Viernes, 06 de mayo de 2011

Las palabras de Hikmet adelantan lo que nos encontraremos en La llave de niebla: “¿Dónde termina la tarde dónde comienza la ciudad / donde termina la ciudad dónde comienzas tú / dónde termino yo dónde comienzo?”

Guadalupe Grande centra sus poemas en la geografía y la vida de la ciudad, los horizontes cerrados y los tejados con antenas de televisión, el sonido de los grifos y los ecos de los pasos sobre el asfalto, las ventanas abiertas y los centros comerciales, la luz y las sombras que envuelven a los habitantes de la ciudad y su soledad como de náufrago a la deriva.

La llave de niebla contiene un puñado de poemas sobre soledad y naufragio en medio de la ciudad, una lectura atractiva.



Postal I
(Vista del horizonte desde la Costanilla del Farol)

Nada hay como estar lejos
y no saber dónde meternos;
contar los pájaros que emigran,
buscar la arena en el asfalto
y acurrucarnos bajo una farola
con un espigado espíritu de álamo
mientras el tráfico de la noche
dice su palabra río
que no llegará nunca al mar.

Una ciudad, hoy, es estar lejos.



Postal III
(Vista aérea)

Es en los tejados,
lo que importa sucede en los tejados,
es decir,
bien poca cosa.

Pero tú te asomas a la ventana
y observas un horizonte de antenas,
seres aún más esbeltos
que la radiografía de nuestras almas.
¡Qué terribles son las antenas,
qué regias e inasibles,
siempre de perfil!

Erguidas contra el tiempo
ocultan bajo una fronda
de hojas perennemente caducas
su descorazonamiento vertical.

Aún así,
lo que importa sucede en los tejados.
Es decir,
bien poca cosa,
tan sólo
esta conversación de arquitectura y sombra
tan inerte como la radiografía de nuestras almas.



La llave de niebla

I


Detrás de la valla hay una zanja
y detrás de esa zanja
hay un pecho desolado en el viaje.

¿Quién llega hasta aquí y cómo
y luego tal vez?
¿Quién llega y dice y nombra
y deja sus manos pegadas a esta valla,
como se pegan los sellos a las cartas,
para volver a dónde
para volver a entonces
para volver a luego nunca más?

             Rueda la rosa de los vientos por los escombros,
             rueda a la orilla de la grava,
             al borde de la ceniza,
             y deja sus pétalos de distancia,
             su polen náufrago y candeal,
             bajo las ruedas del coche que acaba de pasar.

Tiempo para la palabra tiempo
             entre los escombros de la torre de babel.



II

Pero ahora están las zanjas:
                      zanjas de agua,
                      zanjas de luz,
                      zanjas de gas,
                      zanjas para las palabras
que pronuncio
mientras me digo
que hoy no puede ser,
que hace mucha prisa,
que la vida es un desastre
o un disparate
o un desasosiego inútil,
debido a lo cual hoy no hay tiempo:
             tiempo para nada, tiempo para qué.



III


Abro la puerta, enciendo la luz,
abro el grifo:
quisiera saber a quién llamar.
Entra el sonido del tráfico por la ventana;
oigo el rumor de los viajeros,
escucho el sonido de los habitantes
              y de los constructores
                              de este idioma sin palabras.



IV

Hablo a borbotones,
como si tuviera una llave de niebla
 atravesada en la garganta,
una llave empañada por el ruido,
una llave anegada por la luz,
                        una llave de gas,
                        una llave de agua,
                        una llave sin puerta,
                        una llave definitivamente umbría,
enterrada en mi garganta,
en la zanja de mi desconcertada garganta.



V

Detrás de cada valla hay una zanja,
detrás de cada zanja hay un viaje.

              La rosa de los vientos cruza
              los túneles de la ciudad:
              trae entre sus pétalos de humo
              el musgo de las despedidas,
              el imperio de los nomeolvides,
              papel para cartas no escritas,
              humillados sellos
              y un pecho desolado en la construcción
              de la música
                    o el lenguaje
                                        o el ruido de la ciudad.

Bajo el asfalto de estas calles
crece la torre de babel
triste y útil.



VI

Abro el grifo de la cocina
y mientras corre el agua por el fregadero,
me pregunto qué palabras pronuncia
este hilo de orden y limpieza,
qué llave debo abrir para entender
el lenguaje de las vallas, el idioma
de las zanjas,
el sonido subterráneo de las aves migratorias
que abren sin llave alguna las puertas de esta ciudad,
                 sin llave,
                 por fin,
                                                                    por fin.
Guadalupe Grande
La llave de niebla (Calambur)


Tags: La llave de niebla, Guadalupe Grande, Calambur

Publicado por elchicoanalogo @ 10:31  | Libros...
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