S?bado, 16 de abril de 2011

   Los lugares marcados donde casi te tuve.
Una playa encendida a orillas del verano,
una mesa en un bar, un alero de sombra,
un camino de tierra oscurecido y solo
donde creció el deseo como una hierba amarga.
Tengo un mapa aprendido de memoria, un pequeño
mapa (apenas tamaño de una gota de lluvia)
señalado con cruces rojas igual que besos.
Josefa Parra 
Los lugares marcados donde casi te tuve... (en Alcoba del agua. Quorum)


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Jueves, 14 de abril de 2011

Hay libros que destacan por su presentación. Duomo ediciones ha realizado un hermoso trabajo con El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono. Las ilustraciones de Joëlle Jolivet acompañan, arropan y hacen corpóreas las cálidas palabras de Giono, y dos escenas pop-up (en donde se dibuja el mismo paisaje con cuarenta años de diferencia), resumen de forma perfecta la historia de un hombre solitario y bondadoso capaz de convertir una región desértica en un bosque.

Giono, con una escritura precisa, nos acerca un pequeño cuento de viajes y transformaciones, del poder de la constancia, de la capacidad de un hombre para hacer renacer la tierra que le rodea y convertirla en un lugar de una belleza sincera. Giono nos habla de la bondad como algo a preservar, a cuidar y elogiar, del amor desinteresado, del poder transformador que llevamos dentro y de cómo un sólo ser sí puede cambiar el mundo.

Los grandes cambios, los grandes viajes empiezan con un primer y modesto paso. El narrador inicia un viaje por una vieja región de los Alpes apartada de las rutas turísticas, una tierra de casas abandonadas, fuentes secas, viento desapacible y polvo. En su camino conocerá a un pastor solitario, Elzéard Bouffier, un hombre solitario y parco en palabras. Ambos congenian, apenas se hablan, respetan la soledad del otro y el narrador será testigo de un gesto inesperado, casi mágico. El pastor, tras seleccionar cien bellotas, las plantará en la tierra abandonada. Con una constancia y mimo admirables, Bouffier planta semillas para futuros robles, abedules o hayas. Y esa es la clave, la mezcla de constancia y futuro, saber que cada gesto repetido a lo largo de los años dará lugar al resurgimiento de la naturaleza, cien mil bellotas plantadas para conseguir veinte mil árboles, dejar un mundo en mejor estado de como lo hemos encontrado, y hacerlo sin esperar a cambio más que la misma belleza de ver rebrotar la vida en una región gris y apagada. El solitario pastor Bouffier es un hombre singular, un creador, alguien que pasa los últimos años de su vida recuperando aromas, fuentes y árboles.

El hombre que plantaba árboles es una de esas pequeñas maravillas que se leen con calidez y una pequeña sonrisa, como 84 Charing Cross Road, de Helene Hanff, y te recuerda que en el ser humano también habita una parte bondadosa. De nuevo, gracias Camino por este regalo.



Para que el carácter de un ser humano desvele cualidades verdaderamente excepcionales, hay que tener la fortuna de poder observar su actuación durante largos años. Si dicha actuación está despojada de todo egoísmo, si la idea que la rige es de una generosidad sin par, si es absolutamente cierto que no ha buscado ninguna recompensa y que, además, ha dejado huellas visibles en el mundo, entonces nos hallamos, sin duda alguna, ante un carácter inolvidable.
Hace cosa de cuarenta años, emprendí un largo viaje a pie por unos montes completamente desconocidos por los turistas, en la vieja región de los Alpes que penetra en la Provenza.
La región está delimitada al sureste y al sur por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte, por el curso superior del Drôme, desde su nacimiento hasta Die; al oeste, por las llanuras del Condado Venaissin y los contrafuertes del Mont Ventoux.Comprende toda la parte norte del departamento de los Bajos Alpes, el sur del Drôme y un pequeño enclave de la Vaucluse.
Cuando inicié mi larga caminata por esas tierras desiertas, a una altura de entre mil doscientos y mil trescientos metros, no había más que llanuras desnudas y monótonas en las que sólo crecían lavandas silvestres.
Atravesé el país por su parte más ancha y, después de tres días de camino, me encontré en una desolación sin par. Acampé junto a un esqueleto de pueblo abandonado. No me quedaba agua desde la víspera y necesitaba encontrarla como fuera. Esas casas arracimadas como un viejo panal de avispas, pese a estar en ruinas, me dieron a pensar que ahí, en otro tiempo, tuvo que haber una fuente o un pozo. Y así era; había un pozo, pero seco. Las cinco o seis casas sin tejado, corroídas por el viento y la lluvia, y la pequeña capilla con el campanario derrumbado, se alzaban como las casas y las capillas de los pueblos vivos, pero la vida misma había desaparecido.
Jean Giono
El hombre que plantaba árboles (traducción de Palmira Freixas. Duomo ediciones).

