Viernes, 01 de abril de 2011

El mundo literario de Baricco está poblado por seres que encuentran el amor de una forma mágica y dolorosa, que son capaces de retrasar el tiempo, de vivir en el mar sin desembarcar nunca, de aventurarse en la vida con temeridad, sin miedos ni esperanzas y que realizan carreteras que finalizan donde empiezan (y, por tanto, son infinitas), viajes a los confines de la tierra, ciudades imaginarias (imaginativas), locomotoras detenidas en una vía minúscula o palacios de cristal. Y todo narrado con una escritura poética, musical, reflexiva, un tono quedo que parece hablar al lector de manera íntima en un susurro tan pequeño como la luz de las velas.

En Emaús encontré un Baricco más terrenal. No hay imágenes imposibles ni mundos que parecen sacados de las manos de un prestidigitador, pero sí la voz y el tono poético del escritor italiano, ese tono que parece envolverte, que desgrana de a poco las emociones y las historias de cuatro adolescentes en la encrucijada de la madurez y de la colisión con otros mundos desconocidos.

Porque en Emaús hay dos mundos que se cruzan y chocan, la normalidad rutinaria y gris de la clase media, la emoción desfasada y sin límites de la clase alta. Y en ese cruce de mundos, los cuatro jóvenes protagonistas naufragan, pierden parte de su esencia, de quienes eran, encuentran bajo su piel sentimientos, anhelos y deseos que creían ajenos a ellos. El mundo que creían real, verdadero y parte de ellos, se convierte en algo frágil y extraño. Madurar es abrir los ojos a otra realidad, el dolor de los sentimientos extremos, el riesgo de perderse, la posibilidad de la redención o de la aniquilación.

Bobby, el santo, Luca, el narrador (sin nombre), cuatro muchachos católicos que ven cierta heroicidad en su creencia, que viven en un mundo cerrado en el que se reconocen y se sienten cómodos y del que creen saber sus reglas. La mirada a ese otro mundo de voluptuosidad, fiestas, muertes extrañas y amores fugaces les coloca delante de sentimientos extremos, se cuestionan su fe, las preguntas y las dudas al elegir un bando al que pertenecer, un mundo en que quedarse, un lugar donde construir su ser.

La irrupción de Andre, una chica de ese mundo que parecía lejano y distante, una chica que empezó a morir tiempo atrás,  es el primer paso en el cambio de los cuatro amigos, en sus dudas y sus desvíos, en una mirada que se abre para ver otros mundos posibles. Y en esa mirada abierta, el riesgo de romper algo en su interior, de cuestionarse qué y quiénes son. El mundo de sus padres ya no es aquel mundo plácido y normal que creían, empiezan a ver las grietas y las fracturas. La felicidad no estaba donde creían. Y sólo les queda adaptarse o huir o romper con cualquier atisbo de su pasado o aprender a vivir con los diferentes vacíos dentro y fuera de ellos. Y no sólo los cuatro amigos se verán metidos en un terremoto que sacudirá sus vidas, también Andre verá un destello de una realidad que le es extraña, la chica que nació a la par que murió su hermana, la chica que estuvo ante un puente de aguas oscuras y que se lanzó al vacío, la chica que parece vivir una lenta muerte.

Baricco escribe con su voz cercana y reflexiva una hermosa, triste y poética novela sobre cuatro amigos y una adolescente que andan, sin saberlo, sobre una cuerda floja donde cualquier movimiento, por leve que sea, les puede llevar al abismo.



En los Evangelios hay un episodio que nos gusta mucho, como también el nombre que tiene: Emaús. Unos días después de la muerte de Cristo, dos hombres iban andando por el camino que lleva a la pequeña ciudad de Emaús, discutiendo de lo que había pasado en el Calvario, y de algunos rumores, raros, sobre sepulcros abiertos y tumbas vacías. Se acerca un tercer hombre y les pregunta de qué están hablando. Entonces los otros dos le dicen: Pero ¿cómo?, ¿es que no sabes nada de los hechos ocurridos en Jerusalén?
¿Qué hechos?, pregunta él, y pide que se lo expliquen. Los otros dos se los explican. La muerte de Cristo y todo lo demás. Él escucha.
Más tarde pretende marcharse, pero los otros dos le dicen: Es tarde, quédate con nosotros, ya es de noche. Podemos comer juntos y seguir hablando. Y él se queda con ellos.
Durante la cena, el hombre parte el pan, con tranquilidad, con naturalidad. Entonces ellos dos se dan cuenta y reconocen en él al Mesías. Él desaparece.
Al quedarse solos, los dos se dicen: ¿Cómo hemos podido no darnos cuenta? Durante todo el tiempo que ha estado con nosotros, el Mesías estaba con nosotros, y nosotros no nos hemos dado cuenta.
Nos gusta la linealidad -lo simple que es la historia. Y lo real que es todo, sin fruslerías. No hacen más que los gestos elementales, necesarios, hasta el punto de que al final la desaparición de Cristo parece un hecho que se da por descontado, que es casi una costumbre. Nos gusta la linealidad, pero no sería suficiente para que nos gustara tanto la historia, que, en cambio, tanto nos gusta, porque también hay otra razón, ésta: en toda la historia, ninguno de ellos sabe. Al principio el propio Jesís parece no saber sobre sí mismo, ni sobre su muerte. Luegos los otros dos no saben nada sobre él, ni sobre su resurrección. Al final se preguntan: ¿Cómo hemos podido?
Nosotros conocemos esa pregunta.
¿Cómo hemos podido no saber, durante tanto tiempo, nada de lo que era y, a pesar de todo, sentarnos a la mesa de todas las cosas y personas que íbamos encontrando a lo largo del camino? Corazones pequeños -los alimentamos con grandes ilusiones y al final del proceso caminamos igual que discípulos hacia Emaús, ciegos, al lado de amigos y amores que no reconocemos -fiándonos de un Dios que ya no sabe nada sobre sí mismo. Por eso conocemos la marcha de las cosas y luego recibimos el final de las mismas, pero siempre ausentes de su corazón. Somos aurora y, no obstante,  epílogo -perenne descubrimiento tardío.
Alessandro Baricco
Emaús (traducción de Xavier González Rovira. Anagrama)


Tags: Emaús, Alessandro Baricco, Xavier González Rovira, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 8:45  | Libros...
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Comentarios
Y so que sigo sin leer nada de Baricco... y eso que Auro me regaló hace ya algún tiempo "Océano mar". No tengo perdón. Abrazos (llenos de levante) desde Cádiz.
Publicado por Junior
Viernes, 01 de abril de 2011 | 11:42

Fíjate Junior, Océano mar fue mi primer Baricco y, desde entonces, me enganchó su poética forma de escribir. Y adivina quién me lo recomendó... cierta madrileña segoviana única. Cariños desde el norte (y con cerca de 30 grados... ¡nos han cambiado el tiempo!)

Publicado por elchicoanalogo
Viernes, 01 de abril de 2011 | 16:04