Mi?rcoles, 29 de junio de 2011

Como el n?ufrago met?dico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la ?ltima,?
hasta aquella que tiene la estatura de un ni?o?
y le besa y le cubre la frente,?
as? he vivido yo con una vaga prudencia de?
caballo de cart?n en el ba?o,?
sabiendo que jam?s me he equivocado en nada,?
sino en las cosas que yo m?s quer?a.
Luis Rosales
Autobiograf?a


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Martes, 28 de junio de 2011

Primero fue la portada de Signatura 400, una estantería de colores luminosos y cálidos desbordada de libros y una escalera negra como nota discordante, una edición preciosa de la editorial Blackie Books; y luego, la sinopsis y algunos fragmentos al azar que anticipaban un libro que hablaba sobre los libros como objetos, como cobijo de otros mundos posibles y como compañía (compañeros). Mientras hojeaba la novela de Sophie Divry pensé en otras historias que se centraban en el amor por los libros y la literatura, Bradbury y su Fahrenheit 451, los libros como el último reducto de libertad, o 84 Charing Cross Road, lectores desconocidos que cruzan sus caminos gracias a su pasión lectora.

Sophie Drivy escribe una pequeña historia amena y entrañable en la que uno se reconoce en muchas de las ideas y sentimientos de esa maniática bibliotecaria amante de los libros. Signatura 400 es un monólogo de una mujer que no llama la atención, una mujer invisible que se ocupa de la sección de Geografía, que vive rodeada de libros, que disfruta de la compañía que puede dar una novela o un ensayo y la sensación de plenitud, de llegar a lugares desconocidos o territorios amigos que dan los libros.

La anónima bibliotecaria descubre a un lector que se quedó atrapado en su sección de Geografía y aprovecha unos minutos antes del inicio de su jornada laboral para sincerarse con el desconocido, para dejar escapar sus sentimientos sobre las bibliotecas, la lectura, los lectores, el sistema de clasificación Dewey o el amor. El estilo es directo, sencillo, tan luminoso como la portada, con vaivenes en el ánimo del monólogo. 

Su vida se centra en ordenador y clasificar libros, en atender a lectores que no la ven, una vida pausada, silenciosa, tranquila, tan ordenada como su sección, sólo rota por el anhelo en llegar a la sección de Historia y por la presencia de un joven investigador con el que apenas habla. Es una mujer inteligente, inquieta, extrema y maniática. “El amor lo encuentro en los libros. Leo mucho, y eso me consuela. Nunca estás sola cuando vives entre libros. Los libros me elevan. Lo importante es elevarse”. Solo que esconde unos pendientes en un cajón por si se hace visible.

La bibliotecaria habla de la clasificación Dewey que pone orden y fronteras, de cómo se ha dejado huérfana la signatura 400, un hueco, el miedo a un vacío aún no llenado, de los diferentes lectores que aparecen en cada estación del año y de los asiduos que reconoce por su fidelidad, de las disputas con otras secciones de la biblioteca; la bibliotecaria habla de las bibliotecas como de un ser vivo que crece y devora espacios, un ser al que hay que nutrir constantemente de nuevos libros, de la lucha por adquirir las obras de tal o cual escritor.

Hay frases que sientes cercanas: Cuando leo dejo de estar sola, converso con el libro. Podemos llegar a ser íntimos. ¿No le ha pasado nunca? Esa sensación de intercambio mental con el autor, de que puedes seguir su camino, de que te  acompaña durante semanas. Cuando leo soy capaz de olvidarme de todo.

Signatura 400 es una lectura sencilla, un pequeño homenaje a los libros y la literatura.



Nunca hay que quedarse en casa aburrido mientras uno espera. Cuando tu familia te ha abandonado, tus amigos te rehuyen, cuando tú mismo te consideras un fracaso, un impotente, un parásito, rodearse de libros ayuda mucho. Reflexione un segundo: ¿qué puede provocar más sufrimiento en el ser humano que la conciencia de esta finitud? No me refiero al miedo a la muerte, sino a ese sufrimiento de saber que nuestra inteligencia es limitada. Ahora bien, cuando entramos en una biblioteca y contemplamos estas extensiones librescas, ¿qué ocurre en nuestra alma sino es una gracia? Espiritualmente, al fin podemos colmar ese sentimiento atroz de vacío que hace de nosotros gusanos de este bajo mundo. Las largas estanterías nos devuelven una imagen ideal, la de los dominios completos del espíritu humano.

( … )

Uno no se encierra diez horas al día para escribir si todo le va bien en la vida. La escritura solo llega cuando algo no funciona. Si todo el mundo fuese feliz en la tierra, no se escribirían más que recetas de cocina y tarjetas postales, no habría libros, ni literatura, ni bibliotecas.
Sophie Divry
Signatura 400 (traducción de María Enguix Tercero. Blackie Books)


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Domingo, 26 de junio de 2011

Recuerdos de un callejón sin salida está formado por cinco relatos que nos traen la suave tristeza y los dolores cotidianos de las historias de Banana Yoshimoto, su prosa sutil y sus jóvenes desorientados, la mezcla de lo onírico con lo real, los momentos de calma tras la debacle, las conversaciones en la comida y las cocinas. Estos cinco relatos son pequeños susurros, pequeñas muestras de la vida de un puñado de jóvenes que intentan superar un momento difícil en sus vidas tras una ruptura amorosa o una pérdida. Es territorio conocido. Como Tsugumi o Kitchen.

