia y diferente a las convenciones sociales que le rodean, tomará parte en una de las expediciones al año 2000 de la empresa Viajes Temporales Murray, un año 2000 donde apenas quedan humanos, masacrados bajo la tiranía de los autómatas. La empresa de viajes temporales da la oportunidad de viajar al momento exacto de la batalla final entre humanos y autómatas, y es tras la batalla que la señorita Haggerty se encontrará de forma casual con el capitán Derek Shackleton, el líder de los humanos en el año 2000, y se enamorará de él. De nuevo aparece Wells como apoyo para una entrañable y trepidante historia de amor.

La última parte es, tal vez, la más atractiva. Casas embrujadas, asesinatos con extraños mensajes, hombres que saltan en el tiempo sin máquinas, tres escritores que deben unir sus fuerzas para combatir a peligrosos viajeros temporales, mundos paralelos y todo contado con un ritmo aventurero, “homérico e impetuoso” donde confluyen y se cierran las diferentes historias y personajes. También hay un hermoso homenaje a El mundo en sus manos, la primera adaptación cinematográfica que dirigió George Pal sobre La máquina del tiempo, una de mis películas de la infancia.

El mapa del tiempo no es una locura temporal al estilo del Vonnegut de Matadero cinco, tampoco es estrictamente una novela sobre viajes temporales o ciencia ficción, es un cruce de caminos, aventura, amor, escritura y magia, una de esas novelas de lectura agitada y emocionante que te ayuda a reencontrarte con la inocencia y la credulidad de nuestras primeras lecturas. Sonia, muchas gracias por el regalo.
Félix J. Palma.
El mapa del tiempo. Alianza editorial

 



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Martes, 22 de marzo de 2011

Estaban en el cuarto de estar. Se decían  
adioses. El fracaso repicando en sus oídos.  
Habían pasado mucho juntos, pero ya  
no podían dar ni un paso más. Brotaban lágrimas  
cuando de la niebla salió un caballo  
que entró en el jardín delantero. Luego otro, y  
otro. Ella salió y dijo:  
"¿De dónde venís, caballitos?"  
y paseó entre ellos, sollozando,
tocándoles los flancos. Los caballos se pusieron
a hacer corvetas en el jardín.
Él hizo dos llamadas: una llamada directamente
al sheriff - "a alguien se le han escapado los caballos".
Pero hubo también otra llamada.
Luego se unió a su mujer en el jardín
delantero, donde hablaron y murmuraron
a los caballos, juntos. (Todo lo que pasaba
ahora pasaba en otra época).
Los caballos pastaban la hierba del jardín
aquella noche. Una luz roja
resplandeció cuando un sedán surgió de la niebla.
Vinieron voces de la niebla.
Al final de esa larga noche,
cuando al fin entrelazaron los brazos
su abrazo estaba lleno de
pasión y recuerdos. Cada uno recordó
la juventud del otro. Ahora algo había terminado,
otra cosa corría a ocupar su lugar.
Llegó el momento mismo de la despedida
"Adiós, sigue" - dijo ella.
Y la dura separación.
Mucho después
él recordaba haber hecho una llamada desastrosa.
Una en la que tuvo que insistir e insistir,
una maldición. Se redujo
a eso. El resto de su vida.
Maldición.
Raymond Carver
En plena noche con niebla y caballos (en Bajo una luz marina. Traducción de Mariano Antolín Rato. Visor libros)


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Domingo, 20 de marzo de 2011

Encontré El mar de todos los muertos en una feria del libro antiguo y de ocasión. El ejemplar estaba en un estado impecable, sin rastro de otras manos o del tiempo pasado en otra estantería. No dudé en comprarlo, Argüello me había sorprendido y descolocado con su primer libro, Siete cuentos imposibles, unos cuentos que parecían ir siempre un paso más allá, que daban una vuelta de tuerca a los mundos posibles que habitamos.

