Domingo, 12 de junio de 2011

Hay una escena devastadora en Los desnudos y los muertos. Tres de los soldados protagonistas regresan al campamento con provisiones. En su camino se cruzan con una patrulla japonesa. Tras el enfrentamiento, rápido, expeditivo, queda un soldado japonés vivo, desbordado por el miedo. Intentan hablar con él, le dan agua, chocolate, el soldado se relaja, enseña una foto de su familia, una imagen que borra las diferencias entre ellos, que los convierte de nuevo en hombres en vez de soldados embarrados y aterrorizados. El japonés sonríe antes de morir por un balazo en mitad de la frente. La escena es como un puñetazo en el estómago. En otra escena, los soldados norteamericanos vuelven al escenario de una batalla para llevarse recuerdos a casa. Andan entre cadáveres en descomposición y desmembrados. Saben que en cualquier momento ellos serán los que estén bocabajo e inmóviles en el suelo.

Los desnudos y los muertos es mi primer libro de Norman Mailer. Su estructura me recordó a la película La delgada línea roja de Malick, unos soldados que esperan a desembarcar para tomar la isla de Anopopei, las batallas que son como fogonazos en mitad de una historia que se centra en los soldados de una unidad de reconocimiento, los mundos separados de oficiales y soldados rasos, la selva que, como en la película de Malick, es un personaje más (una guerra en mitad de un paraíso opresivo), el regreso de los supervivientes tras la batalla con sus miedos, congojas y tensión. 

La novela se centra en los soldados de una unidad de reconocimiento, soldados que se llaman Red, Martinez, Goldstein o Gallagher, que en su vida anterior eran granjeros, mineros, trotamundos o sindicalistas y que forman una pequeña comunidad, que se sienten cargados de miedos, tensiones, dudas, que intentan mantener la cordura en un mundo que la ha perdido, soldados que anticipan la bala que acabará con ellos, que saben no hay nada seguro, que lo que están viviendo se aleja de la vida segura que tenían años atrás y que sólo se puede contar con la respiración presente. Mailer da voz a cada uno de estos hombres, nos cuenta sus pensamientos más profundos, cómo se enfrentan a sus miedos, los recuerdos de un pasado que son como un eco inalcanzable. Es extraordinaria la capacidad de Mailer por detener la acción para dejar que hablen los soldados. Apenas hay batallas en esta novela, todo son esperas, marchas, patrullas de reconocimiento, guardias nocturnas, toma de decisiones. Hay una extraña camaradería en los soldados de reconocimiento, es una familia recelosa que no acaba de unirse por entero, se fragmentan en pequeños grupos, cada uno de ellos con sus odios y sus dudas. Y sobre todos ellos destaca el sargento Croft, un hombre implacable que ejecuta las órdenes sin cuestionarlas, que en cierta forma se siente cómodo en mitad de una guerra.

Por encima de todos, como un semi dios del Olimpo, se encuentra el general Cummings, un hombre que intenta alentar la diferencia entre oficiales y soldados, que no ve con malos ojos el fascismo que se ha adueñado de Europa y que combate no para derrotar al enemigo sino para crear un nuevo orden. Cummings memoriza mapas, nombres, provisiones y estrategias, piensa en la forma de arrancar lo mejor de sus soldados (que son una masa sin rostro), acabar con la campaña, tomar la isla y seguir con la guerra en otro frente. “Esta guerra, o mejor dicho, la guerra es extraña, pensó un poco gratuitamente. Pero para él tenía sentido. A pesar del tedio y de la rutina, de los reglamentos y los procedimientos, tenía un alma viva y estremecedora que se apoderaba de uno cuando se tomaba parte de ella. Todos los deseos oscuros y profundos del hombre, los sacrificios en las laderas de las montañas, los turbulentos apetitos de la noche y del sueño, se concentraban en el estallido lacerante y rugiente de una bomba, el relámpago y el trueno creados por el hombre. No pensaba aquello coherentemente, pero el equivalente emotivo de esa idea, imágenes y sensaciones, lo dejaron en un estado de hipersensibilidad. Se sintió sumergido en un baño de ácido, sentía su cuerpo, hasta las yemas de los dedos, dispuesto a aferrar la verdad que se escondía detrás de todo aquello. Con delectación se hundió en las capas más hondas e intrincadas de lo complejo. Las tropas que estaban en la selva se ordenaban de acuerdo con las concepciones de su cerebro, y en aquel momento estaba viviendo simultáneamente en varios planos: el cañón que disparaba era una parte de sí mismo. Todo el conjunto atronador de olores, rumores y visiones, multiplicado mil veces por todas las armas de la división, estaba contenido en pocas células de su cabeza, en el más leve surco de su cerebro. Toda, toda la violencia, toda la siniestra coordinación había surgido de su mente. En aquel momento de la noche sintió una fuerza superior a todo regocijo: se sentía tranquilo, sereno”.

El teniente Hearn, ayudante de Cummings, se siente dividido y frustrado por la diferencia entre los mundos de los oficiales y los soldados, intenta escapar del recuerdo de su pasado acomodado, lleva la contraria a Cummings para preservar cierta independencia. Una de las partes atractivas de esta novela es el enfrentamiento entre el general Cummings y Hearn, cómo Cummings intenta mostrar a Hearn que no es tan diferente como él, que en el fondo siente que hay dos mundos diferenciados.

La isla y la selva son dos personajes más del libro. El calor y la humedad, el barro y la lluvia, el monte Anaka cuya sombra atemoriza a los soldados, la selva que parece hacerse con todo a su paso... Los personajes se sienten empequeñecidos y a merced de la naturaleza, no pueden dominarla ni hacerse con ella, avanzan por ella a trompicones, consume sus energías, sus fuerzas, los desnuda de todo pensamiento. Llegan a una isla desconocida, avanzan a ciegas, descansan sobre la tierra húmeda, la primera línea de árboles de la selva como refugio o como escondite de los enemigos.

Cada pocas páginas Mailer repasa la vida de los soldados antes de la guerra, sus trabajos, sus relaciones, sus familias. Y gracias a esas páginas (como fotografías) conocemos mejor a los protagonistas, descubrimos cómo era la Norteamérica anterior a la guerra, las diferentes formas de sobrevivir al crack del 29, las historias de amor y familia de los soldados. Es extraña la forma en la que están tratadas las mujeres. En el frente, los soldados echan de menos el sexo, es tratado como algo obsceno, soez, también sienten celos extremos imaginando la vida de sus mujeres. Las conversaciones giran sobre el sexo y la muerte entre batalla y batalla.

No hay heroísmo en Los desnudos y los muertos, o, de haberlo, sería un heroísmo inútil, sin sentido, estúpido. Mailer no sólo escribe una historia bélica, también escribe sobre los recovecos del alma humana, cómo en mitad de un lugar paradisíaco se puede desatar el infierno.
Norman Mailer
Los desnudos y los muertos (traducción de Patricio Canto. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:49  | Libros...
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