Domingo, 04 de septiembre de 2011

Al terminar de leer ¡Todo importa! sentí una mezcla de nostalgia, perplejidad, divertimento, tedio, decepción y sorpresa, sentimientos a veces antagónicos unos con otros pero que aparecieron a lo largo del libro de Ron Currie. Hay tal cantidad de cruce de historias y emociones, de personajes entrañables o extremos, de libertad a la hora de cambiar el tono y el género de la novela (la novela apocalíptica con el relato intimista, la aventura y e intriga propias de las historias de espionaje con la ciencia ficción de Vonnegut o Dick), que ¡Todo importa! se convierte en una especie de rompecabezas, una lectura rápida y aventurera motivada por el placer de descubrir qué hay tras el final de cada capítulo, qué giro nos espera en las siguientes páginas o cómo va a acabar una historia que empieza con una voz extraña y misteriosa (¿Dios?, ¿un ser extraterrestre?) que confiesa a Junior en el momento de su nacimiento que el mundo se acabará en 36 años, 168 días, 14 horas y 23 segundos.

Y es esa revelación la que hará a Junior un hombre distinto, extranjero siempre de cualquier sentimiento de futuro o ilusión. Desde niño, Junior, autodidacta, superdotado y con una voz que le recuerda el final del mundo y le descubre los secretos de quienes le rodean, pone distancia con la vida ya que siente que nada de lo que haga importa, que la vida tiene un final fijado y señalado y que cualquier intento de planear un futuro está condenado al fracaso. La tragedia principal de ¡Todo importa! es un personaje que se deja llevar por la apatía y la autodestrucción. Porque, ¿cómo vivir sabiendo el día exacto donde un meteorito acabará con todo?

Hay algo hermoso en este libro, y es el cruce de las distintas voces de los personajes y cómo dan su punto de vista sobre la vida que soportan o planean, cada voz complementa y completa la anterior, enriquece la historia, la agranda hasta convertirla en un gran puzzle donde cada pieza importa. Junior vive el total desapego por la vida, pero, a su pesar, la vida sigue a su alrededor. John, el padre de Junior, un hombre ejemplar, trabajador, huraño, parco en palabras, uno de esos tipos íntegros, lleva el peso de la familia, los recuerdos de la guerra, las ilusiones perdidas por el camino, los miedos y las dudas y el amor que vivió. Debbie, la madre, una mujer creyente y alcohólica que ve cómo poco a poco se deja llevar por la deriva y la derrota. Rodney, el hermano mayor, un drogadicto temprano que tras un ataque pierde parte de su capacidad intelectual pero que se convierte en un as del béisbol. Amy, el amor de su vida, acostumbrada a los gritos y los golpes en su familia pero que conserva una esencia entrañable dentro de ella y que necesita poner distancia con Junior para no dejarse arrastrar por él y su aparente locura. Y Junior, que sólo es capaz de destruirse, de perder todo aquello que le rodea y no hacer nada por evitarlo por esa fecha final grabada en su cabeza.

¡Todo importa! es el camino que recorre Junior para entender que, a pesar de todo (el miedo, las dudas, el desamor, la muerte), la vida es una experiencia en la que hay que arriesgarse y que es en esa batalla diaria donde está su grandeza. A lo largo de la novela Currie cambia de un humor irónico e inteligente a escenas de una dolorosa intimidad, de la pérdida del amor, la amistad o el sentido de la vida a unas páginas que podrían pertenecer a una novela de acción o una comedia loca. A veces estos cambios te hacen pensar que la novela se puede desinflar en cualquier momento y cuando eso parece que va a ocurrir Currie se saca de la manga las últimas setenta páginas donde da un giro al rumbo de la historia y te deja noqueado y sorprendido y más cerca de cada personaje de lo que has estado en las anteriores páginas. El final, emocionante, una cuenta atrás, un momento de epifanía y redención.