El mar de todos los muertos es la primera novela de Argüello. Si cada vez que inicio un libro siento incertidumbre y una emoción extraña, en esta ocasión se unieron las expectativas y el miedo a la decepción, a no encontrarme al Argüello de Siete cuentos imposibles. Muchas de las páginas de esta novela me devolvieron la febril imaginación que me deslumbró hace ya un año, otras me dejaron en tierra de nadie. A pesar de los altibajos, la lectura de El mar de todos los muertos ha sido toda una aventura.

Joaquín, el narrador es un escritor que decide dejar de escribir. Es lo primero que sorprende, un escritor que quiere alejarse de la palabra, de intentar traer a la superficie las sombras de otros mundos y otras vidas. Fuera las horas en una habitación cerrada, fuera las cenas y las presentaciones de libros, fuera las imágenes interiores. Hay algo enigmático desde el inicio, las sombras de los sueños que se adentran en la realidad, ese “mundo intermedio que separa a los vivos de los muertos”, un mundo intermedio que a veces parece abrirse y permitir el cruce entre vivos y muertos, entre ausencias y presencias. El mismo Joaquín escribe El mar de todos los muertos para una ausencia, una mujer que amó y de la que sólo queda el recuerdo de alguna imagen, un olor, una caricia.  Joaquín accederá a tomarse unas vacaciones en la casa de su editor en Mallorca, una forma de llevar a cabo su idea de dejar de escribir. Un hombre y una isla, una especie de burbuja.

Todo parece tranquilo en la isla, la soledad de un caserón junto al mar y un hombre que decide tomar distancia con su vida y parece querer dejarse llevar por una apacible inacción. “A veces sólo hace falta eso, detenerse y mirar. Dar con alguna excusa que nos permita parar un momento, bajarnos del carrusel en el que nos hallamos montados para mirar un poco alrededor y repartir cartas de nuevo. No se trata en general de una gran decisión, la mayor parte de las veces basta con un pequeño giro, un leve cambio de dirección que nos resitúe en el tablero”. Un isla, una casa, los cambios en el eco del mar, un hombre y la única compañía de un perro. Pero, como en aquellos cuentos de Poe o Hoffman, la casa solitaria y el terreno alrededor parecen esconder presencias extrañas, apenas intuidas, como la frontera entre el sueño y la realidad.

Llega un momento donde parece romperse la barrera entre realidad y ficción, entre el espacio y el tiempo. Joaquín inventa una historia que nunca escribirá para contentar a su editor, un hombre que no sabe que está muerto y decide embarcarse para realizar un largo viaje junto a un capitán que pereció en una tormenta, dos personajes que encerrará en una habitación de la casa y que escaparán para tener su propia existencia, su propio viaje por un mar que parece acoger todas las voces de quienes habitaron este mundo. También se encontrará con personas extrañas, una madre y una hija que viven rodeadas de presencias fantasmales, el reencuentro con una tía a la que apenas vio un par de veces en su infancia y que vive bajo tierra, el inesperado amor de Ana, un amor extremo, a veces plácido, a veces tormentoso y siempre inquietante, seres que parecen deambular entre la realidad y el sueño, entre el presente y el pasado, en ese mundo intermedio que separa a los vivos de los muertos.

El mar de todos los muertos es una historia que orbita entre las sombras y que a veces fascina y otras cansa, donde no hay una frontera clara entre la vida y la muerte, entre creador y creación.



La oscuridad era total, tanto que daba igual abrir los ojos que mantenerlos cerrador. Es curioso cómo es similar la oscuridad del mundo a la de los párpados, pantallas infinitas en donde puede escenificarse el mundo con más posibilidades de las que el mundo suele tener. Nuestra mente insiste en buscar las formas. Se abren ventanas aquí y allá, aparecen rostros y luego se alejan, van y vienen los colores. Los puntos de luz luchan caóticos hasta que de a poco se van aquietando. El mundo ha de parecerse más a eso que a las formas del día, recuerdo que pensé, partículas que agrupamos a merced de nuestros caprichos. Cuanto todo es negro la vista puede llegar a cualquier sitio. ¿Quién pone límites a la oscuridad? ¿Quién decide que lo que estamos viendo no llega hasta el final del universo conocido, y más allá, donde el espacio se confunde, donde no hay una conciencia pensando ni siendo pensada? Entonces desaparecen las cuatro paredes que nos contienen y podemos viajar hasta donde nuestros cuerpos nos llevan. Entonces podemos ver el mar, podemos ver el mar entero.

