Jueves, 14 de julio de 2011

Entonces,
en los atardeceres de verano,
el viento
tra?a desde el campo hasta mi calle
un inestable olor a establo

y a hierba susurrante como un r?o

que entraba con su canto y con su aroma
en las riberas p?lidas del sue?o.

Ecos remotos,
sones desprendidos
de aquel rumor,
hilos de una esperanza
poco a poco deshecha,
se apagan dulcemente en la distancia:

ya ayer va susurrante como un r?o

llevando lo so?ado aguas abajo,
hacia la blanca orilla del olvido.
?ngel Gonz?lez
Entonces (en Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan)


Tags: Entonces, Ángel González, Muestra corregida

Publicado por elchicoanalogo @ 3:43  | ?ngel Gonz?lez
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Mi?rcoles, 13 de julio de 2011

Asegura Fresán en las últimas páginas de El fondo del cielo que no ha escrito una novela de ciencia-ficción, sino una novela con ciencia-ficción. Mi impresión al cerrar el libro es la de encontrarme ante una novela libre, llena de recovecos, de laberintos, de cruce de estilos e imágenes, algo difícil de catalogar y definir. Ciencia-ficción, sí, y poesía y la sensación de estar ante una historia sin límites o fronteras, una historia que te atrapa de a poco hasta que te llena y rebosa en imágenes de seres de otros mundos que miran a través de los ojos de distantes humanos y que se sorprenden por nuestra capacidad de contar historias, muñecos de nieve en una noche eterna que reaparecen en otros espacios y otros tiempos, una amistad y un amor compartidos, los finales del mundo. Hay momentos donde la novela de Fresán corre vertiginosa, imparable, desbocada. Ya la portada te avisa de que estás ante una mirada que intenta subvertir el orden conocido, una fotografía vuelta del revés, los rascacielos como techo y el cielo como suelo.

Me ganó el inicio, Te encuentres donde te encuentres, cerca o lejos, si puedes leer esto que ahora escribo, por favor, recuerda, recuérdame, recuérdanos así. Una de las sorpresas de esta novela con ciencia-ficción es que se trata de una historia de recuerdos, de miradas atrás, de intentar revivir un momento del pasado donde dos amigos y una chica parecían estar en un instante de pura armonía, una noche donde los chicos crean un universo de hombres de nieve para esa chica que ambos aman sin egoísmos ni cegueras, de una forma pura y sencilla.

En El fondo del cielo aparecen ecos de Vonnegut y Dick (leer este libro es volver a Matadero 5 o El hombre en el castillo), es decir, una mirada que intenta mostrarlo todo al mismo tiempo, una mirada que no se sabe si es real, extrañada o inventada, que va desde el último habitante de un planeta a una mujer que intenta recuperar y congelar una imagen del pasado. Fresán habla de las diferentes corrientes de la ciencia-ficción, de escritores clásicos como Wells o Clarke o cómo se queda con los más esquizofrénicos y valientes como Philip K. Dick, también homenajea 2001, una odisea espacial, donde Kubrick decidió dejar de lado un argumento explicativo para centrarse en narrar una aventura más allá del espacio y el tiempo.

La historia de El fondo del cielo está protagonizada por tres amigos, un libro de culto, un fin del mundo, una noche invernal, recuerdos y más recuerdos que parecen un horizonte que rodea a los protagonistas a cada instante, un ser que es el último de su especie y que se emociona por mirarnos desde su lejanía, por vernos llenos de historias, de contradicciones, de sueños y visiones tan alejadas de la realidad. Todo tiene cabida en este libro, el pasado y la memoria, la historia de amor (un amor loco, único, extravagante) y los mundos que la ciencia-ficción hace posibles, el riesgo y la reflexión.

La sensación al terminar el libro de Fresán es de incredulidad y belleza, de haber estado ante una historia que se acercaba a la infinitud, a lo inabarcable, que se desbordaba en imágenes y palabras sorprendentes e inesperadas sin importar la verosimilitud o la cercanía con la realidad. Estar ante un mundo imposible.



Te encuentres donde te encuentres, cerca o lejos, si puedes leer esto que ahora escribo, por favor, recuerda, recuérdame, recuérdanos así.
Recuérdanos, recuérdame, recuerda que entonces los habitantes de nuestro planeta, de nuestro tan pequeño universo, se dividían en viajeros interplanetarios y en criaturas de otros mundos.
El resto eran, apenas, personajes secundarios.
Los anónimos constructores del cohete.

( … )

Porque la historia de lo que fue -toda teoría, o ensayo histórico- es también una novela de ciencia-ficción.
Lo que sucedió es algo tan fantástico como lo que sucederá.
El pasado nunca deja de moverse aunque parezca algo inmóvil.
Como la nieve.
Y sí, estaba la nieve y estaban los muñecos de nieve, los hombres de nieve.
Y estábamos nosotros – yo y Ezra- en la nieve.
Y nuestro planeta nunca es más otro planeta -nunca se siente tan ajeno y distante, nunca parece más nuevo y diferente que luego de una nevada larga y poderosa.
Y aquel año -recuérdalo, recuérdanos así- nevó como nunca había nevado.
Y nosotros bajo la nieve, frente a todos esos muñecos de nieve y de esa gigantesca esfera. Y era como si fuésemos nosotros, Ezra y yo, los que ascendíamos entre la nieve, detenida pero viva en la luz pálida del día recién encendido. Y era como si cada copo de nieve-diferente de los demás- fuese una estrella única. Y la nieve -ver y sentir la nieve- nos vuelve a todos poéticos y, en mi caso, un pésimo poeta.
Y una ráfaga de viento y tú en la ventana.
Rodrigo Fresán
El fondo del cielo (Random House Mondadori)


