Martes, 05 de abril de 2011

En un momento de El cielo es azul, la tierra blanca pensé en ese punto del horizonte donde convergen cielo y tierra. Sentí que, en cierta forma, los dos protagonistas de este hermoso libro, Tsukiko y el maestro, eran como cielo y tierra, dos seres que se unen en un punto ilusorio, quimérico, para resplandecer de forma fugaz.

El cielo es azul, la tierra blanca es una historia de amistad y de amor, de soledad compartida, de cruce de caminos, de suave tristeza y, también, alegría, de un acercamiento progresivo al otro, de encuentros sin planificar, de cierta lucha contra lo que está por llegar y los sentimientos que uno alberga en el corazón, una historia contada con la voz queda, sutil y cautivadora de Tsukiko, una mujer de 38 años de la que sólo sabemos que trabaja en una oficina y que lleva una vida solitaria. Hiromi Kawakami escribe con una delicadeza admirable, sin estridencias ni extraños experimentos, como un eco que va creciendo a medida que pasan las páginas.

Hay algo realmente conmovedor en este libro, y es la decisión de dos solitarios de compartir su soledad. El cielo es azul, la tierra blanca se subtitula Una historia de amor, en este libro la historia de amor se desarrolla de forma pausada, los sentimientos de ambos amantes crecen de forma lenta, tierna y dubitativa, Tsukiko porque cree que no sirve para el amor, el maestro por su vejez, por su cercanía con la muerte. A veces parece que quieren refugiarse en recuerdos de presencias pasadas para no mirar lo que tienen delante de ellos y dentro de sí.

Todo se inicia con un encuentro casual en una taberna entre Tsukiko y su maestro de japonés del instituto. Ambos son solitarios, tienen los mismos gustos culinarios, les gusta beber juntos y la compañía del otro les reconforta. Ya en el primer encuentro hay un punto de unión que sentará las bases de su amistad. “Aquella noche bebimos cinco botellas de sake entre los dos. Pagó él. Otro día, volvimos a encontrarnos en la misma taberna y pagué yo. A partir del tercer día, pedíamos cuentas separadas y cada uno pagaba lo suyo. Desde entonces lo hicimos así. Supongo que no perdimos el contacto porque teníamos demasiadas cosas en común. No sólo nos gustaban los mismos aperitivos, sino que también estábamos de acuerdo en la distancia que dos personas deben mantener.”

Tsukiko y el maestro entienden la amistad de la misma manera. No fuerzan sus encuentros, los dejan al azar, unos encuentros que pueden darse en cualquier taberna, calle o parque. Al fin y al cabo son dos personas que se han acostumbrado a vivir en soledad. Kawakami deja que la historia fluya con tranquilidad, que estos encuentros se distancien en el tiempo, que los amigos coincidan de forma casual y que en cada encuentro su amistad se asiente y crezca, que mute en algo mayor, un amor tierno, lleno de dudas y emociones tambaleantes, de miedos y pequeños dolores, un amor a contracorriente.

Hay un momento realmente hermoso en el libro. Tsukiko pasea por la calle, entona una canción invernal y se queda atascada en la tercera estrofa. De forma inesperada, aparece el maestro entre la multitud y le recuerda la última estrofa de la canción. Y es eso, el uno complementa al otro, hay un punto de unión donde los dos habitan de forma conjunta.

Hiromi Kawakami ha escrito una historia realmente conmovedora y cercana, una inolvidable historia de amor entre dos solitarios que consiguieron, por una pequeña eternidad, unir el cielo y la tierra en un mismo punto.

(Querida Camino, gracias por este regalo).



La soledad se adueñaba de mí por momentos, así que decidí cantar. Empecé cantando Qué bonito es el río Sumida en primavera, pero no era una canción muy adecuada para la época del año, así que la dejé a medias. Intenté recordar una canción invernal, pero no se me ocurrió ninguna. Al final me acordé de una canción para ir a esquiar titulada Las montañas plateadas brillan bajo el sol de la mañana. No reflejaba en absoluto mi estado de ánimo, pero era la única canción de invierno que se me ocurrió, así que empecé a cantarla.
- «No sé si es nieve o niebla lo que vuela, ¡oh! Mi cuerpo también corre veloz».
Tenía la letra de la canción grabada en la memoria. Recordaba incluso la segunda estrofa. Hasta yo me quedé sorprendida al acordarme de una frase que decía: «¡Oh! Nos divertimos saltando con gran habilidad». Un poco más animada, entoné la tercera estrofa, hasta que me quedé atascada en la última parte. Canté hasta «El cielo es azul, la tierra blanca», pero no conseguía recordar los últimos cuatro compases.
Me detuve bruscamente en la oscuridad y me puse a pensar. La gente que venía de la estación pasaba por mi lado, tratando de esquivarme. Cuando empecé a tararear la tercera estrofa en voz alta, los transeúntes que venían en dirección contraria daban un amplio rodeo cuando llegaban a mi altura.
Incapaz de recordar la letra, sentí ganas de llorar de nuevo. Mis piernas se movían solas y las lágrimas me rodaban por las mejillas en contra de mi voluntad. Alguien pronunció mi nombre, pero no me volví. Pensé que habría sido una alucinación auditiva. Era imposible que el maestro estuviera allí en ese preciso instante.
- ¡Tsukiko! – me llamó alguien por segunda vez.
Cuando giré la cabeza, ahí estaba el maestro. Llevaba una chaqueta ligera que parecía abrigar y su inseparable maletín en la mano. Estaba de pie, tieso como de costumbre.
- ¡Maestro! ¿Qué está haciendo aquí?
- He salido a dar un paseo. Hoy hace una noche espléndida.
Me pellizqué el dorso de la mano para asegurarme de que aquello no era un producto de mi imaginación, y me dolió. Por primera vez en mi vida, constaté que el truco de pellizcarse para comprobar que uno no estaba soñando funcionaba de verdad.
- ¡Maestro!- lo llamé en voz baja, todavía sin acercarme.
- ¡Tsukiko! - respondió él. Sólo pronunció mi nombre.
Nos quedamos de pie en la calle oscura, mirándonos. Temía que las lágrimas me traicionaran de nuevo, pero no tuve ganas de llorar. Me sentí más tranquila. ¿Qué habría pensado el maestro si me hubiera echado a llorar?
- Tsukiko, la última parte es: “iOh!, las colinas nos reciben”- dijo el maestro.
Hiromi Kawakami
El cielo es azul, la tierra blanca (traducción de Marina Bornas Montaña. Acantilado)


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Publicado por elchicoanalogo @ 0:02  | Libros...
Comentarios (4)  | Enviar
Comentarios

Y pensar que me estoy aficionando a la literatura japonesa. Todo por su culpa, desde luego.

De nada.

Camino

Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 06 de abril de 2011 | 12:22

Lo mío con la literatura japonesa va por rachas. Ahora parece que vuelvo con ganas a ella, en las dos últimas semanas han caído dos de Kawakami, uno de Kawabata y otro de Kobayashi. Cariños

Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 06 de abril de 2011 | 15:41

Me gusta ese acercamiento preciso, pausado, nada combativo hacia el mal de nuestros días: la soledad. Los japoneses elevan su tratamiento a la categoría de Arte. 

Saludos, Fer.

Publicado por Eva
Domingo, 07 de diciembre de 2014 | 0:19

Las historias de Kawakami me atraen por eso, la delicadeza y la pausa para hablar de la soledad, la distancia y las diferentes maneras de encontrar un hogar. Este libro sigue siendo mi favorito de Kawakami.


Un abrazo, Eva

Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 08 de diciembre de 2014 | 22:24