 



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Martes, 12 de abril de 2011

Una semana después de leer El cielo es azul, la tierra blanca me reencontré con la escritura sutil y cercana de Hiromi Kawakami en Algo que brilla como el mar, una historia que orbita alrededor del cambio y la entrada en la madurez, de las dudas y las distintas percepciones del mundo, de la familia y las relaciones e intimidad con las personas que forman nuestra vida. Kawakami escribe con delicadeza sobre cómo cambia el mundo de un adolescente a punto de entrar en la madurez, y lo hace con una suave fluidez, recopilando las diferentes piezas de la vida de Midori Edo como pequeños destellos, impresiones captadas de la realidad. Esa es la imagen que podría definir el estilo de Kawakami, impresiones fugaces, apenas entrevistas, pero que, sin darte cuenta, te calan hondo.

Midori Edo está en la frontera entre el mundo inocente de la infancia que se aleja y los cambios de la entrada en la madurez. Vive en una casa vieja y destartalada con su madre, Aiko, y su abuela Masako. Su padre biológico, Otori, aparece en los momentos más inesperados. Forman una familia peculiar, diferente, la madre, escritora freelance y más impulsiva que su hijo, la abuela que desaparece por unos días para arreglar una vieja amistad ahora que siente cercana la muerte, el padre que siempre fue una presencia más amistosa que paterna, y Midori, que parece un adulto prematuro.

Hay otra familia alrededor de Midori. Sus amigos. Hanada busca ser el centro de atención vistiéndose de mujer, una forma de sentir que lo apuñalan, de conocer la naturaleza del dolor, de verse dentro y fuera de su cuerpo como un ser escindido, diferente, extraño, un camino para llegar a las emociones más extremas, para ser “uno y una mitad”. Mizue, una chica risueña, inteligente, no comprende el distanciamiento de Midori, ella necesita una mayor intimidad, una cercanía física y espiritual, saber que Midori la quiere sin extraños muros. Tres adolescentes en esa encrucijada que es el paso a la madurez. “Mi familia no era lo único raro que tenía. También era raro que Hanada quisiera vestirse de mujer, o que Mizue estuviera en mi habitación a aquellas horas de la noche. Era raro que siempre acabara amaneciendo, y que el sol siempre se escondiera. También era un misterio que, en aquel preciso instante, pudiéramos continuar hablando sin desplomarnos de repente”.

La parte final de Algo que brilla como el mar transcurre en media docena de islas. Mientras leía esa parte final pensé en cómo los personajes de esta historia podrían ser islas que forman un pequeño archipiélago, cada personaje una isla y una soledad diferentes.

Kawakami, bajo la superficie de de Algo que brilla como el mar, deja pequeños indicios de los sentimientos más profundos de los personajes, de su pasado, del dolor y el amor que llevan dentro, de esos espacios en blanco que pocas veces conseguimos rellenar. Kawakami sugiere más que subraya. Y es todo eso, su capacidad de sugerir, de dejar impresiones sutiles, que la historia fluya poco a poco, lo que me emociona y me atrae de sus libros.



- ¿Por qué estamos vivos? -pregunté de sopetón.
Aquella pregunta me cortó la respiración nada más formularla, porque no me había propuesto verbalizar aquel pensamiento. No tenía la intención de compartirlo con nadie. Pero allí, en medio del bosque de una isla deshabitada, le hice mi pregunta a Hanada, que estaba sentado en el tronco mohoso de un árbol muerto.
-No lo sé -me respondió él, con simplicidad.
«No lo sé». Las palabras de Hanada resonaron en mi cabeza. No lo sé. No lo sabe nadie. La lluvia volvía a caer con más intensidad.
Hiromi Kawakami
Algo que brilla como el mar (traducción de Marina Bornas Montaña. Acantilado)


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Lunes, 11 de abril de 2011

Y me vuelvo a caer desde mí mismo
al vacío,
a la nada.
¡Qué pirueta!
¿Desciendo o vuelo?
No lo sé.
Recibo
el golpe de rigor, y me incorporo.
Me toco para ver si hubo gran daño,
mas no me encuentro.
Mi cuerpo ¿dónde está?
Me duele sólo el alma.
Nada grave.
Ángel González 
Caída (en Nada Grave. Visor libros)


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Domingo, 10 de abril de 2011

Desde hace varias semanas recibo notas de prensa de diversas editoriales con novedades, noticias y presentaciones de libros. Pondr? aquellas notas que crea interesantes. Para empezar esta nueva secci?n en el blog, la poes?a de Javier Egea.


