Martes, 06 de septiembre de 2011

Mi primera novela de ciencia-ficción fue La máquina del tiempo de Wells. Recuerdo que me sentí atrapado por su capacidad de llegar a la frontera de lo posible para crear mundos imposibles, por una historia que intentaba mirar más allá de su tiempo, que te emocionaba por su cruce de aventura e imposibilidad, pura magia. Leer El día de los trífidos de Wyndham fue recuperar aquella antigua sensación de magia y suspense de los mundos inventados de H. G. Wells o aquellas historias de Invasores de Marte o La invasión de los ladrones de cuerpos que vi en mi adolescencia. Con El día de los trífidos, Wyndham escribió una novela entretenida y aventurera donde cada página es emoción, suspense y terror.

El día de los trífidos se inicia con unas páginas tensas que anticipan las posteriores historias de 28 días después o The Walking Dead. El narrador, Bill Mansen, se despierta en el hospital en un silencio inesperado unas horas después de que unas extrañas luces verdes iluminaran el cielo nocturno del planeta. A pesar de llevar los ojos vendados, siente que algo ha cambiado. Al quitarse las vendas descubre el horror, el mundo conocido se ha transformando en un mundo de criaturas ciegas y aterrorizadas. Todo aquel que miró a las luces verdes del cielo se ha quedado ciego, perdido en una inesperada oscuridad. El despertar de Bill, su paseo por el hospital, ser el único vidente entre los ciegos, la histeria en la calle, la vida que se tambalea, que se fractura poco a poco... Las primeras páginas son para describir el inicio de un mundo apocalíptico donde los trífidos, unas plantas mutantes e inteligentes creadas por el ser humano, intentarán convertirse en la especie dominante del planeta.

Bajo la superficie de un relato de aventuras y supervivencia, Wydham habla de política y sociología. Antes de la ceguera, el mundo se centraba en la tensión entre los diferentes bloques políticos en los que se dividía el planeta y la guerra atómica como amenaza constante sobre nuestras cabezas. Después de la ceguera, los pequeños grupos de supervivientes y su distinta forma de afrontar el caos y el apocalipsis, unos intentan crear pequeñas sociedades mejoradas para no caer en los errores del pasado, otros parecen retroceder a los comportamientos de siglos atrás y en una moral férrea y arcaica. También los pocos videntes se dividen entre los que creen su deber hacerse cargo del cuidado de los ciegos supervivientes y aquellos que intenta dejar atrás las ciudades y el caos para encontrar un refugio donde reanudar la vida. La sensación al leer El día de los trífidos es que las diferentes sociedades que hemos creado son frágiles y vulnerables.

Hay escenas admirables a lo largo de la novela de Wydham. El inicio del desmoronamiento de las ciudades y de la sociedad, los momentos de pánico al descubrirse la ceguera que ha originado las extrañas luces verdes, la gente que deambula por las calles como zombis, los pocos videntes que pueden ser salvadores o esclavos, los ciegos que no saben que a su alrededor hay plantas mutantes que los toman como comida, las discusiones entre los supervivientes por el camino a seguir, los trífidos que se fortalecen a medida pasan los días y sus apariciones inesperadas.

Semanas después de la lectura de El día de los trífidos, me quedo con las imágenes del abandono y caos de Londres y el viaje de los supervivientes por un mundo en destrucción. Acción, aventura y, por debajo de la superficie, una reflexión sobre la vulnerabilidad de nuestra sociedad y las distintas formas de afrontar una crisis.



Me pregunto – dije-, ¿cuántos serán capaces de ver como nosotros? Me he cruzado con un hombre, una niña y un bebé. Usted con ninguno. Me parece que vamos a descubrir que la vista es algo bastante raro. Entre los otros, algunos han comprendido ya que sobrevivirán sólo si se apoderan de alguien que pueda ver. Cuando todos hayan comprendido lo mismo, el panorama no será muy tranquilizador.
Me pareció en ese momento que había que elegir entre una existencia solitaria, con el constante temor de caer en manos de alguien, o reunir un grupo escogido con el que pudiéramos protegernos de otros grupos. Seríamos algo así como jefes-prisioneros, y en seguida se me presentó una desagradable visión de sangrientas guerrillas, en las que distintos bandos luchaban por apoderarse de nosotros.

( … )

Mi padre me contó una vez que antes de la guerra con Hitler acostumbraba pasearse por Londres con los ojos más abiertos que nunca, contemplando los hermosos edificios que no había notado antes, y despidiéndose de ellos. Y ahora yo tenía una sensación similar. Pero esto era peor. Nadie había esperado que sobrevivieran tantas cosas después de aquella guerra. Y esas mismas cosas no sobrevivirán a este nuevo enemigo. Nadie temía ahora inesperadas explosiones y obstinados incendios, sino el largo, lento e inevitable curso de la decadencia y el derrumbe.
Ante aquella ventana, en aquel momento, mi corazón se resistía a creer lo que me decía la cabeza. Todavía me parecía que aquello era algo demasiado enorme, demasiado poco natural para ser cierto. Sabía sin embargo que esto había ocurrido otras veces. Enterradas en los desiertos, o borradas bajo las selvas de Asia había grandes ciudades. Algunas se habían derrumbado hacía tanto tiempo que sus nombres habían desaparecido con ellas. Sin embargo, los que habían vivido allí no habían creído más en aquella destrucción que yo en la posible muerte de esta enorme ciudad moderna...
Una de las creencias más persistentes y tranquilizadoras de la raza humana debe de ser la que dice «eso no puede ocurrir aquí», como si nuestra época estuviese libre de cataclismos. Y ahora estaba ocurriendo.
John Wydham
El día de los trífidos (traducción de José Valdivieso. Minotauro)


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:52  | Libros...
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