La tristeza sobresale en estos cinco relatos, no es una tristeza cortante o dañina, sino una tristeza otoñal, pausada, una tristeza con fronteras y límites en la que parecen reconocerse y sentirse a gusto los personajes de Yoshimoto. Uno de los personajes llega a asegurar: Sentirse solo a pesar de tener un hogar al que regresar, a pesar de ser amado..., puede que en eso consista ser joven.

Hay dos cuentos que sobresalen sobre el resto. En el inicial La casa de los fantasmas, lo irreal, otra dimensión, se cruza y se mezcla con la realidad, una casa a punto de ser derruida, donde los dos personajes protagonistas hacen el amor, aprenden el cuerpo del otro o conversan bajo las mantas y, de vez en cuando, consiguen ver a los antiguos dueños, un anciano matrimonio que murió de forma plácida en la casa. En el cuento conviven los dos jóvenes protagonistas, él que quiere romper con la tradición familiar y buscar otra vida, ella que se siente tranquila ante el futuro que le espera, una casa herrumbrosa que está a punto de ser derruida, la sombra de un matrimonio muerto, unos fantasmas que habitan otra dimensión. La historia fluye con suavidad, con calma, giros inesperados y un amor sencillo.

En el final Recuerdos de un callejón sin salida, la joven protagonista trata de superar una dolorosa ruptura amorosa. Se instala encima de un bar en un callejón sin salida para restañar las heridas, para intentar levantarse de nuevo y no sentirse vacía, abandonada y desnutrida. Y es en ese callejón sin salida donde conoce a un joven que le ayudará a salir del vacío con su presencia y continuas conversaciones, una amistad que cura las heridas, que fortalece a la joven.

Y entre esos dos cuentos, tres historias que hablan de una pequeña y triste historia de amor entre niños, una joven que intenta no perder su felicidad a pesar del dolor alrededor y una empleada de una editorial que tras estar al borde de la muerte quiere recuperar sus emociones y su rutina sin miedos.

Banana Yoshimoto escribe cinco historias de amores, rupturas, muerte, fantasmas, amistades, luz, comida y sueños. La sensación que transmiten estas historias es de delicadeza, de pisadas en la lluvia.



Yo siempre había estado convencida de que no ocupaba un espacio demasiado grande en el mundo. Cuando alguien se va, todos, tarde o temprano, acaban por acostumbrarse. Eso es así, sin duda alguna.
Pero cuando me imaginaba a las personas a las que yo amaba viviendo en un mundo sin mí, se me saltaban las lágrimas.
No sé por qué, pero me parecía que ese mundo del que habrían arrancado mi persona era muy triste. Ese espacio que uno ocupa, siquiera un breve periodo, y aunque antes o después todos los personajes deban desaparecer en los confines del tiempo, resplandece como algo sumamente valioso.
Me resultaba tan preciado como los árboles, la luz del sol o los gatos con que me topaba por el camino.
Miré una y otra vez al cielo, absorta en esos pensamientos. «Estoy aquí, ahora, con mi cuerpo, mirando al cielo. Éste es mi espacio.»
Absorta en esa vida a la que mi cuerpo sólo daría cobijo una vez, bella como el crepúsculo que resplandecía a lo lejos.
Banana Yoshimoto
Recuerdos de un callejón sin salida (traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Tusquets)


Tags: Banana Yoshimoto, recuerdos de un callejón, Tusquets, Gabriel Álvarez

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Steven Wilson es un m?sico inquieto. Porcupine Tree, No-Man, I.E.M., Bass Communion o Insurgentes son los diferentes grupos en los que Wilson se mueve y que abarcan el rock progresivo, el pop, la m?sica experimental, la electr?nica o la psicodelia. Wilson tambi?n ha trabajado como productor para Opeth, Anathema, Fish o Marillion, ha colaborado con Mike Portnoy en su proyecto O.S.I. y ha remezclado parte de la discograf?a de King Crimson.

En Blackfield, Wilson se une al m?sico israel? Aviv Geffen para crear un disco de peque?as piezas de pop melanc?lico, un disco que avanza sin fluctuaciones o altibajos, que sorprende por su frescura. Mi canci?n favorita, The hole in me. La tristeza de la m?sica, la letra que habla de vac?os, algo cercano.