Tags: Rodrigo Fresán, El fondo del cielo, Random House Mondadori

Publicado por elchicoanalogo @ 20:26  | Libros...
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Estoy encerrada en una cajita de cedro
que tiene un cuadro de pastores pegado
al panel central entre tallas. La caja descansa sobre unas patas curvas.
Tiene una cerradura de oro en forma de corazón
y carece de llave. Intento escribir mi
salida de la caja cerrada,
de fragante cedro. Satán
se acerca hasta la hermética caja
y me dice: Te sacaré. Di
Mi padre es una mierda. Digo
que mi padre es una mierda y Satán
se ríe y dice: Se está abriendo.
Di que tu madre es una alcahueta.
Mi madre es una alcahueta. Algo
se abre y rompe cuando lo digo.
Mi columna vertebral se despliega en la caja de cedro
como el dorso rosado del broche de bailarina
que, con un ojo de rubí, yace a mi lado,
sobre el raso, en la caja de cedro.
Di mierda, di muerte, di que el padre se joda,
me dice Satán al oído.
El dolor de un pasado encerrado zumba
en la caja infantil sobre su cómoda, bajo
el terrible ojo redondo del estanque
punteado de rosas al aguafuerte, donde
el desprecio de sí misma se encaraba con la tristeza.
Mierda. Muerte. Que se joda el padre.
Algo se abre. Satán dice:
¿No te sientes mucho mejor?
La luz parece romperse en el delicado
broche de edelweiss, tallado en dos
tonos de madera. También le quiero,
sabes, le digo a Satán en la oscuridad
de la caja cerrada. Los quiero a ambos pero
intento explicar qué nos sucedió
en el pasado perdido. Claro, dice
y sonríe, claro. Ahora di: tortura.
Veo, a través de la negrura impregnada de cedro,
el borde de una gran bisagra abierta.
Di: la polla del padre, el coño
de la madre, dice Satán, y te sacaré.
El ángulo de la bisagra se abre
hasta que se ve el contorno del
tiempo antes de existir yo, cuando ellos yacían
abrazados en la cama. Cuando digo
las palabras mágicas, Polla, Coño,
Satán dice suavemente, Sal de ahí.
Pero el aire en torno a la abertura
es pesado y espeso como un humo ardiente.
Pasa, dice, y siento su voz
respirando desde la abertura.
La salida pasa por la boca de Satán.
Entra en mi boca, dice, ya estás,
y la enorme bisagra
empieza a cerrarse. No, también
los quería, tenso
los músculos del cuerpo
dentro de la casa de cedro.
Satán sale por succión del ojo de la cerradura.
me deja en la caja, sella
con el lacre de su lengua la cerradura en forma de corazón.
Ahí tienes tu ataúd, dice Satán.
Apenas oigo;
Caliento mis frías
Manos contra el ojo de rubí
De la bailarina-
El fuego, la súbita revelación de lo que es el amor.

 

Satan Says 

I am locked in a little cedar box
with a picture of shepherds pasted onto
the central panel between carvings.
The box stands on curved legs.
It has a gold, heart-shaped lock
and no key. I am trying to write my
way out of the closed box
redolent of cedar.
Satan comes to me in the locked box
and says, I'll get you out. Say
My father is a shit. I say
my father is a shit and Satan
laughs and says, It's opening.
Say your mother is a pimp.
My mother is a pimp. Something
opens and breaks when I say that.
My spine uncurls in the cedar box
like the pink back of the ballerina pin
with a ruby eye, resting beside me on
satin in the cedar box.
Say shit, say death, say fuck the father,
Satan says, down my ear.
The pain of the locked past buzzes
in the child's box on her bureau, under
the terrible round pond eye
etched around with roses, where
self-loathing gazed at sorrow.
Shit. Death. Fuck the father.
Something opens.
Satan says
Don't you feel a lot better?
Light seems to break on the delicate
edelweiss pin, carved in two
colors of wood. I love him too,
you know, I say to Satan dark
in the locked box. I love them but
I'm trying to say what happened to us
in the lost past. Of course, he says
and smiles, of course. Now say: torture.
I see, through blackness soaked in cedar,
the edge of a large hinge open.
Say: the father's cock, the mother's
cunt, says Satan, I'll get you out.
The angle of the hinge widens
until I see the outlines of
the time before I was, when they were
locked in the bed. When I say
the magic words, Cock, Cunt,
Satan softly says, Come out.
But the air around the opening
is heavy and thick as hot smoke.
Come in, he says, and I feel his voice
breathing from the opening.
The exit is through Satan's mouth.
Come in my mouth, he says, you're there
already, and the huge hinge
begins to close. Oh no, I loved
them, too, I brace
my body tight
in the cedar house.
Satan sucks himself out the keyhole.
I'm left locked in the box, he seals
the heart-shaped lock with the wax of his tongue.
It's your coffin now, Satan says.
I hardly hear;
I am warming my cold
hands at the dancer's
ruby eye--
the fire, the suddenly discovered knowledge of love.
Sharonn Olds
Satán dice (en Satán dice. Traducción de Rosa Lentini y Ricardo Cano. Editorial Igitur).


Tags: Satán dice, Sharon Olds, Satan says, Rosa Lentini, Ricardo Cano, Editorial Igitur

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Jueves, 07 de julio de 2011

Reviso los últimos libros leídos y compruebo que en su mayoría son cuentos y relatos cortos, Kawabata, Yoshimoto, Vila-Matas, Nieves Vázquez, Rulfo y ahora Wells Tower. Cada vez me gustan más los libros de cuentos, son como fotografías de un momento, se centran en un gesto, una despedida, una mirada o un acto rutinario, destellos fugaces y una forma más arriesgada de escribir, sin tener que atarse a la estructura, a finales cerrados.