Bartleby publica el primer volumen de la obra completa del granadino Javier Egea

El volumen se presentar? el pr?ximo d?a 14 de abril en la Librer?a Nueva Gala de Granada con la presencia de Jos? Luis Alc?ntara y Juan Antonio Hern?ndez Garc?a, responsables de la edici?n anotada, y de Manuel Rico, autor del estudio preliminar.

Sobre el libro:

Javier Egea, inexplicablemente ausente durante un cuarto de siglo de las antolog?as de poes?a espa?ola de ?mbito estatal, fue un poeta ?nico. Es autor de una obra singular en la que la cr?tica social, la relaci?n amorosa, el entorno urbano de la Granada de los ochenta y de los noventa del pasado siglo, la experiencia cotidiana y la b?squeda de una poes?a materialista conforman un universo emocionante y perturbador.

En este primer volumen se recoge, anotada y revisada, toda su obra po?tica publicada en libro. Con ello contribuimos a situar a Egea en el lugar que le corresponde: al lado la de los grandes poetas en castellano de la segunda mitad del siglo XX. Como afirma Manuel Rico en el pr?logo, "Javier Egea es un poeta que hoy seduce y conmueve a quienes fuimos coet?neos, pero en el que nuevas generaciones de lectores, aquellas que est?n accediendo a la poes?a a la vez que hacen suyo el universo de Internet, encontrar?n no pocas claves de su propia vida y se inquietar?n al advertir en sus versos significados ocultos, realidades imprevistas y se?ales de una vida otra que frustr? el suicidio."

Sobre el autor:

Javier Egea (Granada 1952 - 1999). Considerado como uno de los grandes poetas andaluces de la segunda mitad del siglo XX, public? las siguientes obras: Serena luz del viento (1974), A boca de parir (1976), Troppo mare (1980), Paseo de los tristes (1982, Argentina 78 (1977), y Raro de Luna (1990). Fue uno de los tres firmantes del manifiesto "La otra sentimentalidad" (1983). Este primer volumen de su obra completa recoge toda su obra publicada, debidamente revisada y anotada.

ISBN: 978-84-92799-32-9 /PVP: 22 ?/ 510 p?gs.
Bartleby Editores: + info Pepo Paz / [email protected]
Distribuci?n en Espa?a: UDL Libros www.udllibros.com



Paseo de los tristes

Entonces,
? ? ? ? ? ? ? ? ? ?en aquella ciudad
o en la intuici?n primera, vaga, de su cuerpo,
el pensamiento a?n flotaba en buc?licos careos,
en versos aprendidos sin historia
y no era posible amar
entre unas calles donde todo era sucio,
carne sin brillo,
cuando a?n en el mar, la nube y las espigas
sin historia y sin tiempo, vanos,
est?bamos durmiendo
? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ? o ignorando
esa gota de sangre que cuelga del amor
-su blanco cuello herido-,
ignorando la clase oscura en que nacimos,
sin consciencia de naves hundidas,
de rubios n?ufragos,
condenados a vivir una historia perdida
de explotaci?n y soledad, de muerte enamorada,
sin saberlo.

Y sin embargo,
entre los autobuses, el gent?o,
en la dulce ignorancia,
fue creciendo una luz
que nos hizo sentir un crujido brillante
despu?s que all?, en la s?rdida pensi?n
donde siempre se asilan viajeros sin destino,
gentes oscuras,
en un lugar sin esperanza,
dos cuerpos se sintieron indefensos
sudando en el asombro de la primera felicidad.




?Qu? luz extra?a, dime, ha poblado este cuerpo...

?Qu? luz extra?a, dime, ha poblado este cuerpo
repetido en portales, escaparates, brumas,
ingenuo paseante de la ciudad, hermano,
caminante del mismo aturdimiento
que estos siglos de expolio pusieron en los ojos,
qu? luz extra?a, dime,
hay en la soledad y en la memoria?