( … )

Seguimos bailando en silencio hasta que Blanca, que al parecer no había terminado, decidió romperlo. Los escritores son monos de feria, dijo, también lo somos sus viudas y todos los demás, los editores, los agentes. Los pintores son monos de feria, también los escultores. Hay personas que van a su trabajo y que simplemente lo hacen, y que charlan con otros mientras lo hacen sin tener la obligación de resultar ingeniosos o punzantes, luego vuelven a sus casas y nadie les pregunta por lo que han hecho ese día porque nadie espera de ellos que hagan cosas importantes. Ésa es la gente que lo ha conseguido, Joaquín, ésa es la gente que de verdad es libre. Si alguna vez te hallas en una encrucijada, sentenció Blanca con repentina seriedad, como si se tratara de algo que debía esforzarme por recordar, pregúntate por el camino que te hará más libre, ahí es donde radica la verdadera grandeza.
Javier Argüello
El mar de todos los muertos (editorial Lumen)


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Viernes, 18 de marzo de 2011

conocí a una señora que vivió con Hemingway. 
conocí a una señora que aseguraba haberse tirado a Ezra Pound.  
Sartre me invitó a visitarlo en París pero fui tan estúpido que  
no acepté. 
me escribió desde Italia Caresse Crosby de Black Sun Press.  
el hijo de Henry Miller escribió que yo era mejor autor que su  
padre.  
bebí vino con John Fante.  
pero nada de eso importa salvo si se aborda con cierto
romanticismo.
algún día hablarán de mí:
«Chinaski me escribió una carta»,
«vi a Chinaski en el hipódromo»,
«vi a Chinaski lavando el coche»,
todo tonterías.
mientras tanto, algún joven de mirada furiosa
solo y desconocido en una habitación
estará escribiendo cosas que te harán olvidar
a todos los demás
salvo quizás al joven que
le
suceda.
Charles Bukowski
A un paso de distancia (en Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta. Traducción de Eduardo Iriarte Goñi. Visor libros)


one step removed

I knew a lady who once lived with Hemingway.
I knew a lady who claimed to have screwed Ezra Pound.
Sartre invited me to visit him in Paris but I was too stupid to
accept.
Caresse Crosby of Black Sun Press wrote me from Italy.
Henry Miller's son wrote that I was a better writer than his
father.
I drank wine with John Fante.
but none of this matters at all except in a romantic sort of
way.
some day they'll be talking about me:
"Chinaski wrote me a letter."
"I saw Chanaski at the racetrack."
"I watched Chanaski wash his car."
all absolute nonesense.
meanwhile, some wild-eyed young man
alone and unknown in a room
will be writing things that will make you forget
everybody else
except maybe the young man to
follow after
him.


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Mi?rcoles, 16 de marzo de 2011

Carta de una desconocida fue mi primer libro de Stefan Zweig. Luego siguieron historias como Leporella o Novela de ajedrez, todas ellas cortas, intensas, dolorosas. Siempre me ha sorprendido esa capacidad de Zweig para moverse en las distancias cortas y poblarlas de personajes memorables y escenas dramáticas. En Mendel el de los libros, el protagonista es un librero de viejo con una memoria prodigiosa pero que apenas vislumbra qué ocurre a su alrededor.

