Viernes, 13 de mayo de 2011

Porque se tiene conciencia de la inutilidad de tantas cosas
a veces uno se sienta tranquilamente a la sombra de un ?rbol
???????? -en verano-
y se calla.

(?Dije tranquilamente? falso, falso:
uno se sienta inquieto, haciendo extra?os gestos,
pisoteando las hojas abatidas
por la furia de un oto?o sombr?o,
destrozando con los dedos el cart?n inocente de una caja de?
???? f?sforos,
mordiendo injustamente las u?as de esos dedos,
escupiendo en los charcos invernales,
golpeando con el pu?o cerrado la piel rugosa de las casas que
??????????? permanecen indiferentes al paso de la primavera
una primavera urbana que asoma con timidez los flecos de
??????????? sus cabellos verdes all? arriba,
detr?s del zinc oscuro de los canalones,
levemente arraigada a la materia ef?mera de las tejas a punto
??????????? de ser de polvo.)

Eso es cierto, tan cierto
como que tengo un nombre con alas celestiales,
arcang?lico nombre que a nada corresponde:
?ngel,
me dicen,
y yo me levanto
disciplinado y recto
con las alas mordidas
- quiero decir: las u?as-
y sonr?o y me callo porque, en ?ltimo extremo,
uno tiene conciencia
de la inutilidad de todas las palabras.
?ngel Gonz?lez
Pre?mbulo a un silencio (en Tratado de urbanismo)


Tags: Ángel González, Preámbulo a un silencio, Tratado de urbanismo

Publicado por elchicoanalogo @ 21:55  | ?ngel Gonz?lez
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 12 de mayo de 2011

Lo primero que me llamó la atención de Kanikosen. El pesquero fue la sobria portada en blanco y negro y una frase que lo comparaba con Las uvas de la ira. Lo segundo, al hojear el libro, la primera frase de la novela: “Vamos hacia el infierno”. Y, por último, la oportunidad de descubrir un autor desconocido, Takiji Kobayashi. Mientras volvía en tren leí por encima las notas de su primer editor norteamericano dedicadas al escritor. Hablaba del compromiso social de Kobayashi, sus dificultades para publicar, su intento de describir las penosas condiciones de los trabajadores japoneses en alta mar y cómo tras varias detenciones fue asesinado en una comisaría de policía con apenas veintinueve años. Recordé aquellas palabras que recogía Primo Levi en La tregua, quien quema libros terminará por quemar hombres, y, también, a otros escritores que fueron perseguidos, encarcelados en gulags o campos de concentración o fusilados. Los libros son peligrosos, hacen pensar.

Kobayashi perteneció al partido comunista, participó en revueltas y huelgas y describió en sus libros un mundo diferente al que estaba acostumbrado a leer en los libros japoneses, un mundo oscuro, cruel, donde los trabajadores parecían una masa sin derechos, seres invisibles y sin voz. Kobayashi habla con amargura del imperio Japonés, de su política económica y social, de la diferencia abismal entre las distintas clases, del trato a los trabajadores y cómo éstos, tras aguantar  unas condiciones infrahumanas, intentan rebelarse para conseguir un trato justo.

El pesquero se centra en un cangrejero japonés que faena en las costas rusas. La tripulación está compuesta por estudiantes, campesinos o mendigos que se enrolan en busca de una oportunidad para conseguir ahorros. Kobayashi utiliza el buque como un símbolo de las diferentes clases, los marinos y trabajadores apilados sin orden, con mala comida, duras y extensas jornadas de trabajo en alta mar, rodeados de chinches piojos y pulgas, y los patronos y oficiales que parecen vivir en otro mundo. A veces me chirriaba cierto tono de panfleto que utiliza Kobayashi pero es estimable su intento por darnos a conocer otra realidad, abordar la vida de los trabajadores en alta mar y cómo inician una rebelión en busca de mejores condiciones de trabajo

Kobayashi no nombra ni diferencia a los trabajadores, son una voz unida, colectiva, una voz que comienza apagada y muda pero que de a poco cobra fuerza. Hay imágenes poderosas, la fuerza y fiereza del mar ruso, el interior tenebroso del buque, imágenes de muerte y negrura, los marinos y obreros del buque factoría que parecen uno (todos comparten rostro y destino), los hombres que se tambalean de cansancio, que son usados hasta caer extenuados, los marinos que se pierden en la costa y, al regresar, vuelven con panfletos escritos por los rusos donde les hablan de otro tipo de vida para los trabajadores. Hay momentos de extrema dureza en la vida de los marinos y trabajadores del cangrejero. Poco a poco la idea de la rebelión se apodera de la tripulación, una tripulación que sabe que no tiene nada que perder porque ya no le queda nada, sólo la dignidad (sin importar una posible derrota).