Steven Wilson: http://www.swhq.co.uk/
Aviv Geffen: http://avivgeffenofficial.com/
Blackfield: http://www.blackfield.org/


The hole in me (Blackfield)




The hole in me
I cannot reach
The one who bleeds
Please set him free
The hole in me

The hole in me
That no-one sees
The hole too deep
Inside of me

What have I done?
Treat me tonight like a movie star
Who'll never die
Always surrounded by girls like you
Kill all my loneliness

The hole in me
That never sleeps
Born with me
It's killing me

What have I done?
Treat me tonight like a movie star
Who'll never die
Always surrounded by girls like you
Kill all my loneliness

?


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S?bado, 25 de junio de 2011

La editorial Emecé ha seleccionado setenta cuentos de Yasunari Kawabata en Historias de la palma de la mano, cuentos breves que parecen bosquejos, fragmentos, retazos de una vida cazados al azar. Los relatos breves de Kawabata son como fotografías de una emoción, un recuerdo, un sueño o un momento de una vida, se cruzan las hermosas imágenes de niños en busca de insectos iluminados por sus farolillos artesanales con la de la lluvia que cae sobre las mujeres que esperan a sus maridos en una estación. Y todas esas pequeñas historias contadas con la sutileza propia de Kawabata y un aliento poético que te desborda.

La selección de cuentos se inicia con Lugar soleado, en apenas un par de páginas Kawabata habla del inicio de una pasión, de la intimidad que surge entre dos amantes, de los recuerdos del narrador, de miradas dentro del otro...

 


Lugar soleado (Hinata, 1923)

En el otoño de mis veinticuatro años, conocí a una muchacha en una posada a orillas del mar. Fue el comienzo del amor.
De repente la joven irguió la cabeza y se tapó la cara con la manga de su kimono. Ante su gesto, me dije: la he disgustado con mi mal hábito. Me avergoncé y mi pesadumbre se hizo evidente.
—Fijé la vista en ti, ¿no?
—Sí, pero no es para tanto.
Su voz sonaba gentil y sus palabras, cálidas. Me sentí aliviado.
—¿Te molesta, no es cierto?
—No, de verdad, está bien.
Bajó el brazo. En su expresión se notaba el esfuerzo que hacía para aceptar mi mirada. Miré hacia otro lado, y fijé la vista en el océano.
Desde hacía mucho tenía ese hábito de fijar la vista en quien estuviera a mi lado, para su disgusto. Muchas veces me había propuesto corregirme, pero sufría si no observaba los rostros de quienes estaban cerca. Me aborrecía al darme cuenta de que lo estaba haciendo. Tal vez el hábito venía de haber pasado mucho tiempo interpretando los rostros ajenos, luego de perder a mis padres y mi hogar cuando era un niño, y verme obligado a vivir con otros. Tal vez por eso me volví así, pensaba.
En cierto momento, con desesperación traté de definir si había desarrollado esta costumbre después de haber sido adoptado o si ya existía antes, cuando tenía mi hogar. Pero no encontraba recuerdos que pudieran aclarármelo.
Fue entonces, al apartar los ojos de la muchacha, que vi un lugar en la playa bañado por el sol del otoño. Y ese lugar soleado despertó un recuerdo por largo tiempo enterrado.
Tras la muerte de mis padres, viví solo con mi abuelo durante casi diez años en una casa en el campo. Mi abuelo era ciego. Años y años se sentó en la misma habitación ante un brasero de carbón, en el mismo rincón, vuelto hacia el este. Cada tanto volvía la cabeza hacia el sur, pero nunca al norte. Una vez que me di cuenta de este hábito suyo de volver la cara sólo en una dirección, me sentí tremendamente perturbado. A veces me sentaba durante un rato largo frente a él observando su rostro, preguntándome si se volvería hacia el norte al menos una vez. Pero mi abuelo volvía la cabeza hacia la derecha cada cinco minutos como una muñeca mecánica, fijando la vista sólo en el sur. Eso me provocaba malestar. Me parecía misterioso. Al sur había lugares soleados, y me pregunté si, aun siendo ciego, podría percibir esa dirección como algo un poco más luminoso.
Ahora, mirando la playa, recordaba ese otro lugar soleado que tenía olvidado.
Por aquellos días, fijaba la mirada en mi abuelo esperando que se volviera hacia el norte. Como era ciego, podía observarlo fijamente. Y me daba cuenta ahora de que así se había desarrollado mi costumbre de estudiar los rostros. Y que este hábito ya existía en mi vida de hogar, y que no era un vestigio de servilismo. Ya podía tranquilizarme en mi autocompasión por esta costumbre. Aclarar la cuestión me provocó el deseo de saltar de alegría, tanto más porque mi corazón estaba colmado por la aspiración de purificarme en honor de la muchacha.
La joven volvió a hablar.
—Me voy acostumbrando, aunque todavía me intimida un poco.
Esto significaba que podía volver a mirarla. Seguramente había juzgado rudo mi comportamiento. La observé con expresión radiante. Se sonrojó y me lanzó una mirada disimulada.
—Mi cara dejará de ser interesante con el paso de los días y las noches. Pero no me preocupa.
Hablaba como una criatura. Me sonreí. Me pareció que repentinamente nuestra relación había adquirido otra intimidad. Y quise llegar hasta ese lugar soleado de la playa, con ella y con el recuerdo de mi abuelo.
Yasunari Kawabata
Lugar soleado (en Historias de la palma de la mano. Traducción de Amalia Sato. Emecé )