El narrador entra en un café por culpa de un aguacero, el mismo café donde años atrás conoció a un peculiar librero, Mendel, que siempre se sentaba en la misma mesa para estudiar sus libros y catálogos, indiferente a la vida cotidiana que transcurría en las otras mesas del café. Mendel era un ser atípico, alguien que sorprendía al inicio para luego convertirse en una presencia reconocible dentro del café, un librero al que acudir para encontrar libros extraños o difíciles de localizar. “Revolvía los almacenes, todas las semanas, ayudado por un viejo ordenanza de barba imperial, acarreaba un nuevo botín hasta su cuartel general y, desde allí, otra vez de vuelta pues no disponía de la concesión necesaria para abrir un negocio como es debido. De modo que se limitó al pequeño trapicheo, a una actividad menos lucrativa. Los estudiantes le vendían los libros de texto, que por sus manos pasaban de un curso al siguiente. Además, por un pequeño coste adicional, gestionaba y conseguía cualquier libro que uno buscara. Con él, un buen consejo era barato. El dinero no tenía espacio dentro de su mundo, pues nunca se le había visto más que con la misma chaqueta raída, por la mañana, por la tarde y por la noche, consumiendo su leche y sus dos panes, comiendo al mediodía algún bocado que le traían de la casa de huéspedes. No fumaba, no jugaba. Sé, se puede decir que no vivía, tan sólo aquellos dos ojos tras las gafas estaban vivos y alimentaban con palabras, títulos y nombres el cerebro de aquel ser enigmático". 

La vida de Mendel orbitaba alrededor de los libros, con la vista perdida entre sus hojas, apenas le daba importancia a la guerra que acababa de estallar en Europa. Parecía que para Mendel las únicas búsquedas que merecían la pena y los únicos mundos posibles estaban dentro de los libros y que no había otro decorado que no fuese el café vienés en el que se sentaba cada día. Era capaz de localizar cualquier libro pero no de notar que el mundo en el que vivía estaba cambiando y acercándose al desastre.

Mendel, un ruso judío en Austria, será visto como un enemigo en el inicio de la primera guerra mundial y encerrado en un campo de concentración, uno de tantos que asolaron Europa. Allá, sin sus libros, sin su mesa del café donde estudiar sus catálogos, sin esos amigos que le acompañaban, la mirada de Mendel se perderá en una realidad cruenta, terrible y dolorosa.

Tras su liberación, nada volverá a ser lo mismo. Mendel ha descubierto la fragilidad de la vida, incluso el café ha cambiado de dueño. Relegado a una sombra primero y luego echado del café, Mendel no volverá a encontrar un lugar en el mundo.

La delicadeza de la escritura de Zweig hace de Mendel el de los libros una lectura inolvidable. Motor, muchas gracias por este regalo.



No necesité más que volver la vista hacia mi interior, tras los párpados, durante un segundo, y enseguida, de la sangre iluminada por las imágenes, ascendió su inconfundible figura. Le vi de inmediato en cuerpo y alma, tal y como solía sentarse a aquella mesita cuadrada con la superficie de mármol de un sucio gris, siempre repleta de libros y documentos. Cómo se sentaba allí, invariable e impertérrito, la mirada tras las gafas fija, hipnóticamente clavada en un libro. Cómo se sentaba allí y cómo, susurrando y rezongando durante la lectura, mecía su cuerpo y su calva mal pulida y salpicada de manchas hacia delante y hacia atrás, una costumbre adquirida en el cheder, el parvulario de los judíos del Este. Allí, en aquella mesa y sólo en ella, leía él sus catálogos y sus libros, tal y como le habían enseñado a hacer en la escuela talmúdica, canturreando en voz baja y balanceándose: una cuna negra, bamboleante. Pues así como un niño cae en el sueño y se olvida del mundo por medio de ese rítmico vaivén hipnotizador, también el espíritu, en opinión de aquellos devotos, se sume de manera más fácil en la gracia de la abstracción gracias a ese oscilar y columpiarse del cuerpo ocioso. Y en efecto, Jakob Mendel no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor. Junto a él alborotaban y vociferaban los jugadores de billar, corrían los marcadores, repiqueteaba el teléfono. Barrían el suelo, encendían la estufa... Él no se enteraba de nada. En una ocasión, un carbón al rojo vivo cayó fuera de la estufa; y ya olía a chamuscado y humeaba el parqué a dos pasos de él, cuando, alertado por el tufo infernal, uno de los parroquianos se dio cuenta del peligro y a toda velocidad se abalanzó para extinguir la humareda. Pero él, Jakob Mendel, a tan sólo dos pulgadas de distancia y ya tiznado por el humo, no había notado nada, pues leía como otros rezan, como juegan los jugadores, tal y como los borrachos, aturdidos, se quedan con la mirada perdida en el vacío. Leía con un ensimismamiento tan impresionante que desde entonces cualquier otra persona a la que yo haya visto leyendo me ha parecido siempre un profano. En Jakob Mendel, aquel pequeño librero de viejo de Galitzia, contemplé por primera vez, siendo joven, el vasto misterio de la concentración absoluta, que hace tanto al artista como al erudito, al verdadero sabio como al loco de remate, esa trágica felicidad y desgracia de la obsesión completa.
Stefan Zweig
Mendel el de los libros (traducción de Berta Vias Mahou. Editorial Acantilado)