En la contraportada del libro se dice: “Ya no existen los empleos para toda la vida y no está claro que la gente vaya a cobrar sus pensiones. Creo que es esa inseguridad la que hace tan atrayente este libro”. En esta época de crisis económica y dónde estamos dando pasos atrás en los derechos adquiridos en un tiempo no muy lejano, El pesquero nos hablá mejor y de forma más dura y cercana sobre el mundo que vivimos que el famoso alegato ¡Indignaos! Sólo por acercanos otra realidad, por hablarnos de rebeliones, dignidad y lucha, merece la pena leer El pesquero.



Todos los cangrejeros eran unos cascajos de barcos. Los trabajadores iban a morir al mar de Ojotsk, pero eso les importaba muy poco a los directivos que estaban en sus edificios de Marunouchi. Cuando el capitalismo ya no podía obtener más beneficios, cuando bajaba el interés y había exceso de capital, hacían literalmente lo que hiciera falta en cualquier lugar; buscaban desesperadamente  cualquier salida. Y ahí estaban, ni más ni menos, aquellos cangrejeros con los que ganaban hábilmente cientos de miles de yenes; era natural que estuvieran entusiasmados.
Un cangrejero era un buque factoría (una factoría dentro de un barco), no un barco para navegar. Por eso las leyes de navegación no le eran aplicadas. A naves que llevaban veinte años amarradas y no eran más que tambaleantes enfermos de sífilis marina, cuyo único futuro era el desguace y cuya única capacidad era la de hundirse, les aplicaban una gruesa capa de pintura con la que maquillar su exterior y lo mandaban sin ruborizarse al (puerto de) Hakodate. Barcos lisiados con honor en la guerra Ruso-japonesa, barcos hospitales o cargueros tirados como si fueran entrañas de pescado, mostraban de nuevo sus fantasmagóricas siluetas. Si se aumentaba mínimamente la potencia del vapor, las tuberías se rompían y se producían escapes. Si los perseguía una patrullera rusa e intentaban huir a toda máquina (y era algo que sucedía a menudo), el barco entero se pondría a crujir y amenazaría con partirse por la mitad en cualquier momento. Temblarían como la mano de un hombre con parálisis.
Pero nada de eso importaba. Porque en esos tiempos todos debían sacrificarse por el Imperio japonés. Por otra parte, aunque los barcos cangrejeros eran en realidad factorías, tampoco se les aplicaban las leyes válidas para las fábricas. O sea que no había lugar mejor para que hicieran lo que les diera la gana.
Algún directivo inteligente había atado cabos y ligado la empresa a los “intereses del Imperio japonés”. Y sumas ingentes de dinero iban a parar a sus bolsillos. Y, entonces, dentro de su automóvil, pensaba que, para sacar más provecho, presentaría su candidatura a diputado. Exactamente en ese mismo momento, los trabajadores del Chichibu Maru, a miles de millas de distancia, en el oscuro mar del Norte, como un pedazo e cristal roto, se enfrentaban al viento y a las afiladas olas. “!Luchando a vida o muerte!”, pensaba el estudiante mientras descendía las escaleras en dirección a la letrina. “Y eso no es algo que le pase a otra gente”, se decía.
Takiji Kobayashi
Kanikosen. El pesquero (traducción de Jordi Juste y Shizuko Ono. Editorial Ático de libros).


Tags: Takiji Kobayashi, Kanikosen. El pesquero, Jordi Juste, Shizuko Ono, Ático de libros

Publicado por elchicoanalogo @ 4:36  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Mi?rcoles, 11 de mayo de 2011

Anoche te he tocado y te he sentido
sin que mi mano huyera más allá de mi mano,
sin que mi cuerpo huyera, ni mi oído:
de un modo casi humano
te he sentido.

Palpitante,
no sé si como sangre o como nube
errante,
por mi casa, en puntillas, oscuridad que sube,
oscuridad que baja, corriste, centelleante.

Corriste por mi casa de madera
sus ventanas abriste
y te sentí latir la noche entera,
hija de los abismos, silenciosa,
guerrera, tan terrible, tan hermosa
que todo cuanto existe,
para mí, sin tu llama, no existiera.
Gonzalo Rojas
Oscuridad hermosa (en Metamorfosis de lo mismo. Visor)


Tags: Gonzalo Rojas, Oscuridad hermosa, Metamorfosis de lo mismo, Visor

Publicado por elchicoanalogo @ 4:30  | Poes?a
Comentarios (2)  | Enviar
Martes, 10 de mayo de 2011

Con ¡Indignaos! buscaba un ensayo que me hablase sobre las claves sobre la crisis y los cambios que estamos viviendo en los últimos años y el papel de los gobiernos y los estamentos económicos, que me descubriese nuevos puntos de vista para acercarme a la época que estamos viviendo, que me explicase la merma en nuestros derechos sociales y económicos. Pero, como se dice en la portada, ¡Indignaos! es más un alegato que anima a la insurrección pacífica que un ensayo sobre las causas de la crisis económica, no hay un análisis sobre el origen y consecuencias de esta crisis ni se dan posibles soluciones y salidas. Quien busque un análisis profundo deberá encontrarlo en otros libros o documentales.

