Domingo, 28 de agosto de 2011

2666 fue una lectura intensa y arriesgada, uno de esos libros que se recuerdan como una gran aventura. Aún me queda por leer alguno de los libros de Bolaño encontrados en el disco duro del ordenador y editados tras su muerte, pero, en cierta forma, al terminar 2666 sentí que cerraba una etapa en la obra de Bolaño.

Como me sucede con Carver, descubrir la poesía de Bolaño ha hecho que vuelva a sentirme emocionado (conmocionado) por sus palabras, por su mirada abarcadora, por ese viaje continuo que es su obra. De nuevo, los desiertos mexicanos, los personajes fronterizos, la mirada fragmentada, las palabras que son como puñetazos o fotografías, las prostitutas y los detectives perdidos, la sombra de Mario Santiago, la sensación de derrota, la sangre y los sueños derramados de Latinoamérica, la vida y los sueños que pudieron ser y lo que realmente fue.

Los poemas de Bolaño tienen un aire de libertad, de lucha, de mala leche y ferocidad, también de ternura y tristeza, una ironía salvaje y la sensación de leer a un escritor que escribe con las entrañas, como una necesidad vital. Leer Los perros románticos (junto a un acantilado, como uno de sus poemas) me ayudó a llenar los espacios en blanco de los libros de Bolaño, a entender mejor a los detectives salvajes y viscerrealistas, a conocer al Bolaño poeta.



Los perros románticos

En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.



Autorretrato a los veinte años

Me dejé ir, lo tomé en marcha y no supe nunca
hacia dónde hubiera podido llevarme. Iba lleno de miedo,
se me aflojó el estómago y me zumbaba la cabeza:
yo creo que era el aire frío de los muertos.
No sé. Me dejé ir, pensé que era una pena
acabar tan pronto, pero por otra parte
escuché aquella llamada misteriosa y convincente.
O la escuchas o no la escuchas, y yo la escuché
y casi me eché a llorar: un sonido terrible,
nacido en el aire y en el mar.
Un escudo y una espada. Entonces,
pese al miedo, me dejé ir, puse mi mejilla
junto a la mejilla de la muerte.
Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver
aquel espectáculo extraño, lento y extraño,
aunque empotrado en una realidad velocísima:
miles de muchachos como yo, lampiños
o barbudos, pero latinoamericanos todos,
juntando sus mejillas con la muerte.



Lupe

Trabajaba en la Guerrero, a pocas calles de la casa de Julián
y tenía 17 años y había perdido un hijo.
El recuerdo la hacía llorar en aquel cuarto del hotel Trébol,
espacioso y oscuro, con baño y bidet, el sitio ideal
para vivir durante algunos años. El sitio ideal para escribir
un libro de memorias apócrifas o un ramillete
de poemas de terror. Lupe
era delgada y tenía las piernas largas y manchadas
como los leopardos.
La primera vez ni siquiera tuve una erección:
tampoco esperaba tener una erección. Lupe habló de su vida
y de lo que para ella era la felicidad.
Al cabo de una semana nos volvimos a ver. La encontré
en una esquina junto a otras putitas adolescentes,
apoyada en los guardabarros de un viejo Cadillac.
Creo que nos alegramos de vemos. A partir de entonces
Lupe empezó a contarme cosas de su vida, a veces llorando,
a veces cogiendo, casi siempre desnudos en la cama,
mirando el cielorraso tomados de la mano.
Su hijo nació enfermo y Lupe prometió a la Virgen
que dejaría el oficio si su bebé se curaba.
Mantuvo la promesa un mes o dos y luego tuvo que volver.
Poco después su hijo murió y Lupe decía que la culpa
era suya por no cumplir con la Virgen.
La Virgen se llevó al angelito por una promesa no sostenida.
Yo no sabía qué decirle.
Me gustaban los niños, seguro,
pero aún faltaban muchos años para que supiera
lo que era tener un hijo.
Así que me quedaba callado y pensaba en lo extraño
que resultaba el silencio de aquel hotel.
O tenía las paredes muy gruesas o éramos los únicos ocupantes
o los demás no abrían la boca ni para gemir.
Era tan fácil manejar a Lupe y sentirte hombre
y sentirte desgraciado. Era fácil acompasarla
a tu ritmo y era fácil escuchada referir
las últimas películas de terror que había visto
en el cine Bucareli.
Sus piernas de leopardo se anudaban en mi cintura
y hundía su cabeza en mi pecho buscando mis pezones
o el latido de mi corazón.
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche.
¿Qué, Lupe? El corazón.