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S?bado, 12 de marzo de 2011

Tengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón

tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor

sin un temblor de más,
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos

estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna
maldición

mis huéspedes concurren
concurren como sueños
con sus rencores nuevos
su falta de candor
yo les pongo una escoba
tras la puerta
porque quiero estar solo
con mi rostro de vos

pero el rostro de vos
mira a otra parte
con sus ojos de amor
que ya no aman
como víveres
que buscan a su hambre
miran y miran
y apagan mi jornada

las paredes se van
queda la noche
las nostalgias se van
no queda nada

ya mi rostro de vos
cierra los ojos

y es una soledad
tan desolada.
Mario Benedetti
Rostro de vos (en Poemas de otros)


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Jueves, 10 de marzo de 2011

Si Bolaño escribe 2666 de forma voluptuosa, infatigable, aventurera y llena de curvas, Agota Kristof se decide por una escritura minimalista, directa, desnuda y seca en los tres libros que conforman Claus y Lucas, dos extremos que atraen de igual manera, la palabra desbordante de Bolaño en una historia que parece infinita, la palabra exacta de Kristof para hablar de la crueldad, la identidad, las fronteras, los espejos, la soledad o la guerra, ambas lecturas intensas e inolvidables.

En El gran cuaderno, la primera parte de Claus y Lucas, vemos cómo los hermanos buscan un lugar donde refugiarse de los bombardeos que asolan la gran ciudad. Su madre los deja al cuidado de una abuela que nunca han visto, una mujer a veces cruel y distante, tan cruel y distante como la tierra y la época en la que viven. Lo primero que llama la atención es cómo los hermanos escriben a una voz, ambos son los narradores, no hay un yo sino un nosotros, dos seres y dos voces inseparables. Claus y Lucas no van a la escuela, se refugian en la granja de su abuela y allá empezarán con estrictos y extraños ejercicios que llaman de endurecimiento de cuerpo y espíritu para convertirse en seres capaces de resistir la locura exterior de un mundo en guerra y destrucción y con los que intentan acostumbrarse a los insultos, al dolor físico, a la ausencia de amor, a la ceguera y sordera o inmovilidad. Desnudan las palabras y los sentimientos hasta lograr una indiferencia pura.

Endurecimiento del cuerpo: “Pasamos las manos por encima de una llama. Nos cortamos con un cuchillo el muslo, el brazo, el pecho, y nos echamos alcohol en las heridas. Cada vez, nos decimos: - No ha dolido. Al cabo de un cierto tiempo, efectivamente, ya nos sentimos nada. Es otro quien siente dolor, otro el que se quema, el que se corta, el que sufre”.

Endurecimiento del espíritu: “Nuestra madre nos decía: - ¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! ¡Mi vida! ¡Mis pequeños adorados! Cuando nos acordamos de esas palabras, los ojos se nos llenan de lágrimas. Esas palabras las tenemos que olvidar, porque ahora ya nadie nos dice palabras semejantes, y porque el recuerdo que tenemos es una carga demasiado pesada para soportarla. Entonces volvemos a empezar nuestro ejercicio de otra manera. Decimos: - ¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! Yo os quiero... No os abandonaré nunca... Sólo os querré a vosotros... Siempre... Sois toda mi vida... A fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo poco a poco su significado, y el dolor que llevan consigo se atenúa".