As? nos fuimos viendo n?tidamente fr?os,
enfrentados,
de una margen a otra de la calle en ruinas,
con la clarividencia de los obreros viejos
que abanderan los pasos del taller a la muerte
aprendiendo el futuro.

Sobre nosotros pasan los balcones cerrados,
las farolas con fr?o,
los aleros mellados y este viento,
como un enjambre inh?spito,
y la piel de la tierra huele a ropa quemada,
mas tiritan los huesos
y hay tan s?lo el calor de la sangre que alumbra
desde el abrazo grande de tu fuerza y la m?a.

Es cierto que la historia
nos conden? a las calles ateridas
y no el azar que llega maldito restallando.

?Qu? luz extra?a, dime,
hay en la soledad y en la memoria?
Hoy supimos, mir?ndonos las manos,
a pesar del estrago y las ojeras mustias,
al fin reconocidas,
que siempre es tarde, siempre, para volver a casa
como se vuelve al sitio de las t?nicas rotas,
de las m?scaras fr?as,
del polvo atrincherado,
de los andrajos de la luz.


Tags: Javier Egea, bartleby editores

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S?bado, 09 de abril de 2011

A lo largo de Mil grullas se repite la poética imagen de un pañuelo con el dibujo de mil grullas blancas que el joven Kikuji entrevé en una tradicional ceremonia de té. Esa imagen del pañuelo, unida a la hermosa mujer que lo lleva, aparecerá una y otra vez en el recuerdo de Kikuji como un momento de epifanía, de temporalidad, de belleza inmaculada, de un ideal incorpóreo, una imagen enigmática y brumosa. “El sol rojo parecía derramarse sobre las ramas. La arboleda se recortaba, oscura. El sol que se derramaba por las ramas se introdujo en sus ojos cansados. Los cerró. Las grullas blancas del pañuelo de la joven Inamura volaron en el sol de la tarde, que todavía estaba en sus ojos”.

Kawabata escribe con una sutileza conmovedora y admirable una historia plagada de sombras y fantasmas del pasado, de muerte, culpabilidad y remordimientos, de deseos, belleza y sensualidad. El joven Kikuji se cruza con las mujeres y amantes que formaron parte de la vida de su padre (Kikuji como receptor de deseos, recuerdos y caricias de mujeres que una vez habitaron a su padre, como los antiguos objetos que forman parte de la ceremonia del té llenos de huellas y ausencias).

Y en mitad de esta historia donde la muerte se interna en la vida, donde el amor está repleto de esquinas, salientes y dudas, las tradiciones y el rito de la ceremonia del té, un rito centenario donde cada gesto y cada objeto parecen guardar la sombra de quienes los manejaron, el peso del pasado, las relaciones paralelas, los sentimientos de amor, frustración, venganza o deseo.

El joven Kikuji acepta una invitación de Chikako para asistir a la ceremonia del té que tanto conmovía a su padre. El pecho de Chikako está cubierto por una mancha que intenta esconder a toda costa. Allí se reencontrará con la señora Ota, antigua amante de su padre, y su hija Fumiko. También verá a la muchacha del pañuelo de las mil grullas, la joven Inamura, una imagen imborrable. Cada mujer, un mundo; Chikako, amante por un corto periodo de tiempo del padre de Kikuji, es una mujer entrometida que manipula a los demás como lo hace con los objetos de la ceremonia del té; la señora Ota revivirá el recuerdo del padre en el hijo, su cuerpo maduro y sensual como cruce de huellas entre padre e hijo; Fumiko busca el perdón de Kikuji por lo ocurrido en el pasado entre sus padres; la belleza entrevista de la joven Inamura y las mil grullas de su pañuelo que aparecen a lo largo de la novela como una belleza inasible.

En Mil grullas hay un juego de espejos en las relaciones entre los personajes. La señora Ota recupera el recuerdo del amante desaparecido en los brazos de su hijo Kikuji, como si el tiempo se plegara sobre sí mismo y volviera a sentir la piel de su amante. Kikuji buscará en Fumiko la presencia de la señora Ota tras su muerte, capturar el aliento de su cuerpo maduro en la joven Fumiko. Chikako, al igual que en el pasado, se entrometerá entre los amantes e intentará envenenar sus relaciones. La mancha de su pecho también se extiende piel adentro.