Hessel, miembro de la resistencia francesa y uno de los redactores de la declaración de los derechos humanos hace medio siglo, recuerda aquella Europa de la segunda guerra mundial que le tocó vivir, una época donde la rebelión y la lucha y el enemigo eran evidentes, donde el objetivo era resistir los diferentes frentes totalitarios que asolaban el continente. Y ése es el punto atractivo que he encontrado al alegato de Hessel, cómo en otras épocas el enemigo era claro, fácil de identificar y hubo quien lo arriesgó todo en esa lucha, mientras que ahora no vemos con la misma facilidad al “enemigo”, no sabemos a quién señalar o cómo funcionan los bancos, las grandes corporaciones económicas y de comunicación o los gobiernos de los diferentes países. Quién nos manda.

El consejo de Hessel, indignarse, la resistencia no violenta. “Es cierto, las razones para indignarse pueden parecer hoy menos nítidas o el mundo, demasiado complejo. ¿Quién manda? ¿Quién decide? No siempre es fácil distinguir entre todas las corrientes que nos gobiernan. Ya no se trata de una pequeña élite cuyas artimañas comprendemos perfectamente. Es un mundo vasto, y nos damos cuenta de que es interdependiente. Vivimos en una interconectividad como no ha existido jamás. Pero en este mundo hay cosas insoportables. Para verlo, debemos observar bien, buscar. Yo les digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis. La peor actitud es la indiferencia, decir "paso de todo, ya me las apaño". Si os comportáis así, perdéis uno  de los componentes indispensables: la facultad de indignación y el compromiso que la sigue”. Hessel nos anima a indignarnos, aunque no nos enseñe una pauta, un camino.

Algo se está moviendo. Han aparecido películas como el documental Inside Job que analiza y saca a la superficie el origen de esta crisis que vivimos, o The Company Men, que se centra en las consecuencias de una política económica basada en el despido como medio para aumentar las ganancias y no en la creación de nuevos trabajos. Y libros como este ¡Indignaos!, que, aunque no es un ensayo profundo, sí aporta su grano de arena para que empecemos a cuestionarnos cómo hemos llegado a esta situación de involución económica y pérdida de derechos sociales.



Se atreven a decirnos que el Estado ya no puede garantizar los costos de estas medidas ciudadanas. Pero ¿cómo puede ser que actualmente no hay suficiente dinero para mantener y prolongar estas conquistas cuando la producción de riqueza ha aumentado considerablemente desde la Liberación, un periodo en el que Europa estaba en la ruina? Pues porque el poder del dinero, tan combatido por la Resistencia, nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta la más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general. Nunca había sido tan importante la distancia entre los más pobres y los más ricos, ni tan alentada la competitividad y la carrera por el dinero.
El motivo fundamental de la Resistencia fue la indignación. Nosotros, veteranos de la Resistencia y de las fuerzas combatientes de la Francia Libre, apelamos a las jóvenes generaciones a dar su vida y transmitir la herencia de la Resistencia y sus ideales. Nosotros les decimos: coged el relevo, ¡indignaos! Los responsables políticos, económicos, intelectuales y el conjunto de la sociedad no pueden claudicar ni dejarse impresionar por la dictadura actual de los mercados financieros que amenazan la paz y la democracia.
Os os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es un valor precioso. Cuando algo te indigna como a mí me indigno el nazismo, te conviertes en alguien militante, fuerte y comprometido. Pasas a formar parte de esa corriente histórica, y la gran corriente debe seguir gracias a cada uno. Esa corriente tiende hacia mayor justicia, mayor libertad, pero no hacia esa libertad incontrolada del zorro en el gallinero. Esos derechos, cuyo programa recoge la Declaración Universal de 1948, son universales. Si os encontráis con alguien que no se beneficia de ellos, compadecedlo y ayudadlo a conquistarlos.
Stéphene Hessel
¡Indignaos! (traducción de Telmo Moreno Lanaspa. Ediciones Destino).