Ya en esta primera parte sorprende y atrae esa desnudez con la que los hermanos gemelos narran su llegada a la casa de su abuela en el campo, una desnudez que los hermanos explican en el gran cuaderno donde escriben sus ejercicios y redacciones: “Para decidir si algo está “bien” o “mal” tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos. Por ejemplo, está prohibido escribir: “la abuela se parece a una bruja”. Pero sí está permitido escribir: “la gente llama a la abuela “la Bruja”. Está prohibido escribir: “el pueblo es bonito”, porque el pueblo puede ser bonito para nosotros y feo para otras personas. Del mismo modo, si escribimos: “el ordenanza es bueno”, no es verdad, porque el ordenanza puede ser capaz de cometer maldades que nosotros ignoramos. Escribimos, sencillamente: “el ordenanza nos ha dado unas mantas”. Escribiremos: “comemos muchas nueces”, y no: “nos gustan las nueces”, porque la palabra “gustar” no es una palabra segura, carece de precisión y de objetividad. “Nos gustan las nueces” y “nos gusta nuestra madre” no puede querer decir lo mismo. La primera designa un gusto agradable en la boca, y la segunda, un sentimiento. Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.” Los hermanos no “adjetivizan” su vida en el campo, la recrean de la forma más austera, sobria y cercana a la realidad posible. Hablan de su abuela y los soldados que hospedan, de sus trabajos en la granja, de sus paseos por el bosque, cercano a la frontera vigilada, de sus vecinas que viven de la mendicidad, de sus primeros escarceos sexuales... Claus y Lucas se van separando de quienes fueron en su vida en la ciudad. Asombra esta parte por la dureza, intensidad y crueldad de alguna de sus páginas.

En la segunda parte La prueba, Lucas se quedará en la casa de la abuela mientras Claus huirá al otro lado de la frontera, la voz unida y el destino de los hermanos se separa. Lucas se encargará de una madre soltera y su niño, se enamorará de una bibliotecaria, será el dueño de la librería donde compraban los cuadernos en los que escribían sus ejercicios, vivirá el cambio de tiempos y las diferentes revoluciones políticas de su tierra y siempre, siempre, esperará el regreso de su hermano, de su otra mitad. Dice la sinopsis que es una alegoría de las fuerzas que han separado a Europa tras la segunda guerra mundial, y tal vez sea eso, los dos hermanos que se separan, que esperan la llegada del otro y en esa espera el dolor y las pérdidas y las mentiras y la reconstrucción del pasado y un reencuentro que sólo abre heridas.

En La tercera mentira se abre la mirada sobre lo relatado en los dos libros anteriores. Los pasos y las voces de los gemelos se confunden, se cambian los puntos de vistas, como imágenes distorsionadas de espejos. La historia es desoladora, dura, triste, como un paraje gris y desierto. Claus y Lucas es una lectura intensa, desgarrada, una de esos libros que te sacuden.

Jesús, muchas gracias por este regalo.



(Traducción de Ana Herrera y Roser Berdagué. El Aleph Editores)


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Martes, 08 de marzo de 2011

Ll?nate de m?. ?
Ans?ame, ag?tame, vi?rteme, sacrif?came. ?
P?deme. Rec?geme, cond?neme, oc?ltame. ?
Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora. ?
Soy el que pas? saltando sobre las cosas, ?
el fugante, el doliente. ?

Pero siento tu hora, ?
la hora de que mi vida gotee sobre tu alma, ?
la hora de las ternuras que no derram? nunca, ?
la hora de los silencios que no tienen palabras, ?
tu hora, alba de sangre que me nutri? de angustias, ?
tu hora, medianoche que me fue solitaria. ?

Lib?rtame de m?. Quiero salir de mi alma.
Yo soy esto que gime, esto que arde, esto que sufre.
Yo soy esto que ataca, esto que a?lla, esto que canta.
No, no quiero ser esto.
Ay?dame a romper estas puertas inmensas.
Con tus hombros de seda desentierra estas anclas.
As? crucificaron mi dolor una tarde.

Quiero no tener l?mites y alzarme hacia aquel astro.
Mi coraz?n no debe callar hoy o ma?ana.
Debe participar de lo que toca,
debe ser de metales, de ra?ces, de alas.
No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve,
no puedo ser la sombra que se deshace y pasa.