Atole

Ví a Mario Santiago y Orlando Guillén
los poetas perdidos de México
tomando atole con el dedo

En los murales de una nueva universidad
llamada infierno o algo que podía ser
una especie de infierno pedagógico

Pero os aseguro que la música de fondo
era una huasteca veracruzana o tamaulipeca
no soy capaz de precisarlo

Amigos míos era el día en que se estrenaba
Los Poetas Perdidos de México
así que ya se lo pueden imaginar

Y Mario y Orlando reían pero como en cámara lenta
como si en el mural en el que vivían
no existiera la prisa o la velocidad

No sé si me explico
como si sus risas se desplegaran minuciosamente
sobre un horizonte infinito

Esos cielos pintados por el Dr. Atl, ¿los recuerdas?
sí, los recuerdo, y también recuerdo
las risas de mis amigos

Cuando aún no vivían dentro del mural laberíntico
apareciendo y desapareciendo como la poesía verdadera
esa que ahora visitan los turistas

Borrachos y drogados como escritos con sangre
ahora desaparecen por el esplendor geométrico
que es el México que les pertenece

El México de las soledades y los recuerdos
el del metro nocturno y los cafés chinos
el del amanecer el del atole
Roberto Bolaño
Los perros románticos (Acantilado)


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Mi?rcoles, 24 de agosto de 2011

Demos gracias por nuestra pobreza, dijo el tipo vestido con harapos.
Lo vi con este ojo: vagaba por un pueblo de casas chatas,
hechas de cemento y ladrillos, entre México y Estados Unidos.
Demos gracias por nuestra violencia, dijo, aunque sea estéril
como un fantasma, aunque a nada nos conduzca,
tampoco estos caminos conducen a ninguna parte.
Lo vi con este ojo: gesticulaba sobre un fondo rosado
que se resistía al negro, ah, los atardeceres de la frontera,
leídos y perdidos para siempre.
Los atardeceres que envolvieron al padre de Lisa
a principios de los cincuenta.
Los atardeceres que vieron pasar a Mario Santiago,
arriba y abajo, aterido de frío, en el asiento trasero
del coche de un contrabandista. Los atardeceres
del infinito blanco y del infinito negro.

Lo vi con este ojo: parecía un gusano con sombrero de paja
y mirada de asesino
y viajaba por los pueblos del norte de México
como si anduviera perdido, desalojado de la mente,
desalojado del sueño grande, el de todos,
y sus palabras eran, madre mía, terroríficas.

Parecía un gusano con sombrero de paja,
ropas blancas
y mirada de asesino.
Y viajaba como un trompo
por los pueblos del norte de México
sin atreverse a dar el paso,
sin decidirse
a bajar al D.F.
Lo vi con este ojo
ir y venir
entre vendedores ambulantes y borrachos,
temido,
con el verbo desbocado por calles
de casas de adobe.
Parecía un gusano blanco
con un Bali entre los labios
o un Delicados sin filtro.
Y viajaba de un lado a otro
de los sueños,
tal que un gusano de tierra,
arrastrando su desesperación,
comiéndosela.

Un gusano blanco con sombrero de paja
bajo el sol del norte de México,
en las tierras regadas con sangre y palabras mordaces
de la frontera, la puerta del Cuerpo que vio Sam Peckinpah,
la puerta de la Mente desalojada, el puritito
azote, y el maldito gusano blanco allí estaba,
con su sombrero de paja y su pitillo colgando
del labio inferior, y tenía la misma mirada
de asesino de siempre.