Compré Todo arrasado, todo quemado por esa comparación con Carver que anuncia la contraportada, y porque sus personajes van a la deriva. Tenía curiosidad por ver si Tower se acercaba al mundo de Carver, también sentía que compararlo con el escritor de Catedral era peligroso, se generaban unas expectativas que podrían caerse en las primeras páginas. Tras leer el último cuento sentí que Tower no era Carver, pero tampoco hacía falta que lo fuese, tenía una voz propia impregnada de humor negro y cierta tristeza.

Tower habla de gente común, de problemas reales, de instantes donde todo parece a punto de romperse, de momentos de deriva e instantes descubrimiento, de niños en la frontera de la adolescencia y adultos que no esperaban llevar una vida tan extraña y, en cierta forma, vacía y decepcionante, hay parejas que se toman un tiempo de separación, conversaciones telefónicas donde se descubre el final de una pareja, hombres con problemas de memoria que sólo son felices jugando al ajedrez, adolescentes que buscan otro cuerpo, otros afectos, una manera de encontrarse en el mundo, niños que retrasan su vuelta a casa, familias distantes, rotas. Pero no hay grandes escenas dramáticas o excesivas, se nota cierta renuncia y austeridad, la aceptación de lo que supone una vida a la deriva.

Me quedo con tres cuentos de Wells Tower. En La costa marrón, un hombre se traslada a una casa en la playa para intentar ubicarse de nuevo. Su mujer quiere el divorcio y parece que su vida se resquebraja por momentos. Intenta estabilizarse a través del trabajo manual, de cierta distancia, conoce a una excéntrica pareja vecina, llena el acuario de la casa con los peces que se encuentra en la costa... Es un cuento realista, con buenos toques de humor. En la feria es un pequeño puzzle de voces, los feriantes que llevan años de vida errante y noches de sueño en trenes, un joven que busca algo de dinero tras dejar la casa de su madre, un niño que se pierde, una cita en las alturas de una noria. Tower maneja bien las elipsis y los cruces de voces. El cuento que da título al libro es un relato extraño, una incursión vikinga en territorio enemigo pero narrado con una voz y unas expresiones actuales. Los vikingos más viejos, cansado de esas incursiones, sólo aspiran a regresar al hogar, en cambio los jóvenes se dejan llevar por la violencia.

Tower se acerca al mundo de Carver, pero con un sentido del humor a veces negro, a veces brutal. Todo arrasado, todo quemado es un interesante libro de relatos, un cruce de voces, caminos y seres extraños y perdidos.



Había pasado por una mala racha y, además de varios pequeños errores de cálculo, había perpetrado tres cagadas importantes que iban a tardar mucho tiempo en solucionarse. Había llegado al trabajo con una borrachera de órdago, había cometido un descuido desastroso en una casa en cuya construcción participaba, y al poco tiempo había perdido el empleo. Al cabo de unas semanas su coche había chocado por detrás con un abogado que, a consecuencia del impacto, había empezado a sufrir chasquidos en la mandíbula y que había convencido a un jurado de que esa lesión valía treinta y ocho mil dólares, cifraba que superaba en dos mil dólares la cantidad que Bob había heredado de su padre. Lo peor de todo era que él había intentado consolarse de tan desagradable asunto manteniendo un romance con una mujer solitaria a la que había conocido en el curso de tráfico. Aquello no le había procurado ningún placer, todo se había limitado a una serie de patéticas refriegas en un apartamento de una sola planta impregnado de un fuerte olor a almizcle de gato.
Poco después de que esa relación hubiera tocado a su fin, cuando Bob y su mujer se dirigían en coche al centro, Vicky alzó la vista y vio la huella espectral de un pie de mujer en el parabrisas, por encima de la guantera. Se quitó la sandalia, vio que la huella no se correspondía con la suya y le dijo a Bob que ya no podía entrar en casa
Wells Tower
Todo arrasado, todo quemado (Ismael Attrache. Seix Barral)


Tags: Wells Tower, Todo arrasado, todo quemado, Ismael Attrache, Seix Barral

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Domingo, 03 de julio de 2011

Hace unos cinco años leí Tokio Blues, mi segundo libro de Haruki Murakami tras Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y el que me ganó por completo. De aquella emotiva lectura recuerdo la nostalgia y la tristeza que parecían rodear a los adolescentes Watanabe y Naoko, la locura entrañable y diferente de Midori, la fragilidad, el dolor y la muerte que avanzaban por la páginas del libro, las imágenes de un pozo, un sanatorio en las montañas y la sensación de deriva y pérdida. Todo era melancolía en el libro de Murakami, una melancolía sin los mundos extraños, cruces de dimensiones o personajes excéntricos que descubrí en otras novelas del escritor japonés. Tokio Blues sonaba como una otoñal tarde de lluvia.

Sentía cierto miedo ante la versión de Trahn Anh-Hung. Porque no sabía si se podía adaptar el mundo de Murakami al cine sin que perdiera su esencia. Durante los primeros minutos, la voz en off de Watanabe me hizo recordar aquella lejana lectura que dejó una pequeña marca dentro de mí. Se presentaba a Watanabe, Naoko y la sombra del amigo muerto. Y fue en ese inicio, con el suicidio del amigo, donde conseguí sentir que estaba ante una película y no un libro, que aquello eran las imágenes de Anh Hung y Murakami.

Hay una escena que aún hoy, meses después de ver la película, recuerdo con emoción. Watanabe acompaña a Naoko en su cumpleaños. Están en un piso modesto, tranquilo. Al fondo, la lluvia cae tras los cristales. Ellos hablan del paso del tiempo, de la llegada a la madurez, de la muerte del amigo ausente, de qué son y qué quieren ser. Watanabe y Naoko se acercan, el uno al otro. Se besan, se acarician, hacen el amor, todo filmado a la distancia adecuada, con una sensibilidad única, los rostros ensombrecidos de Watanabe y Naoko, las miradas que se abren y se cierran con sorpresa, con pasión, el roce de las caricias, de los cuerpos desnudos, la cercanía que da ese momento donde estamos desnudos ante el otro no sólo de forma física, donde no hay engaños ni máscaras y mostramos quiénes somos. Una escena carnal, realista, íntima. Y, desde el inicio de la escena, la lluvia como sonido de fondo.