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Viernes, 24 de junio de 2011

Barajando recuerdos ?
me encontr? con el tuyo. ?
No dol?a. ?
Lo saqu? de su estuche, ?
sacud? sus ra?ces ?
en el viento, ?
lo puse a contraluz: ?
Era un cristal pulido?
reflejando peces de colores, ?
una flor sin espinas ?
que no ard?a. ?
Lo arroj? contra el muro ?
y son? la sirena de mi alarma. ?
?Qui?n apag? su lumbre? ?
?Qui?n le quit? su filo ?
a mi recuerdo-lanza ?
que yo amaba? ?
Claribel Alegr?a ?
Barajando recuerdos ?


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Jueves, 23 de junio de 2011

Aún hoy, varios libros después, me sorprende la capacidad de Stefan Zweig para narrar en pocas páginas una historia de pasiones arrolladoras, quebradizas e inesperadas. Su concisión y brevedad, cómo se desprende de lo accesorio para centrarse en las emociones de los personajes sin rodeos ni tiempos muertos y de manera realista y cercana hacen de Zweig un escritor único, apasionante.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer es un libro intenso, extraño, fascinante. Se inicia en un plácido retiro vacacional, personajes burgueses que se dedican a observar la vida, a dejarla pasar con placidez y aburrimiento, atados a las convenciones sociales, a una mirada empequeñecida que no saben ampliar, a una moral que siguen por inercia, personajes que juzgan desde una barrera cómoda y rutinaria. “La mayoría de los hombres poseen escasa imaginación. Todo lo que no les afecta de una manera inmediata y no hiere directamente sus sentidos, cual dura y afilada cuña, apenas logra excitarles; más si un día, ante sus ojos y en una proximidad palpable, acontece algo insignificante, estallan inmediatamente en una pasión desmesurada. Entonces, en cierto modo, su apatía se trueca en vehemencia frenética y extemporánea”.

La huida de una mujer casada con un joven al que acaba de conocer muestra ese aturdimiento y estrechez de miras de los huéspedes del hotel. Indignados, extrañados, miran el acontecimiento desde una perspectiva mediocre, incapaces de sentir cierta empatía, de entender las emociones ajenas, que hay pasiones que nacen de forma inmediata y te arrastran con una fuerza incontrolable. Sólo el narrador intenta ponerse en el lugar de la mujer. Y es gracias a esa defensa donde Mrs. C., una apacible y anciana dama inglesa, se fija en él.

Mrs. C. decide confesarse con el narrador, sacarse de encima un secreto que la hiere desde años atrás, contarle un día de su vida donde se dejó llevar por pasiones extremas: el dolor, el horror, un amor inesperado, el aniquilamiento, la vergüenza y la valentía, sentimientos que nacen en el encuentro con un joven que llama su atención en un casino de Montecarlo. La anciana dama busca la redención y la comprensión, entender con la distancia justa aquel día donde casi cambia su vida por completo, perdonarse.

Hay un momento extraordinario en Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Zweig describe la vida en un casino no por los trajes o las personas o el decorado de los casinos sino por las manos de los jugadores, única parte de su cuerpo que no consiguen contener. El rostro como máscara y engaño, las manos como un movimiento indomable, atávico. Y es en ese reflejo atávico donde Mrs. C. conoce a un joven de manos encrespadas y desesperadas, un joven al filo del abismo.

La viuda Mrs. C. orbitará entre el horror a lo desconocido y la valentía por salvar al joven del suicidio. Y en ese cruce de sentimientos extremos, la pasión inesperada, la desnudez de dos cuerpos en una pensión, la vida anterior que se quiebra en mil pedazos para dar lugar a nuevos sentimientos que la toman por entero, que la impulsan a romper con quien es, con el mundo que la conformaba.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer te atrapa con la confesión de la vieja dama, que empieza pausada y, poco a poco, se encrespa y se intensifica y se deja llevar por la antigua pasión. La vida se puede voltear en un día. Una mujer entra en un casino, observa unas manos de movimientos violentos y su vida da un vuelco. Y Zweig narra ese día en la vida de Mrs. C. con la elegancia, sutileza y profundidad que le caracterizan. Leer a Stefan Zweig merece la pena. Porque habla del amor, la pasión o el aniquilamiento desde una mirada diferente. Porque te emociona y te llega a las entrañas.


