Jueves, 23 de junio de 2011

Aún hoy, varios libros después, me sorprende la capacidad de Stefan Zweig para narrar en pocas páginas una historia de pasiones arrolladoras, quebradizas e inesperadas. Su concisión y brevedad, cómo se desprende de lo accesorio para centrarse en las emociones de los personajes sin rodeos ni tiempos muertos y de manera realista y cercana hacen de Zweig un escritor único, apasionante.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer es un libro intenso, extraño, fascinante. Se inicia en un plácido retiro vacacional, personajes burgueses que se dedican a observar la vida, a dejarla pasar con placidez y aburrimiento, atados a las convenciones sociales, a una mirada empequeñecida que no saben ampliar, a una moral que siguen por inercia, personajes que juzgan desde una barrera cómoda y rutinaria. “La mayoría de los hombres poseen escasa imaginación. Todo lo que no les afecta de una manera inmediata y no hiere directamente sus sentidos, cual dura y afilada cuña, apenas logra excitarles; más si un día, ante sus ojos y en una proximidad palpable, acontece algo insignificante, estallan inmediatamente en una pasión desmesurada. Entonces, en cierto modo, su apatía se trueca en vehemencia frenética y extemporánea”.

La huida de una mujer casada con un joven al que acaba de conocer muestra ese aturdimiento y estrechez de miras de los huéspedes del hotel. Indignados, extrañados, miran el acontecimiento desde una perspectiva mediocre, incapaces de sentir cierta empatía, de entender las emociones ajenas, que hay pasiones que nacen de forma inmediata y te arrastran con una fuerza incontrolable. Sólo el narrador intenta ponerse en el lugar de la mujer. Y es gracias a esa defensa donde Mrs. C., una apacible y anciana dama inglesa, se fija en él.

Mrs. C. decide confesarse con el narrador, sacarse de encima un secreto que la hiere desde años atrás, contarle un día de su vida donde se dejó llevar por pasiones extremas: el dolor, el horror, un amor inesperado, el aniquilamiento, la vergüenza y la valentía, sentimientos que nacen en el encuentro con un joven que llama su atención en un casino de Montecarlo. La anciana dama busca la redención y la comprensión, entender con la distancia justa aquel día donde casi cambia su vida por completo, perdonarse.

Hay un momento extraordinario en Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Zweig describe la vida en un casino no por los trajes o las personas o el decorado de los casinos sino por las manos de los jugadores, única parte de su cuerpo que no consiguen contener. El rostro como máscara y engaño, las manos como un movimiento indomable, atávico. Y es en ese reflejo atávico donde Mrs. C. conoce a un joven de manos encrespadas y desesperadas, un joven al filo del abismo.

La viuda Mrs. C. orbitará entre el horror a lo desconocido y la valentía por salvar al joven del suicidio. Y en ese cruce de sentimientos extremos, la pasión inesperada, la desnudez de dos cuerpos en una pensión, la vida anterior que se quiebra en mil pedazos para dar lugar a nuevos sentimientos que la toman por entero, que la impulsan a romper con quien es, con el mundo que la conformaba.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer te atrapa con la confesión de la vieja dama, que empieza pausada y, poco a poco, se encrespa y se intensifica y se deja llevar por la antigua pasión. La vida se puede voltear en un día. Una mujer entra en un casino, observa unas manos de movimientos violentos y su vida da un vuelco. Y Zweig narra ese día en la vida de Mrs. C. con la elegancia, sutileza y profundidad que le caracterizan. Leer a Stefan Zweig merece la pena. Porque habla del amor, la pasión o el aniquilamiento desde una mirada diferente. Porque te emociona y te llega a las entrañas.


De lo que pasó en la habitación aquella noche ya me permitirá que no le hable; yo misma no he olvidado un solo segundo de aquellas horas ni podré olvidarlo nunca. Porque aquella noche luché con un hombre para salvarle la vida, y esa lucha, lo repito, era a vida o muerte. Vívidamente percibí a través de mis nervios que aquel desconocido, viéndose perdido definitivamente, se disponía, con la avidez y angustia de un condenado a muerte, a buscar aún un último auxilio. Se asía a mí como quien ve ya el abismo a sus pies. Horas así no se viven quizá sino una única vez en la vida, y entre millones de personas sólo una se encontrará en circunstancias parecidas. Sin esa horrible casualidad, tampoco yo hubiera sospechado nunca con cuánta avidez, con cuánta desesperación, con cuán desalada furia, un hombre que se sabe perdido se afana todavía en chupar una vez más las rojas gotas de la vida; alejada hacía vente años de las fuerzas demoníacas de la existencia, nunca hubiera comprendido cuán magnífica y fantásticamente la naturaleza junta muchas veces el calor y el frío, la muerte y la vida, la alegría y el dolor en unos breves momentos. Y aquella noche estuvo tan llena de lucha y de palabras, de pasión y de cólera, de odio y de lágrimas, de promesas y de embriaguez, que pareció haber durado mil años. Hundidos en el abismo, dando tumbos, el uno deseando locamente la muerte, el otro absolutamente ajeno a lo que había que acontecer, salimos ambos de aquel mortal tumulto transformados con otros sentidos y otros sentimientos.
Stefan Zweig
Veinticuatro horas en la vida de una mujer (Traducción de María Daniela Landa. Acantilado)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:49  | Libros...
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