Tran Anh Hung consigue emocionar cuando se centra en Naoko y Watanabe, las estaciones que pasan juntos antes del dolor final, el estallido de colores de la primavera y el otoño, la blancura cegadora del invierno, y ellos dos que comparten ese tiempo rodeados de sombras, de un aliento a muerte y desolación, Watanabe incapaz de agarrar a Naoko a la vida, de repetir aquel cumpleaños donde hicieron el amor arropados por el sonido de la lluvia. Es en los momentos donde no hay nada más que Naoko y Watanabe cuando la película funciona y la melancolía se filtra en unas imágenes hermosas y poéticas.

Algún día volveré al mundo de Tokio Blues, no sé si encontraré la misma historia porque tanto el libro como yo habremos cambiado con los años.

 


Tags: Tokio Blues, Norwegian Wood, Tran Anh Hung, Haruki Murakami

Publicado por elchicoanalogo @ 4:41  | Cine
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S?bado, 02 de julio de 2011

Cada cuento que leía de Carver me acercaba al final de su obra, a esos últimos relatos recogidos en Si me necesitas, llámame. En ese camino se mezclaban la tristeza y la melancolía por acercame al final de un mundo que aprendí a reconocer y amar con la emoción por descubrir tantas los mundos posibles de Carver habitados por fotografías de un momento en la vida de unos personajes que parecen supervivientes de un naufragio.

En el epílogo de Si me necesitas, llámame, Tess Gallagher habla de cómo anticipa una imagen de Caballos en la niebla y el poema En plena noche con niebla y caballos. El cuento es sencillo, una pareja que pasa unos últimos momentos juntos antes de tomar caminos distintos. La imagen de unos caballos que irrumpen en la niebla les ayudará a despedirse sin amargura ni grietas.

Cuanto terminé este cuento sentí que había cerrado una etapa como lector, la primera lectura de los cuentos de Carver, saber que no habría más, que me quedaba la relectura de su obra y sus libros de poemas. Es extraño llegar a un final en la literatura, saber que no hay nada más ahí adelante, que sólo queda volver a mirar a un mundo conocido como si fuese la primera vez.

Encontrarme con Raymond Carver ha sido aventura, empatía, nostalgia, reconocimientos y un puñado de imágenes que, como los caballos de este cuento, irrumpen entre la niebla para hacerse corpóreas.



Si me necesitas, llámame (Raymond Carver)