Tags: Stéphene Hessel, ¡Indignaos!, Telmo Moreno Lanaspa, Ediciones Destino

Publicado por elchicoanalogo @ 16:18  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
S?bado, 07 de mayo de 2011

Me gusta Raymond Carver. Siempre usaba la palabra precisa y no se dejaba llevar por el exceso o los inventos formales que enmascaran el vacío de una historia. Carver creaba un pequeño mundo en el que podías reconocerte con apenas unos trazos.

La casa de Chef es uno de mis cuentos favoritos. Las parejas de Carver son reales, reconocibles. Son ecos. Parejas que cruzan y separan sus caminos a lo largo de una vida, que encuentran una segunda oportunidad de revivir un amor y recuperar unos recuerdos que parecían lejanos antes de despedirse por última vez. Aceptan la derrota (la dignidad en la derrota fordiana). Sin reproches. Porque a veces toca perder.

En este cuento, una pareja separada se reúne en una casa alquilada cerca del mar. Él ha dejado de beber. Ella vuelve a ponerse su anillo de casada. Pero, como en todos los cuentos de Carver, se intuye la tensión bajo la plácida superficie. El tono desnudo, austero, cala poco a poco, emociona. Al terminar La casa de Chef uno tiene la sensación de conocer la relación de esa pareja desde su inicio, los momentos cumbres. Carver necesita los elementos justos para contarte de una vida, cada cuento un libro, cada frase un momento de una vida. Por eso me emociona, por eso es el escritor que siento más cercano.



La casa de Chef

Aquel verano Wes le alquiló una casa amueblada al norte de Eureka a un alcohólico recuperado llamado Chef. Luego me llamó para pedirme que olvidara lo que estuviese haciendo y que me fuese allí a vivir con él. Me dijo que no bebía. Yo ya sabía qué era eso de no beber. Pero él no aceptaba negativas. Volvió a llamar y dijo: Edna, desde la ventana delantera se ve el  mar. En el aire se hunde la sal. Me fijé en cómo hablaba. No arrastraba las palabras. Le dije que me lo pensaría. Y lo hice. Una semana después volvió a llamar preguntándome si iba. Contesté que lo seguía pensando. Empezaremos de nuevo, dijo él. Si voy para allá, quiero que hagas algo por mí, le dije. Lo que sea, contestó Wes. Quiero que intentes ser el Wes que conocí antes. El Wes de siempre. El Wes con quien me casé. Wes empezó a llorar, pero lo interpreté como una señal de sus buenas intenciones. Así que le dije, de acuerdo, iré.

Había dejado a su amiga, o ella le había abandonado a él, ni lo sé ni me importa. Cuando me decidí a irme con Wes, tuve que decirle adiós a mi amigo. Mi amigo me dijo que estaba cometiendo un error. No me hagas esto a mí. ¿Qué pasará con nosotros? Tengo que hacerlo por el bien de Wes, le dije. Está intentando dejar de beber. Ya recordarás lo que es eso. Lo recuerdo, pero no quiero que vayas, contestó mi amigo. Iré a pasar el verano. Luego, ya veré. Volveré, le dije. ¿Y qué pasa conmigo?, preguntó él. ¿Qué hay de mi bien? No vuelvas más.

Aquel verano bebimos café, gaseosa y toda clase de zumos de fruta. Eso es lo que bebimos durante todo el verano. Me encontré deseando que el verano no terminase nunca. Debí figurármelo, pero al cabo de un mes de estar con Wes en casa de Chef, volví a ponerme el anillo de boda. Hacía dos años que no lo llevaba. Desde la noche en que Wes estaba borracho y tiró el suyo a un huerto de  melocotones.

Wes tenía algo de dinero, así que yo no tenía que trabajar. Y resultó que Chef nos dejaba la casa por casi nada. No teníamos teléfono. Pagábamos el gas y la luz y comprábamos de oferta en el supermercado. Un domingo por la tarde salió Wes a comprar una regadera y volvió con algo para mí. Me trajo un precioso ramo de margaritas y un sombrero de paja. Los martes por la tarde íbamos al cine. Otras noches iba Wes a lo que denominaba sus reuniones secas. Chef le recogía a la puerta en su coche y después lo traía a casa. Algunos días Wes y yo íbamos a pescar truchas en una de las lagunas que había cerca. Pescábamos desde la orilla, y tardábamos todo el día en atrapar unas pocas. Nos vendrán muy bien, decía yo, y por la noche las freía para cenar. A veces me quitaba el sombrero y me quedaba dormida sobre una manta, junto a la caña de pescar. Lo último que recordaba eran nubes que pasaban por encima hacia el valle central. Por la noche Wes solía tomarme en sus brazos y preguntarme si seguía siendo su chica.