Hay otra imagen de gran aliento poético en Mil grullas. Fumiko regala el tazón de té de su madre a Kikuji y, en el tazón, el rastro del carmín de la señora Ota. La sombra de los muertos queda impresa incluso en los objetos, sus huellas se superponen y se confunden, entran en contacto con los vivos. Los objetos de la ceremonia del té han pasado entre las manos de los amantes y sus parejas, las huellas se han solapado en extraños e inesperados cruces.

Yasunari Kawabata se ha convertido libro a libro en mi escritor japonés favorito. Su forma de sugerir más que mostrar emociones, su delicadeza y sutileza en la escritura, la forma en la que fluyen sus historias de una manera queda y sin trompicones hacen de las novelas de Kawabata una lectura conmovedora.



Mirando desde el tren abarrotado, sintió que la calle flotaba sola en ese peculiar momento de la tarde, como si un país extranjero la hubiera dejado caer allí.
Kikuji tuvo la ilusión de que la joven Inamura caminaba en la sombra de los arboles, el pañuelo rosa y sus mil grullas blancas bajo el brazo. Podía ver las grullas y el pañuelo con nitidez.
En ese instante percibió algo fresco y limpio.

( … )

Kikuji sacó los tazones y otros utensilios para el té de unas cajas del rincón. Recordó que la noche anterior la joven Inamura los había utilizado, pero los sacó de todas maneras.
Las manos de la señora Ota temblaban. La tapa tintineó sobre la tetera.
Ella se inclinó para levantar el medidor de té de bambú y una lágrima humedeció el borde de la tetera.
–Tu padre fue bastante bueno como para comprarme esta tetera.
–¿De verdad? No lo sabía.
Kikuji no halló nada desagradable en el hecho de que la tetera hubiera pertenecido al esposo de la mujer. Y no pensaba que sus palabras fueran algo raro; sólo las había dicho.
–No puedo acercártelo. –Ella había terminado de hacer el té. –Ven a buscarlo.
Kikuji se aproximó al brasero y tomó el té allí.
La mujer cayó en su regazo como si se desmayara.
Él le rodeó el hombro con el brazo. Temblaba, y su respiración se volvía cada vez más tenue. En sus
brazos, ella era tan tierna como un bebé.
Yasunari Kawabata
Mil grullas (traducción de María Martoccia. Emecé )


Tags: Mil grullas, Yasunari Kawabata, María Martoccia, Emecé

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Viernes, 08 de abril de 2011

El eco de los trenes, la brisa amarilla, el dolor del amor, las cicatrices en la tierra, el verano y ella. Emociones y recuerdos tan fugaces e intensos como el brillo de las luci?rnagas en las noches de agosto, el verano como un lugar m?tico donde habitar y aventurarse en otro cuerpo, el sonido de una piel que imita el crepitar del viento entre el trigo, el cielo que gira alocado sobre nuestra cabeza y el camino remoto dentro de sus ojos.

Y la lucha desigual para que su aliento permanezca, para que todo aquel pasado sea un camino de ida y vuelta, el motor de un cambio y de un paso adelante. Y la lucha desigual para que la niebla no lo tape todo y nos deje a ciegas, para que la niebla no nos arrebate las huellas extranjeras que cruzan nuestro cuerpo. Su esencia.

Los recuerdos como ecos de un tren...



Trains (Porcupine Tree)




?

Train set and match spied under the blind
Shiny and contoured the railway winds
And I've heard the sound from my cousin's bed
The hiss of the train at the railway head

Always the summers are slipping away

A 60 ton angel falls to the earth
A pile of old metal, a radiant blur
Scars in the country, the summer and her

Always the summers are slipping away
Find me a way for making it stay

When I hear the engine pass
I'm kissing you wide
The hissing subsides
I'm in luck

When the evening reaches here
You're tying me up
I'm dying of love
It's OK


Tags: Trains, In absentia, Porcupine Tree

Publicado por elchicoanalogo @ 4:06  | Canciones
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Jueves, 07 de abril de 2011

A veces los libros contienen pistas para descubrir otros escritores e historias. En El cielo es azul, la tierra blanca, el maestro de japonés le recuerda a Tsukiko algunos poemas que estudiaron en sus clases, entre ellos los del poeta Sehiaku Irako.