De lo que pasó en la habitación aquella noche ya me permitirá que no le hable; yo misma no he olvidado un solo segundo de aquellas horas ni podré olvidarlo nunca. Porque aquella noche luché con un hombre para salvarle la vida, y esa lucha, lo repito, era a vida o muerte. Vívidamente percibí a través de mis nervios que aquel desconocido, viéndose perdido definitivamente, se disponía, con la avidez y angustia de un condenado a muerte, a buscar aún un último auxilio. Se asía a mí como quien ve ya el abismo a sus pies. Horas así no se viven quizá sino una única vez en la vida, y entre millones de personas sólo una se encontrará en circunstancias parecidas. Sin esa horrible casualidad, tampoco yo hubiera sospechado nunca con cuánta avidez, con cuánta desesperación, con cuán desalada furia, un hombre que se sabe perdido se afana todavía en chupar una vez más las rojas gotas de la vida; alejada hacía vente años de las fuerzas demoníacas de la existencia, nunca hubiera comprendido cuán magnífica y fantásticamente la naturaleza junta muchas veces el calor y el frío, la muerte y la vida, la alegría y el dolor en unos breves momentos. Y aquella noche estuvo tan llena de lucha y de palabras, de pasión y de cólera, de odio y de lágrimas, de promesas y de embriaguez, que pareció haber durado mil años. Hundidos en el abismo, dando tumbos, el uno deseando locamente la muerte, el otro absolutamente ajeno a lo que había que acontecer, salimos ambos de aquel mortal tumulto transformados con otros sentidos y otros sentimientos.
Stefan Zweig
Veinticuatro horas en la vida de una mujer (Traducción de María Daniela Landa. Acantilado)


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Jueves, 16 de junio de 2011

En Propina y Último fragmento, Raymond Carver define sus últimos años de vida, cómo logró sobrevivir al alcoholismo y rehacer una vida que estaba marchita gracias a Tess Gallagher. Estos poemas son una mirada atrás y una despedida en medio de su enfermedad terminal, y esa mirada, que podría haber sido amarga o derrotada, es cálida, emotiva y agradecida.

Propina

No hay otra palabra posible. Pues eso es lo que fue. Una propina.
Una propina, estos diez años pasados.
Vivo, sobrio, trabajando, amando y
siendo amado por una buena mujer. Hace once
años le dijeron que tenía seis meses de vida
si seguía como hasta entonces. Y que no iría
a parte alguna sino al fondo. De modo que cambió
su modo de vivir. ¡Dejó de beber! ¿Y lo demás?
Después de eso todo fue una propina, cada uno de los minutos,
hasta ahora, incluyendo cuando le dijeron eso;
bueno, algunas cosas se vinieron abajo y
algo creció en su cabeza: "No lloréis por mí"
-les dijo a sus amigos-. "Soy un hombre de suerte.
He vivido diez años más de los que yo o cualquiera
esperaba. Pura propina. Y no lo olvido".


Último fragmento

¿Y conseguiste lo que
querías de esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado en la tierra.
Raymond Carver
Propina (en Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas. Traducción de Mariano Antolín Rato. Visor)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:30  | Raymond Carver
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Mi?rcoles, 15 de junio de 2011

A veces pienso en c?mo cada persona que se cruza con nosotros, aunque sea por una peque?a eternidad, nos deja una marca. Nos quedamos y nos nutrimos con un parte de su ser. Miro dentro de m? y siento otras presencias, otros lugares y aromas, paisajes que nunca he visto descritos por una voz apacible, melod?as de piano intuidas a trav?s del tel?fono, poemas declamados al azar. Tambi?n, cientos de historias que vienen dentro de un libro, una canci?n o un cuadro.

En cierta forma somos puzzles que los dem?s completan sin ser conscientes de ello. En los ?ltimos meses me han descubierto (y han dejado dentro de m?) a Alexi Murdoch, El cielo es azul, la tierra blanca, Agota Kristof o el poema Las monarcas de Sharon Olds. Me pegunto qu? habr? dejado en los dem?s (no s?lo posibles emociones o cicatrices), si habr? conseguido permanecer en otro recuerdo, si alguien ha descubierto a Carver o Kubrick por alguna una palabra accidental m?a.

Hoy, una de esas presencias (que aparece y desaparece sin que consiga predecirlo), me ha regalado Know how, una hermosa canci?n del d?o Kings of convenience. A?n hoy consigo emocionarme con una primera escucha a una canci?n desconocida, a?n hoy encuentro nuevos caminos nunca imaginados. Y tal vez haya algo de eso en la vida, tal vez cuando nos encontramos atascados otra persona nos ampl?a la mirada y nos descubre horizontes impensados, otros mundos posibles.?

http://www.kingsofconvenience.com/


Know how (Kings of convenience)




Riding on this know-how.
Never been here before.
Peculiarly entrusted,
possibly that's all.
Is history recorded,
does someone have a tape?
Surely, I'm no pioneer,
constellations stay the same.

Just a little bit of danger,
when intriguingly, our little secret,
trusts that you trust me.
'Cause no one will ever know,
that this was happening,
so tell me why you listen,
when nobody's talking.

What is there to know?
All this is what it is.
Oh... You and me alone,
sheer simplicity...
What is there to know?
All this is what it is.
Oh... You and me alone,
sheer simplicity...
What is there to know?
All this is what it is.
Oh... You and me alone,
sheer simplicity...