Aquella primavera habíamos tenido una relación cada uno por su lado, pero cuando el curso acabó en junio decidimos alquilar nuestra casa en Palo alto y marcharnos los dos a pasar el verano a la costa norte de California. Nuestro hijo, Richard, iría con su abuela, la madre de Nancy, a Pasco, en Washington, donde trabajaría todo el verano con la idea de tener algo de dinero ahorrado en otoño, cuando ingresara en la universidad. Su abuela estaba al tanto de lo que pasaba en casa y había hecho lo imposible para que lo mandáramos con ella, ocupándose de encontrarle trabajo para cuando llegara. Había hablado con un agricultor amigo suyo que le prometió un empleo para Richard. Trabajo duro, porque tendría que levantar cercas y hacer fardos de heno, pero Richard estaba entusiasmado. Se marchó en autobús a la mañana siguiente de la entrega de diplomas en el instituto. Lo llevé a la estación, aparqué el coche y fuimos a sentarnos dentro hasta que anunciaron su autobús. Su madre ya se había despedido de él, prodigándole besos y abrazos y dándole una larga carta que debía entregar a su abuela en cuanto llegara. Nancy se había quedado en casa, haciendo los últimos preparativos de la mudanza y esperando a la pareja de inquilinos. Le saqué el billete, se lo di y nos sentamos a esperar en un banco de la estación. De camino habíamos charlado un poco de la situación.
– ¿Os vais a divorciar mamá y tú? –preguntó.
Era sábado por la mañana y no había mucho tráfico.
– Si podemos evitarlo, no –contesté–. No queremos. Por eso nos marchamos, a pasar el verano sin ver a nadie. Por eso hemos alquilado nuestra casa durante el verano y por eso hemos alquilado otra en Eureka. Y por eso te vas tú también, supongo. Por no hablar de que volverás a casa con los bolsillos llenos de dinero. No queremos divorciarnos. Queremos estar solos durante el verano y ver si arreglamos las cosas.
– ¿Sigues queriendo a mamá? Ella me ha dicho que te quiere.
– Pues claro que la quiero. A estas alturas deberías saberlo. Sólo que hemos tenido un montón de problemas y muchas responsabilidades, como todo el mundo, y ahora necesitamos tiempo para estar solos y encontrar una solución. Pero no te preocupes por nosotros. Tú ve a casa de tu abuela, pasa un buen verano, trabaja mucho y ahorra dinero. Y como también estás de vacaciones, veta a pescar siempre que puedas. Hay buena pesca por allí.
– Y también se puede hacer esquí acuático. Quiero aprender.
– Eso nunca lo he hecho. Procura hacer un poco por mí también, ¿quieres?
Estábamos sentados en la estación de autobuses. Él hojeaba su anuario del instituto, yo tenía un periódico sobre las rodillas. Entonces anunciaron su autobús y nos levantamos. Lo abracé y le dije:
– No te preocupes, ¿eh? ¿Dónde tienes el billete?
Se dio unas palmaditas en el bolsillo de la chaqueta y cogió la maleta. Le acompañé hasta la cola que estaba formando en la terminal, luego lo abracé otra vez, le di un beso en la mejilla y me despedí.
– Adiós, papá –me contestó, dándose media vuelta para que no le viera las lágrimas.
Al volver a casa me encontré con nuestras cajas y maletas en el cuarto de estar. Nancy estaba en la cocina, tomando café con la joven pareja que nos había alquilado la casa durante el verano. Los había encontrado ella. Se llamaban Jerrry y Liz, y estaban preparando la licenciatura en matemáticas. Yo los había conocido sólo unos días antes, pero volvimos a estrecharnos la mano. Nancy me sirvió una taza de café y me senté a la mesa mientras ella acababa de darles instrucciones, diciéndoles lo que debían hacer a principio y a fin de mes, dónde debían enviarnos el correo y cosas por el estilo. Nancy tenía una expresión tensa. El sol se filtraba por los visillos y caía sobre la mesa, señal de que la mañana estaba bien avanzada.
Finalmente, como todo parecía estar en orden, dejé a los tres en la cocina y empecé a cargar el coche. La casa que habíamos alquilado estaba amueblada y tenía de todo, hasta platos y cacharros de cocina, así que no necesitábamos llevarnos mucho, sólo lo estrictamente necesario.
Tres semanas antes había ido a Eureka, a quinientos kilómetros al norte de Palo alto, para alquilar una casa amueblada. Fui con Susan, la mujer con quien había estado saliendo. Pasamos tres días en un motel de las afueras dela ciudad mientras yo miraba el periódico y visitaba agencias inmobiliarias. Ella me vio extender el cheque por tres meses de alquiler. Después, en el motel, tumbada en la cama, con la mano puesta en la frente, me dijo:
– Qué envidia me da tu mujer. Cómo envidio a Nancy. La gente siempre dice que “la otra” no cuenta, que la titular es quien ostenta los privilegios y el verdadero poder, pero yo nunca había comprendido estas cosas, ni siquiera me habían interesado. Ahora sí. Cómo la envidio. Me da rabia la vida que va a llevar contigo este verano en esa casa. Ojalá fuese yo. Ojalá fuésemos nosotros dos. ¡Cómo siento que no seamos nosotros! ¡Qué horrible es todo esto!
Le acaricié el pelo.
Nancy era alta, de piernas largas, con cabello y ojos castaños y un espíritu generoso. Pero últimamente nos habíamos quedado un poco cortos de generosidad y de espíritu. Salía con un colega mío, divorciado, de cabello gris, siempre muy pulcro, con traje, chaleco y corbata, que bebía demasiado y a quien, según me dijeron unos alumnos, a veces le temblaban las manos en clase. Nancy y él habían empezado su aventura en una fiesta durante las vacaciones, no mucho después de que ella descubriera mi propia infidelidad. Ahora todo eso me parece molesto y aburrido, y lo es, pero en primavera las cosas estaban así y a ello dedicábamos toda nuestra energía y nuestra atención, con exclusión de todo lo demás. A finales de abril ya empezamos a hacer planes de alquilar la casa y marcharnos a pasar el verano a otro sitio, los dos solos, para ver si éramos capaces de arreglar las cosas, si es que tenían arreglo. Acordamos que no llamaríamos, ni escribiríamos ni nos pondríamos en contacto de manera alguna con las otras dos personas. De modo que hicimos los preparativos para la marcha de Richard, buscamos una pareja que nos cuidara la casa y, mirando el mapa, cogí una carretera al norte de San Franciso, llegué a Eureka y encontré una agencia inmobiliaria dispuesta a alquilar una casa amueblada para el verano a un matrimonio respetable de mediana edad. Hasta me parece haber utilizado, que Dios me perdone, la frase “una segunda luna de miel” con el empleado de la agencia mientras Susan fumaba un cigarrillo y hojeaba folletos turísticos en el coche.
Terminé de colocar las maletas, bolsas y cajas en el maletero y el asiento de atrás y esperé a que Nancy acabara de despedirse en el porche. Estrechó la mano a la pareja, dio media vuelta y vino hacia el coche. Les dije adiós con la mano y ellos me devolvieron el saludo. Nancy subió al coche y cerró la puerta.
– Vámonos –dijo.
Puse el coche en marcha y nos dirijimos a la autopista. En el último semáforo vimos un coche que salía de la autopista y venía hacia nosotros. Se le había roto el tubo de escape y lo llevaba a rastras, sacando chispas del asfalto.
– Fíjate –dijo Nancy–. Se puede incendiar.
Esperamos hasta que el coche se detuvo en el arcén.
Paramos en una pequeña cafetería junto a la autopista, cerca de Sebastopol. “Comida y Gasolina”, decía el letrero. Nos hizo reír. Aparqué enfrente y entramos. Nos dirigimos al fondo y nos sentamos a una mesa cerca de una ventana. Después de pedir café y unos sándwiches, Nancy puso el dedo sobre la mesa y empezó a trazar líneas en el tablero. Encendí un cigarrillo y miré al exterior. Un movimiento rápido me llamó la atención y me di cuenta de que era un colibrí en el matorral, junto a la ventana. Picoteando en una flor del matorral, movía las alas con tal rapidez que parecía un punto borroso.
– Mira, Nancy –dije–. Un colibrí.
Pero el pájaro levantó el vuelo en aquel momento y Nancy miró por la ventana y dijo:
– ¿Dónde? No lo veo.
– Estaba ahí hace un momento –dije–. Mira, ahí está. Pero parece distinto. Sí, es otro.
Contemplamos al colibrí hasta que la camarera nos trajo lo que habíamos pedido y el pájaro, asustado por el movimiento, desapareció por la esquina del edificio.
– Vaya, me da la impresión de que es buena señal –dije–. Dicen que los colibríes traen buena suerte.
– Eso lo he oído en alguna parte –dijo ella–. No sé dónde, pero lo he oído. Bueno, pues no nos vendrá mal un poco de suerte. ¿No te parece?
– El colibrí ha sido un buen augurio. Me alegro de que hayamos parado aquí.
Ella asintió con la cabeza. Se quedó un momento pensativa y luego dio un mordisco al sándwich.