Nuestros hijos mantenían sus distancias. Cherly vivía con otra gente en una granja en Oregón. Cuidaba de un rebaño de cabras y vendía la leche. Tenía abejas y vendía tarros de miel. Tenía su propia vida, y yo no la culpaba. No le importaba lo más mínimo lo que su padre y yo hiciéramos con tal de que no la metiéramos en ello. Bobby estaba en Washington, trabajando en la siega del heno. Cuando se acabara la temporada, pensaba trabajar en la recolección de la manzana. Tenía novia y estaba ahorrando dinero. Yo escribía cartas y las firmaba: «Te quiere siempre.»

Una tarde estaba Wes en el jardín arrancando hierbas cuando Chef paró el coche delante de la casa. Yo estaba fregando en la pila. Miré y vi cómo se detenía el enorme coche de Chef. Yo veía el coche, la carretera de acceso y la autopista, y más allá, las dunas y el mar. Había nubes sobre el agua. Chef bajó del coche y se alzó los pantalones de un tirón. Comprendí que pasaba algo. Wes dejó lo que estaba haciendo y se incorporó. Llevaba guantes y un sombrero de lona. Se quitó el sombrero y se secó el sudor con el dorso de la mano. Chef se acercó a Wes y le puso un brazo en los hombros. Wes se quitó un guante. Salí a la puerta. Oí a Chef decir a Wes que sólo Dios sabía cómo lo sentía, pero que tenía que pedirnos que nos marcháramos a fin de mes. Wes se quitó el otro guante. ¿Y por qué, Chef? Chef dijo que su hija, Linda, la mujer que Wes solía llamar Linda la Gorda desde la época en que bebía necesitaba un sitio para vivir, y el sitio era aquella casa. Chef le contó a Wes que el marido de Linda había salido a pescar con la barca hacía unas semanas y nadie había vuelto a saber de él desde entonces. Había perdido a su marido. Había perdido al padre de su hijo. Yo la puedo ayudar, me alegro de estar en disposición de hacerlo, dijo Chef. Lo siento, Wes, pero tendrás que buscar otra casa. Luego Chef volvió a abrazar a Wes, se tiró de los pantalones, subió a su enorme coche y se marchó.

Wes entró en casa. Dejó caer en la alfombra el sombrero y los guantes y se sentó en la butaca grande. La butaca de Chef, pensé. La alfombra de Chef, también. Wes estaba pálido. Serví dos tazas de café y le di una.

Está bien, dije. No te preocupes, Wes.

Me senté con el café en el sofá de Chef.

Linda la Gorda va a vivir aquí en lugar de nosotros, dijo Wes. Sostenía la taza, pero no bebía.

No te excites, Wes, le dije.

Su marido aparecerá en Ketchikan, dijo Wes. El marido de Linda la Gorda se ha largado, sencillamente. ¿Y quién podría reprochárselo?

Dijo Wes que, llegado el caso, él también se hundiría con su barca antes que pasar el resto de su vida con Linda la Gorda y su hijo. Entonces Wes dejó la taza en el suelo, junto a los guantes. Hasta ahora éste ha sido un hogar feliz, dijo.

Tendremos otra casa, le sugerí.

Como ésta, no, afirmó Wes. De todos modos, no sería lo mismo. Esta ha sido una buena casa para nosotros. Esta casa alberga muchos recuerdos. Ahora Linda la Gorda y su hijo estarán aquí, dijo Wes. Cogió la taza y dio un sorbo.

La casa es de Chef, le recordé. El hace lo que tiene que hacer.

Lo sé, repuso Wes. Pero no tiene por qué gustarme.

Wes tenía una curiosa expresión. Yo ya conocía aquella expresión. No dejaba de pasarse la lengua por los labios. Se manoseaba la camisa por debajo del cinturón. Se levantó de la butaca y fue a la ventana. Permaneció en pie mirando al mar y a las nubes, que se iban extendiendo. Se daba palmaditas en la barbilla con los dedos, como si estuviera pensando algo. Y estaba pensando.

Tranquilo, Wes, le dije.

Ella quiere que esté tranquilo, repuso Wes. Siguió allí de pie. Pero al cabo de un momento se acercó y se sentó junto a mí en el sofá. Cruzó las piernas y empezó a jugar con los botones de la camisa. Le cogí la mano. Empecé a hablar. Del verano. Pero lo hice como si fuese algo del pasado. Quizá de años atrás. En cualquier caso, como algo que hubiese terminado. Luego empecé a hablar de los chicos. Wes dijo que deseaba hacerlo todo de nuevo y bien, esta vez.

Te quieren, le dije.

No, no me quieren, repuso.

Algún día entenderán las cosas, le animé.

Quizá, dijo Wes. Pero entonces no importará.