No, no puede ser, no puede ser, no puede ser.
Entonces gritar?a, llorar?a, gemir?a.
No puede ser, no puede ser.
Qui?n iba a romper esta vibraci?n de mis alas?
Qui?n iba a exterminarme? Qu? designio, qu? palabra?
No puede ser, no puede ser, no puede ser.
Lib?rtame de m?. Quiero salir de mi alma.

Porque t? eres mi ruta. Te forj? en lucha viva.
De mi pelea oscura contra m? mismo, fuiste.
Tienes de m? ese sello de avidez no saciada.
Desde que yo los miro tus ojos son m?s tristes.
Vamos juntos. Rompamos este camino juntos.
Ser? la ruta tuya. Pasa. D?jame irme.
Ans?ame, ag?tame, vi?rteme, sacrif?came.
Haz tambalear los cercos de mis ?ltimos l?mites.

Y que yo pueda, al fin, correr en fuga loca,
inundando las tierras como un r?o terrible,
desatando estos nudos, ah Dios m?o, estos nudos,
destrozando,
quemando,
arrasando
como una lava loca lo que existe,
correr fuera de m? mismo, perdidamente,
libre de m?, furiosamente libre.
Irme,
Dios m?o,
irme!
Pablo Neruda
Ll?nate de m? (en El hondero entusiasta)


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Domingo, 06 de marzo de 2011

Las fotografías apenas tapan la mitad de mi mano. Como los recuerdos que guardan, son imágenes en un blanco y negro a veces nítido y preciso, a veces neblinoso, y en el centro, jóvenes de mirada diáfana y despreocupada y escenas de bailes y fiestas de los veranos de hace cincuenta, sesenta años. Algunas fotografías tienen dobleces, manchas o les falta una parte, como aquella donde están mis tías, una imagen bella y apacible y, también, misteriosa, quién estará en la parte perdida (¿arrancada?), qué esconde ese vacío.

Cada fotografía me acerca a mi padre. Al principio, un jovenzuelo con las orejas algo grandes y la expresión pícara y sonriente. Luego, un hombre de cara sólida, de límites duros, claros y atractivos. A veces pienso que me gustaría tener el dibujo de la cara de mi padre, la mandíbula fuerte, el semblante maduro, enérgico. Y dentro de cada fotografía, una mirada que es una historia, un baile, una sonrisa, un amor, una pérdida, un misterio y la magia de un instante detenido. Porque hay magia no sólo en esas fotos, también en su reverso con pequeñas anotaciones de amor o amistad, fotografías utilizadas como recordatorios, como postales, como mensajes en una botella.

Hace días que me siento junto a mi padre para ver y escanear sus fotos. Me habla de Lombardero, el fotógrafo que se acercaba en su moto a las fiestas, los bailes o los días de malla y tomaba las imágenes de los jóvenes de la Ribeira de Piquín; me habla del trabajo de carpintería que hizo junto a su padre para la fragua de Modesto de Conde o lo que tardaron en terminar tal o cual mueble que aún hoy está en pie y que yo rocé con mis manos medio siglo más tarde, una forma de plegar y jugar con el tiempo; me habla de las siete pesetas que cobraba cada día o de cómo empezó a fumar. Y, sobre todo, me habla de algunos nombres y personas que poblaron mi infancia en Galicia. La vida, al final, es una curva constante.

Hay una fotografía que me atrae de forma especial. Al fondo, una pared blanca, luminosa, casi desnuda, y delante de ella un grupo de amigos que posan de manera apacible y sonriente. Uno parece estar con ellos, una charla alegre, las bromas entre amigos, el momento antes del baile. En el medio, mi padre, con camisa blanca y corbata negra, enciende un cigarrillo. Me gusta ese gesto concentrado, me recuerda mi niñez cuando le observaba encender sus Ducados después de comer y me sorprendía al ver cómo salía humo de su boca o su nariz.

El pasado, en ocasiones, es tangible y cabe en la palma de una mano.