Tags: Kings of Convenience, Know how, Riot On Empty Street

Publicado por elchicoanalogo @ 21:45  | Canciones
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Lunes, 13 de junio de 2011

Los cuentos de El Llano en llamas describen (descubren) un mundo desolado, mudo, de una extraña y tensa violencia, donde el tiempo parece detenido y hechos ocurridos años atrás resuenan en el presente en un eco inacabable. No hay lugar para la luz en estos cuentos, se suceden las historias, los personajes y los paisajes áridos y desérticos, campesinos pobres, revolucionarios, mujeres solitarias, seres sombríos que intentan sobrevivir en una tierra dolorosa que despide un hondo aliento a muerte. No hay un atisbo de esperanza o de cambio. Y todo este mundo narrado de forma abrupta, casi cortante. Imagino estos cuentos en un blanco y negro definido y lleno de sombras.

En Es que somos muy pobres Juan Rulfo narra una desgracia, el inicio de un futuro incierto para una muchacha tras perder su única vaca en una riada. Una tormenta y la vida de un puñado de seres se balancea en la cuerda floja, como si fuera imposible cambiar de vida y escapar de un destino trágico.


Es que somos muy pobres

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaván, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a La Serpentina   pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran.
Bramó como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él , estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare a las dos."
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.
-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.
Ésa es la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
Juan Rulfo
Es que somos muy pobres (en El Llano en llamas. Cátedra)


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Domingo, 12 de junio de 2011

Hay una escena devastadora en Los desnudos y los muertos. Tres de los soldados protagonistas regresan al campamento con provisiones. En su camino se cruzan con una patrulla japonesa. Tras el enfrentamiento, rápido, expeditivo, queda un soldado japonés vivo, desbordado por el miedo. Intentan hablar con él, le dan agua, chocolate, el soldado se relaja, enseña una foto de su familia, una imagen que borra las diferencias entre ellos, que los convierte de nuevo en hombres en vez de soldados embarrados y aterrorizados. El japonés sonríe antes de morir por un balazo en mitad de la frente. La escena es como un puñetazo en el estómago. En otra escena, los soldados norteamericanos vuelven al escenario de una batalla para llevarse recuerdos a casa. Andan entre cadáveres en descomposición y desmembrados. Saben que en cualquier momento ellos serán los que estén bocabajo e inmóviles en el suelo.

Los desnudos y los muertos es mi primer libro de Norman Mailer. Su estructura me recordó a la película La delgada línea roja de Malick, unos soldados que esperan a desembarcar para tomar la isla de Anopopei, las batallas que son como fogonazos en mitad de una historia que se centra en los soldados de una unidad de reconocimiento, los mundos separados de oficiales y soldados rasos, la selva que, como en la película de Malick, es un personaje más (una guerra en mitad de un paraíso opresivo), el regreso de los supervivientes tras la batalla con sus miedos, congojas y tensión. 

La novela se centra en los soldados de una unidad de reconocimiento, soldados que se llaman Red, Martinez, Goldstein o Gallagher, que en su vida anterior eran granjeros, mineros, trotamundos o sindicalistas y que forman una pequeña comunidad, que se sienten cargados de miedos, tensiones, dudas, que intentan mantener la cordura en un mundo que la ha perdido, soldados que anticipan la bala que acabará con ellos, que saben no hay nada seguro, que lo que están viviendo se aleja de la vida segura que tenían años atrás y que sólo se puede contar con la respiración presente. Mailer da voz a cada uno de estos hombres, nos cuenta sus pensamientos más profundos, cómo se enfrentan a sus miedos, los recuerdos de un pasado que son como un eco inalcanzable. Es extraordinaria la capacidad de Mailer por detener la acción para dejar que hablen los soldados. Apenas hay batallas en esta novela, todo son esperas, marchas, patrullas de reconocimiento, guardias nocturnas, toma de decisiones. Hay una extraña camaradería en los soldados de reconocimiento, es una familia recelosa que no acaba de unirse por entero, se fragmentan en pequeños grupos, cada uno de ellos con sus odios y sus dudas. Y sobre todos ellos destaca el sargento Croft, un hombre implacable que ejecuta las órdenes sin cuestionarlas, que en cierta forma se siente cómodo en mitad de una guerra.

