Jueves, 12 de mayo de 2011

Lo primero que me llamó la atención de Kanikosen. El pesquero fue la sobria portada en blanco y negro y una frase que lo comparaba con Las uvas de la ira. Lo segundo, al hojear el libro, la primera frase de la novela: “Vamos hacia el infierno”. Y, por último, la oportunidad de descubrir un autor desconocido, Takiji Kobayashi. Mientras volvía en tren leí por encima las notas de su primer editor norteamericano dedicadas al escritor. Hablaba del compromiso social de Kobayashi, sus dificultades para publicar, su intento de describir las penosas condiciones de los trabajadores japoneses en alta mar y cómo tras varias detenciones fue asesinado en una comisaría de policía con apenas veintinueve años. Recordé aquellas palabras que recogía Primo Levi en La tregua, quien quema libros terminará por quemar hombres, y, también, a otros escritores que fueron perseguidos, encarcelados en gulags o campos de concentración o fusilados. Los libros son peligrosos, hacen pensar.

Kobayashi perteneció al partido comunista, participó en revueltas y huelgas y describió en sus libros un mundo diferente al que estaba acostumbrado a leer en los libros japoneses, un mundo oscuro, cruel, donde los trabajadores parecían una masa sin derechos, seres invisibles y sin voz. Kobayashi habla con amargura del imperio Japonés, de su política económica y social, de la diferencia abismal entre las distintas clases, del trato a los trabajadores y cómo éstos, tras aguantar  unas condiciones infrahumanas, intentan rebelarse para conseguir un trato justo.

El pesquero se centra en un cangrejero japonés que faena en las costas rusas. La tripulación está compuesta por estudiantes, campesinos o mendigos que se enrolan en busca de una oportunidad para conseguir ahorros. Kobayashi utiliza el buque como un símbolo de las diferentes clases, los marinos y trabajadores apilados sin orden, con mala comida, duras y extensas jornadas de trabajo en alta mar, rodeados de chinches piojos y pulgas, y los patronos y oficiales que parecen vivir en otro mundo. A veces me chirriaba cierto tono de panfleto que utiliza Kobayashi pero es estimable su intento por darnos a conocer otra realidad, abordar la vida de los trabajadores en alta mar y cómo inician una rebelión en busca de mejores condiciones de trabajo

Kobayashi no nombra ni diferencia a los trabajadores, son una voz unida, colectiva, una voz que comienza apagada y muda pero que de a poco cobra fuerza. Hay imágenes poderosas, la fuerza y fiereza del mar ruso, el interior tenebroso del buque, imágenes de muerte y negrura, los marinos y obreros del buque factoría que parecen uno (todos comparten rostro y destino), los hombres que se tambalean de cansancio, que son usados hasta caer extenuados, los marinos que se pierden en la costa y, al regresar, vuelven con panfletos escritos por los rusos donde les hablan de otro tipo de vida para los trabajadores. Hay momentos de extrema dureza en la vida de los marinos y trabajadores del cangrejero. Poco a poco la idea de la rebelión se apodera de la tripulación, una tripulación que sabe que no tiene nada que perder porque ya no le queda nada, sólo la dignidad (sin importar una posible derrota).

En la contraportada del libro se dice: “Ya no existen los empleos para toda la vida y no está claro que la gente vaya a cobrar sus pensiones. Creo que es esa inseguridad la que hace tan atrayente este libro”. En esta época de crisis económica y dónde estamos dando pasos atrás en los derechos adquiridos en un tiempo no muy lejano, El pesquero nos hablá mejor y de forma más dura y cercana sobre el mundo que vivimos que el famoso alegato ¡Indignaos! Sólo por acercanos otra realidad, por hablarnos de rebeliones, dignidad y lucha, merece la pena leer El pesquero.



Todos los cangrejeros eran unos cascajos de barcos. Los trabajadores iban a morir al mar de Ojotsk, pero eso les importaba muy poco a los directivos que estaban en sus edificios de Marunouchi. Cuando el capitalismo ya no podía obtener más beneficios, cuando bajaba el interés y había exceso de capital, hacían literalmente lo que hiciera falta en cualquier lugar; buscaban desesperadamente  cualquier salida. Y ahí estaban, ni más ni menos, aquellos cangrejeros con los que ganaban hábilmente cientos de miles de yenes; era natural que estuvieran entusiasmados.
Un cangrejero era un buque factoría (una factoría dentro de un barco), no un barco para navegar. Por eso las leyes de navegación no le eran aplicadas. A naves que llevaban veinte años amarradas y no eran más que tambaleantes enfermos de sífilis marina, cuyo único futuro era el desguace y cuya única capacidad era la de hundirse, les aplicaban una gruesa capa de pintura con la que maquillar su exterior y lo mandaban sin ruborizarse al (puerto de) Hakodate. Barcos lisiados con honor en la guerra Ruso-japonesa, barcos hospitales o cargueros tirados como si fueran entrañas de pescado, mostraban de nuevo sus fantasmagóricas siluetas. Si se aumentaba mínimamente la potencia del vapor, las tuberías se rompían y se producían escapes. Si los perseguía una patrullera rusa e intentaban huir a toda máquina (y era algo que sucedía a menudo), el barco entero se pondría a crujir y amenazaría con partirse por la mitad en cualquier momento. Temblarían como la mano de un hombre con parálisis.
Pero nada de eso importaba. Porque en esos tiempos todos debían sacrificarse por el Imperio japonés. Por otra parte, aunque los barcos cangrejeros eran en realidad factorías, tampoco se les aplicaban las leyes válidas para las fábricas. O sea que no había lugar mejor para que hicieran lo que les diera la gana.
Algún directivo inteligente había atado cabos y ligado la empresa a los “intereses del Imperio japonés”. Y sumas ingentes de dinero iban a parar a sus bolsillos. Y, entonces, dentro de su automóvil, pensaba que, para sacar más provecho, presentaría su candidatura a diputado. Exactamente en ese mismo momento, los trabajadores del Chichibu Maru, a miles de millas de distancia, en el oscuro mar del Norte, como un pedazo e cristal roto, se enfrentaban al viento y a las afiladas olas. “!Luchando a vida o muerte!”, pensaba el estudiante mientras descendía las escaleras en dirección a la letrina. “Y eso no es algo que le pase a otra gente”, se decía.
Takiji Kobayashi
Kanikosen. El pesquero (traducción de Jordi Juste y Shizuko Ono. Editorial Ático de libros).


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Publicado por elchicoanalogo @ 4:36  | Libros...
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