Lo vi y le dije tengo tres bultos en la cabeza
y la ciencia ya no puede hacer nada conmigo.
Lo vi y le dije sáquese de mi huella so mamón,
la poesía es más valiente que nadie,
las tierras regadas con sangre me la pelan, la Mente desalojada
apenas si estremece mis sentidos.
De estas pesadillas sólo conservaré
estas pobres casas,
estas calles barridas por el viento
y no su mirada de asesino.

Parecía un gusano blanco con su sombrero de paja
y su pistola automática debajo de la camisa
y no paraba de hablar solo o con cualquiera
acerca de un poblado que tenía
por lo menos dos mil o tres mil años,
allá por el norte, cerca de la frontera
con los Estados Unidos,
un lugar que todavía existía,
digamos cuarenta casas,
dos cantinas,
una tienda de comestibles,
un pueblo de vigilantes y asesinos
como él mismo,
casas de adobe y patios encementados
donde los ojos no se despegaban
del horizonte
(de ese horizonte color carne
como la espalda de un moribundo).
¿Y qué esperaban que apareciera por allí?, pregunté.
El viento y el polvo, tal vez.
Un sueño mínimo
pero en el que empeñaban
toda su obstinación, toda su voluntad.

Parecía un gusano blanco con sombrero de paja y un Delicados
colgando del labio inferior.
Parecía un chileno de veintidós años entrando en el Café La Habana
y observando a una muchacha rubia
sentada en el fondo,
en la Mente desalojada.
Parecían las caminatas a altas horas de la noche
de Mario Santiago.
En la Mente desalojada.
En los espejos encantados.
En el huracán del D.F.
Los dedos cortados renacían
con velocidad sorprendente.
Dedos cortados,
quebrados,
esparcidos
en el aire del D.F.
Roberto Bolaño
El gusano (En Los perros románticos. Acantilado)


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Lunes, 22 de agosto de 2011

Las imágenes idílicas del pueblo de Ithaca y sus diferentes habitantes, los diálogos y escenarios, la segunda guerra mundial de fondo, el tono cándido, inocente y cálido con el que está escrito La comedia humana me recordaron a las películas norteamericanas de los años treinta y principio de los cuarenta, a Frank Capra y James Stewart, a La sinfonía de la vida y Qué bello es vivir, un mundo que parecía construido con sueños e inocencia y que soportaba y superaba cualquier intromisión del mal.

William Saroyan escribe con sencillez e inocencia la historia de Ithaca y la familia Macauley. El pueblo parece un pequeño edén fuera de la guerra que se desarrolla en medio mundo. El inicio recuerda a Twain, un niño curioso y aventurero que quiere aprehender el mundo que le rodea y se emociona con el paso de un tren. “Ulysses miró a su alrededor. Allí estaba, rodeándolo, raro y solitario: el mundo en que él vivía. Aquel mundo extraño, infestado de maleza, abandonado, maravilloso, absurdo pero hermoso ( … ). El niño se dio media vuelta despacio y echó a andar hacia su casa. Mientras caminaba, seguía oyendo el ruido del tren, la canción del negro y sus palabras llenas de dicha: «¡Me voy a casa, chico! ¡Me voy al sitio del que soy!». Se paró a pensar en todo aquello, merodeando detrás de un cinamomo y dando patadas a sus frutos caídos, amarillos y malolientes. Al cabo de un momento sonrió con la sonrisa de los Macauley, aquella sonrisa amable, sabia y secreta que decía «hola» a todas las cosas”. El paseo del pequeño Ulysses en el capítulo inicial nos da el tono costumbrista y cálido con el que está construido el resto de la novela.

Homer Macauley vertebra y une a los diferentes personajes de este relato. Tiene catorce años y tras la muerte de su padre y el reclutamiento de Marcus, su hermano mayor, intenta hacerse cargo de la familia con su trabajo como mensajero de telegramas, ser el apoyo de su madre, su hermana Bess y su hermano pequeño Ulysses. En ese primer trabajo Homer descubrirá las distintas caras de un mundo al que apenas se había asomado, un mundo donde conviven buenas personas como su jefe o el viejo telegrafista del turno de noche que no quiere ser sustituido por una máquina, con los telegramas que anuncian la muerte de un un soldado en el frente. La confrontación entre un mundo puro y otro de dolor y sombras ayudará a madurar a Homer, a saber que se puede escupir a la vida por ser injusta y, también, encontrar en una chica la belleza primera del mundo.