He recorrido un largo camino,
el frío penetra mi ropa gastada.
Esta tarde el cielo está despejado,
¡cómo me duele el corazón!
Sehiaku Irako
(traducción Marina Bornas Montaña. Acantilado)



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Martes, 05 de abril de 2011

En un momento de El cielo es azul, la tierra blanca pensé en ese punto del horizonte donde convergen cielo y tierra. Sentí que, en cierta forma, los dos protagonistas de este hermoso libro, Tsukiko y el maestro, eran como cielo y tierra, dos seres que se unen en un punto ilusorio, quimérico, para resplandecer de forma fugaz.

El cielo es azul, la tierra blanca es una historia de amistad y de amor, de soledad compartida, de cruce de caminos, de suave tristeza y, también, alegría, de un acercamiento progresivo al otro, de encuentros sin planificar, de cierta lucha contra lo que está por llegar y los sentimientos que uno alberga en el corazón, una historia contada con la voz queda, sutil y cautivadora de Tsukiko, una mujer de 38 años de la que sólo sabemos que trabaja en una oficina y que lleva una vida solitaria. Hiromi Kawakami escribe con una delicadeza admirable, sin estridencias ni extraños experimentos, como un eco que va creciendo a medida que pasan las páginas.

Hay algo realmente conmovedor en este libro, y es la decisión de dos solitarios de compartir su soledad. El cielo es azul, la tierra blanca se subtitula Una historia de amor, en este libro la historia de amor se desarrolla de forma pausada, los sentimientos de ambos amantes crecen de forma lenta, tierna y dubitativa, Tsukiko porque cree que no sirve para el amor, el maestro por su vejez, por su cercanía con la muerte. A veces parece que quieren refugiarse en recuerdos de presencias pasadas para no mirar lo que tienen delante de ellos y dentro de sí.

Todo se inicia con un encuentro casual en una taberna entre Tsukiko y su maestro de japonés del instituto. Ambos son solitarios, tienen los mismos gustos culinarios, les gusta beber juntos y la compañía del otro les reconforta. Ya en el primer encuentro hay un punto de unión que sentará las bases de su amistad. “Aquella noche bebimos cinco botellas de sake entre los dos. Pagó él. Otro día, volvimos a encontrarnos en la misma taberna y pagué yo. A partir del tercer día, pedíamos cuentas separadas y cada uno pagaba lo suyo. Desde entonces lo hicimos así. Supongo que no perdimos el contacto porque teníamos demasiadas cosas en común. No sólo nos gustaban los mismos aperitivos, sino que también estábamos de acuerdo en la distancia que dos personas deben mantener.”

Tsukiko y el maestro entienden la amistad de la misma manera. No fuerzan sus encuentros, los dejan al azar, unos encuentros que pueden darse en cualquier taberna, calle o parque. Al fin y al cabo son dos personas que se han acostumbrado a vivir en soledad. Kawakami deja que la historia fluya con tranquilidad, que estos encuentros se distancien en el tiempo, que los amigos coincidan de forma casual y que en cada encuentro su amistad se asiente y crezca, que mute en algo mayor, un amor tierno, lleno de dudas y emociones tambaleantes, de miedos y pequeños dolores, un amor a contracorriente.

Hay un momento realmente hermoso en el libro. Tsukiko pasea por la calle, entona una canción invernal y se queda atascada en la tercera estrofa. De forma inesperada, aparece el maestro entre la multitud y le recuerda la última estrofa de la canción. Y es eso, el uno complementa al otro, hay un punto de unión donde los dos habitan de forma conjunta.

Hiromi Kawakami ha escrito una historia realmente conmovedora y cercana, una inolvidable historia de amor entre dos solitarios que consiguieron, por una pequeña eternidad, unir el cielo y la tierra en un mismo punto.

(Querida Camino, gracias por este regalo).



