Domingo, 03 de julio de 2011

Hace unos cinco años leí Tokio Blues, mi segundo libro de Haruki Murakami tras Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y el que me ganó por completo. De aquella emotiva lectura recuerdo la nostalgia y la tristeza que parecían rodear a los adolescentes Watanabe y Naoko, la locura entrañable y diferente de Midori, la fragilidad, el dolor y la muerte que avanzaban por la páginas del libro, las imágenes de un pozo, un sanatorio en las montañas y la sensación de deriva y pérdida. Todo era melancolía en el libro de Murakami, una melancolía sin los mundos extraños, cruces de dimensiones o personajes excéntricos que descubrí en otras novelas del escritor japonés. Tokio Blues sonaba como una otoñal tarde de lluvia.

Sentía cierto miedo ante la versión de Trahn Anh-Hung. Porque no sabía si se podía adaptar el mundo de Murakami al cine sin que perdiera su esencia. Durante los primeros minutos, la voz en off de Watanabe me hizo recordar aquella lejana lectura que dejó una pequeña marca dentro de mí. Se presentaba a Watanabe, Naoko y la sombra del amigo muerto. Y fue en ese inicio, con el suicidio del amigo, donde conseguí sentir que estaba ante una película y no un libro, que aquello eran las imágenes de Anh Hung y Murakami.

Hay una escena que aún hoy, meses después de ver la película, recuerdo con emoción. Watanabe acompaña a Naoko en su cumpleaños. Están en un piso modesto, tranquilo. Al fondo, la lluvia cae tras los cristales. Ellos hablan del paso del tiempo, de la llegada a la madurez, de la muerte del amigo ausente, de qué son y qué quieren ser. Watanabe y Naoko se acercan, el uno al otro. Se besan, se acarician, hacen el amor, todo filmado a la distancia adecuada, con una sensibilidad única, los rostros ensombrecidos de Watanabe y Naoko, las miradas que se abren y se cierran con sorpresa, con pasión, el roce de las caricias, de los cuerpos desnudos, la cercanía que da ese momento donde estamos desnudos ante el otro no sólo de forma física, donde no hay engaños ni máscaras y mostramos quiénes somos. Una escena carnal, realista, íntima. Y, desde el inicio de la escena, la lluvia como sonido de fondo.

Tran Anh Hung consigue emocionar cuando se centra en Naoko y Watanabe, las estaciones que pasan juntos antes del dolor final, el estallido de colores de la primavera y el otoño, la blancura cegadora del invierno, y ellos dos que comparten ese tiempo rodeados de sombras, de un aliento a muerte y desolación, Watanabe incapaz de agarrar a Naoko a la vida, de repetir aquel cumpleaños donde hicieron el amor arropados por el sonido de la lluvia. Es en los momentos donde no hay nada más que Naoko y Watanabe cuando la película funciona y la melancolía se filtra en unas imágenes hermosas y poéticas.

Algún día volveré al mundo de Tokio Blues, no sé si encontraré la misma historia porque tanto el libro como yo habremos cambiado con los años.

 


Tags: Tokio Blues, Norwegian Wood, Tran Anh Hung, Haruki Murakami

Publicado por elchicoanalogo @ 4:41  | Cine
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Comentarios

Hola, me gustaría preguntarte si sabes si hay otra adaptación de obras de Murakami para el cine. Si hay, cuáles son?... Por cierto, me encanta tu blog. Saludos.

Publicado por Invitado
Jueves, 07 de julio de 2011 | 3:43

Hola. Sé que hay una película, Tony Takitani, basada en un cuento que aparece en Sauce ciego, mujer dormida. Te dejo el enlace:

http://www.filmaffinity.com/es/film854449.html

Y en la página de imdb sale esta (curiosa) filmografía de Murakami:

http://www.imdb.com/name/nm1633142/

Un saludo.

 

Publicado por elchicoanalogo
Jueves, 07 de julio de 2011 | 17:32

Hola, de nuevo. Muchas gracias por contestar. Una curiosidad: Ya has leído algo de Sándor Márai?

Publicado por Invitado
Viernes, 08 de julio de 2011 | 1:58

Hola de nuevo. Hace años leí El últimom encuentro de Márai, recuerdo que fue una lectura intensa y emocionante. En mi estantería de pendientes está La herencia de Eszter, tenía ganas de retomar a Márai. Un saludo

Publicado por elchicoanalogo
Viernes, 08 de julio de 2011 | 18:58