No lo sabes.

Sé unas cuantas cosas, aseguró Wes, mirándome. Sé que me alegro de que hayas venido aquí. No lo olvidaré.

Yo también me alegro. Estoy contenta de que encontraras esta casa.

Wes soltó un bufido. Luego se rió. Los dos reímos. Ese Chef, dijo Wes, meneando la cabeza. Nos la ha hecho buena, el hijo de puta. Pero me alegro de que lleves el anillo. Me alegro de que hayamos pasado juntos este tiempo.

Entonces dije una cosa. Figúrate, sólo imagínate que nunca ha pasado nada. Suponte que ésta ha sido la primera vez. Supóntelo. Suponer no hace daño. Digamos que lo otro no ha sucedido jamás. ¿Sabes lo que quiero decir? ¿Entonces, qué?

Wes me miró con fijeza. Entonces calculo que tendríamos que ser otras personas, si se diera el caso, dijo Wes. Distintas. Ya no puedo hacer esa clase de suposiciones. Nacimos para ser lo que somos. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Le contesté que no había dejado algo bueno ni recorrido casi mil kilómetros para oírle hablar así.

Lo siento, pero no puedo hablar como alguien que no soy, dijo Wes. Yo no soy otro. Si lo fuese, con toda seguridad no estaría aquí. Si fuera otro, no sería yo. Pero soy como soy. ¿No lo entiendes?

Está bien, Wes, le dije. Me llevé su mano a la mejilla. Entonces, no sé, recordé cómo era cuando tenía diecinueve años, su aspecto cuando corría por el campo adonde estaba su padre, sentado en el tractor, con la mano sobre los ojos, viendo correr a Wes hacia él. Nosotros acabábamos de llegar de California. Me bajé con Cheryl y Bobby y dije: ése es el abuelo. Pero no eran más que niños.

Wes seguía sentado junto a mí, dándose golpecitos en la barbilla, como si intentara decidir lo que haría a continuación. El padre de Wes había muerto y nuestros hijos habían crecido. Miré a Wes y luego el cuarto de Chef y las cosas de Chef. Tenemos que hacer algo, y rápido, pensé.

Cariño, dije. Wes, escúchame.

¿Qué quieres?, me dijo. Pero eso fue todo. Parecía haber llegado a una conclusión. Pero, una vez decidido, no tenía prisa. Se recostó en el sofá, cruzó las manos sobre el regazo y cerró los ojos. No dijo nada más. No tenía por qué hacerlo.

Pronuncié su nombre para mis adentros. Era fácil de decir, y estaba acostumbraba a repetirlo desde hacía mucho tiempo. Luego volví a decirlo. Esta vez en voz alta. Wes, dije.

Abrió los ojos. Pero no me miró. Simplemente se quedó sentado donde estaba y miró a la ventana. Linda la Gorda, dijo. Pero yo sabía que no se trataba de ella. No era nada. Sólo un nombre. Wes se levantó, echó las cortinas y el mar desapareció como por ensalmo. Fui a preparar la cena. Aún teníamos un poco de pescado en la nevera. No quedaba mucho más. Esta noche haremos limpieza, pensé, y eso será el fin de todo.
Raymond Carver
La casa de chef (en Catedral. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)


Tags: La casa de Chef, Catedral, Raymond Carver, Benito Gómez Ibáñez, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 4:30  | Raymond Carver
Comentarios (2)  | Enviar
Viernes, 06 de mayo de 2011

Las palabras de Hikmet adelantan lo que nos encontraremos en La llave de niebla: “¿Dónde termina la tarde dónde comienza la ciudad / donde termina la ciudad dónde comienzas tú / dónde termino yo dónde comienzo?”

Guadalupe Grande centra sus poemas en la geografía y la vida de la ciudad, los horizontes cerrados y los tejados con antenas de televisión, el sonido de los grifos y los ecos de los pasos sobre el asfalto, las ventanas abiertas y los centros comerciales, la luz y las sombras que envuelven a los habitantes de la ciudad y su soledad como de náufrago a la deriva.

La llave de niebla contiene un puñado de poemas sobre soledad y naufragio en medio de la ciudad, una lectura atractiva.



Postal I
(Vista del horizonte desde la Costanilla del Farol)

Nada hay como estar lejos
y no saber dónde meternos;
contar los pájaros que emigran,
buscar la arena en el asfalto
y acurrucarnos bajo una farola
con un espigado espíritu de álamo
mientras el tráfico de la noche
dice su palabra río
que no llegará nunca al mar.

Una ciudad, hoy, es estar lejos.



Postal III
(Vista aérea)

Es en los tejados,
lo que importa sucede en los tejados,
es decir,
bien poca cosa.