 


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Viernes, 04 de marzo de 2011

Me gustan las historias que giran en torno a la idea del regreso, cómo en esa segunda mirada sobre el pasado conseguimos completar los espacios en blanco de nuestros recuerdos y, también, encontrar un camino diferente o una nueva oportunidad. Si Sean Thornton regresaba a Innisfree para reencontrarse con el paisaje mítico de su infancia y olvidar el drama de su vida en norteamérica, Benito Lacunza volverá a su pueblo para enterrar a su padre sin saber que en ese regreso le espera un cambio que volteará su maltrecha vida.

Fernando Aramburu crea uno de los personajes más entrañables, malhablados, cercanos y divertidos que he leído en los últimos años. Benito Lacunza es un treintañero que parece perdido y sin más ambiciones que unos sueños lejanos, un trompetista que se conforma con tocar de vez en cuando en El Utopía mientras su vida se desgrana sin apenas cambios, como uno de esos perdedores que no encuentran su sitio y se dejan llevar por la desidia y la pasividad. Uno de los puntos que me enganchó fue la forma de hablar y expresarse de Lacunza, su manera de encandilar a las mujeres con historias inverosímiles o actuar ante situaciones cotidianas. Leí con una sonrisa cada frase de Lacunza, me ganó desde la primera página.

Benito Lacunza regresa a su pueblo para acompañar a su padre en sus últimos días. Lo hace empujado por su pareja y para vigilar la parte de la herencia que le corresponde. Lacunza no es un tipo ejemplar, es embaucador, perezoso pero nunca distante o frío. En ese regreso, las calles y las caras conocidas, el reencuentro con su hermano Lalo, un hombre serio, trabajador, que esculpe extrañas figuras y emparejado con Nines, otro de los personajes cercanos de El trompetista del Utopía, porque Nines es una de esas personas que llevan las marcas de una vida dura, la superviviente de un naufragio, de un puñado de desilusiones. Benito se acerca a Nines no sólo a través de su hermano Lalo, también de su hija Ainara. La relación que surge entre el malhablado Lacunza y la hija de Nines es uno de los pilares de la novela. Las escenas entre ambos están llenas de ternura, de cercanía, también de un humor a veces excesivo. Ainaraes uno de los ejes en el que se basará el cambio en Benito, un primer paso para enraizarse en un lugar y en unas personas.

Hay algo en El trompetista del Utopia que me recuerda a John Ford. Ford sabía combinar el drama y la comedia, la vida tenía una mezcla de ambas. Aramburu, en una historia divertida, entretenida, que se lee con una sonrisa, consigue introducir unas gotas de drama que no chirrían dentro del armazón de la novela, es el contrapunto a una historia de nuevas oportunidades.

El trompetista del Utopía fue una de las lecturas más sorprendentes del pasado año, desconocía el tono o el estilo de Aramburu, fui a ciegas por sus páginas y, tal vez eso, lo inesperado y no tener pista alguna sobre lo que me iba a encontrar, me hizo disfrutar aún más con las andanzas de Benito Lacunza. Una historia entrañable.



¿Decirme a mí cojo esos enanos? ¡Lástima no haber agarrado a uno para despellejarlo! Cojeo porque soy un tío libre, ¿vale? Eso para empezar. También porque, mecagüenlá, si piso de lleno puede que me dé un pinchazo en el pinrel. Cosa de poco momento, pero que, joé, duele la hostia. Y a mí el dolor no me camela ni en pintura. En cuanto a lo de borracho, para ahí el carro. Yo soy trompetista de jazz, ¿entendido? ¡Qué si habéis entendido! Ah, bueno. En realidad debería beber más, en serio, drogarme a tope, meterme en mogollón de trifulcas y apalancar cada dos por tres la osamenta en el trullo. No lo digo por mí. Es que lo pide el oficio. Un fulano que aspira a dejar huella en el mundo del jazz tiene que vivir al límite. No hay más remedio. O bajas al infierno como hizo Chet, como hicieron Charlie Parker, La Holiday y tantos otros que ahora son el orgullo de la nación americana, o no eres nada. El infierno es la salvación, tronquis, si lo sabré yo. ¿O alguien se imagina a Benny Lacun sirviendo de camarero toda la vida?
Fernando Aramburu
El trompetista del Utopía (Tusquets Editores)


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