Por encima de todos, como un semi dios del Olimpo, se encuentra el general Cummings, un hombre que intenta alentar la diferencia entre oficiales y soldados, que no ve con malos ojos el fascismo que se ha adueñado de Europa y que combate no para derrotar al enemigo sino para crear un nuevo orden. Cummings memoriza mapas, nombres, provisiones y estrategias, piensa en la forma de arrancar lo mejor de sus soldados (que son una masa sin rostro), acabar con la campaña, tomar la isla y seguir con la guerra en otro frente. “Esta guerra, o mejor dicho, la guerra es extraña, pensó un poco gratuitamente. Pero para él tenía sentido. A pesar del tedio y de la rutina, de los reglamentos y los procedimientos, tenía un alma viva y estremecedora que se apoderaba de uno cuando se tomaba parte de ella. Todos los deseos oscuros y profundos del hombre, los sacrificios en las laderas de las montañas, los turbulentos apetitos de la noche y del sueño, se concentraban en el estallido lacerante y rugiente de una bomba, el relámpago y el trueno creados por el hombre. No pensaba aquello coherentemente, pero el equivalente emotivo de esa idea, imágenes y sensaciones, lo dejaron en un estado de hipersensibilidad. Se sintió sumergido en un baño de ácido, sentía su cuerpo, hasta las yemas de los dedos, dispuesto a aferrar la verdad que se escondía detrás de todo aquello. Con delectación se hundió en las capas más hondas e intrincadas de lo complejo. Las tropas que estaban en la selva se ordenaban de acuerdo con las concepciones de su cerebro, y en aquel momento estaba viviendo simultáneamente en varios planos: el cañón que disparaba era una parte de sí mismo. Todo el conjunto atronador de olores, rumores y visiones, multiplicado mil veces por todas las armas de la división, estaba contenido en pocas células de su cabeza, en el más leve surco de su cerebro. Toda, toda la violencia, toda la siniestra coordinación había surgido de su mente. En aquel momento de la noche sintió una fuerza superior a todo regocijo: se sentía tranquilo, sereno”.

El teniente Hearn, ayudante de Cummings, se siente dividido y frustrado por la diferencia entre los mundos de los oficiales y los soldados, intenta escapar del recuerdo de su pasado acomodado, lleva la contraria a Cummings para preservar cierta independencia. Una de las partes atractivas de esta novela es el enfrentamiento entre el general Cummings y Hearn, cómo Cummings intenta mostrar a Hearn que no es tan diferente como él, que en el fondo siente que hay dos mundos diferenciados.

La isla y la selva son dos personajes más del libro. El calor y la humedad, el barro y la lluvia, el monte Anaka cuya sombra atemoriza a los soldados, la selva que parece hacerse con todo a su paso... Los personajes se sienten empequeñecidos y a merced de la naturaleza, no pueden dominarla ni hacerse con ella, avanzan por ella a trompicones, consume sus energías, sus fuerzas, los desnuda de todo pensamiento. Llegan a una isla desconocida, avanzan a ciegas, descansan sobre la tierra húmeda, la primera línea de árboles de la selva como refugio o como escondite de los enemigos.

Cada pocas páginas Mailer repasa la vida de los soldados antes de la guerra, sus trabajos, sus relaciones, sus familias. Y gracias a esas páginas (como fotografías) conocemos mejor a los protagonistas, descubrimos cómo era la Norteamérica anterior a la guerra, las diferentes formas de sobrevivir al crack del 29, las historias de amor y familia de los soldados. Es extraña la forma en la que están tratadas las mujeres. En el frente, los soldados echan de menos el sexo, es tratado como algo obsceno, soez, también sienten celos extremos imaginando la vida de sus mujeres. Las conversaciones giran sobre el sexo y la muerte entre batalla y batalla.

No hay heroísmo en Los desnudos y los muertos, o, de haberlo, sería un heroísmo inútil, sin sentido, estúpido. Mailer no sólo escribe una historia bélica, también escribe sobre los recovecos del alma humana, cómo en mitad de un lugar paradisíaco se puede desatar el infierno.
Norman Mailer
Los desnudos y los muertos (traducción de Patricio Canto. Anagrama)


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Jueves, 09 de junio de 2011

Crónica de una muerta anunciada es el personal acercamiento de Gabriel García Márquez a las historias policíacas. El inicio es demoledor, “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo" . Ya esta primera frase de la novela consigue captar la atención de tal manera que sólo queda leer la historia del tirón.

García Márquez recurre a un narrador que, veinte años después, intenta reconstruir aquel lunes donde murió Santiago Nasar a través de los recuerdos de los testigos y sus propios recuerdos. Como en una de esas escenas de Peckinpah, conocemos la historia de forma entrecortada, con saltos entre los protagonistas y los escenarios, sabemos quién es el muerto y los asesinos desde las primas páginas, sólo queda completar la escenas, llegar a ese momento donde Nasar perdió la vida. El misterio, en este caso, no está en saber quién es el muerto o el asesino, sino en descubrir cómo fue y cómo se enfrentó Nasar a su muerte a manos de los gemelos Vicario.

Uno de los elementos atractivos de este novela es la forma de narrar y cambiar los puntos de vista. Crónica de una muerte anunciada parece un reportaje periodístico, semejante al libro de Capote A sangre fría. A lo largo de la narración se intercalan personajes secundarios, pequeños datos sobre sus vidas, sobre el pueblo en que viven, el obispo que siempre pasa de largo o la llegada de un hombre extraño con la intención de casarse con una muchacha del pueblo y cómo esa llegada trastoca y termina en el asesinato de Nasar.