Pero tú te asomas a la ventana
y observas un horizonte de antenas,
seres aún más esbeltos
que la radiografía de nuestras almas.
¡Qué terribles son las antenas,
qué regias e inasibles,
siempre de perfil!

Erguidas contra el tiempo
ocultan bajo una fronda
de hojas perennemente caducas
su descorazonamiento vertical.

Aún así,
lo que importa sucede en los tejados.
Es decir,
bien poca cosa,
tan sólo
esta conversación de arquitectura y sombra
tan inerte como la radiografía de nuestras almas.



La llave de niebla

I


Detrás de la valla hay una zanja
y detrás de esa zanja
hay un pecho desolado en el viaje.

¿Quién llega hasta aquí y cómo
y luego tal vez?
¿Quién llega y dice y nombra
y deja sus manos pegadas a esta valla,
como se pegan los sellos a las cartas,
para volver a dónde
para volver a entonces
para volver a luego nunca más?

             Rueda la rosa de los vientos por los escombros,
             rueda a la orilla de la grava,
             al borde de la ceniza,
             y deja sus pétalos de distancia,
             su polen náufrago y candeal,
             bajo las ruedas del coche que acaba de pasar.

Tiempo para la palabra tiempo
             entre los escombros de la torre de babel.



II

Pero ahora están las zanjas:
                      zanjas de agua,
                      zanjas de luz,
                      zanjas de gas,
                      zanjas para las palabras
que pronuncio
mientras me digo
que hoy no puede ser,
que hace mucha prisa,
que la vida es un desastre
o un disparate
o un desasosiego inútil,
debido a lo cual hoy no hay tiempo:
             tiempo para nada, tiempo para qué.



III


Abro la puerta, enciendo la luz,
abro el grifo:
quisiera saber a quién llamar.
Entra el sonido del tráfico por la ventana;
oigo el rumor de los viajeros,
escucho el sonido de los habitantes
              y de los constructores
                              de este idioma sin palabras.



IV

Hablo a borbotones,
como si tuviera una llave de niebla
 atravesada en la garganta,
una llave empañada por el ruido,
una llave anegada por la luz,
                        una llave de gas,
                        una llave de agua,
                        una llave sin puerta,
                        una llave definitivamente umbría,
enterrada en mi garganta,
en la zanja de mi desconcertada garganta.



V

Detrás de cada valla hay una zanja,
detrás de cada zanja hay un viaje.

              La rosa de los vientos cruza
              los túneles de la ciudad:
              trae entre sus pétalos de humo
              el musgo de las despedidas,
              el imperio de los nomeolvides,
              papel para cartas no escritas,
              humillados sellos
              y un pecho desolado en la construcción
              de la música
                    o el lenguaje
                                        o el ruido de la ciudad.

Bajo el asfalto de estas calles
crece la torre de babel
triste y útil.



VI

Abro el grifo de la cocina
y mientras corre el agua por el fregadero,
me pregunto qué palabras pronuncia
este hilo de orden y limpieza,
qué llave debo abrir para entender
el lenguaje de las vallas, el idioma
de las zanjas,
el sonido subterráneo de las aves migratorias
que abren sin llave alguna las puertas de esta ciudad,
                 sin llave,
                 por fin,
                                                                    por fin.
Guadalupe Grande
La llave de niebla (Calambur)


Tags: La llave de niebla, Guadalupe Grande, Calambur

Publicado por elchicoanalogo @ 10:31  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Martes, 03 de mayo de 2011

B. Traven fue una sombra, un escritor fantasmal, alguien inalcanzable, aún más misterioso que Pynchon, una leyenda repleta de contradicciones y aventuras,y, como toda leyenda, difícil de seguir, de separar la realidad de la pura invención. Cuando leí 2666 de Bolaño vi en el escritor Beno Von Archimboldi rasgos del escurridizo Traven, ambos escritores escondidos en otro nombre, casi en otra dimensión invisible para el resto.

La nave de los muertos es un libro extraño, quijotesco, tan fantasmal como su autor, mezcla de aventuras y de reflexiones políticas, de humor y fracaso. Ese mundo de Traven de perdedores, de seres anónimos sin nada en el bolsillo y sin un camino cierto atrajo a Huston para filmar la obra más famosa del escritor, El tesoro de sierra madre, otra historia de sombras y desterrados en un país extranjero. 