97. Primero, ¡disfruta de este momento! Nunca volverás a tener tan pocas responsabilidades en lo que se refiere a tu propia supervivencia. Dentro de poco tendrás que alimentarte y ocuparte de gestionar tus propios excrementos, aprender la diferencia entre la noche y el día, adquirir la habilidad de dormir. Vas a tener que fortalecer los músculos necesarios para aguantar largos intervalos berreando a todo volumen. Tendrás que dominar los balbuceos y guiños faciales que forman la base de la ternura infantil, para asegurarte de que quienes se encargan de velar por ti sigan proporcionándote alimento y sábanas limpias. Vas a tener que flexionar brazos y piernas, mover la cabeza de un lado a otro para fortalecer el cuello, gatear, tambalearte sobre tus dos pies y luego empezarás a caminar. Poco después aprenderás a correr, a compartir, a batear y a sostener un lápiz, a amar, a llorar, a leer, a atarte los cordones, a bañarte y morir. Hay mucho por aprender y por hacer, y el tiempo es escaso.

( … )

Las escenas surgen y se desvanecen en un orden vagamente cronológico desde aquellos primeros recuerdos que ni siquiera sabías que guardabas: desde estar apoyado contra el pecho de tu padre, sentado en su brazo, una viga de cemento, con tu culo en pañales, hasta volver a a casa de noche después de que Amy te haya dicho que todo ha terminado. Cada escena está teñida por un color correspondiente a la emoción que despierta: las rojas son de rabia y vergüenza; las escasas amarillas, de alegría; las blancas, para los distintos grados de apatía, y las azules, para las imágenes tristes. A medida que van pasando ante tu vista te das cuenta de que el azul es el color predominante en tu vida, hasta hacerse prácticamente ubicuo. Es tal su frecuencia que las imágenes amarillas se tornan verdes; las rojas, púrpura, etcétera. Tu vida es tan azul y triste que parece una película de James cameron. Según avanzan las diapositivas hacia el presente, incluso las verdes se vuelven totalmente azules, así como también las púrpuras, hasta que los distintos tonos de azul se hacen homogéneos y toda tu vida, con sus distintas épocas, desde tu nacimiento hasta el presente, adquiere el mismo color del océano que baña las costas de la Isla de Pascua, las aguas más azules del mundo. Para ti no existen ni la rabia ni la alegría ni la indiferencia. Todo lo que siempre ha habido es la tristeza de la pérdida, pagada una y otra vez y siempre por anticipado, junto con tu determinación de seguir adelante a pesar de esa tristeza. Nada hay de heroico en esta tenacidad: más bien puede que en el fondo haya cierta cobardía oculta. De cualquier modo, no tardas en reconocer (y con gusto) que, más que ninguna otra cosa, este condenado esfuerzo por avanzar contra el viento de la vida te convierte en un auténtico hijo de tu padre.

( … )

17. Por razones obvias, la relación sexual es, de lejos, la más dolorosa que ninguno de vosotros ha tenido jamás. Sin duda, tu experiencia sexual es limitada. Pero, además de eso, tú nunca habías practicado el sexo en plena recuperación de una conmoción cerebral de tercer grado, con ocho fracturas distintas y con demasiadas lesiones internas y externas como para enumerarlas. Amy, por otra parte, aunque ha tenido abundante sexo con una larga lista de parejas, y pese a estar acostumbrada a asociar dolor y sexo por su condición de mujer, en la vida había gemido, se había retorcido, ni había gritado de esta manera.
Aparte de las heridas, una de las razones por las que tu dolor es tan intenso surge del hecho de que tu cuerpo, al ser presa de la excitación, se encuentra hiperalerta y por tanto magnifica y exagera el más mínimo estímulo. Tu cerebelo está inflamado por la actividad neuronal: las señales de placer y de dolor se mezclan y se fusionan hasta hacerse casi indiscernibles. La diferencia entre una sensación positiva y una negativa se vuelve irrelevante; lo único que importa es que las sensaciones sean abundantes e intensas. Y lo son. Cada una de tus neuronas codificadas con años de añoranza reprimida se tensa hacia Amy -hacia se pelo esparcido sobre la almohada, hacia esa modesta curvatura de chico que describen sus caderas, aunque están abombadas por los moratones. De forma muy literal y poco sentimental, tu deseo por ella existe y funciona a nivel molecular. El amor, en su forma más pura, es biología.
Ron Currie
¡Todo importa! (traducción de Pedro Donoso. Seix Barral)


Tags: Ron Currie, ¡Todo importa!, Pedro Donoso, Seix Barral

Publicado por elchicoanalogo @ 16:30  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Muy de acuerdo, estupendo post...

Publicado por Invitado
Domingo, 04 de marzo de 2012 | 20:31

Fue una lectura loca y entrañable

Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 05 de marzo de 2012 | 7:53