Llegamos a Eureka poco antes de oscurecer. Después de pasar el motel donde dos semanas antes Susan y yo habíamos dormido tres noches, salimos de la autopista y cogimos una carretera de montaña que dominaba la ciudad. Llevaba las llaves de la casa en el bolsillo. Subimos un par de kilómetros hasta llegar a un pequeño cruce con una estación de servicio y una tienda de comestibles. Al otro lado del valle, frente a nosotros, había montañas cubiertas de árboles; a nuestro alrededor, todo eran campos verdes. Detrás de la estación de servicio pastaban unas vacas.
– Qué paisaje tan bonito –dijo Nancy–. Estoy deseando ver la casa.
– Casi estamos. Justo al final de esa carretera –le dije–, pasando aquella elevación. Ahí la tienes –señalé al cabo de unos momentos–. Ésa es. ¿Qué te parece?
Esa misma pregunta le había hecho a Susan cuando nos detuvimos en el camino de entrada, ella y yo.
– Es bonita –dijo Nancy–. Parece estupenda. Vamos a bajar.
Nos quedamos un momento delante del jardín, mirando a nuestro alrededor. Luego subimos los escalones del porche, abrí la puerta y encendí la luz. Recorrimos la casa. Tenía dos habitaciones pequeñas, un baño, un cuarto de estar con chimenea, amueblado con unos trastos viejos, y una espaciosa cocina con vistas al valle.
– ¿Te gusta? –le pregunté.
– Es maravillosa –dijo Nancy, sonriendo–. Me alegro de que la encontraras. Hemos hecho bien en venir.
Abrió el frigorífico y pasó un dedo por la encimera del fregadero.
– Todo está muy limpio, gracias a Dios. Así no tendré que trabajar.
– Y hay sábanas limpias en las camas. Lo pregunté. Lo he comprobado. Lo alquilan así. Hasta las almohadas. Con fundas y todo.
– Tendremos que comprar algo de leña –dijo Nancy. Estábamos en el cuarto de estar–. En noches como ésta nos vendrá bien encender la chimenea.
– De la leña me ocuparé mañana –dije–. Y aprovecharemos para hacer la compra también, y ver la ciudad.
– Me alegro de que hayamos venido –dijo, mirándome a los ojos.
– Y yo también.
Abrí los brazos y vino hacia mí. La abracé. Sentí cómo temblaba. Alcé su rostro hacia mí y la besé en ambas mejillas.
– Nancy –le dije.
– Me alegro de que hayamos venido –dijo ella.