Hay algo sorprendente en el libro de García Márquez, los vecinos de Nasar conocían lo que iba a ocurrir y, por un extraño designio, nadie puede evitar su muerte, todo transcurre como si el asesinato fuera inamovible. La espera de los hermanos Vicario con la esperanza de que alguien les detenga antes de cometer el crimen, los vecinos que ven sus cuchillos entre las hojas de los periódicos y escuchan sus febriles amenazas, Nasar que es el único que vive sus últimas horas desconociendo lo que se teje a su alrededor, todos esos elementos crean una tensión que crece a lo largo de las páginas aun conociendo el final y te sacude cuando llegas a las últimas páginas donde se describe ese cruce de fúnebres casualidades y que termina con la muerte de Nasar (unas últimas páginas con aliento cinematográfico).

Cada lectura de García Márquez es una aventura inolvidable y Crónica de una muerte anunciada una de esas historias que te atrapan desde las primeras palabras.


El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte.
Tampoco Santiago Nasar reconoció el presagio. Había dormido poco y mal, sin quitarse la ropa, y despertó con dolor de cabeza y con un sedimento de estribo de cobre en el paladar, y los interpretó como estragos naturales de la parranda de bodas que se había prolongado hasta después de la media noche. Más aún: las muchas personas que encontró desde que salió de su casa a las 6.05 hasta que fue destazado como un cerdo una hora después, lo recordaban un poco soñoliento pero de buen humor, y a todos les comentó de un modo casual que era un día muy hermoso. Nadie estaba seguro de si se refería al estado del tiempo. Muchos coincidían en el recuerdo de que era una mañana radiante con una brisa de mar que llegaba a través de los platanales, como era de pensar que lo fuera en un buen febrero de aquella época. Pero la mayoría estaba de acuerdo en que era un tiempo fúnebre, con un cielo turbio y bajo y un denso olor de aguas dormidas, y que en el instante de la desgracia estaba cayendo una llovizna menuda como la que había visto Santiago Nasar en el bosque del sueño.
Gabriel García Márquez
Crónica de una muerte anunciada (Círculo de lectores por cortesía de Latimer S. A.)


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Martes, 07 de junio de 2011

Me preguntaste qu? pensar?a de m? el adolescente que fui con catorce a?os. Est?bamos hablando de decepciones y dolor, de c?mo la vida se enquista sin darnos cuenta y acabamos en un lugar lejano al que imaginamos a?os atr?s. Nos desviamos de la ruta trazada.

De repente, t?, fr?gil, desprotegida, me dijiste que querr?as volver a los catorce a?os, exactamente a los catorce a?os, justo la frontera en nuestra generaci?n entre la infancia y la adolescencia, porque en aquella ?poca no hab?a responsabilidades, dolores o miedos y ten?as una vida que proyectar y llenarla con amores, sue?os y caminos. Hace veinte a?os ve?amos el futuro con inocencia y expectaci?n, como un horizonte di?fano y luminoso. No sab?amos que delante de nosotros nos esperar?a el desgaste y la decepci?n.

Durante unos segundos no supe qu? responder. Acababa de llegar de la feria del libro. Estaba mojado por la tromba de agua que me sorprendi? al salir del tren. Hace a?os hubiera corrido a resguardarme de la lluvia pero en los ?ltimos a?os bajo levemente la cabeza y dejo que mi cuerpo se empape con sus gotas y me convierta en un cuerpo de lluvia, como el tuyo en aquella tarde junto al mar. Entonces, te dije que echaba de menos que alguien me desnudase con suavidad y me secase con una toalla mientras sonre?a y aseguraba que estaba loco por caminar bajo la lluvia

Pens? en el chaval de catorce a?os que fui, t?mido, extra?o, lejano, curioso y supe que estar?a decepcionado conmigo, que no esperar?a verse convertido en un adulto hastiado y desilusionado que camina en la cuerda floja, despojado de aquellos sue?os de amores y aventuras, de los caminos iluminados por las luci?rnagas y el cielo nocturno que parec?a crepitar y moverse sobre nuestras cabezas.

Pero no quer?a que mi respuesta se quedase en esa profunda decepci?n con mi presente, con la persona que soy hoy. Porque la vida deja marcas y heridas y a veces el dolor enmascara esos momentos donde fuimos felices. Tambi?n hay que recordar las cumbres vividas en los ?ltimos a?os, amores impensables, aeropuertos y estaciones de tren, pura temporalidad, nuevas personas y emociones. Si pudi?semos usar las elipsis cinematogr?ficas para eliminar los tiempos muertos, nos dar?amos cuenta de c?mo hemos sentido el dolor y el amor m?s all? de lo so?ado.

En el libro usado que compr? en la feria hab?a una postal con un peque?o mensaje escrito a mano: ?Abrazo tras abrazo, mirada en la mirada, ya no hacen falta las palabras?. Tal vez sea eso, tal vez lo ?nico que nos quede sea un gesto, un abrazo que sea cobijo y embarcadero y que nos ayude a seguir adelante, a pesar del dolor y la decepci?n.


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