La soledad se adueñaba de mí por momentos, así que decidí cantar. Empecé cantando Qué bonito es el río Sumida en primavera, pero no era una canción muy adecuada para la época del año, así que la dejé a medias. Intenté recordar una canción invernal, pero no se me ocurrió ninguna. Al final me acordé de una canción para ir a esquiar titulada Las montañas plateadas brillan bajo el sol de la mañana. No reflejaba en absoluto mi estado de ánimo, pero era la única canción de invierno que se me ocurrió, así que empecé a cantarla.
- «No sé si es nieve o niebla lo que vuela, ¡oh! Mi cuerpo también corre veloz».
Tenía la letra de la canción grabada en la memoria. Recordaba incluso la segunda estrofa. Hasta yo me quedé sorprendida al acordarme de una frase que decía: «¡Oh! Nos divertimos saltando con gran habilidad». Un poco más animada, entoné la tercera estrofa, hasta que me quedé atascada en la última parte. Canté hasta «El cielo es azul, la tierra blanca», pero no conseguía recordar los últimos cuatro compases.
Me detuve bruscamente en la oscuridad y me puse a pensar. La gente que venía de la estación pasaba por mi lado, tratando de esquivarme. Cuando empecé a tararear la tercera estrofa en voz alta, los transeúntes que venían en dirección contraria daban un amplio rodeo cuando llegaban a mi altura.
Incapaz de recordar la letra, sentí ganas de llorar de nuevo. Mis piernas se movían solas y las lágrimas me rodaban por las mejillas en contra de mi voluntad. Alguien pronunció mi nombre, pero no me volví. Pensé que habría sido una alucinación auditiva. Era imposible que el maestro estuviera allí en ese preciso instante.
- ¡Tsukiko! – me llamó alguien por segunda vez.
Cuando giré la cabeza, ahí estaba el maestro. Llevaba una chaqueta ligera que parecía abrigar y su inseparable maletín en la mano. Estaba de pie, tieso como de costumbre.
- ¡Maestro! ¿Qué está haciendo aquí?
- He salido a dar un paseo. Hoy hace una noche espléndida.
Me pellizqué el dorso de la mano para asegurarme de que aquello no era un producto de mi imaginación, y me dolió. Por primera vez en mi vida, constaté que el truco de pellizcarse para comprobar que uno no estaba soñando funcionaba de verdad.
- ¡Maestro!- lo llamé en voz baja, todavía sin acercarme.
- ¡Tsukiko! - respondió él. Sólo pronunció mi nombre.
Nos quedamos de pie en la calle oscura, mirándonos. Temía que las lágrimas me traicionaran de nuevo, pero no tuve ganas de llorar. Me sentí más tranquila. ¿Qué habría pensado el maestro si me hubiera echado a llorar?
- Tsukiko, la última parte es: “iOh!, las colinas nos reciben”- dijo el maestro.
Hiromi Kawakami
El cielo es azul, la tierra blanca (traducción de Marina Bornas Montaña. Acantilado)


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Lunes, 04 de abril de 2011

Quiero ser todo en el amor
el amante
la amada
el v?rtigo
la brisa
el agua que refleja
y esa nube blanca
vaporosa
indecisa
que nos cubre un instante.
Claribel Alegr?a
Quiero ser todo en el amor...


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Publicado por elchicoanalogo @ 4:23  | Poes?a
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Viernes, 01 de abril de 2011

El mundo literario de Baricco está poblado por seres que encuentran el amor de una forma mágica y dolorosa, que son capaces de retrasar el tiempo, de vivir en el mar sin desembarcar nunca, de aventurarse en la vida con temeridad, sin miedos ni esperanzas y que realizan carreteras que finalizan donde empiezan (y, por tanto, son infinitas), viajes a los confines de la tierra, ciudades imaginarias (imaginativas), locomotoras detenidas en una vía minúscula o palacios de cristal. Y todo narrado con una escritura poética, musical, reflexiva, un tono quedo que parece hablar al lector de manera íntima en un susurro tan pequeño como la luz de las velas.

En Emaús encontré un Baricco más terrenal. No hay imágenes imposibles ni mundos que parecen sacados de las manos de un prestidigitador, pero sí la voz y el tono poético del escritor italiano, ese tono que parece envolverte, que desgrana de a poco las emociones y las historias de cuatro adolescentes en la encrucijada de la madurez y de la colisión con otros mundos desconocidos.

Porque en Emaús hay dos mundos que se cruzan y chocan, la normalidad rutinaria y gris de la clase media, la emoción desfasada y sin límites de la clase alta. Y en ese cruce de mundos, los cuatro jóvenes protagonistas naufragan, pierden parte de su esencia, de quienes eran, encuentran bajo su piel sentimientos, anhelos y deseos que creían ajenos a ellos. El mundo que creían real, verdadero y parte de ellos, se convierte en algo frágil y extraño. Madurar es abrir los ojos a otra realidad, el dolor de los sentimientos extremos, el riesgo de perderse, la posibilidad de la redención o de la aniquilación.