Pasamos los siguientes días terminando de instalarnos. Fuimos a Eureka a pasear y mirar escaparates. Compramos provisiones. Hicimos excursiones hasta el bosque, atravesando el campo de detrás de la casa. Encontré en el periódico un anuncio de leña y llamé. Un par de días después se presentaron dos jóvenes de pelo largo con una camioneta cargada de leña de aliso que apilaron bajo el tejadillo del garaje. Aquella noche, después de cenar, tomamos café frente a la chimenea y hablamos de tener un perro.
– No quiero un cachorro –dijo Nancy–. Un perro cachorro que vaya ensuciándolo todo por ahí o destrozando cosas con los dientes. Es lo que menos falta nos hace. Pero me gustaría tener un perro, sí. Hace mucho que no tenemos ninguno. Creo que nos vendría bien aquí
– ¿Y cuando volvamos, cuando se acabe el verano? –dije. Formulé la pregunta de otro modo–: ¿Te parece bien tener un perro en la ciudad?
– Ya veremos. Mientras, vamos a buscar uno. El que más nos convenga. Hasta que lo vea no sabré cuál es. Miraremos los anuncios y si es preciso iremos a la perrera.
Pero aunque seguimos hablando del tema durante varios días y mirando perros en los jardines de las casas por las que pasábamos, señalando los que nos gustaría tener, la cosa quedó en nada, acabamos sin coger ninguno.
Nancy llamó a su madre para darle nuestra dirección y el número de teléfono. Richard estaba trabajando y parecía contento. Ella se encontraba estupendamente. Oí que Nancy le decía:
– Estamos muy bien. Esto da buen resultado.
A mediados de julio íbamos un día por la autopista de la costa y al llegar a lo alto de un repecho vimos unas lagunas separadas del mar por bancos de arena. En la orilla había unos pescadores, y dos barcas en el agua.
Salí al arcén y paré.
– Vamos a ver lo que están pescando –dije–. A lo mejor encontramos una caña y podemos ponernos nosotros también.
– Hace años que no vamos de pesca –dijo Nancy–. Desde aquella vez que Richard era pequeño y acampamos cerca del Monte Shasta. ¿Te acuerdas?
– Me acuerdo. Y también acabo de acordarme de que echaba de menos la pesca. Vamos a bajar, a ver lo que pescan.
– Truchas– contestó el hombre cuando le pregunté–. Truchas arco iris, reos. Incluso algunas asalmonadas y unos cuantos salmonetes. Entran en invierno, cuando se abren los bancos de arena, y luego se quedan atrapados en primavera, cuando se cierran. Ahora es la temporada de pesca. Todavía no ha picado ninguna, pero el domingo pasado cogí cuatro, de unos cincuenta centímetros. Es el pescado más delicioso del mundo, y se defienden como demonios. Los de las barcas ya han cogido algunas, pero hasta ahora yo no he hecho nada.
– ¿Qué cebo utiliza? –le preguntó Nancy.
– De todo –contestó el pescador–. Lombrices, huevas de salmón, maíz integral. Sólo hay que lanzarlo lejos, dejar que se hunda, soltar un poco y vigilar la caña.
Nos quedamos allí un rato, observando al pescador y las pequeñas barcas que se desplazaban de un lado a otro de la laguna entre el murmullo de sus motores.
– Gracias –dije al pescador–. Y buena suerte.
– A usted también –dijo él–. Suerte a los dos.
De camino a la ciudad entramos en una tienda de deportes y compramos unas licencias, unas cañas baratas, carretes, hilos de nailon, anzuelos, corchos, plomos y una cesta. Hicimos planes para ir a pescar a la mañana siguiente.
Pero por la noche, después de cenar, fregar los platos y encender la chimenea, Nancy sacudió la cabeza y dijo que aquello no iba a dar resultado.
– ¿Por qué dices eso? –pregunté–. ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que no va a dar resultado. Reconozcámoslo. –Volvió a sacudir la cabeza–: En realidad no tengo ganas de ir a pescar mañana, ni tampoco quiero un perro. No, nada de perros. Más bien me apetece ir a ver a mi madre y a Richard. Echo de menos a Richard –dijo, rompiendo a llorar–. Richard es mi hijo, mi niño, y ya es casi un adulto y pronto se irá. Le echo de menos.
– ¿Y a Del? –dije yo–. ¿También echas de menos a Del Shraeder? A tu amigo. ¿Le echas en falta?
– Esta noche echo a todo el mundo en falta. También a ti. Hace mucho que te echo de menos. Te he echando tanto de menos que es como si no estuvieras conmigo. No sé cómo explicarlo, pero te he perdido. Ya no eres mío.
– Nancy.
– No, no.
Sacudió la cabeza. Se sentó en el sofá, frente al fuego, sin mover la cabeza.
– Mañana quiero coger el avión para ir a ver a mi madre y a Richard. Cuando me marche podrás llamar a tu amiga.
– Eso no –dije–. No tengo ninguna intención de hacer eso.
– La llamarás –dijo ella.
– Y tú llamarás a Del.
Me sentí ridículo al decirle eso.
– Tú puedes hacer lo que te dé la gana –dijo ella, enjugándose las lágrimas con la manga–. Lo digo en serio. No quiero parecer una histérica. Pero yo me voy mañana a Washington. Y ahora me voy a la cama. Estoy agotada. Lo siento. Lo siento por los dos, dan. Esto no va a salir bien. Hoy, ese pescador nos ha deseado suerte. –Sacudió la cabeza–. Yo también nos deseo suerte. La vamos a necesitar.
Entró en el cuarto de baño y oí que abría el grifo de la bañera. Salí al porche y me senté en un escalón a fumar un cigarrillo. Fuera todo estaba oscuro y silencioso. Al mirar a la ciudad, vi un pálido reflejo de luces en el cielo y jirones de bruma flotando en el valle. Empecé a pensar en Susan. Poco después, Nancy salió del baño y oí que cerraba la puerta de su habitación. Entré, puse un tronco en la chimenea y esperé a que las llamas se encaramasen a la corteza. Luego pasé a la otra habitación, descubrí la cama y contemplé los dibujos florales de las sábanas. Luego me duché, me puse el pijama y fui a sentarme frente a la chimenea. Ahora la bruma llegaba a la ventana. Me senté a fumar delante del fuego. Cuando volví a mirar hacia la ventana algo se movió entre la niebla y vi un caballo que comía hierba en el jardín.
Me acerqué a la ventana. El caballo alzó la cabeza y me miró, luego siguió arrancando hierba. Otro caballo entró en el jardín, pasó junto al coche y empezó a pastar. Encendí la luz del porche y me quedé delante de la ventana, mirándolos. Eran caballos altos, blancos, de largas crines. Se habían escapado de alguna granja vecina, por el hueco de una cerca o una portilla abierta. Como quiera que fuese, habían venido a parar a nuestro jardín. Estaban encantados, disfrutando enormemente de su escapada. Y también nerviosos; desde la ventana se les veía el blanco de los ojos. No dejaban de agitar las orejas mientras arrancaban matas de hierba. Un tercer caballo entró vacilante en el jardín, y luego un cuarto. Era una manada de caballos blancos, y estaban pastando en nuestro jardín.