Y alrededor de Homer, un pueblo donde conviven un viejo telegrafista borrachín, una adolescente que espera el regreso de su amor, un chaval que parte al frente con miedo a la muerte, un enorme desconocido que libera a un niño de una trampa, un tendero armenio de infinita tristeza, unos soldados anónimos que pasan una noche de cine con unas chicas, una noche en las antípodas de las que les esperan en combate, o un director de una compañía de telégrafos capaz de besar a una desconocida. “En la esquina que tenía delante, a treinta metros, había una chica de dieciocho años o diecinueve años, de aspecto solitario y tímido, cansada, silenciosa y por tanto preciosa. Estaba esperando a que pasara un autobús para llevarla a su casa después del trabajo. Aunque estaba corriendo, a Spangler le resultó imposible no percibir la soledad de la chica. Y aunque tenía mucha prisa, le dio la impresión de que aquella soledad era como la soledad de todas las cosas, que se encuentran aisladas entre sí. Sin hacer el payaso y sin premeditación, con ágil naturalidad, fue a donde estaba la chica, se paró un momento y la besó en la mejilla. Antes de continuar su camino, le dijo la única cosa que era posible decirle: -¡Eres la mujer más encantadora del mundo!” La comedia humana son fragmentos y fotografías de Ithaca, de sus personas y momentos cazados al azar, caminos que se cruzan, sueños y magia, la vitalidad homérica por estar y sentirse vivo a pesar de saber que cerca del mundo en el que se vive hay una oscuridad amenazante. Ithaca como un lugar donde prima la belleza y la luz del sol, un pueblo que puede ser el hogar de cualquier desconocido que intenta reanudar su vida tras un desastre.

Tal vez Saroyan haya escrito una historia blanda, idealista y cándida, pero a veces es necesario leer historias donde el dolor sea algo que se puede asumir y aún quedan rastros de inocencia y ternura y una mirada vital y llena de ensoñación hacia el mundo. La comedia humana es una de esas obras que te dejan ternura y una sonrisa tras su lectura.



En un estado democrático todo hombre es igual a los demás hombres hasta que empieza a ejercitar sus capacidades, y a partir de ese momento todo el mundo es libre de ejercitar las capacidades que prefiera. Estoy ansiosa porque mis chicos y chicas empiecen a esforzarse por actuar de forma honorable. No me importa lo que mis criaturas parezcan en la superficie. No me engañan ni los modales elegantes ni los malos modos. Me interesa lo que hay debajo de los modales de cada clase. No me importa si una de mis criaturas es rica o pobre, brillante o lenta, genial o obtusa, con tal de que tenga humanidad, de que tenga corazón, de que ame la verdad y el honor, de que respete tanto a sus inferiores como a sus superiores. Y si las criaturas de mi clase son humanas, no quiero que todas sean humanas del mismo modo. Con tal de que no sean corruptas, no me importan sus diferencias. Quiero que cada una de mis criaturas sea ella misma. No quiero que seáis otra persona solamente para complacerme o para facilitar mi trabajo. Me hartaría muy pronto de una clase llena de jóvenes damas y caballeros perfectos. Quiero que mis criaturas sean gente, todos distintos, todos especiales, que cada uno de ellos sea una variación agradable y excitante de los demás. Quería que Hubert Ackley estuviera aquí para escuchar esto contigo, que entendiera junto contigo que aunque en el presente él no te caiga bien y tú no le caigas bien, eso es perfectamente natural. Quería que él supiera que los dos empezaréis a ser verdaderamente humanos cuando, a pesar del hecho de que no os caéis bien, os respetéis mutuamente. Eso es lo que significa ser civilizados, eso es lo que tenemos que aprender del estudio de la historia antigua. Me alegro de haber hablado contigo más que con ninguna otra persona que conozco. Cuando te marches de esta escuela, mucho después de haberme olvidado a mí, estaré buscando señales tuyas en el mundo.
William Saroyan
La comedia humana (Traducción de Javier Calvo. Acantilado)


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