Bobby, el santo, Luca, el narrador (sin nombre), cuatro muchachos católicos que ven cierta heroicidad en su creencia, que viven en un mundo cerrado en el que se reconocen y se sienten cómodos y del que creen saber sus reglas. La mirada a ese otro mundo de voluptuosidad, fiestas, muertes extrañas y amores fugaces les coloca delante de sentimientos extremos, se cuestionan su fe, las preguntas y las dudas al elegir un bando al que pertenecer, un mundo en que quedarse, un lugar donde construir su ser.

La irrupción de Andre, una chica de ese mundo que parecía lejano y distante, una chica que empezó a morir tiempo atrás,  es el primer paso en el cambio de los cuatro amigos, en sus dudas y sus desvíos, en una mirada que se abre para ver otros mundos posibles. Y en esa mirada abierta, el riesgo de romper algo en su interior, de cuestionarse qué y quiénes son. El mundo de sus padres ya no es aquel mundo plácido y normal que creían, empiezan a ver las grietas y las fracturas. La felicidad no estaba donde creían. Y sólo les queda adaptarse o huir o romper con cualquier atisbo de su pasado o aprender a vivir con los diferentes vacíos dentro y fuera de ellos. Y no sólo los cuatro amigos se verán metidos en un terremoto que sacudirá sus vidas, también Andre verá un destello de una realidad que le es extraña, la chica que nació a la par que murió su hermana, la chica que estuvo ante un puente de aguas oscuras y que se lanzó al vacío, la chica que parece vivir una lenta muerte.

Baricco escribe con su voz cercana y reflexiva una hermosa, triste y poética novela sobre cuatro amigos y una adolescente que andan, sin saberlo, sobre una cuerda floja donde cualquier movimiento, por leve que sea, les puede llevar al abismo.



En los Evangelios hay un episodio que nos gusta mucho, como también el nombre que tiene: Emaús. Unos días después de la muerte de Cristo, dos hombres iban andando por el camino que lleva a la pequeña ciudad de Emaús, discutiendo de lo que había pasado en el Calvario, y de algunos rumores, raros, sobre sepulcros abiertos y tumbas vacías. Se acerca un tercer hombre y les pregunta de qué están hablando. Entonces los otros dos le dicen: Pero ¿cómo?, ¿es que no sabes nada de los hechos ocurridos en Jerusalén?
¿Qué hechos?, pregunta él, y pide que se lo expliquen. Los otros dos se los explican. La muerte de Cristo y todo lo demás. Él escucha.
Más tarde pretende marcharse, pero los otros dos le dicen: Es tarde, quédate con nosotros, ya es de noche. Podemos comer juntos y seguir hablando. Y él se queda con ellos.
Durante la cena, el hombre parte el pan, con tranquilidad, con naturalidad. Entonces ellos dos se dan cuenta y reconocen en él al Mesías. Él desaparece.
Al quedarse solos, los dos se dicen: ¿Cómo hemos podido no darnos cuenta? Durante todo el tiempo que ha estado con nosotros, el Mesías estaba con nosotros, y nosotros no nos hemos dado cuenta.
Nos gusta la linealidad -lo simple que es la historia. Y lo real que es todo, sin fruslerías. No hacen más que los gestos elementales, necesarios, hasta el punto de que al final la desaparición de Cristo parece un hecho que se da por descontado, que es casi una costumbre. Nos gusta la linealidad, pero no sería suficiente para que nos gustara tanto la historia, que, en cambio, tanto nos gusta, porque también hay otra razón, ésta: en toda la historia, ninguno de ellos sabe. Al principio el propio Jesís parece no saber sobre sí mismo, ni sobre su muerte. Luegos los otros dos no saben nada sobre él, ni sobre su resurrección. Al final se preguntan: ¿Cómo hemos podido?
Nosotros conocemos esa pregunta.
¿Cómo hemos podido no saber, durante tanto tiempo, nada de lo que era y, a pesar de todo, sentarnos a la mesa de todas las cosas y personas que íbamos encontrando a lo largo del camino? Corazones pequeños -los alimentamos con grandes ilusiones y al final del proceso caminamos igual que discípulos hacia Emaús, ciegos, al lado de amigos y amores que no reconocemos -fiándonos de un Dios que ya no sabe nada sobre sí mismo. Por eso conocemos la marcha de las cosas y luego recibimos el final de las mismas, pero siempre ausentes de su corazón. Somos aurora y, no obstante,  epílogo -perenne descubrimiento tardío.
Alessandro Baricco
Emaús (traducción de Xavier González Rovira. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 8:45  | Libros...
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