Fui a la habitación de Nancy y la desperté. Tenía rulos en el pelo, los ojos enrojecidos y los párpados hinchados. A los pies de la cama había una maleta abierta.
– Nancy, cariño –le dije–. Ven a ver lo que tenemos en el jardín. Ven, corre. Tienes que verlo. No te lo vas a creer. Date prisa.
– ¿Qué pasa? –dijo–. No me hagas daño. ¿Qué ocurre?
– Tienes que verlo, cariño. No voy a hacerte daño. Lamento haberte asustado. Pero tienes que venir a verlo.
Volví al cuarto de estar, me aposté delante de la ventana y al cabo de unos minutos vino Nancy atándose la bata. Miró por la ventana y exclamó:
– ¡Qué bonitos son, Dios mío!¿De dónde han salido, Dan? Son preciosos.
– Han debido escaparse de una de esas granjas de por ahí –dije–. Voy a llamar a la oficina del sheriff para que localice a los dueños. Pero primero quería que los vieses.
– ¿Crees que morderán? –me preguntó–. Me gustaría acariciar a aquel de allí, el que acaba de mirarnos. Me encantaría pasarle la mano por el cuello. Pero tengo miedo de que me muerda. Voy a salir.
– No creo que muerdan –dije–. No parecen de los que muerden. Pero si sales, ponte algo; hace frío.
Me puse el abrigo encima del pijama y esperé a Nancy. Luego abrí la puerta, salimos al jardín y nos acercamos a los caballos. Todos levantaron la cabeza para mirarnos. Dos de ellos volvieron a bajarla y siguieron comiendo hierba. Otro dio un resoplido y retrocedió, para luego bajar la cabeza a su vez y continuar pastando. Acaricié la cabeza de uno y le palmeé el flanco. Siguió mascando. Nancy alargó el brazo y empezó a acariciar la crin de otro.
– ¿De dónde vienes, bonito? –dijo–. ¿Dónde vives y por qué has salido esta noche, caballito?
Nancy continuó acariciándole la crin. El caballo la miró, resopló entre los labios y volvió a bajar la cabeza. Ella le dio unas palmaditas en el flanco.
– Me parece que voy a llamar al sheriff –dije.
– Todavía no –dijo ella–. Espera un poco. Nunca volveremos a ver una cosa así. Nunca jamás volveremos a tener caballos en el jardín. Espera un poco más, Dan.
Al cabo de un rato, Nancy seguía yendo de un caballo a otro, dándoles palmadas en el lomo y acariciándoles la crin, cuando uno de ellos echó a andar por el camino, pasó delante del coche y salió a la carretera. Entonces comprendí que tenía que llamar.
Momentos después aparecieron dos coches patrulla con sus luces rojas destellando en la niebla. Algo más tarde se presentó un individuo con un chaleco de piel de borrego conduciendo una camioneta con un remolque de caballos. Entonces los caballos se asustaron y trataron de escapar. El individuo del chaleco de piel de borrego soltó un taco e intentó pasar una cuerda por el cuello de uno de los caballos.
– ¡No le haga daño! –gritó Nancy.
Volvimos a la casa y nos pusimos delante de la ventana para ver cómo los ayudantes del sheriff y el granjero reunían los caballos.
– Voy a hacer café –dije–.¿Te apetece una taza, Nancy?
– Te diré lo que me apetece –dijo ella–. Estoy en las nubes, Dan. Como si me hubiera drogado. No sé explicar esta sensación, pero me gusta. Mientras tú haces café yo buscaré música en la radio; después aviva el fuego de la chimenea. Estoy demasiado nerviosa para dormir.
Así que nos sentamos frente al fuego bebiendo café y escuchando una radio de Eureka que emitía toda la noche mientras hablábamos de los caballos y luego de Richard y de la madre de Nancy. Bailamos. No mencionamos para nada nuestra situación. La bruma pendía al otro lado de la ventana y charlamos y estuvimos cariñosos el uno con el otro. Al amanecer apagué la radio, nos acostamos e hicimos el amor.
Por la tarde, cuando hizo todos los preparativos y cerró las maletas, la llevé a un pequeño aeropuerto donde cogería un vuelo a Pórtland. Allí haría trasbordo con otra compañía aérea que la dejaría en Pasco bien entrada la noche.
– Saluda a tu madre de mi parte. Dale a Richard un abrazo y dile que le echo de menos. Dile que le quiero.
– Él también te quiere a ti. Ya lo sabes. En cualquier caso, le verás en otoño, estoy segura.
Asentí con la cabeza.
– Adiós– dijo, tendiéndome los brazos.
Nos abrazamos.
– Me alegro de lo de anoche –dijo–. Los caballos. La conversación. Todo. Es una ayuda. Nunca lo olvidaremos.
Se echó a llorar.
– Me escribirás, ¿verdad? –le dije–. Ni por un momento pensé que nos ocurriría esto a nosotros. Después de tantos años. Ni soñarlo. A nosotros, no.
– Te escribiré –dijo ella–. Cartas muy largas. Las más largas que hayas recibido jamás después de las que te mandaba en el instituto.
– Estaré impaciente por recibirlas.
Luego me miró otra vez y me pasó la mano por la cara. Me dio la espalda y se dirigió al avión que la esperaba en la pista.
Adiós, amada mía, que Dios sea contigo.
Subió al avión y me quedé allí hasta que los motores a reacción se pusieron en marcha. Al cabo de un momento, el avión empezó a rodar por la pista. Despegó sobre la Bahía de Humboldt y pronto se convirtió en un punto en el cielo.
Volví a casa, dejé el coche en el camino de entrada y miré las huellas de los cascos de los caballos. Había marcas profundas en el césped, y calvas, y montones de estiércol. Entré luego en la casa y, sin quitarme siquiera el abrigo, fue al teléfono y marqué el número de Susan.
Raymond Carver
Si me necesitas, llámame (en Si me necesitas, llámame. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 7:40  | Raymond Carver
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Viernes, 01 de julio de 2011

La m?sica o la literatura parecen un horizonte infinito, Siempre hay territorios nuevos que conocer, a veces llegamos a ellos como Sanjuro, arrojando un palo al aire que decida nuestro camino a seguir, en otras ocasiones alguien nos toma de la mano y nos lleva hasta alguno de sus lugares favoritos.

No conoc?a la m?sica de Ray LaMontagne. Hoy me han llevado de la mano hasta I still care for you, una canci?n que me ha noqueado y emocionado y que sirvi? de banda sonora a una mirada formada por peque?as y necesarias revoluciones.


I still care for you (Ray LaMontagne)



Hear me out
Day follows day
Light turns to
clay in my hands

How to explain,
So pristine the pain
Kindness made
the cut so
clean

I still care for you

Hear me out
Wanted me to be
Less your lover
than a mirror

Can't you see
What you mean to me?
(even promises may bleed)

I still care for you

The hours grow
Heavy,
And hollow,
And cruel as a grave

Open Me
You'll find
Only bones
burned to glass.

I still care for you


Tags: I still care for you, Ray LaMontagne, Gossip in the Grain

Publicado por elchicoanalogo @ 21:17  | Canciones
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