En la primera parte de La nave de los muertos, Gerard Gales, el  marino protagonista, ve cómo su barco parte sin él a bordo, se queda en tierra sin pasaporte ni tarjeta de marinero que lo identifiquen, una sombra sin identidad como su autor. Con un tono irónico y punzante, Gales narra su deriva por diferentes fronteras europeas, sus encontronazos con la policía, los cónsules y todo tipo de funcionarios que sólo le piden un papel que certifique su identidad (hay un cónsul que duda incluso que esté vivo por carecer de papeles) y que lo mandan de un lado a otro de la frontera. Traven arremete contra la noción de Estado que surgió tras la primera guerra mundial, contra el papeleo y los funcionarios, ironiza sobre la libertad del mundo moderno. A cada paso, Gales se desprende del sentimiento de patria, de pertenecer a un país, a una bandera... “Yo no siento nostalgia. He aprendido que lo que llaman patria, incluso lo que llamamos con cariño nuestra patria chica, está metido en conserva, guardado en carpetas entre miles de expedientes y representado por funcionarios que se encargan de quitarle a uno cualquier sentimiento patriótico hasta que no queda ni rastro de él. ¿Dónde está mi patria? Allí donde nadie me moleste, donde nadie quiera saber quién soy, lo que hago o de dónde vengo, ésa es mi patria chica.”

Gales parece un moderno quijote luchando contra molinos de viento, un hombre sin identidad que busca un buque donde embarcar y volver a su vida de marino, alguien a quien no le apena la muerte pero sí despedirse de la vida con el estómago vacío. Traven habla de la libertad del individuo y cómo la ha ido perdiendo ante la idea de “estado”, un estado mastodóntico y lento.

Hay barcos míticos dentro de la literatura, el Pequod donde embarcó Ismael para perseguir una ballena blanca o el Patna que fue la perdición de Jim. En La nave de los muertos he descubierto otro barco mítico, el Yorikke, más ataúd que barco, poblado de seres sin papeles, sin patria, sin más tierra que la cubierta que pisan, marinos que reinventan su pasado, su procedencia, su nombre, un barco de una honda negrura, de una presencia trágica. Gales embarcará en el Yorikke sabiendo que no podrá escapar al destino trágico que le une con el barco.

Traven escribe con profunda ironía un relato de aventuras, de seres invisibles, errantes y desterrados.



¡Hola! ¿eh! Morituri te salutant! Los modernos gladiadores te saludan. ¡Oh, César Augusto Capitalismo! Morituri te salutant! Los que van a morir te saludan. ¡Oh, César, estamos preparados para morir por ti y por el sagrado y glorioso seguro!
Nos arrastramos por el fango, pero estamos demasiado cansados para lavarnos, además, ¿de qué nos serviría? Nos morimos de hambre porque nos quedamos dormidos delante del plato. Nos morimos de hambre la compañía tiene que ahorrar para hacer frente a la competencia. Morimos vestidos con harapos, sin decir nada, en un arrecife, en el fondo de la sala de calderas. Vemos entrar el agua y ya no podemos salir. Confiamos en que la caldera explote para terminar cuanto antes con esta agonía. Nos hemos quedado atrapados, no podemos sacar las manos, las puertas del horno han salto y las brasas de carbón nos devoran lentamente los pies y los muslos. ¿Explotará la caldera? Está acostumbrada. A ella el fuego y las llamas le dan igual.
Morimos sin decir nada, vestidos con harapos, no tenemos nombre, no tenemos patria. No somos nadie, no somos nada. ¡salve, César Augusto Emperador! No tendrás que pagarles una pensión a nuestras viudas ni a nuestros huérfanos. Nosotros, ¡oh César!, somos tus más fieles servidores. ¡Los que van a morir te saludan! Morituri te salutant!

( … )

Son muchos los barcos como el Yorikke que navegan por los siete mares, porque son muchos los muertos que hay que acarrear. Jamás ha habido tantos desde el final de la Gran Guerra, aquella en la que luchamos por la libertad, por esa libertad que exige pasaportes y documentos que acrediten la nacionalidad de las personas, para que éstas sientan de cerca el poder absoluto del Estado. La época de los tiranos, la época de los déspotas, de los monarcas, de los reyes, de los emperadores y sus lacayos y criados ha quedado superada, superada por una época en la que domina otro tirano aún mayor: la época de las banderas, de las naciones, la época del Estado y sus servidores.
Si elevas la libertad a la categoría de símbolo religioso, desencadenará las guerras de religión más sangrientas. La verdadera libertad es relativa. Ninguna religión es relativa. La menos relativa de todas es la codicia y el afán de lucro. Ésa es la religión más antigua, la que tiene los mejores clérigos y las iglesias más hermosas. Yes, sir.
B. Traven
La nave de los muertos (traducción de Roberto Bravo de la Varga. Acantilado)


Tags: La nave de los muertos, B. Traven, Roberto Bravo de la Varga, Acantilado

Publicado por elchicoanalogo @ 17:03  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar