Lunes, 19 de septiembre de 2011

El mundo se había resquebrajado. Las espigas de trigo en el lugar donde deberían estar las nubes y el cielo como un suelo resbaladizo. Y el sol en la mitad de este mundo subvertido y revolucionado. Miles de pequeñas luciérnagas amarillas danzaban a mi alrededor dentro de un rayo de sol en un baile ordenado y meticuloso que terminaba en la palma de mi mano derecha. Sólo tenía que cerrar la mano en un gesto sencillo e infantil para atrapar las luciérnagas y el rayo del sol. Pero no podía cerrar la mano, estaba ensangrentada, llena de cristales y brechas que se abrían camino en mi piel hasta hundirse en los huesos.

Todo estaba en silencio, aquietado, roto.

Y de repente el dolor. Sentía avanzar el desgarro dentro de mí, me rompía en docenas de mitades disgregadas. Soportaba el peso de mi cuerpo quebrado con la nuca. Era como si el cinturón de seguridad fuera la única razón que permitía a mi cuerpo seguir soldado.

Los recuerdos aparecieron como fotografías en oleadas. Las vueltas de campana, el sonido de los cristales al romperse y caer sobre mí, el horizonte que se movía en espiral y un ínfimo fundido a negro. Y al abrir los ojos, el mundo y yo bocabajo.

El viento entraba por las ventanillas rotas, calmaba mi llanto, me serenaba y me relajaba. Me abrazaba. Y ese abrazo sutil e invisible me hizo pensar, inesperadamente, en cómo hacía meses que no decía “te quiero” o “mi vida”, meses sin abrazos ni caricias ni mis labios entrelazados y mezclados dentro de otros. Una suerte de soledad inútil, extranjero de todo y de todos.

La cartera había escupido sobre el coche dinero y abonos y una foto, nuestra foto, la única que conservo, la única que dejaste que nos sacaran, testigo y afirmación de nuestra existencia como pareja. Estábamos sentados en un restaurante del centro, los dos juntos, en un abrazo incompleto, y mirábamos a cámara con una sonrisa tímida y clara, una sonrisa donde aún se podía decir que estábamos enamorados. Me moví en el preciso instante en el que apretaron el disparador de la cámara. Y mi cuerpo salió borroso, difuminado, como una sombra o un fantasma. Parecía que me apartaba de ti. Las cámaras roban pedazos del alma, fijan no solo un segundo del presente, también el futuro cercano, porque esa foto anticipó los meses donde nos apartamos del otro y nos desvanecimos. 

El viento volteó la foto. En el reverso una fecha y unas promesas incumplidas.

Miraba tranquilo a mi alrededor. Y un segundo antes de cerrar los ojos supe que la muerte no era la nada, sino ausencia.


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