Jueves, 14 de abril de 2011

Hay libros que destacan por su presentación. Duomo ediciones ha realizado un hermoso trabajo con El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono. Las ilustraciones de Joëlle Jolivet acompañan, arropan y hacen corpóreas las cálidas palabras de Giono, y dos escenas pop-up (en donde se dibuja el mismo paisaje con cuarenta años de diferencia), resumen de forma perfecta la historia de un hombre solitario y bondadoso capaz de convertir una región desértica en un bosque.

Giono, con una escritura precisa, nos acerca un pequeño cuento de viajes y transformaciones, del poder de la constancia, de la capacidad de un hombre para hacer renacer la tierra que le rodea y convertirla en un lugar de una belleza sincera. Giono nos habla de la bondad como algo a preservar, a cuidar y elogiar, del amor desinteresado, del poder transformador que llevamos dentro y de cómo un sólo ser sí puede cambiar el mundo.

Los grandes cambios, los grandes viajes empiezan con un primer y modesto paso. El narrador inicia un viaje por una vieja región de los Alpes apartada de las rutas turísticas, una tierra de casas abandonadas, fuentes secas, viento desapacible y polvo. En su camino conocerá a un pastor solitario, Elzéard Bouffier, un hombre solitario y parco en palabras. Ambos congenian, apenas se hablan, respetan la soledad del otro y el narrador será testigo de un gesto inesperado, casi mágico. El pastor, tras seleccionar cien bellotas, las plantará en la tierra abandonada. Con una constancia y mimo admirables, Bouffier planta semillas para futuros robles, abedules o hayas. Y esa es la clave, la mezcla de constancia y futuro, saber que cada gesto repetido a lo largo de los años dará lugar al resurgimiento de la naturaleza, cien mil bellotas plantadas para conseguir veinte mil árboles, dejar un mundo en mejor estado de como lo hemos encontrado, y hacerlo sin esperar a cambio más que la misma belleza de ver rebrotar la vida en una región gris y apagada. El solitario pastor Bouffier es un hombre singular, un creador, alguien que pasa los últimos años de su vida recuperando aromas, fuentes y árboles.

El hombre que plantaba árboles es una de esas pequeñas maravillas que se leen con calidez y una pequeña sonrisa, como 84 Charing Cross Road, de Helene Hanff, y te recuerda que en el ser humano también habita una parte bondadosa. De nuevo, gracias Camino por este regalo.



Para que el carácter de un ser humano desvele cualidades verdaderamente excepcionales, hay que tener la fortuna de poder observar su actuación durante largos años. Si dicha actuación está despojada de todo egoísmo, si la idea que la rige es de una generosidad sin par, si es absolutamente cierto que no ha buscado ninguna recompensa y que, además, ha dejado huellas visibles en el mundo, entonces nos hallamos, sin duda alguna, ante un carácter inolvidable.
Hace cosa de cuarenta años, emprendí un largo viaje a pie por unos montes completamente desconocidos por los turistas, en la vieja región de los Alpes que penetra en la Provenza.
La región está delimitada al sureste y al sur por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte, por el curso superior del Drôme, desde su nacimiento hasta Die; al oeste, por las llanuras del Condado Venaissin y los contrafuertes del Mont Ventoux.Comprende toda la parte norte del departamento de los Bajos Alpes, el sur del Drôme y un pequeño enclave de la Vaucluse.
Cuando inicié mi larga caminata por esas tierras desiertas, a una altura de entre mil doscientos y mil trescientos metros, no había más que llanuras desnudas y monótonas en las que sólo crecían lavandas silvestres.
Atravesé el país por su parte más ancha y, después de tres días de camino, me encontré en una desolación sin par. Acampé junto a un esqueleto de pueblo abandonado. No me quedaba agua desde la víspera y necesitaba encontrarla como fuera. Esas casas arracimadas como un viejo panal de avispas, pese a estar en ruinas, me dieron a pensar que ahí, en otro tiempo, tuvo que haber una fuente o un pozo. Y así era; había un pozo, pero seco. Las cinco o seis casas sin tejado, corroídas por el viento y la lluvia, y la pequeña capilla con el campanario derrumbado, se alzaban como las casas y las capillas de los pueblos vivos, pero la vida misma había desaparecido.
Jean Giono
El hombre que plantaba árboles (traducción de Palmira Freixas. Duomo ediciones).

 



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Publicado por elchicoanalogo @ 23:08  | Libros...
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